Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Es probable que alguien haya visto el documental Dig! (2004, re-estrenada con material adicional el año pasado) y no entendiera qué carajo ocurre ahí. Es la crónica de de una relación tan fructífera como conflictiva entre dos agrupaciones pilares del rock alternativo durante la década del ’90: The Brian Jonestown Massacre y The Dandy Warhols. Para los entendidos, es la proyección de una captura irrepetible; la vorágine de una relación marcada por el contraste entre la convicción artística y los excesos extra-musicales del rock. Resalta, en especial, la figura de Anton Newcombe, el líder e ideólogo de The Brian Jonestown Massacre. Un personaje voluble e impredecible, cuyo temperamento va muchas veces de la mano con la autodestrucción y las peleas constantes. Sin sutilezas, en muchos casos llegando a las manos tanto con la banda compañera de ruta como con sus propios colegas. Luz y sombra en una leyenda viviente que, valga la redundancia, vive inmerso en su propio imaginario.
Tanto como la mentalidad de una banda que abraza la independencia hasta liberarse de todo el mercadeo impuesto por los sellos discográficos, lo que nos maravilla de los californianos es la paleta multicolor de su distintivo sonoro. Psicodelia en su forma más natural posible, traducida al directo como un trance hipnótico con momentos de tensión hasta el borde de la sin-razón. Todo lo que confirma una atmósfera que se extiende hasta los lugares menos pensados, con la huella de The Rolling Stones -pensemos en Between the Buttons (1967)– y los primeros dos trabajos de The Velvet Underground adherida al ADN de una banda que abraza la autenticidad sin caer en la digestión fácil. LO que la prensa musical y el excepticismo llama ‘lugar común’, The Brian Jonestown Massacre lo empaqueta para ofrecerlo en vivo a una minoría dispuesta a recibir sin disposición a nada que sea ajeno a la sorpresa. Es una experiencia para iniciados que entienden, al mismo tiempo, la curiosidad que genera una banda que se mantiene activa sin necesidad de grandes luminarias, priorizando el mensaje a base de lo justo en palabras y el máximo de una idea tan potente como expansiva.
Arrancando la jornada, el shoegaze de Special Cases hizo lo suyo como el primer acto local. Un público algo escaso a eso de las 19:15 fue testigo de lo que tiene que ofrecer una agrupación con puesta en escena muy sobria, pero con una solidez en lo que brindan como primer aperitivo. El gusto por My Bloody Valentine y The Jesus and Mary Chain se traspasa a un despliegue de sonido envolvente que, por momentos, provoca algunos espasmos de ruido a la usanza de los todopoderosos Sonic Youth. El chirrido de las guitarras cuando lo amerita el repertorio nos habla de lo que puede ofrecer Special Cases como un acto en vivo que puede apuntar a más.
Si hay un nombre en la escena local que atrapa miradas y sentidos de manera inmediata, Dinastía Moon se lo tiene ganado por derecho propio. Y es que la partida con «John Titor» te arrincona, te sube y te baja. Y te vuelve a arrinconar, y así. A la altura de su propuesta donde la era mitológica de los Santana-Grateful Dead-Amon Düül II construye un puente hacia el presente liderado por King Gizzard & the Lizard Wizard y Psychedelic Porn Crumpets, lo es su despliegue en vivo, con la destreza instrumental de sus componentes reforzada con la entrega que cada integrante dispone a ojos cerrados. como parte de una biósfera que respiran en el estudio para exhalar en el directo. El desempeño de Víctor Lazo en las congas y Oscar Videla moviéndose entre la sitar, la guitarra eléctrica y el sintetizador, te da una idea más clara de la maestría artesana con que «Chaman», «Mycelium», «Spaghetti Western», «Isla Friendship» y la tribal «Cosmonauta», una a una desfilan hasta mostrar de cuerpo completo la anatomía creativa de sus intérpretes. Y hay que reconocer, al menos desde esta tribuna, lo fácil que sería caer en los clichés de la música psicodelia y su relación con el uso -y abuso- de sustancias para la mente. En el caso de Dinastia Moon, el efecto generado como acto en vivo apunta hacia el aspecto musical, la devoción absoluta a un lugar del que tanto se habla y poco se aprecia con vista y oídos.
