Por Claudio Miranda
Fotos Eric Ibáñez @FotosMetal
En 2018, promediando el ciclo de Excerpts from a Future Past (2017), la revista Decibel en su sitio web capturó estas declaraciones de Tommy Alexandersson: «Me encanta el sonido y la producción de esa época; a todos nos gusta, y por eso intentamos capturar esa esencia del paisaje sonoro de los 70. Durante ese período, las bandas intentaron experimentar mucho con nuevos sonidos, como sintetizadores y efectos de sonido de forma progresiva, y nos gusta mucho trabajar así, incluso si ya se ha hecho. Mucha música de esa época es muy pura y no tan sobreproducida como la de hoy, y la forma en que componían las canciones era valiente y, a veces, alejada del patrón habitual de composición». Las palabras del bajista, cantante, fundador y genio conceptual de Hällas, tienen toda razón de ser. La banda fundada en Jönköping en 2011, ha trascendido en el circuito underground gracias a una propuesta que va más allá de «sonar como…». Y es que la ética de trabajo en Hällas no solamente va a contracorriente en estos días de fórmulas a la segura y producciones genéricas con exceso de producción, sino que refuerzan su propio lenguaje en base a un exhaustivo estudio arqueológico del rock progrsivo a la usanza de 1970.
El amor por la música en su forma más pura y el detallado conocimiento de las formas ligadas a la producción análoga, ambos rasgos están presentes tanto en la elaboración física de su catálogo como la puesta visual en vivo. El uso de equipos vintage y su sonido cálido con olor a madera. Paisajes de ensueño traspasados a la producción visual en sus lanzamientos físicos por el artista estadounidense Adam Burke (Nightjar Illustrations). Un concepto inspirado en la fantasía medieval, lo que derivó en simplificar su estilo en una etiqueta que sus creadores llamaron «Adventure rock». Todo englobado en una narrativa literaria que emula la biósfera mitológica que conformaban nombres imperiales como Pink Floyd y Yes, la psicodelia inglesa de The Moody Blues, la fusión heavy-prog de los míticos Uriah Heep, las armonías explosivas de Wishbone Ash y la variedad estilística de Nektar. Podríamos deshacernos en nombres históricos y referencias culturales por granel, y sería quedarse corto ante lo que realmente le ha dado a Hällas un lugar de culto para los amantes del sonido análogo. Lo que tiene que ver con el propósito en su ropaje.
En un RBX abarrotado en todos sus rincones, se congregaron casi 400 headbangers. Una gran mayoría aún no nacía, no vivió jamás la década del ’70. Curiosamente -o quizás, no es tan llamativo hoy-, ese público termina siendo el más nostálgico. Y cuando el retro-rock se volvió tendencia en redes sociales durante la década pasada, solamente las bandas del calibre de Hällas propusieron algo realmente original y análogo. Ahí donde los grandes sellos prefieren no arriesgar por apelar a lo que espera la gente, Hällas se la jugó por su integridad artística desde el EP homónimo (2016), al cual le siguieron el mencionado Excerpts from a Future Past, el refinado Conundrum (2020) y el más reciente e igual de memorable Isle of Wisdom (2022). Y eso es lo que abraza el metalero purista. No el de la imagen distorsionada por la idiotez de las redes sociales, sino el que ve en la banda sueca una devoción por la música y la expresión artística, en su totalidad y a prueba de todo.
Pese a la media hora de dilación en los horarios publicados, el cartel chileno respondió a cabalidad. Los primeros fuegos los disparó The Black Messiah, agrupación cultora de un doom metal con brochazos épicos y actitud callejera. En palabras de sus integrantes, fans del thrash de Slayer y Overkill que se juntan a tocar doom metal al estilo de Candlemass y Solitude Aeturnus. La intro del clásico homónimo de Black Sabbath, ejecutada en vivo, le da el pase al desfile que «Death Always Triumph», «The Black Messiah» y «Fall in Darkness» protagonizan como muestras contundentes de una propuesta que sacude el cuello en cada riff y patrón rítmico, literalmente. La voz de Nancy Gómez proyecta un toque lírico que va de la mano con la bruma y el concepto satánico-ocultista que sus intérpretes llevan hasta la raíz más profunda del estilo. Preciso, ajustado en cada flanco, y exponiendo su amor al metal lento y pesado en su forma más maldita, The Black Messiah cumplió y gustó hasta contribuir a lo que fue un sabbath en toda su regla y esencia.
