Moonspell: La alquimia del lobo
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Escrito por: Equipo SO

Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

«Nuestra música es una mezcla de ferocidad y belleza. No pueden vivir una sin la otra». Las palabras de Fernando Ribeiro, lejos de la autorreferencia, constatan en palabras justas la identidad de Moonspell, por lejos la agrupación más exitosa que le haya dado Portugal al circuito internacional. Una agrupación que nació en el black metal, capturó dicha atmósfera en su EP debut Under the Moonspell (1994), para dar el paso hacia una nueva -y definitiva- ruta de navegación al año siguiente con su primer LP titulado Wolfheart (1995). Y hablamos de dar el paso porque lo que técnicamente es la inauguración de un catálogo dotado de variedad y riesgo en una penumbra distintiva, desde su escritura surgió como una obra de estatura insuperable. No es que Irreligious (1996) y los trabajos siguientes estuvieran faltos de la calidad y jerarquía rebosantes de su hermano mayor, sino que hay algo en su primer capítulo que logró una trascendencia insospechada. La evocación del lobo como una bestia que vive y acecha en la noche, se engloba con el relato de sangre y erotismo que Ribeiro, el genio conceptual de Moonspell, forjó desde la metáfora para definirlo como un imaginario distintivo. Y en cuanto a la huella dactilar en el sonido de los lusitanos, el rol de Pedro Paixao en los teclados, samples y arreglos es angular. Imposible entender el ropaje y temple de Moonspell sin tamaña distribución de capas y atmósferas, ahí donde Christian Death y The Sisters of Mercy acuden al llamado de Tony Iommi para entablar un pacto de sangre con Metallica. Y esto, más allá del lugar común, responde a la necesidad de tomar elementos impensados -en su momento- y construir una matriz de expresividad que logre marcar la diferencia respecto a sus contemporáneos en Europa y el resto del mundo.

Sin caer en el chovinismo tan propio de nosotros cuando una luminaria de clase mundial registra un extenso historial de visitas a nuestro país, lo de Moonspell es un caso digno de análisis. Portugal está lejos de ser una potencia en el circuito metalero como sí lo son Alemania, Suecia, Noruega y, obviamente, Inglaterra. Ni hablar de Estados Unidos y, porqué no, Brasil. Al mismo tiempo, desde aquella generación de bangers que dijeron ‘presente’ un 19 de abril de 1998 en el antiguo Estadio Chile, el romance con el público chileno se ha vuelto cada vez más memorable y apasionado. Y es que una propuesta con la naturaleza de Moonspell genera en el país más austral del mundo un gusto muy especial por la música pesada con la bruma más oscura posible. Lo que responde al estado anímico que se respira en un país cuya geografía lo sitúa en el último surco del Globo Terráqueo. Y el quinteto liderado por Ribeiro y Paixao lo sabe de sobra, al punto de sumergirnos en una experiencia de catarsis absoluta, incluso considerando que siempre habrá alguien que los verá por primera vez.

La escuadra nacional, con el predominio del doom metal en su forma más pura, tuvo en su primer asalto a Mortajas, una agrupación que se muestra en línea con el plato de fondo por su énfasis en la emoción más profunda. La influencia de Reverend Bizarre y Warning se traduce inmediatamente en un despliegue sónico que deja caer todo el peso de nuestra existencia desde el puntapié inicial con «Miedo y Dolor». Y a medida que transcurre el set, el derrumbe y la introspección convergen en la misma esquina dezolada que la banda originaria de la Región de Valparaíso dibuja bajo un cielo nuboso con aires de pena y soledad.

A medida que «Caretas» y «Liber Elgis» nos impregnan con la tristeza y desamparo que proyecta la música, podemos apreciar la solidez de un conjunto que entiende y respira doom desde la necesidad de comunicar. El bajo de Daniel Pérez Saa es el centro gravitatorio de un conjunto donde las guitarras de Sergio Álvarez y Marcos Contreras se abrazan en un mismo lamento. A destacar, sobretodo, el despliegue vocal de Contreras, un cantante con identidad propia y proveído de un temple genuino que exhala cantos de dolor y pérdida, lo que solamente se puede respirar mediante la lucidez de la revisión interna. De ahí que en «He Perdonado», la que culmina todas sus presentaciones -y marca el final de un ciclo, como sus propios creadores nos lo advierten- completan el efecto purificador que nace de la exploración emocional. ahí donde la condición humana puede lidiar con su oscuridad en un mismo espacio. Una muestra irrefutable de que la entrega no siempre está en el monstruismo, sino en la forma en que la música, desde la procreación mediante una idea potente, está diseñada con un propósito de reflexión que se extiende en el directo hasta el rincón menos asequible. Todo lo que termina reforzando la elección de Mortajas hacia el gusto de quienes abrazan la observación y buscan la paz tras la pérdida.

