The Sisters of Mercy: La hermandad del sol desértico
Cargando
Escrito por: Equipo SO

Por Claudio Miranda
Fotos Octavio Mendoza

Complicado hablar de The Sisters of Mercy sin recurrir a la frase o palabra formularia del rock gótico. Un rasgo visual basta para observar de entrada el espectáculo a nivel visual: la puesta en escena con luces tenues y mucha, pero mucha neblina. Para la comunidad gótica que se congregó en masa para tamaña liturgia anoche en la discotheque Blondie, un deber y una necesidad. Y es que Andrew Eldritch, el jerarca máximo y único nombre presente en cada alineación desde su formación en 1983, ha forjado para su ‘criatura’ una identidad que apela a la contundencia y la melodía efectiva por sobre cualquier intento vano de grandeza o dramatismo. Eldritch es un fan declarado de Motörhead, y la huella del eterno Lemmy Kilmister se traduce en un sentido de reiteración que no admite puntos intermedios. The Sisters of Mercy te gusta mucho o no te gusta nada. Al mismo tiempo, tanto Ministry como Paradise Lost y Kreator en los ’90s acusan la inspiración en los Sisters, traduciendo aquello a una forma de hacer las cosas o sus versiones ‘metaleras’. O ambas, y con todo derecho.

Tras el debut en suelo chileno en 2023 (Club Chocolate), hubo que esperar apenas un par de temporadas para el retorno del combo fundado en Leeds. Con la gira All Wires Red apuntando sus paradas en Sudamérica, Chile tendría el recinto de la principal avenida de la capital como epicentro de un nuevo ritual de la ‘otra música’. Y con el permiso del Club Chocolate, la elección de la Blondie como escenario y recinto es totalmente acorde a la biósfera contracultural que los amantes del sonido y la estética oscura. Hay un tema de atmósfera, de comunión con una firma cuyo repertorio a nivel de sintaxis obedece a leyenda y legado por partes iguales. Y, en gran parte, dicho repertorio inclinado hacia el material inédito, donde quizás en otros casos puede jugar en contra, es lo que le da al encuentro con The Sisters of Mercy un rasgo de purificación que va de la mano con una huella dactilar tan insondable como la niebla de luz y humo desplegada durante poco más de 90 minutos.

Desde el patadón inicial con «Don´t Drive on Oce», las pausas entre canciones duran lo justo y necesario. Una banda de rock n’ roll, como el propio Eldritch define su propuesta sin descansar en la etiqueta ‘gótico’. Sin preámbulos ni fanfarrias de ningún tipo, siempre adelante y con los bpm regulados con precisión magistral. El paso a «Crash and Burn» ratifica de inmediato lo que ofrece y proyecta una banda que mira hacia un futuro que solamente su líder y frontman conoce en cada rincón. Por cierto, la imagen de Eldritch ataviado y moviéndose como Nosferatu le da al espectáculo un toque extra de ocultismo y fantasía vampírica.

En un primer tramo donde el material inédito se planta con bravura frente a cualquier sandía calada, la presencia del hard rockero Vision Thing (1990) asegura su presencia de la mano de «Ribbons» y «More», ambas soplando como ventiscas de rock electrizante. Las guitarras de Ben Christo y Kai no suenan, sino que invocan energía y sentimiento a raudales. En la operación de Doktor Avalanche -la batería electrónica, el cuarto integrante en esta etapa-, Chris Catalyst hace lo suyo con un bajo perfil que en algunos momentos le vale ser el punto de atención sin proponérselo. Y salvo Eldritch, lo estática de la interacción en el escenario es una virtud maravillosa cuando lo que manda es la música. Por algo «Alice» y «I Will Call You» funcionan y generan el efecto deseado en el público, en una fanaticada que sabe a lo que va y se entrega sin pero que valga.

El primer bombazo, el primer clásico, viene con «Dominion / Mother Russia». Ahí donde se unen las voces y se detona el primer azote telúrico en la noche. De las muy pocas concesiones que The Sisters of Mercy le brinda a los fans, agregando en la altura media del setlist «Givind Ground», original del proyecto darkwave The Sisterhood, el cual tuvo muy corta vida y cuyo único lanzamiento titulado Gift (1986) pretendía ser, originalmente, un segundo trabajo de la banda titular de Eldritch. Detalles que, en medio del trance de sonido y reiteración, relucen como un santo y seña para entendidos y devotos acérrimos. Por otro lado, la inclusión de «Marian» como única embajadora del aclamado LP debut First and Last and Always (1985), puede parecer algo mezquina por tratarse de un lanzamiento que cumplió este 2025 sus cuatro décadas. Pero la naturaleza especial de Eldritch, el hombre de la última palabra, es de conocimiento público para los iniciados, lo que le da al show una mística que no se debe al entendimiento de la crítica, sino a la entrega espiritual y sensorial.

Literalmente, cada show de The Sisters of Mercy debe entenderse como un bombardeo de música pesada, con piezas que se bastan de uno o dos riffs para sumirnos en un episodio de catarsis y reflexión. La destreza de Ben Christo y Kai en las guitarras se basta con toneladas de feeling para que «But Genevieve», «Here», «Quantum Baby», «On the Beach», «When I’m on Fire» y «Temple of Love», una tras otra, surtan su impacto y lo extiendan lo que tenga que durar. Una serie de momentos creativos que The Sisters of Mercy reserva solamente a un puñado que no admite turistas ni curiosos, sino devotos a muerte de la bruma gótica con explosiones industriales. Pregúntenle a Al Jourgensen sobre la inspiración para The Land of Rape and Honey (1988) y entenderán mucho más cuán conectado siempre ha estado Ministry con la movida darkwave, incluso en su fase más pesada.

La última recta es un regalo. Lo sabemos, Floodland (1987) es el disco más sólido de The Sisters of Mercy, el mejor en todos sus flancos. «Never Land (A Fragment)» lo confirma sin discusión que importe gracias a la enormidad que proyecta. Es la niebla mortecina que antecede al frenesí de «Lucretia My Reflection», la cual adquiere matices de rock industrial con más énfasis en las guitarras y estallando en los coros como un golpe de vitaminas. Un pasaje que, sin proponérselo, se reparte entre el karaoke del público y el temple ceremonial de un Andrew Eldritch que se mueve en el escenario como si estuviese en su aposento de locura y tiniebla. Y como golpe de KO, la celeridad de «This Corrosion» termina por echar todo abajo y culminar una misa gótica que, en algunos momentos, se asemeja a un Test de Cooper para amantes del ritmo repetitivo.

No tenemos certeza alguna de cuándo verá la luz un siguiente álbum. Las cosas como son; el criterio que aplica Andrew Eldritch al orden de su catálogo se mueve en un limbo que solo él mismo sabe explorar con seguridad. Lo que sí es concreto e irrefutable, es el efecto de comunión entre una leyenda que se debe solo a sus principios, y un público que ve en su obra y figura todo lo que se mantiene ajeno a la luz de la superficie. Es lo que hace especial y distinta a The Sisters of Mercy respecto a otras bandas, dentro y fuera de su ecosistema artístico. Y sólo la hermandad del sol desértico puede entender el camino que muchos anhelan recorrer ida y vuelta para contarlo.

Este artículo ha sido visitado 141 veces, de las cuales 1 han sido hoy

Equipo SO
Director/Columnista
Más del autor