El turno de BlackFlow nos deja con sentimientos encontrados. Una de las agrupaciones más consistentes a nivel local y sudamericano, con el LP Seeds of Downfall (2023) capturando una propuesta que potencia la niebla mortecina del doom con el músculo y el vigor del heavy metal clásico. Un desplante en vivo que revela la nutrida experiencia de sus integrantes en el metal chileno, siempre decantándose por la tradición y el riff espeso. Todo lo que «Neo Middle-Ages» y «Egomaniacal Fraternity», ambas correlativas como en el disco, retumban en favor de una signatura que se vuelve enorme en cada pasaje. El retraso de los tiempos, por otro lado, obligó a acortar el repertorio original, lo que implicó pasar inmediatamente al cierre con «Indifferent to Others». Aún así, BlackFlow se las arregló para dejarlo todo, y eso dice mucho del propósito de sus componentes más allá del recorrido o el Currículum Vitae. Es lo que respira una banda cuyos integrantes manifiestan su amor por el metal. Lo que les ha permitido el éxito como exponentes y referentes actuales de todo un género desde la necesidad de expresión.
El cierre del cartel chileno estuvo a cargo de Deathsvn, agrupación originaria de Valparaíso y cultora de una propuesta que engloba el el heavy clásico con el post-punk en su fase más dark -pensemos en Bauhaus y Christian Death-, completando la ecuación una potencia rítmica con explosiones jaivescas. Así, bien chileno. «Lost in an Ocean», la que arranca su presentación, la última del año en nuestro país, nos muestra la radiografía perfecta de una banda que respira metal de viejo cuño, siempre brindando al asunto una bruma de oscuridad e introspección que la voz de Bastián Velázquez corona con sus dotes de frontman y cantante de voz tan fúnebre como seductora.
Si se habla de Deathsvn como un nombre obligatorio en el circuito subterráneo sin descansar en una etiqueta específica, «My Heart Into a Stone», «The Call» y «The Last Embrace» no solamente disipan toda duda respectiva. En cada pasaje se muestra a la banda de cuerpo completo, en muchos casos con las guitarras de Diego y Gabriel y el bajo de Christopher uniéndose en un rito de catarsis pura cuando lo indica el momento. Inclúyase en dicha muestra anatómica la inteligente expansión sonora que sus integrantes bosquejan hasta dar forma concreta mediante el uso sutil del sintetizador cuando lo amerita la pieza. Y es que Deathsvn es sinónimo de atmósfera, cadencia, el derrumbe no solamente en lo anímico, sino en la capacidad de narrar una historia de variadas turbulencias. Por supuesto, la producción visual de sus integrantes te dan una idea de lo que se vendría poco después. Las formas son esenciales y la dedicación de Deathsvn a su trabajo artístico se traspasa a un espectáculo que sumerge en su espesor tanto a iniciados como a novatos.
Con el RBX atiborrado a eso de las 22:30 horas, el sueño de la aventura más esperada se hizo realidad. La suite «Birth/Into Darkness», la que abre Isle of Wisdom, inicia el viaje de los jinetes estelares en suelo chileno. En manifiesto todas las virtudes de una banda que abraza el olor a madera en el rock, exponiendo un sentido musical que conforman un placer irresistible para todo amante del rock de la era mitológica. Casi pegada le sigue del mismo álbum «Stygian Depths», cuyo ritmo cabalgado a medio-tiempo obtiene la recepción propia de un himno. Uno de tantos que transformaría el recinto de avenida Vicuña Mackenna en una caldera. La voz de Tommy Alexandersson, ataviado de una capa de lentejuelas que perfectamente podría traspapelarse con la de Rick Wakeman durante su primera etapa en el Yes de los ’70s, es la misma que derrocha magia en el estudio mientras se defiende y ataca con su bajo Rickenbacker.
Es complicado hablar de Hällas en cuanto a individualidades. Lo sabemos, tienes además un tándem de guitarras a cargo de Rickard Swahn y Marcus Petersson, cuyo ataque influenciado por Wishbone Ash -Andy Powell y Ted Turner- logra su cometido por el ideal que defienden. Cuentas con Kasper Ericksson en la batería, sinónimo de garantía e identidad en cada golpe y patrón como parte de una máquina que distribuye su energía en vivo con fluidez e inteligencia. En el teclado y sintetizador, Nicklas Malmqvist compensa su bajo perfil con un aporte vital en lo que Hällas diseña hasta dar vida a su imagen y semejanza. Todo aquello, a la vez, se engloba en un cuadro que reluce solidez y jerarquía como exponentes de los secretos mejor guardados de una era que muchos añoramos sin haberla vivido. Puede ser contradictorio y hasta arriscar la nariz del escepticismo ajeno, pero en realidad responde a lo que busca el amante del rock pesado en su forma más pura y real. Y tal como rezaba el lema de la Radio Futuro en los ’90s, hay una inmensa minoría que se renueva con naturalidad y da un testimonio irrefutable de aquello.
