Pentagram Chile: Desterrados a una oscuridad sin fín
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Escrito por: Equipo SO

Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

Si hacer rock pesado o metal en Chile parece un acto ingenuo y descriteriado, curtir una propuesta arriagada en el metal desde la misma tripa, y sostener dichas raíces en el underground más puro, todo aquello puede conllevar un maleficio con el cual sólo queda lidiar. Pentagram, nuestros Pentagram viene transitando dicho camino durante cuatro décadas. Un catálogo que abarca desde los dos cassettes-demo y el EP compuesto por «Fatal Prediction» y «Demoniac Possession» en el corazón de los ’80s. Un compilado homónimo en el 2000 que fue de la mano con un regreso puntual a los escenarios, como lo recordamos quienes estuvimos presentes en ese mítico -y muy breve- show en el entonces teatro Providencia en 2001, registrado para después ser editado ese mismo año bajo el título Reborn 2001. Un regreso definitivo, coronado primero con el lanzamiento de The Malefice (2013) -el sueño del LP cumplido después de casi tres décadas de espera- y confirmando la solidez del proyecto con el más reciente Eternal Life of Madness (2024). Algo impensado en 1985, un año antes de que Metallica, Slayer y Kreator editaran sus respectivas obras capitales. Y para entonces, desde los primeros ensayos, queda la impresión de que Pentagram, cuyo líder y fundador ya se encontraba en plena búsqueda de sonidos más extremos a sus 16 años, podía aspirar al mismo sitial que Sepultura en Brasil ya lograba desde sus primeros lanzamientos.

Curiosamente, y viéndolo al menos con la perspectiva que nos da el tiempo, la disolución de Pentagram a finales de los ’80s terminó jugando un papel clave en la difusión de la leyenda. La amistad de Anton con los hermanos Cavalera durante el ciclo de Morbid Visions (1986). Napalm Death y Benediction en Inglaterra y Nihilist en Suecia -de ahí saldrán nombres ilustres como Entombed, Dismember y Unleashed- serán algunos nombres que acusarán la huella de los chilenos en todas sus formas. El logo de la banda , diseñado por Fernando Mujica, lo puedes ver en las fotos de sesión de los propios Napalm Death allá en 1990, en la camiseta que viste Mitch Harris. Una década más tarde, los ingleses versionan «Demoniac Possession» y la incluyen en el EP de covers Leaders Not Followers (1999). Una muestra inapelable de las semillas esparcidas por Pentagram desde el sur del mundo hacia el resto del orbe, y en una época donde el intercambio de cintas vía correo, pese a las bondades tecnológicas y digitales de hoy, fue determinante para construir lazos de comunicación y hermandad en un mismo ecosistema cultural.

Vamos a lo que nos convoca, primero con los invitados ilustres en un Cariola que ya daba señales de una cancha próxima a repletarse a medida que avanza la jornada. Y el death metal de los porteños Infernal Thorns. Desde Valparaíso, tenemos un cuadro que debe su propuesta al género desde el impulso y proyectando una narrativa artística que reluce en vivo con un sonido potente y claro. Y es que en pasajes del calibre de «Forsaken», «Black Flesh», «Distressed» y «A Death to Celebrate», distinguimos en cuerpo completo las virtudes de una agrupación que ha coronado un tremendo 2025 con el lanzamiento de su más reciente LP Christus Venaris. Da gusto una jornada de metal extremo, con las altas temperaturas reinando dentro y fuera del recinto, y con el primer acto de una jornada maratónica que siempre irá de más a más.

