Por Pablo Rumel
Fotos Rubén Garate.
La primera semana de febrero de 2026 será recordada como la semana más thrashera en décadas por estos pagos. Por un día de diferencia, tocaron Forbidden, Vio-Lence y Venom Inc, y el mismo día de Ellefson, en el MIBAR atronaron la sala los nacionales de Demoniac y Ripper.
La Sala RBX fue el escenario, y pese a que no fue un sold out, se congregaron unos 200 bangers ataviados con poleras de Megadeth. Y sí, se respiraba en el ambiente algo así como la previa de la llegada del colorado a Chile, un calentamiento para la gran cita que nos reunirá en mayo del presente y que nos tiene a todos en estado de combustión orgiástica.
Terror Society se encargó de ajustar los decibeles y dejar lista la maquinara, servida y en bandeja de metal, a Ellefson y compañía. Con las luces apagadas, y oyendo el ruido de sirenas, cayeron sobre la Sala RBX los primeros acordes de Powerfull Killer, una descarga frontal y directa, sin concesiones, de un buen thrash que bebe de los clásicos de Destruction y Kreator, pero que también conserva muy bien ese fraseo desgarrado y filoso de actos chilenos como Necrosis o Massacre.
Alex Leunam comandó la invasión terrorífica: en las voces y haciendo las guitarras, vocalizó con esa rabia oxidada que demanda el thrash, atronando las cuerdas en los parajes rítmicos más intensos, e incluso intercalando solos con el otro guitarra Rolo Wav, shreedings salpicados de legatos, tappings ultraveloces y uso de tremolo, cogoteando las notas para hacerlas aullar cuáles míseras bestias sacrificadas.
La presentación fue intensa, duró poco más de treinta minutos, por lo que Terror Society optó por temas furiosos y cañeros, como «Insane Holocaust» o « Ashes of the Cosmos ». Cada músico destacó en su instrumento, pero debemos hacer una mención especial a su batero Víctor Carmona, y es que pocas veces se ve tanta brutalidad y velocidad aunada con técnica. La caja sonó cañón, como la tabla de un verdugo listo para picanear a su víctima, dejando huellas sonoras entre cada aporreo, y si bien la esencia del thrash es el tuca tuca, el hombre aportó polirritmia en algunos parajes y un variado juego de platillos, convirtiendo su labor en un espectáculo aparte del espectáculo central. ¿No son estos los shows donde el baterista debería estar al frente del escenario o colgado en una jaula sobre las cabezas de los asistentes?
Miguel Cuevas, que ya pudimos verlo actuar con la banda cuando abrieron a Exodus el año pasado, no hizo más que reafirmar su particular estilo, a puro dedo, metrallando el bajo con una velocidad supersónica, e incluso tocando acordes en las secciones de los solos, dejando de ser mero puente entre el ritmo y la melodía, sumando más vértigo y peso a la propuesta de los santiaguinos. Gran bajista para una agrupación que se consolida show a show.
«Perpetual Death» fue el tema escogido en el cierre y como balance general podemos decir que Terror sumó una presentación breve, que no se centró en su último álbum sino que incorporó sus trece años de carrera, tuvo una percusión mortífera que entregó la oxigenación asesina y que obtuvo una respuesta positiva del público, sorprendido gratamente por la habilidad de sus músicos.
ELLEFSON Y COMPAÑÍA
Veríamos un conjunto chileno-argentino-ítalo-estadounidense, pues junto a Ellefson y su Basstory vienen ya años trabajando los guitarristas Andrea Martongelli con Arthemis, un acto power thrash italiano interesantísimo; de Argentina Emmanuel López, integrante de la banda argentina Watchmen y a los tarros Adrián Espósito, batero de amplia trayectoria y de reciente incorporación en Nepal, banda thrashera argenta mítica de los ochenta. De Chile, Nasson a las voces, guitarrista y productor de la banda de metal sinfónico Chaos Magic, y ex integrante de bandas señeras como Inferis o Resilience.
Sí, parecía una Liga de la Justicia, y estaríamos de cuerpo presente para oír si esta encarnación de Basstory le haría o no justicia a Ellefson, y en particular a Megadeth. La última setlist conocida de 2025 abría con «Skin o’ My Teeth» y seguía con «Train of Consequences», intercalando temas de propio cuño de Ellefson, para mandarse una selección antológica del Rust in Peace.
