Por Pablo Rumel
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Tres bandas, tres propuestas aparentemente incompatibles, y una audiencia que no sabía si enfrentaría un collage o una revelación. Entre ajustes sobre la marcha, teatralidad calculada y una avalancha de hooks, la noche fue resolviendo su propia incógnita… no sin dejar algunas preguntas incómodas en el aire.
LA ENTROPÍA CONTROLADA
Tras una breve intro, dramatizada con un juego de luces que puso en un primer plano a Chaterine Nix, escuchamos la hermosa «Furyborn», una declaración de principios con una interpretación de afinaciones bajas, con riffs arrastrados y una percusión atronadora, que contrastó con la excelente voz de nuestra compatriota, un timbre vocal con cuerpo que transmitió en cada verso emotividad y energía.
Sí debemos mencionar algún inconveniente con las cuatro cuerdas al mando de Mauro Silva, que por alguna falla técnica no pudimos oír hasta la tercera canción. La experiencia fue curiosa, porque el oído suele percibir con más facilidad las notas medias y agudas, pero cuando logró enchufarse para interpretar «The Imposible», saltó a los oídos la contundencia del bajo, con unas líneas protagónicas que marcaron la diferencia, pasando Chaos Magic de un sonido distorsionado y delgado, a uno con más cuerpo y grosor, perfecto contraste con los agudos de Catherine.
Fueron treinta minutos, pero intensos: tuvimos el honor de escuchar por primera vez, y de manera inédita «Hybridity», tema que será parte de una futura producción anunciada por Chaos Magic, cerrando con «Emerge», una canción de gran presencia vocal, con interludios sinfónicos pulidos y un estribillo pegadizo, sumando el gran trabajo de Nasson a las seis cuerdas, con solos de excelente factura y apoyo vocal, siendo un pilar fundamental de la banda.
VISIONS OF ATLANTIS: HAIL JOLLY ROGER!
Visions of Atlantis saltó al escenario con una puesta en escena sencilla pero evocadora: la soprano francesa Clémentine Delauney, envuelta de negro como una viuda, entonó en solitario, en un escenario oscuro, los primeros versos de «To Those Who Choose To Fight», líricas que erizaron al respetable la piel: y como si se trata de una ópera, al ritmo de los primeros compases de «The Land Of The Free» apareció el resto de la banda que fue recibida con una ovación.
Los conceptos que Visions trabajó en el escenario fueron tres: el aspecto visual, sumamente cuidado con ropas de bucaneros y piratas; el juego de luces sobre el gran telón de fondo, que propició un efecto de riesgo y aventura; y el dueto operístico entre Clémentine y el italiano Michele Guaitoli; a lo Pimpinella, pero acompañados de pilares metaleros, con una percusión atronadora y bien calibrada al centro, timón que direccionó la melodía con un excelente apoyo de las cuerdas.
«Mercy» y «Monsters», una tras otra, fueron coreadas por un público entusiasmado, haciendo ver que Visions of Atlantis se tomaba una revancha, pues sus dos venidas anteriores carecieron de convocatoria, y esta vez los piratas no perdonaron a nadie y saltaron de frente a conquistar a marineros, guerreros y doncellas.
El setlist de los austriacos-ítalo-francos se centró en sus aclamados Pirates y Pirates II, con temazos obligatorios como «Clocks», o la sabrosona «Tonight I´m Alive», que al ritmo de tumbaos puso a bailar al Cariola, convirtiendo al teatro en una cantina perdida en alguna isla caribeña.
Hubo momentos épicos, como el arrió de la bandera por parte de sus vocalistas, o cuando Guaitoli interactuó con el público en recurrentes ocasiones, pidiendo incluso que nos sentásemos todos para simular que íbamos en las galeras de un barco; la clave de Visions fue su enorme carisma y la excelente performance de todos sus músicos, destacando a una imponente Clémentine, que elevó su voz por sobre los murallones sónicos con unos agudos hermosos y vibrantes; sí, es verdad, el tono más bajo de Guaitoli se oyó con menos cuerpo que el de su compañera, y se habría deseado unos decibeles más arriba, pero aquello fue un detalle que no empañó la jornada.
También es necesario recalcar que las secciones sinfónicas fueron lanzadas por pistas, tendencia que se está masificando entre las bandas del estilo ¿no sería más épico subir a un tecladista al escenario? La pregunta queda abierta.
EL DEBUT DE AMARANTHE EN CHILE
Dieron las 22:00 exactas, y ya, entre un humo misterioso, fueron avanzando los integrantes de Amaranthe hacia un escenario más grande y despejado, acondicionado con tarimas, recurso sencillo que elevó un escalón el show, al permitir visualizar con más claridad a cada músico.
El arranque inicial no se guardó nada; entre una descarga energética de power chords y una percusión poderosa, tuvimos la dicha de oír al terceto interpretar «Fearless», seguido de una potentísima «Viral»: si la fórmula de los atlantes se cargó al dúo operístico y a utilizar a las cuerdas y los elementos sinfónicos como soporte, acá el recurso se intensificó llevándolo al paroxismo.
Y es que el elemento metalero quedó bien en un segundo plano, alzándose una propuesta más pop-sinfónica con toques industriales: el peso gravitatorio de la performance se lo llevó por delante la interpretación de Elize Ryd y Nils Molin en las voces limpias, y Mikael Sehlin con los guturales.
El despliegue escénico de los cantantes no presentó fisuras: se subieron en las tarimas azotando sus cabezas al ritmo del groove, se desplegaron a los costados, interactuaron con el público e incluso ocuparon el fondo del escenario, generándose una especialidad que potenció más la especularidad del show, con un variopinto juego de luces y constante uso de efectos de humo.
Si bien la banda viene promocionando su último disco de 2024 The Catalyst, el setlist fue nutrido y abarcó su discografía completa: disfrutamos de hitazos como «Maximize», «PvP» y «Chaos Theory», y de las bellas electro-power-baladas ya clásicas como «Amaranthine» y «That Song».
Fue la primera visita de Amaranthe, dejando patente que un nuevo pacto se selló entre los suecos y los chilenos, un pacto hecho con maestría escénica, propuesta sonora contundente y amplia, y lo más importante, profesionalismo de primer nivel y conexión con el público.
VEREDICTO SÓNICO-OCULTISTA
Pudimos ver y oír tres actos, tres formas diferentes de entender el metal contemporáneo y una sola conclusión: existiendo profesionalismo el formato pasa a segundo plano. Chaos Magic corrigió una falla en caliente y transformó una pifia en contraste; Visions of Atlantis convirtió el escenario en relato y al público en tripulación; Amaranthe ejecutó con precisión quirúrgica un espectáculo donde cada elemento estuvo calculado para impactar.
Es verdad, no todo fue perfecto, y eso se agradece, porque ahí aparece lo humano; pero sí hubo algo más importante: propósito. En esa noche del Cariola, que no logró repletar, pero sí atraer a un público fiel y conocedor, quedando patente que un discurso bien articulado, a través de la vestimenta, la puesta en escena y un sonido arrollador, desbordó la mera pantomima, y eso en vivo pesa mucho más que cualquier decibel extra.
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