A nivel de sonido, el contraste entre el acto inaugural y Necrodemon es notorio. Un sonido más saturado y, por ende, con menos claridad en las iniciales «Spiral of Madness» y «The Return». Pero sería injusto quedarnos en dichos ripios técnicos si hablamos de una banda que ofrece uno de los shows más atronadores de toda la escena local. Por algo «Burn you Christians, Burn!!!», «The Lost Kind of Magic», «Heaven’s Disdain» y «Through Infinite Grief» se afirman en vivo con una autoridad que solamente se adquiere desde la convicción. Todo lo que se traspasa a la destreza instrumental de un conjunto ajustado en cada línea, mientras Cristian Gallegos, cuál frontman y veterano de mil batallas, expone toda su jerarquía en presencia y despliegue vocal. Y eso, tanto como la última descarga en «Que muera el perro Jesús!!!», es lo que hace de Necrodemon una banda tan querida como importante para quienes respiran el metal de la muerte apuntando contra todo lo sagrado.

Todo amante del metal chileno en los ’90s debe saber de la existencia de Execrator. Quizás la más icónica y querida de aquella camada que abrazó el death metal predominante con lenguaje propio. Desde el saludo inicial del eterno Álvaro Lillo y la primera metralla con «…by Sorcery», se detona la primera centrífuga humana en un Cariola próximo a colmarse tanto en cancha como en sus palcos laterales. Puede que llame la atención, incluso, del encuentro generacional entre bangers adolescentes de ayer y hoy, pero es el fruto de lo que cosechó una banda que encarnó los valores del género desde la médula y sin medias tintas. Nos debían hace rato «Surprise! You’re Dead», el clásico de Faith No More donde un Lillo pletórico brilla hasta en las risas demenciales. La disfrutamos igual que las siguientes «Reprisal», «De Sangre y Fuego», «Hate» y la fundamental «Silent Murder», todas echando abajo el Cariola con la magnitud de un terremoto. Es cierto, Pentagram son los anfitriones, pero el lugar que se ganó Execrator como nombre estandarte a nivel local, se distingue a kilómetros por la forma en que se encuentran hoy estos señores que promedian los 50 años, expandiendo la misma voracidad sónica que hace tres décadas.

Guardando las numerosas distancias, Cerberus tiene algo en común con Pentagram: el año de su fundación (1993) versus el año del primer LP (Ebola, 2002). Casi una década de recorrido que por fin se materializó en uno de los trabajos más importantes del death metal en la escena criolla. Y eso en vivo se traspasa a un despliegue de contundencia que se logra a punta de madurez e ideas frescas. Lo notamos en lo que provocan «Brutalized», «Redemption of Demigod», «Scream from the Darkness» e «Immortal Hate», solo unas muestras de death metal puro e incorruptible que en vivo preservan la ferocidad de una agrupación angular en el desarrollo del género desde los 2000 hasta hoy. Es increíble lo que se manda Juan Pablo Baquedano, ya sea en el tándem de guitarras junto a Alejandro Mejías o en la voces turnadas junto al bajista Miguel Neira. El resultado del esquema elaborado en el grupo humano es vital en la extensión del metal infeccioso y mortífero que Cerberus lleva en el directo, logrando el punto más alto en la clásica «Ébola». Poco que agregar respecto a una banda presente en las poleras de muchos bangers nacionales, lo que da cuenta de la importancia que le da Cerberus a las viejas y nuevas formas.

Si uno se fija en los nombres que componen el cartel, el viaje en el tiempo es una constante. Lo notamos en un Cariola ya atiborrado que sucumbe a «Arachnophobia» e «Evil Confession», los primeros misilazos que se manda Torturer en una presentación que fácil llegó a los 40 minutos. Con el bajista y vocal Francisco Cautín al frente como desde hace más de 30 años, y secundado por el baterista Chris Oros y el guitarrista JT García, el trío nacional nos devuelve inmediatamente a los días del Manuel Plaza con un despliegue extraordinario. No es solamente la habilidad técnica, sino la forma en que Cautín y García aprovechan los espacios en cada punto del escenario, mientras Oros refulge su experticia en los tarros con clase y energía suficientes para mantener en lo alto el funcionamiento de una banda que ha sabido mover sus fichas y mantenerse en forma óptima. Por eso es que «Prince of Darkness«, «Guerras» y las clásicas «Oppressed by the Force» y «Kingdom of the Dark» desfilan con un aire de triunfo y revolución, siempre ante un público que abraza el metal como el impulso original antes de lo genérico en su actualidad. Reiteramos, igual que con los actos anteriores, la importancia de los invitados cuando hay una biósfera que los une, no solamente en la época sino en la naturaleza traspasada desde la escritura hasta el efecto generado tanto en el estudio como en vivo. Torturer logra todo aquello porque están conscientes, al menos después de casi cuatro décadas de recorrido, de lo que se generó en una época lejana en cuanto a recursos y difusión.

