Texto por Pablo Rumel
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
A quince años de la obra épica-histórica, y a ocho años de su última presentación, la avanzada patriota de Húsar tenía listas las bayonetas y las charreteras adosadas a los hombros, estiradas las cuerdas de acero, y las voces calibradas, para esta nueva reunión en el Club Chocolate, un 21 de diciembre de 2025 que pasará a la historia. Cundía la duda entre los asistentes ¿sonarían tan bien como en el pasado? ¿La acústica y la mezcla estaría a la altura de la puesta en escena? Vamos al detalle.
LOS TELONEROS: DOLEZALL AL ATAQUE
A las 20:15 comenzaron los primeros acordes de «The Oaken Shileds», un tema con ataques a medio tiempo, contundentes golpes en la batería, y mucha vibra heavymetalera que aspira a convertirse en un clásico. Ray Hemmelmann, ataviado con una correcta falda escocesa y pintura guerrera en el rostro, atronó el recinto con líneas de bajo, afiladas y profundas, aplicando excelentes adornos entre los riffs, y sintonizando con esa descarga energética que asumió la banda desde el arranque.
Nicolás Arce a la guitarra se apoderó de las rítmicas y los solos, con el singular detalle de que no saturó a los canales con su distorsión, sino que la pulió al grado tal de que se oía potente, con buen cuerpo y ganancia, sin la necesidad de destruir los tímpanos del respetable, intercalando sus clásicos acordes de quinta y sus solos “a la agachadita”, con su particular manera de tocar.
Tras la movida «Scourge of God» llegó la ultra medieval «Heir Of The Cross». Felipe del Valle, a la voz, demostró por qué es un titán de los agudos y de la interpretación en vivo, moviéndose en el escenario con total libertad, arengando a los presentes, y convirtiendo al acto metalero en una performance operística, que ya luego veríamos desplegada en todo su esplendor con Húsar.
«Blodbath Feast», con un escenario teñido de luz rojo sangre, fue comandada sólidamente por el capitán Carlos Dolezal a la batería, quien visiblemente concentrando, aporreó sabiamente a baquetazo limpio la caja, toms y platillos, demostrando fuerza en su desempeño, con excelentes patrones combinados a doble pedal, que apreciamos en el arranque, y en particular con «Jack The Ripper», el cierre con broche de oro, con casi cuarenta minutos perfectos que señalaron dos cosas: Dolezall, que la redacción de SO ha visto en contadas ocasiones durante el año, ha crecido exponencialmente por lo cual todo el trabajo y esfuerzo detrás de la banda se nota con creces; y segundo, que el campo de batalla estaba dispuesto para que el Húsar, a sablazo limpio, lo dispusiera todo para una gran performance.
DUEÑO DE CASA: HÚSAR Y SU EPOPEYA TRÁGICA
No es común ver a una banda jugando de local con un entusiasmo tan grande del respetable, quienes avanzaron en oleada apenas oímos la pista de «Retirada», y esa sensación que pone la piel de gallina cuando se descargó la primera artillería, con «Condena», teniendo a un Húsar que del acto anterior sumaba a Nicolás Arce a la guitarra rítmica, y al mismísimo Felipe del Valle, ataviado con el traje negro de José Miguel Carrera libertador.
Por supuesto que el gran señor de la noche fue Ives Gullé, que nos regaló una performance mayestática engalanado como Rodríguez: saltó a la primera línea, delante de los músicos, coordinó las entradas de los siete cantantes que se fueron sumando y restando en escena, dialogó con los asistentes y los arengó con consignas patrióticas, e incluso bajó del escenario y entonó a todo pulmón «Libertad» junto al cantante Rodrigo Varela, quienes se pasearon junto al respetable para darle un acento más glorioso al acto.
La presentación se centró en el disco I de Húsar, interpretado de manera íntegra, con un interludio acústico que nos regaló «Can’t Help Falling In Love», del otro rey, Elvis Presley, para continuar con piezas selectas de la discografía de Ives, interpretando «Legado» del disco Invasión, y «La Luna y La Sol» de Kawésqar, para rematar en un encore final con «A Francisca, «Unión» y «Triunfo».
«Humillación» mostró el punto más alto de la noche, pero un punto que rompió la curvatura ascendente porque no hubo caída ni meseta, sino que en cada canción la explosión aumentó. La puesta en escena mostraba una pantalla gigante y un juego de luces, más efectos de humo que sirvieron para darle mayor dramatismo al acto. La vocalista y bajista América Paz, de negro y con un vistoso abanico como las malas del animé, salió junto a Del Valle y Varela, y fuera de algún micrófono que se fue a negro, la coordinación sobre las tablas fue soberbia, evidenciando el profesionalismo en escena de músicos que sobrepasan la década ejerciendo la labor más noble de todas: convertir en música una historia compuesta por lágrimas, sudor y sangre.
La base rítmica fue llevada de manera soberbia por el baterista Fran Muñoz, ex Dorso, y Ery López, bajista de Alto Voltaje, quienes tuvieron la dura misión de levantar a las guitarras y amoldar la rítmica a las pistas que se lanzaron en vivo, pocas, las justas, para recrear con precisión y potencia el trabajo, ajustando con velocidad y polirritmia esta propuesta operística que cruza el hard-rock con el heavy y el power metal progresivo.
La intervención de Fox-Lin Torres de Battlerage en «Guerra» fue otra estrella explosionando en el firmamento: el cantante, con outfit de bucanero, entregó el peso más oscuro de la noche, con una voz desgarrada y gesticulaciones obscenas, acompañado por riffs arrastrados en bajas tonalidades, porque más allá de la poesía y de la gloria, se nos recordó que la guerra deja mutilaciones, sangre y sufrimiento por doquier. La guerra, más que higiene del mundo, es el desgarro en la carne que como precio se paga por la libertad.
Ricardo Susarte de Polímetro entró en dialéctica feroz con Jaime Contreras de Steelrage, ambos titanes de la oleada anterior, y aún vigente, del metal nacional, proyectando en escena toda la teatralidad y la potencia operística que demandaba una obra tan arriesgada como original, sumado a un Víctor Escobar de Alto Voltaje, llevando el andamiaje coral a una nueva dimensión representativa.
ESTAMOS LISTOS PARA LO GRANDE
Más que una constelación o cascada de nombres, lo que se vio anoche fue la constatación de que en Chile se está listo para cosas grandes, sin titubeos ni apellidos. Cuesta testimoniar por escrito lo vivido, pero lo que sí debemos precisar, es que lo que sucedió sobre ese escenario no fue nostalgia ni simple reunión de talentos, sino una demostración de oficio, rigor y convicción artística que se empinó sobre la hora y media.
Ya podemos pensar en grande y soñar con un futuro Húsar que reúna mayores ensambles, con orquestas de cámara, pianos y una escenografía teatral barroca que atraviese los momentos más estelares, determinantes y peligrosos de nuestra historia. En base a lo vivido anoche, concluimos que el metal chileno, cuando se articula con ambición y disciplina, no solo está a la altura de su historia, sino preparado para escribir capítulos mayores. Y en Sonidos Ocultos damos la nota más alta, con un show que estuvo entre lo más selecto y granado de un año con centenares de eventos, incluyendo, claro está, a las visitas internacionales que recibimos.
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