¿Superó, igualó o empeoró la selección de esta nueva noche? Visto en retrospectiva, este listado de temas puso la vara más en alto, pues dejó de lado las canciones de Ellefson, que siendo buenas aún no han ahondado entre el público con el mismo vigor de un clásico, y la apuesta se redobló incorporando solo canciones de Megadeth y covers de Black Sabbath y los Sex Pistols, cerrando con las inmortales «Symphony of Destruction» y «Peace Sells».
LA PERFORMANCE: AGUERRIDA Y FRONTAL
Siendo las 22:20, pudimos oír esa introducción tribal, a golpes de toms y caja, de la emotiva y poderosa «Trust». Oh sí, tendríamos a Ellefson para contarnos su verdad: acompasando la batería y sumando las retumbantes líneas de bajo de arranque, esas aceradas por la púa, Ellefson encaró al público entre cánticos y los primeros versos cantados por Nasson, quien imitando el estilo nasal de Mustaine, creó esa atmósfera de Megadeth en formato íntimo.
Ellefson, ni colérico ni alumbrado, se mantuvo fiel a su estilo discreto, pero sumándole varios decibeles a su actuación, con mayor protagonismo en las backing vocals, y aportando con el peso rítmico de temazos indiscutidos de la vertiente menos trhashera de Megadeth como «Hangar 18», «Angry Again» o «Sweating Bullets», pero evidenciando un excelente estado físico en temas más demandantes y veloces como «Tornado of Souls» o «Wake Up Dead».
Hubo su momento punketa con «Anarchy in the U.K», temazo que atronó la Sala RBX, entre coreos y saltos, y protagonismo indiscutible de Ellefson en «Dawn Patrol» o «Peace Sells» al cierre, una canción que fue tocada con el golpeteo rítmico y vibrante de una encarnación joven que versionó a Megadeth sin faltar el respeto: con energía y técnica.
El sonido estuvo a la altura. Con una mezcla que potenció los bajos y la batería (ya lo pudimos oír con Terror Society), no se descuidó la estridencia guitarrera, afiladas y sangrantes en los solos, y movediza y reptante de los riffs ingeniados por el arquitecto sónico de la destrucción, mister Dave Mustaine, con un dueto a seis cuerdas que puso malicia en los solos, reinterpretó con astucia los parajes apocalípticos de la megamuerte, y que calibró con habilidad quirúrgica su protagonismo, redundando en una interpretación en la que se primó por el conjunto más que por el virtuosismo de un solo músico.
PALABRAS AL CIERRE
Un aplauso estridente en primer lugar para los Terror Society, que han renovado su repertorio con su álbum de 2025, sin olvidarse de sus primeros discos, y más aún, sin caer en la tentación de interpretar covers para caer bien al público: mostraron su arte, su potencia y energía, y estamos seguros que si siguen con garra seguirán consolidando su propuesta. Lo fundamental es evitar el desangre entre nuevas reformaciones y formar una base sólida, de acero y hormigón, con este grupo de músicos que capitaneados por Leunman mostraron alta-calidad-y-metralla con su thrash old-school.
Por otra parte, la Liga de la Justicia Ellefsoniana parecía un grupo de hermanos: encararon con fortaleza la tarea titánica de tocar los clásicos de Megadeth y sonaron como si se hubieran conocido desde kindergarten. Una banda puede ser muy talentosa, pero sin dirección ni sinergia hará aguas por todas partes, y se notó la mano de Ellefson, quien entre cada canción se acercaba a los músicos y con esos movimientos de cabeza y gestos secretos que solo entre músicos avezados conocen- casi como miembros de una cofradía de asesinos- el show resultó impecable y a nadie le importó que Nasson, por ejemplo, tuviera un atril con las letras como torpedo, ni que la Sala RBX no estuviera repleta ni destruida por el mosh y la amplificación atronadora.
En una semana absurda y bendita, Santiago recordó que el metal no vive de efemérides sino de cuerpos sudados, cuerdas tensas y canciones que todavía muerden. Un audiófilo puede gastar miles de millones de pesos en equipos caros para la máxima fidelidad, pero la verdad es que un disco de estudio no es más que un ensayo grabado y regrabado, pulido en sus últimas aristas, para sonar profesional y llegar a los fans, pero carece de esa veta humana que es corporeizar la música con el músculo vibrante y sudado, permitiendo incluso reescribir sobre el escenario el mismo material, pero sumándole esteroides, pulso orgánico al latido de la rítmica, y maldad y violencia en las secciones de mayor arrastre.
El resto es anécdota: esa noche la Sala RBX fue un refugio breve pero real, un recordatorio brutal de que el thrash no murió, no envejeció y no necesita excusas. Solo volumen, convicción y verdad.
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