Cerca de las 21 horas, y en un Cariola ya agotado en todas sus localidades, llega el turno de Mourners Lament, una agrupación con poco más de dos décadas y un catálogo que escribió su capítulo más reciente en A Grey Farewell (2024). De aquel trabajo arriba con fuerza titánica «Towards Abandonment», una muestra categórica de death-doom con influencias de My Dying Bride, el primer Anathema y los hoy míticos Mar de Grises. Entre las guitarras de Matías Aguirre y Marcos Contreras armonizando en la misma bruma, la voz de Alfredo Pérez no se limita a la brutalidad, sino que invoca y ruge desde la fragilidad. Lo notas por su presencia escénica, por cómo levanta el puño al mismo tiempo que su caudal de voz transporta la narrativa desde la distorsión hacia la vulnerabilidad interna. Y tanto en la primera estación del show como en la siguiente «Sadness Caress», notas de inmediato la forma en que la convicción, lo que impulsa el género más allá de la destreza instrumental, se traspasa a un público sumido en el más completo de los trances.

De su Opera Prima titulada We All Be Given (2016), desfila triunfante «Slumbers», una pieza que marcha con pasos retumbantes de ira contenida. De esos momentos en que el derrumbe no es inmediato, sino que es antecedido por la intensidad y el peligro. Una década después, la vemos fija en un repertorio donde la actualización le brinda el espacio necesario a una porción de nuestro lado oscuro. Por otro lado, y adjunto a la jerarquía interpretativa, es un gusto escuchar a Alfredo saludando al público chileno, en especial a quienes vienen de regiones. Y eso es lo que hace de Mourners Lament una banda querida y respetada en el circuito underground dentro y fuera de un género específico. De alguna forma, asumen que el calibre de «Mass Eulogy», la que abrocha el set, requiere de una digestión lenta y una disposición propia de quienes buscan una proyección desde la necesidad interna.

Si bien entre Mortajas y Mourners Lament se comparten dos integrantes -uno de ellos es Marcos Contreras, músico curtido en el doom metal a nivel local y sudamericano-, es menester resaltar en este párrafo la labor de Rodrigo Figueroa en batería. Como es sabido, el puesto más físico y exigente, el equivalente al rol del arquero en el fútbol, está en los tarros, sin desmerecer en lo absoluto a los demás músicos. Y es que Figueroa es un baterista dedicado, de los muy pocos que entiende la diferencia entre tocar música y respirar un estilo que, digámoslo, permanece desprovisto de la velocidad y la pirotecnia que hoy son más una convención de maquillaje que una señal de integridad. Una fuerza de golpe a golpe, ajustando verso a verso el distintivo de ambos proyectos, aportando a la diferencia desde la convicción hasta construir un compilado de hazañas fantásticas con sensación de amargura. Y por muy obvio que parezca, es lo que determina la consistencia de un ideal que trasciende el asunto del ritmo, y pone el acento en la cadencia en favor de la progresión.

Con el recinto de calle San Diego repleto en todas sus localidades, el escenario ya está acomodado para una nueva incursión de los lobos portugueses, esta vez en contexto de aniversario. Son las tres décadas de Wolfheart, el trabajo angular de Moonspell y es cosa de que la partida con «Wolfshade (A Werewolf Masquerade)» nos bañe inmediatamente de la fragancia distintiva de una banda que marcó a fuego a toda una generación desde el corazón de los ’90s. Entre medio, mientras un alborozado Fernando Ribeiro se dirige al público con la soltura propia de un maestro de ceremonias, Pedro Paixao se ubica en su propia ‘nave’ de teclados y sintetizadores para expandir las capas de sonido orquestal que le brinda a Moonspell una altura que seduce tanto a novatos de ayer como a iniciados de años. Es aquella enormidad impresa en su naturaleza lo que el combinado portugués proyecta y ensancha con categoría ganada a pulso. Y tal como en el orden del disco, «Love Crimes» echa abajo el teatro a punta de intensidad y fiereza, mientras Eduarda Soeiro, desde una posición elevada atrás, aporta con esa línea melódica en la voz que el teatro completo entona en plena liturgia. Y casi sin pausa, «Of Dream and Drama (Midnight Ride)» completa la terna inicial de un repertorio tan atronador como lo que se manda una banda que domina sus facultades de ejecución con la misma lozanía de hace tres décadas.

El repaso íntegro de Wolfheart, contrario a lo que ocurre en la mayoría de los casos, aquí nos brinda una sorpresa, un regalo para los fans de su primera fase. «Tenebrarum Oratorium (Andamento I / Erudit Compendyum)», nos devuelve hacia los días de Under the Moonspell (1994), cuando el black metal era el estilo-base desde que se formaron en 1989 bajo el nombre de Morbid God. Las visuales al fondo ayudaron a darle forma visible a una pieza atrapante y cinemática, cuyo fondo arraigado en el satanismo y las ciencias ocultas es la fotografía de su tiempo, apenas un lustro antes de ampliar el abanico de posibilidades.

