Fatal Prediction Fest: La iglesia de los hijos de la muerte
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Fatal Prediction Fest: La iglesia de los hijos de la muerte

Fatal Prediction Fest: La iglesia de los hijos de la muerte

domingo 02 de junio, 2024

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Escrito por: Equipo SO

Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

Hay que empezar esta nota con un poco de historia, a veces muy necesaria. Porque no se puede entender la ferocidad del metal extremo sin sus próceres ni las obras capitales que forjaron toda una revolución. Imposible desconocer la huella de los demoníacos Venom, fundamental en el auge de muchas escenas relacionadas a la movida thrash en su fase primaria. Sobretodo en la Bay Area de San Francisco, donde además de los sempiternos Metallica-Slayer-Exodus, hubo una agrupación muy satánica -y muy adolescente- que les bastó un LP legendario para dar el paso hacia lo prohibido. Donde hoy está relegado a un nicho o algún gusto específico, en su momento fue una explosión nuclear de guitarras rápidas, voces podridas gritando sobre «lo peor de lo peor», una imagen que apela a la provocación y se mete al bolsillo la «corrección política» de la industria musical. Y coronando dicho lodazal de destrucción, la rabia contra el sistema imperante es lo que hace del metal primitivo un fenómeno alimentado por quienes lo abrazan como un principio de vida… y muerte.

Como lo comentamos hace un par de semanas, el culto que genera Possessed en el género es único. «Seven Churches» les valió ganarse la categoría, aunque hubo que lidiar con una separación temprana y, sobretodo, el difícil andar cotidiano de Jeff Becerra. El único fundador sobreviviente, confinado a una silla de ruedas durante más de tres décadas y con problemas de salud que le costaron la pérdida de un ojo hace un par de años. Con todo aquello, donde otro hubiese claudicado, Becerra dedicó los últimos 20 años de su vida a reformar Possessed y llevar a los escenarios de todo el mundo los mejores capítulos de un legado mítico, respaldándose en una banda que aplica las lecciones de la vieja escuela al punto de emular la misma vibra retorcida y avernal de aquellos años de demos, fanzines y noches doctrinarias en San Francisco. El lanzamiento de «Revelations of Oblivion» (2019), además de concluir el larguísimo hiato discográfico desde el EP «Eyes of Horror» (1987), le terminó dando la razón a Becerra en su decisión de mantener la vigencia de su donación, lo que realmente importa.

El caso de Venom Inc, el «spin off» oficial de los de Newcastle, tampoco ha sido miel sobre hojuelas. A pesar de sus dos lanzamientos bajo dicho nombre, Jeff «Mantas» Dunn la ha tenido complicada tanto por la enfermedad de su esposa como por sus problemas coronarios. Ante la decisión de Dunn respecto a dejar el circuito de giras por un buen tiempo, Tony «Demolition Man» Dolan asumió la capitanía con la clase de los grandes de verdad. Es cierto, el tipo participó en tres álbumes con Venom, todos brutalmente ninguneados en su tiempo, pero la química entre Dolan y Dunn dio sus frutos. Como músico de apoyo, Curran Murphy era el indicado y su gran mérito está en preservar el sonido corrosivo y «desagradable» de la leyenda en su plenitud. Y al igual que Possessed, la tercera vez en Chile tiene todos los condimentos que la hacen tan especial como las dos visitas anteriores.

Con un operativo de seguridad bien riguroso en la entrada al Teatro Cariola, el reloj marcaría pasadas las 18:30 cuando Blemish dio el puntapié inicial a la liturgia del sábado por la noche. Con más de 20 años de carrera y un death-doom con ropaje sinfónico, hay un repertorio que sorprende a quienes les parece un nombre nuevo, quizás desconocido, pero que algo hacen para que su música genere un efecto inmediato ante un público aún escaso a esas horas. «Perversa Atracción», «Tiranía» y «Eterna Oscuridad» son apenas unas muestras de la orientación de Blemish hacia algo más complejo y envolvente a la vez. Grandilocuencia y vanguardia que pueden descolocar a quienes no están familiarizados con tamaño despliegue de envergadura, pero que atrae a quienes gustan del death metal melódico de Dark Tranquility o el eclecticismo de Amorphis. Arranque prometedor para una jornada maratónica, y un recordatorio de que siempre habrá nuevas posibilidades en un mismo ecosistema.