Con los tiempos avanzando de manera precisa, y en un Cariola hecho un volcán a punto de hacer erupción, bastará una intro con fondo proyectado y las explosiones de «Imbunche» y «The Death of Satan» para que el todo ahora sí se venga abajo. En pleno fragor, podemos reconocer la apuesta por ciertas ideas que se mantienen igual de lozanas que hace cuatro décadas. Y si bien el ascenso de Pentagram se dio en circunstancias muy distintas a las que lograron sus contemporáneos de Sepultura, nada de aquello empaña su importancia para quienes desde el viejo continente dirigieron su mirada a Sudamérica. Si enfocamos dicha mirada hacia el desempeño en vivo en pleno 2025, queda claro la riqueza de ideas que Pentagram extiende con una maestría de clase mundial.

Es cosa de reparar en el setlist y darse cuenta de cuán especial será esta presentación. «Horror Vacui», «The Portal», «La Fiura» -¡cuántas ideas y conceptos han nutrido los mitos y tradiciones locales al metal chileno!- y «Possessor» completan una primera parte donde The Malefice y Eternal Life of Madness se distribuyen el protagonismo por raciones iguales. Conceptos frescos, plasmados en una discografía que compensa la baja cantidad con una jerarquía propia de un grande en Chile y donde sea. Como el propio Anton lo declara sin tapujos, jamás pensaron hace cuarenta años una celebración con semejante atmósfera y presente. Y es ahí donde hablan tanto la discografía como la forma en que, en este caso, Pentagram traspasa el material en estudio a un espectáculo demoledor y sin puntos bajos.

Una primera parte enfocada en los trabajos que vieron la luz en el presente milenio. De ahí, y en un intermedio con proyección de imágenes de archivo, «Fatal Prediction» inaugura la segunda tanda, esta vez de lleno en el material de esos demos que hoy son un tesoro de valor incalculable. La paliza avernal de «Demoniac Possession» -quizás pieza más grande y rutilante que haya parido el metal chileno-, «Spell of the Pentagram», la bruma sofocante de «Ritual Human Sacrifice», la sentida dedicatoria a Alfredo «Bey» Peña en «Temple of Perdition» -con Juan Francisco Cueto recreando esa icónica línea de bajo en la intro-, el descenso atrapante de «Profaner». Todos pasajes memorables, donde los 40 años se diluyen en medio de un despliegue sónico con efecto de catarsis en un público que va desde los 15 hasta pasados los 50 años. Todos dejando la vida -y el sudor- en un hábitat que responde tanto a una época como a una forma de ver y hacer las cosas.

Hacia el final, y ante un público en llamas, «Evil Incarnate» y «Demented» le dan el broche de oro a una jornada tan descollante como histórica. Impensable hace cuarenta años, ni hablar de su separación, el destierro definitivo hacia una oscuridad sin fin. Mirándolo en retrospectiva, es lo mejor que le puede pasar al metal en muchos casos. Un género cuya naturaleza se encuentra en un lugar bien abajo. Es en esos casos donde el maleficio se vuelve un rasgo para aprovechar a su favor y hacer de su propuesta un lugar inaccesible para curiosos, y familiar para quienes respiran la podredumbre sónica del género durante años y décadas. Y eso es lo que hace de Pentagram una banda distinta y una institución suprema en Chile, Sudamérica y donde quiera que se esparza su hechizo.

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