Alguien desde afuera podría preguntarse porqué Hällas es una banda tan querida en Chile, incluso siendo la de anoche su primera vez en suelo patrio. «Repentance» es una de las respuestas que explica por sí sola lo que provoca una banda que no se limita al ropaje, sino que le da una fuerza extra a punta de momentos memorables, los que corea la gente como gritos de guerra. De la misma forma, la musicalidad y los coros de enorme alcance que hacen de «Earl’s Theme» un pasaje de gran estatura, es todo lo que mantiene a la fanaticada en un trance perpetuo. Y a medida que avanza la noche, somos testigos de la enormidad desplegada por una banda que, tal como los nombres imperiales del rock en una época determinada, duplica su potencia sonora en favor de imponer un molde propio. Lo que apreciamos en carne propia cuando «Shadow of the Templar», «Tear of a Traitor», «Labyrinth of Distant Echoes» y la emoción a flor de piel y puño en alto de «Carry On» terminan por construir una noche soñada en su sentido literal. Y aquí es necesario apuntar al fenómeno interesante que provoca Hällas en un público compuesto en su gran mayoría por los amantes acérrimos de lo que solemos denominar ‘verdadero metal’. Como lo dijimos más arriba, la imagen distorsionada en redes sociales respecto al metalero ‘true’ pasa por alto el amor irrefrenable a la música. Y en estos tiempos es necesario erradicar ese tipo de estereotipos que, en realidad, no reflejan más que un desconocimiento profundo de quienes suelen opinar desde afuera. El rock pesado es sinónimo de minoría, y Hällas dirige a aquella minoría su universo literario de aventura y magia.
La fuerte inclinación del repertorio hacia Excerpts from a Future Past se nota con más fuerza a medida que avanza el show, con «The Golden City of Semra» y el himno «Star Rider». Como pasa a lo largo del set, cada pasaje es reconocible dentro de una línea de coherencia que Hällas preserva en todo su catálogo. En el caso de ambos pasajes mencionados, sus características individuales reflejan la naturaleza de Hällas, totalmente ajena a la fórmula impuesta por la industria del streaming. Incluso nos permiten apreciar en cierto grado una destreza instrumental que prima la atmósfera del misterio espacial ante todo. Por eso, y hablando de la sintaxis impregnada en la elaboración del espectáculo, «Fading Hero», del laureado Conundrum, se siente apropiada en el lugar donde está. Es el clímax dramático en un espectáculo alucinante. Y tal como en el disco, su progresión kilométrica con el teclado y el Moog como luces guías en pleno viaje, se revela con todo el esplendor de un tesoro de otra época. Está claro que en el directo la potencia de Hällas se vuelve más densa. Aún así, hay un gusto y una delicadeza que no se transan por nada.
«The Astral Seer» inicia el encore echando abajo todo. Como el propio Tommy lo dijo hace un par de años, es el corte que debiera escuchar quien quiera introducirse en Hällas. Una pieza construida al estilo de los Genesis del Nursery Cryme (1971) o los Heep de Demons & Wizards (1972), en vivo es un capítulo apasionante, con mil y un pasajes de vértigo y peligro al acecho. Hällas no es solamente buena música con ropaje sonoro a la antigua; crea imágenes, propone metáforas como las que su nombre, la que titula la pieza final del show, invoca como santo y seña al final de su aventura por los riscos de la imaginación.
No sabemos si habrá una próxima ocasión, al menos dentro de lo pronto a esperar. Hablamos de una banda que se las arregla fuera del gran circuito de giras y cuya visita a Sudamérica se dio en un momento decisivo para los suecos. Hällas no es una banda consagrada que viene a presentar su show de grandes éxitos para repletar los grandes recintos, sino que vive un fulgor creativo que da para escribir futuros volúmenes igual o más gloriosos. Desde la ciudad dorada de Semyra, retumban los ecos del laberinto que Hällas, el héroe legendario, se dispone a resolver con la personalidad desafiante que le ha permitido situarse tanto a él como a sus creadores en lo más alto. Y vaya que se lo merecen, por algo son los héroes de una leyenda estelar que se escribe a diario.
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