Hablemos de historia y espectáculo? Hablemos de leyendas locales? Massacre tiene todo que, desde la partida con «Addicted to Insanity», nos hace viajar hacia el tiempo prediluviano. No es solamente la historia del thrash metal en Chile, sino el atractivo escénico que refuerza la potencia artística y musical de una institución que no necesita descansar en un género específico para exponer sus credenciales. Las mismas credenciales que hacen de «Meando la Fosa Común» un capítulo obligatorio cuando hablamos de los momentos fundacionales del metal chileno, hoy en 2024 provocando un cataclismo de proporciones apocalípticas.

El liderazgo de Yanko Tolic, un guitarrista extraordinario que dispone sus dotes como cantante hacia la teatralidad, es una clase magistral que pocos referentes locales pueden jactarse de brindarla con la frescura necesaria en estos tiempos. Lo secunda Eduardo «Baco» Vidal en el bajo, un músico que disfruta lo que toca en el escenario y contagia aquello a los fans y a los no tanto. Verlo correr y atacar con su instrumento, un deleite y una tarea cuando se trata de darlo todo, porque esta música requiere eso además de la experticia. Completando el cuadro están Gabriel Head en la segunda guitarra, Mauricio Coromer en la batería y la destacada tecladista Johanna Sánchez, quien hace una labor soberbia cuando hay que llevar la expansión sonora hacia el directo. Por algo «Immolation» y la erupción final de la clásica «Altazor» nos ponen de rodillas. Por algo Massacre es un nombre a considerar cuando hablamos del acto en vivo como una conformación de ideas y trayectoria.

Para referirnos a Necrodemon, cuesta encontrar las palabras idóneas ante un estilo reconocible en el death metal chileno y sudamericano. Esto porque lo que hacen los ariqueños en vivo va mucho más allá del género o subgénero al cual se les asocie. «Plague of Christ», «Satanized» y «Lost Kind of Magic», una a una te trituran los huesos como señal de comunión con lo abominable. Para los ajenos a esto puede parecer demasiado, pero los 25 años de recorrido están ahí, brindando sus frutos a base de constancia y un espectáculo que no escatima recursos, como deja en claro el uso de máquinas de fuego. Está claro, estos señores echan fuego como el propio averno en el mundo terrenal.

Nos gusta que se acuerden de su Opera Prima «Regions of the Non Divine», porque a pesar de la distancia en el tiempo, triunfa como un clásico del death metal chileno. Aludiendo al título, Necrodemon lleva su firma hacia los dominios de lo impuro, un terreno que conocen bien y les complace habitar. Nos alegra enormemente escuchar a Cristian Gallegos preguntarle cuántas personas los están viendo por primera vez, y eso dice bastante sobre el rendimiento en vivo. Porque eso es Necrodemon en su esencia, y el final con la infaltable «Que muera el perro Jesús!», cantada con puño en alto por los bangers que ya repletaban el recinto de calle San Diego, se lo refriegan en la cara a quienes siguen aferrándose a lo sagrado y lo convencional. Necrodemon es una especie perdida de magia que purifica a quienes la reciban y castiga con una muerte lenta y muy dolorosa a quienes la nieguen.

