Por Pablo Rumel.
La evolución del rugido: Arch Enemy y su nueva forma de matar
Décimo tercer trabajo y treinta años pisando las tablas al ritmo del metal. Arch Enemy es una banda de vieja escuela, salida de la segunda camada de death metaleros, cuando el grunge y otros estilos se tragaban la atención de un anquilosado death, el cual supo renovarse a base de experimentación y constructos melodiosos con un nuevo combo de bandas: de ahí el subgénero death metal melódico, y de ahí viene la antorcha prendida, ni más, ni menos.
Han pasado muchos años bajo el puente. Hemos oído las grandes glorias del metal, hemos visto bandas desaparecer como implosionadas por rayos lásers y despeñarse al abismo de la mediocridad y la muerte. Algunas se han reinventado y han agonizado, otras siguieron haciendo lo mismo con ligeros matices. Es claro, este Arch Enemy no es el de Stigmata y Burning Bridges: no está ese sonido crudo y sanguinario que se abría paso entre riffs más afilados que las garras de una bestia del averno, ni esos fraseos vocales que estremecían por lo destemplado de su técnica.
Pero mucha de esa potencia todavía sigue fresca. El álbum se abre con «Dream Stealer»: sí, ya no son los mismos, pero ¡epa! Acá están esas construcciones entrecortadas y cromatizadas de toda la vida, con una batería ultra acelerada con secciones thrashers, figuras sincopadas y riffs espiralados. La voz de Alissa es rasposa y trabajada. Los solos de guitarra, con una estructura de entrada con ligados rápidos y un desarrollo que recuerda a un Steve Vai endemoniado, son momentos gloriosos que no defraudarán a nadie.
Los cambios más notorios ya se perciben con la segunda pieza, «Illuminate The Path», con una rítmica demoledora y épica, potenciada a puro doble bombo, que coquetea con sonoridades más cercanas al gothic y al pop, incluso lindando con propuestas metalcorescas e industriales con afinaciones bajas. En ningún caso se trata de un material descartable, es Arch Enemy buscando otros ingredientes para condimentar mejor su cazuela.
«March of The Miscreants» vuelve a la carga con riffs acelerados y entrecortados, sumado a pequeñas secciones de tremolo que otorgan su justa dosis de maldad. Compositivamente no están lejos de la era Angela Gossow, del machacante y memorable Wages of Sin, que ya mostraba un sonido más pulido y mejor mezclado.
«A million Suns» va en la misma dirección que la canción anterior, coros épicos con actitud powermetalera, con menos disonancia, pero incorporando compases de batería de cuatro cuartos, que por supuesto nunca son planos, hay buen juego de doble bombo y cambio de marchas.
«Dont Look Down» es una pista directa, al hueso, de cuatro minutos y siete segundos, creada ahí para el mosh y el banging; los puentes entre verso y coro están armonizados con notas altas de guitarra, imprimiendo el sello que los suecos han creado para su música.
Es verdad que «Blood Dinasty», suena a Cradle of Filth, con su no-black metal más cercano a Iron Maiden pero con atmósfera tétrica y guturales; esto no es negativo, porque sigue siendo la misma moldura metálica pero con nuevos matices incorporados. Puede que a los más puristas no los atrape, pero sigue siendo una composición de alto nivel.
La canción más llamativa del conjunto es «Paper Tiger», con una construcción que va del glam al heavy metal: sí, hay acordes construidos a base de galopas y notas cromáticas ascendentes y descendentes, con pausas dramáticas y estribillos que transmiten poder y mística. Los solos de guitarra, veloces y calculados, en escalas limpias, quedan doblemente brutales con secciones de guitarras gemelas, que recuerda el fraseo de titanes como el legendario Randy Rhoads y el virtuoso Yngwie Malmsteen.
Y para seguir mostrando versatilidad, tenemos «Vivre Libre», cover de la banda heavymetalera Blasphème, power balada cantada en francés; tema hermoso y dramático, en el cual oímos la privilegiada voz de Alissa, esta vez limpia, con notas sostenidas, potentes vibratos y gritos heavy, un prodigio, porque la adaptabilidad es una virtud que pocos cantantes desarrollan con éxito en su carrera, y acá aplaudimos a rabiar y de pie a la cantante canadiense.
«The Pendulum» y «Liars & Thieves» son las canciones de cierre. En la última hay una actitud más grandilocuente y épica, pero ambas muestran a un Arch Enemy en plena forma, componiendo con actitud, sin abandonar los pilares que cimentaron su carrera: velocidad, técnica, y búsqueda de vértigo entre la brutalidad y la armonía.
Treinta años después, Arch Enemy sigue de pie, afilando sus garras con una precisión quirúrgica, sin nostalgia vacía ni complacencia gratuita. Este nuevo trabajo no es un acto de repetición ni una traición a sus orígenes: es una reafirmación de su voluntad de mutar sin disolverse, de seguir gritando desde el abismo con nuevas voces, nuevos acentos y las mismas ansias de guerra. Puede que ya no sangren como antes, pero su filo sigue intacto: es otro tipo de corte, uno más refinado, que no busca solo desangrar, sino también esculpir. Arch Enemy no vive del pasado: lo devora para seguir avanzando.
Este artículo ha sido visitado 109 veces, de las cuales 1 han sido hoy