Con el reloj marcando las 21 horas, el retorno de The Brian Jonestown Massacre es un hecho, aunque con ciertas sensaciones encontradas. Entre el puntapié inicial con «Whoever You Are» y «Vacuum Boots», da la impresión de que Anton está lidiando con problemas técnicos en su equipo de efectos. Incluso pide disculpas al público por la configuración errónea de sus artefactos. Con todos los ripios en cuestión, su guitarra Vox Phantom de 12 cuerdas es el centro de gravedad en una banda donde está claro lo que cada uno sabe qué hacer. Lo que tanto las dos piezas mencionadas como las siguientes «Do Rainbows Have Ends» y «#1 Lucky Kitty» remarcan con una fluidez extraordinaria, una virtud que Anton ha pulido con los años y la búsqueda incansable. Por supuesto, el pandero de Joel Gion y la guitarra de Ricky Maymi -ojo, ambos los más longevos en la banda, descontando a su líder y fundador-, están ahí para aportar equilibrio con los más nóveles Hákon Aðalsteinsson (guitarra), Hallberg Daoi Hallbergsson (bajo), Emil Nikolaisen (tecladista) y Tobias Humble (batería), este último ingresado recién este 2025. Ahí se nota el buen ojo -y oído- de Newcombe, quien confía a muerte en cada uno, sobretodo en Nikolaisen, un tecladista que entiende completamente su tarea como responsable de la niebla de distorsión que The Brian Jonestown Massacre construye hasta expandir hacia donde pocos son capaces de ´poner un pie y volver para contarlo. Y el entendimiento entre los seis, además de maravillarnos, es digno de análisis para quienes se preguntan dónde radica el dominio de su estilo que se resiste a cualquier etiqueta.
La elasticidad con que «Fudge», «That Girl Suicide» y «Days, Weeks and Months» extienden su fragancia por todo el recinto, es un elemento que TBJM aprovecha hasta el punto de jugar con la paciencia del respetable. Lo saben de antemano los fans; nunca se sabe con Anton Newcombe, un sujeto enigmático y cuyas mañas de veterano pueden desconcertar a quienes esperan un show elaborado con precisión relojera. Se da el tiempo, como líder y núcleo, de alargar la tensión muchas veces al borde de la ridiculez, sin perder jamás la consistencia. Y es ahí donde los brochazos de incertidumbre, sumándose a los residuos de imperfección, le dan un sabor especial al show. O como el propio Anton lo admite a su público: «si quieren solos perfectos, llamen a Slash y Angus Young». Lo que es salir jugando, utilizando el ‘personaje’ a su favor en aquellas instancias de duda y espectación. Eso es lo que le da a TBJM un condimento especial como espectáculo, ahí donde las únicas reglas a acatar son las de su creador, quien se mueve entre el blues, el shoegaze y el pop a la antigua usanza. Un lenguaje único que dice muchas cosas en torno a su propio concepto de independencia.
Qué importante es el trabajo de Joel Gion. No se limita a su tarea en la pandereta, sino que es quien mejor lleva los momentos desconcertantes de Anton Newcombe, a quién conoce desde hace tres décadas. «When Jokers Attack» es un tremendo ejemplo, pues dentro de una misma atmósfera resalta el aporte de Gion como responsable de un sonido que nos transporta con lo mínimo en aparataje a una época de ensueño. No se entiende sin Gion el trance hipnótico que TBJM propaga hacia la mente y los cinco sentidos. Son esos detalles, considerados ‘mínimos’ en otros estilos con más producción y pirotecnia, los que hablan de una firma que con lo justo dice y entrega todo. Paradójicamente, el perfeccionismo de Newcombe y la naturalidad que TBJM traspasa al directo se encuentra en un mismo punto. Es lo que nos evoca en algunos pasajes donde el propio Newcombe se abraza con Gion o intercambia miradas y palabras con Hallbergsson.
De la forma en que «Sailor» nos permite navegar por un mar de infinitas capaz sonoras, «Anemone» nos devuelve a los días de «Their Satanic Majesties’ Second Request (1996), probablemente su placa más importante y ambiciosa. Es la exploración del sonido en una época determinada, sin quedarse en lo retro y dotada de esa sabiduría que los propios Stones perdieron al ascender al nivel de consagrado llena-estadios. Reiteramos lo asombroso que nos resulta el efecto purificador que TBJM detona en cada momento, al punto de hermanar la siguiente «Pish» del EP Mini Album Thingy Wingy (2015) en una misma narrativa. 20 años de diferencia entra ambas piezas, una cifra que se diluye cuando se manifiesta un sentimiento de alquimia y búsqueda que los de San Francisco traducen a un conjunto de música etérea con melodías certeras y una convicción que Anton Newcombe pregona sin mucha elocuencia y con la variedad de sonidos que sus guitarras de seis y doce cuerdas le proporcionan a la noche.
Las dos horas de show llegan al cierre con «Servo» y la grandeza emocional de «Super-Sonic». Ambas del también fundamental Give It Back! (1997), con la última elevándonos hasta la cima del universo. En los teclados, Emil Nikolaisen hace su trabajo ataviado con un poncho, incluso en algún pasaje de ‘relax’ se bebe un sorbo de vino, botella en mano. Pero es en el cierre de la noche cuando, una vez la banda se retira tras dar por finalizada su labor, Nikolaisen permanece solo sosteniendo un acorde que nos lleva a la tirantez máxima de nuestros sentidos. No hay palabras ni análisis que resistan tamaño broche. Es todo lo que TBJM busca de inicio a fin en vivo, siempre entregando una experiencia de descubrirlo todo y dejarnos sin aliento. Ahí donde la pulcritud se vuelve un estándar, poco y nada de eso le importa a Anton Newcombe. Sólo los genios, con sus luces y penumbras, tienen el don de fraguar un arcoiris supersónico con dulce sabor.
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