El Cariola, a eso de las 21 horas, ya se repletaba hasta desbordarse como un aluvión. El mismo efecto devastador que nos impulsa a arrasar con todo en el arranque con «Witching Hour». Dos cucharadas y a la papa, Venom Inc concreta su retorno a Chile con la maestría que te da la experiencia y, en algunos casos, los tropiezos. Con el bueno de Tony Dolan al frente, olvidémonos de la ausencia de Jeff y centrémonos en la paliza cruenta con que «Bloodlust» rememora los mejores momentos de la música más acelerada y sucia que pudiese concebir el ser humano. Y es que con un guitarrista portentoso como Curran Murphy supliendo a un histórico, queda claro que el chorro de agua de alcantarilla sigue impactando igual de profundo entre los amantes del metal químicamente puro.

Tras un inicio arrollador, hay tiempo para presentar material de su última producción en estudio, «There’s Only Black» (2022). Salen a jugar el corte titular, «Come to Me» e «Inferno», un par de muestras del presente que estos veteranos viven con la sabiduría requerida tras años y décadas de locura máxima, con «War» -del anterior «Avé» (2017) ganándose un espacio con las palabras de Dolan acerca de las turbulencias y crisis que nos tiene a todo un planeta en vilo. A lo mejor los tiempos actuales son distintos y poco encantadores, por lo que «Welcome to Hell» y «Live like an Angel (Die like a Devil)» estimulan a que la centrífuga humana no deje nada en pie. Lo sabemos, los clásicos mandan. Y por algo la recepción calurosa, sobretodo de un público que quizás no nacía aún en la década del ’80, pero que respira hasta la sangre y lo deja todo como si no hubiese mañana.

Los discos con Tony Dolan son oro puro para los coleccionistas. En especial «Prime Evil» (1989), una placa menos extrema y más inclinada al heavy que sus antecesores, pero no por ello menos rutilante. «Blackened Are the Priests» y «Carnivorous» son las embajadoras de dicho álbum en el repertorio, y al menos entre los fans incondicionales, ambas tienen el rótulo de ‘himno’ que en su momento fue omitido por quienes les perdieron la pista a finales de los »80s. Es notable que a pesar de no tener el mismo renombre que lo hecho en el ciclo 1980-85, conformen su hermandad con clásicos de la talla de «In Nomine Satanas», una de las bestias que componen la jauría de canciones llamada «Welcome to Hell» (1981). Y si eso pareciera poco, la intro con sonido motosierra que da paso a la sin razón total en «Black Metal», te ofrece la postal de un Cariola que se viene abajo sin dejar sobrevivientes. Lo diremos siempre; los clásicos mandan y son las imágenes y la euforia ardiendo la sangre lo que mandan como criterio ante todo.

Así como Tony Dolan se echa al bolsillo a un público hambriento de verdadero metal y Curran Murphy demuestra de qué está hecho cuando hay una mochila pesada en apariencia, Marc Jackson completa el equipo aporreando los tarros con una solidez de otra liga. Los golpes tribales en «In League With Satan» son el momento idóneo para referirnos a su aporte y el complemento con Dolan en la base rítmica. Incluso el doble pedal en «Countess Bathory» le da a Venom Inc una vitalidad monstruosa. Y cuando pensamos que ahí el público lo dio todo -literalmente-, Dolan nos ofrece una más, un regalo de aquellos: «Sons of Satan», la que abre el fundamental «Welcome to Hell», lo que empezó todo en una época donde se decía que en el rock pesado «ya estaba todo hecho».Un obsequio maldito y bienvenido por los amantes del metal crudo y sanguinario desde la tripa misma.

Una espera de media hora, incidentes en la entrada por quienes terminaron superando la seguridad del recinto, gas lacrimógeno al interior del recinto. Un Cariola ya abarrotado, con filas interminables para comprar bebestibles. Y a las 22:30 clavadas, tras la intro «Chant of Oblivion», cual película de horror clase B ochentera, «No More Room in Hell» lo derriba todo a patadas. Casi sin pausa, a lo que venimos, porque «Damned», también de «Revelations…» nos pone al corriente de lo que es Possessed hoy en día. Un orgullo ver a Jeff Becerra al frente, liderando el escuadrón de la muerte, la brigada asesina de las siete iglesias. Daniel González y Claudeous Creamer en las guitarras, Robert Cárdenas en el bajo y el baterista Chris Aguirre II, todos aportando con sus respectivas experticias a recrear el hedor enfermizo y vituperable de una institución netamente para entendidos.

