La Ciencia Simple: el día en que se hizo visible el sonido
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Escrito por: Equipo SO

Por Pablo Rumel.
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

“Los seres humanos hemos creado un mundo que se reduce a nosotros y a nuestros artefactos”.

Ursula K. Le Guin

Si el arte debiera rebelarse contra algo, sería contra esta simplificación que denunció la escritora: la de un mundo estrecho, hecho de cosas. La música, al igual que la estratificación de la Tierra, ha generado diversas capas en cada época y lugar, desde sus primeros intentos de sistematización con Pitágoras, pasando por notaciones rudimentarias en los monasterios medievales, hasta las moderna teoría musical; como contracara está el ruido, el grito, el noise y la experimentación, el ala vanguardista del jazz y más atrás los indescifrables patrones rítmicos de los tambores africanos o el uso chamánico de la música en ceremonias de apertura hacia lo desconocido; Ya en la Antigua Grecia se inducía a las personas a estados hipnóticos mediante los rituales de incubación: ceremonias en las que el iniciado era guiado hacia estados alterados de conciencia, a menudo con el uso de instrumentos que imitaban el sonido de serpientes. En ese trance, los sueños se convertían en vehículos para recibir mensajes divinos.

El arte musical de La Ciencia Simple vibra en consonancia con estas ideas, en la conjunción de lo humano, de lo técnico-científico, con la compleja simpleza del universo y sus formas. El mismo Pitágoras, ya citado más arriba, al ver una piedra dijo a sus alumnos “esto es música congelada”. Bien saben los guardabosques que los árboles, según especie y edad, emiten un sonido particular, campos sonoros en los que los abedules filtran el sonido de las hojas y el crepitar de las ramas diferente a lo que haría un bosque de pinos o eucaliptus.

He aquí una idea potente: la música es el único arte ejecutado por humanos que es anterior a la existencia de nuestra especie: como testimonio tenemos al núcleo de los átomos, donde encontramos vibraciones que se producen a una velocidad extraordinaria, hasta cien billones de veces por segundo, creando un sonido veinte octavas por encima del alcance de nuestro oído.

Por eso la música subyuga. Por eso es tan poderosa.

El 14 de mayo de 2025 quedó marcado en el calendario no solo en nuestros oídos, sino también en nuestras retinas. Fue el día en que La Ciencia Simple visibilizó el sonido. Y no, no son metáforas. La sonoluminiscencia, por ejemplo, es un fenómeno físico observable en ciertas burbujas: cuando se someten a sonidos de alta frecuencia, implosionan y emiten luz. La sinestesia es otro fenómeno documentado, donde un sentido —como el tacto o la visión— puede inducir otro, como el gusto o el oído.

A las 20:00 horas, con una sala Ceina repleta y en sintonía con la búsqueda de nuevas experiencias, Horizonte Vertical —proyecto solista de Letu— ofreció un viaje musical inesperado. Sin voz y armado únicamente con su guitarra eléctrica, el músico creó y recreó pasajes sonoros en vivo, sin apoyarse en pistas ni recursos pregrabados, cautivando al público con una propuesta auténtica y envolvente. ¿Cómo lo hizo? Utilizó una plataforma de loops en las que iba grabando in situ secciones y patrones, para generar, más que una experiencia de hombre-orquesta, la de un músico que creaba capas sonoras en las que llenaba los espacios con vibración y sonido. Horizonte Vertical pertenece a una constelación de nombres como Pierre Schaeffer, Éliane Radigue o Iannis Xenakis, todos con sus particularidades, pero teniendo como “horizonte” el corte distintivo, lo abstracto, lo arquitectónico, lo disonante, lo surreal. Fueron tres piezas en total, las cuales fueron creadas expresamente para la ocasión.

Ni doctos ni populares: La Ciencia Simple abre las sonoridades del mañana

Promediando las 21:00 pm y ya dispuestos alrededor de una pantalla de cine, La Ciencia Simple emergió en penumbras, literalmente, apenas iluminados por un tenue juego de luces, quienes dieron marcha al espectáculo. A la diestra del escenario, el baterista Gonzalo Valencia tocó de perfil al público, acompañado de cerca por Octavio Cañulef, encargado de proyectar una serie de films creados expresamente para la música, y no al revés, como se hacía en los tiempos del cine mudo, cuando un pianista debía improvisar una banda sonora. Más que cine musicalizado, lo que vimos fue música cinematografiada. Música e imagen en divergencia y convergencia, correlacionadas en un espectáculo donde cada nota se fundía con los fotogramas.