Retomando el camino a través de Wolfheart, Pedro Paixao y el guitarrista histórico Ricardo Amorim unen fuerzas en una sublime versión de «Lua D’Inverno». En contexto de disco, un interludio para retomar bríos. En vivo, una exposición de maestría y honestidad con lo mínimo en recursos, para después volver a la intensidad de la mano de «Trebaruna». Una pieza que extiende sus dimensiones cargadas de misticismo y luz, con el bajo de Aires Pereira y la batería de Hugo Ribeiro marcando la pauta sin necesidad de colorantes ni aditivos externos. Y el desempeño de Paixao, por redundante que parezca, es fundamental cuando se trata de abrir el vórtice hacia un lugar desconocido y traducirlo a un despliegue en vivo que le da al show un aire de eucaristía en plenas tinieblas. En el mismo tramo, «Ataegina» rememora las tradiciones portuguesas gracias a su ropaje más folk. Una joya para los más busquillas; su inclusión como bonus track en la edición digipack de Wolfheart expone la faceta folk de una banda que dejó de lado el rollo demoníaco para adentrarse en el mito de la Europa ibérica. Y la bienvenida por el público equivale a la recepción de aquel pariente lejano de quien te cuentan solo aventuras impensadas.

Tal como en el disco, «Vampiria» y «An Erotic Alchemy» son casi hermanas gemelas. En ambos pasajes la narrativa de Moonspell aborda la seducción de la muerte y la literatura erótica donde lo prohibido evoca la luz blanca alcanzando el máximo valor en la escala de grises. Fernando Ribeiro, dueño de un desplante escénico que derrocha carisma a raudales, se pone en el papel de un sacerdote que invoca el amor de un ser tan bello como letal en «Vampiria», mientras que en «An Erotic Alchemy» su entrega en vivo se complementa con el juego de seducción en el cual Eduarda Soeiro participa con la complicidad que requiere entender la importancia de las formas. Y el broche con la gigantesca «Alma Mater», el himno de Moonspell por derecho propio, termina echando abajo un lugar donde las luces con tonalidades rojo-amarillo-verde rememoran con puño en alto el sentimiento de raíz y pertenencia que Moonspell profesa en cada rincón del planeta. Por algo Fernando Ribeiro se dirige al público en su portugués nativo con una fluidez de caballero. Y la sección en portugués de la letra de «Alma Mater», tanto como su contenido, es la proyección de una rúbrica que transmuta su forma de acuerdo a lo que dicta el impulso creativo.

Con el Cariola en llamas, inicia la siguiente sección del show, empezando con la dupleta conformada por «Opium» y «Awake!», ambas del supremo Irreligious. Aquí nos permitimos soñar con una próxima visita con dedicación hacia el sophomore de Moonspell, y mucho más cuando la ejecución en vivo es derechamente matadora. Es cosa de apreciar lo que se manda Ricardo Amorim en las seis cuerdas, un guitarrista que desborda intensidad y arrojo en sus solos, a la vez que su labor junto a Paixao en la expansión sónica denota el aprendizaje elevado a la maestría de un veterano de mil batallas. Una gala de clase que se hace notar en la tirada formada por «Nocturna», «Extinct», «Scorpion Flower» y «Everything Invaded», todas extraídas de su catálogo post 2000. Y ahí está la gracia de un show cuyo repertorio traza el equilibrio necesario entre el fulgor de un pasado glorioso y la frescura de un catálogo incólume a todo intento de etiqueta.

Cuando llegamos al cierre con «Full Moon Madness», la tercera embajadora de Irreligious en la noche, tratamos de dimensionar los efectos colaterales de un show que contuvo al menos a dos o tres generaciones enteras. Desde quienes conservan el ticket de aquella noche de abril de 1998 en el antiguo Estadio Chile, hasta quienes jamás pensaron que el viaje en el tiempo fuera posible al nivel como la noche del viernes 20 de marzo recién pasado en el Teatro Cariola. Entre ambos universos espacio-temporales, se genera la alquimia que nos permite dar con el núcleo de la dualidad humana. Ahí donde la razón se mira a los ojos con su contraparte salvaje. O como el propio Fernando Ribeiro lo dijo mientras presentaba «Scorpion Flower», nuestro lado más feroz y primitivo se da la mano con la cara de la belleza inmaculada. Y cuando ambos conviven bajo la misma sombra, la magia evoluciona al grado de ciencia exacta. Es la alquimia de los lobos lo que le da a Wolfheart un rótulo de placa fundamental ayer y hoy, y le da un lugar a Moonspell como un nombre obligatorio en el auge del género desde la necesidad de comunicar.

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