Alguien pedía clásicos, y «Pentagram» llega desde el mismo infierno. Puede parecer cliché hoy, pero sabemos en realidad que es así, al pie de la letra. González y Creamer, ambos pletóricos dibujando en las guitarras las líneas retorcidas de un mapa de locura y blasfemia hasta la médula. Como hay su espacio para «Seance», del muy infravalorado «Beyond the Gates» (1986) y un favorito para quienes aman el catálogo de Possessed más allá de su fundamental debut. Menos demencial y más ligada al thrash de la época, pero que funciona y se mantiene igual de terrorífico que en su apogeo. De ahí volvemos a lo reciente con «The Word», y queda claro el balance entre un pasado glorioso y una etapa de resurgimiento desde las tinieblas del tiempo, para revisitar de nuevo la era dorada con «Storm in My Mind». Una montaña rusa, donde la sensación de horror ante una muerte violenta ronda como una patología mental.

Dejemos en claro que el espectáculo de Possessed, a nivel visual, no está en el escenario, sino donde los fans responden a base de locura y pasión irrefrenable. Porque mientras pasaban «Dominion», «The Eyes of Horror» y «Tribulation», algunos fans recalcitrantes bajaban amarrando polerones desde la platea a la cancha, al mismo tiempo que hubo que lidiar con la avalancha de personas ingresando en oleaje, y el gas lacrimógeno provocando molestias en la cancha, al menos en quienes estaban alejados del moshpit. No se tome como una perorata sobre la seguridad, porque nos guste o no, el metal en Chile se respira de una forma que por algo llama la atención desde otras latitudes. Te gusta o no te gusta, o mandas todo a la cresta o te quedas ahí parado. No hay puntos medios, y las bandas como Possessed generan ese desenfreno que no se mide con nada más que con lo que se siente la música: las pelotas.

Lo que se siente con la intro de «The Exorcist» y la manía desbocada, reflejada sobretodo en esas guitarras que terminaron pavimentando la base de lo que vendría en los ’90s. Un clásico absoluto que se defiende solo, donde reconoces su «melodía» principal cuando te familiarizas con el lugar de donde viene el metal: abajo, bien abajo. No puedes no fijarte en lo que hace Jeff Becerra, en su puesta escénica quizás limitada en movimiento por razones obvias, pero con la misma voluntad de aquel chico de 17 años que se juntó a hacer música con otros chicos de su edad. Por eso es que tras la tempestad de «Demon», «Fallen Angel» marca el momento emotivo, el de las canciones que se vuelven grandes y donde ocurren miles de cosas en tres minutos. Insistimos en que Possessed es un legado para la gente que le gusta el metal extremo sin distinción de sub-ramas, y nos queda claro sin pero que valga. Hablando de ramas y géneros… DEATH… METAL!!!, así bien gritado, como la revolución metalera que bañó en sangre y le rebanó el cuello al mundo. Y tal como reza el último bombazo de la noche, «Burning In Hell» nos dejó ahí en llamas, en el lugar donde va la gente que se ha portado mal en la vida. Yesa es la idea.

Sin duda, y con la extenuante oferta de conciertos y visitas internacionales, hay que felicitar a Chargola por traer juntas y revueltas a estas dos potencias del metal subterráneo a nuestro país. Y lo mejor de todo es que la noche capitalina, un infierno en sí, de pronto sufre los embates de la música maldita hasta los cimientos. Cuando la iglesia congrega a los hijos de la muerte, es una señal de que los dioses del rock n roll le darán la bienvenida en el infierno a los ángeles caídos, a ese mismo lugar donde el metal de la muerte llega con los vientos del vacío. Nada más que decir, salvo dos palabras: DEATH METAL!!!

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