El arranque fue un tema nuevo de la banda, sin nombre de momento, que actuó de embudo o principio para todo lo que vendría: texturas de guitarra, bajo y batería, con la imagen persistente de un remolino de agua, el que integraba en su conjunto la forma del espiral pero también del vacío. A continuación le siguieron «Ecos» y «235», acompasadas con imágenes de niños jugando en un columpio, el vaivén del viento, pero también de los recuerdos, con luces navideñas que se fundían con las guitarras arpegiadas y los ritmos sincopados de la batería. Atrás, Jorge Schain en las cuatro cuerdas, aplicó con maestría las líneas de bajo, marcando las silencios y arranques rítmicos, y en más de una ocasión atacó con frecuencias bajísimas, produciendo esa vibración que nos recuerda la corporeidad de la música.

El desempeño de los guitarristas fue sobresaliente. Aunque géneros como el post rock y el math rock no exigen la velocidad de otras escuelas, sí requieren una rigurosa precisión rítmica, marcada por patrones irregulares y compases poco convencionales. Entre disonancias calculadas y melodías construidas en tiempo real, cualquier error se vuelve evidente. La distorsión, lejos de servir como camuflaje, se emplea estratégicamente para intensificar pasajes —habitualmente cargados de tensión o rabia—, resaltando aún más el control expresivo del intérprete. Rienzi Valencia y Edgar Sandoval destacaron por la excelencia de su performance, y Edgar, en especial, por su versatilidad en el escenario, especialmente en la canción «Enmudeció durante largo tiempo», donde se movió entre los sintetizadores y las seis cuerdas sin percances ni contratiempos.

Durante «Sueño Azul» vimos en el escenario la proyección de un cohete estallando en llamas (¿el transbordador Challenger?) y el derrumbe de edificios y estructuras. El trabajo visual de Octavio Cañulef, artista multimedia y diseñador, fue soberbio, conjugado y jugado con la propuesta musical. La abstracción-concreta de bandas similares, como 65 Days of Static o God is an Astronaut, reposa en la imagen visual que proyectan, así como en los títulos de sus canciones; no en las líricas, que son inexistentes, ni en compases identificables como el de otros géneros. Tienen que ver con el estallido de patrones (This Will Destroy You), con la pura rabia (Collapse Under The Empire), con la explosión pura (Explosions in the Sky), sedimentos volcánicos que recogió con maestría el corte «Cruz del Sur», fuego, ira, estampida, pero sabiduría, porque el fuego crepitante no solo forja espadas o armaduras, también es el lugar donde nos juntamos para contarnos historias junto a finos brebajes.

La triada de últimas piezas vino con «Sueño Azul», «Domingo» y «Noisetalgia», cierre perfecto, que promedió un total de casi una hora y veinte minutos, con una ejecución perfecta que mostró a la banda en su mejor forma, en una etapa creativa en alza, y con ideas concretas que pudimos ver materializadas ante nuestros ojos.

Edgar Sandoval agradeció la presencia del público y llamó a que estuviésemos atentos a la productora Beatnik, que no solo hizo posible este evento, sino que prepara una agenda que de seguro interesará a quien esté leyendo. El ambiente fue perfecto, de sintonía, la sonoridad se oyó con una acústica excelente, las personas abandonaron la sala con sonrisas en sus caras, y sin abusar de metáforas ni comparaciones, iban como flotando entre los acordes y las visuales que La Ciencia Simple imprimió con maestría aquella noche inolvidable.

En tiempos donde lo sensorial suele estar sobredeterminado por algoritmos y fórmulas repetidas, experiencias como esta reafirman que aún es posible conmoverse con lo inasible, con aquello que no busca complacer sino perturbar, emocionar y expandir. La Ciencia Simple no solo ejecutó un concierto, sino que propuso una apertura perceptiva donde música e imagen, ciencia y arte, tecnología y emoción se entrelazaron en una urdimbre única. Como una arqueología del porvenir, su espectáculo nos recordó que el sonido también puede verse, tocarse, pensarse, y que lo simple —cuando se afina con rigor y sensibilidad— puede contener toda la complejidad del universo.

Ficha técnica

Concierto de cine visualizado

Artista invitado: Horizonte Vertical.

14 de mayo de 2020, 20hrs.

Centro Arte Alameda – Sala Ceina, Arturo Prat 33. Metro U. de Chile.

*Nota: Gran parte de las ideas expuestas en este artículo fueron recogidas del libro “La música: Una historia subversiva” de Ted Gioia, crítico de jazz e historiador musical estadounidense.

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