Por Pablo Rumel.
Quince años no pasan en vano. Dueños de un sonido frenético tributario del death melódico, Torture Machine no rehúye del groove y del deathcore, sin perder su matriz asesina y de muerte. Shadowcult estrenado en octubre 2025, no es de esos discos amables que se despegan lentamente, atravesando un pórtico, recreando una atmósfera, va directo, se lanza de una a tu cara, con una distorsión oxidada pero húmeda, más peligrosa que el cuchillo de tu exsuegra.
«Symbiosis In Death» es el primer corte, pura vocación destructiva, oímos unos riffs arrastrados y veloces, sincronizados con una percusión velocísima, ráfagas de cajas y secciones sostenidas a puro blast beat y gravity blast que solo descansan entre tuca-tuca y brevísimos parajes doom, bajando por algunos segundos las revoluciones; Patricio Dosque, a la voz, ataca con un registro gutural que se oscila entre modulaciones graves, pero muy naturales, y agudos con entonaciones rasposas, como se suela utilizar en el deathcore.
La propuesta de los Torture Machine presenta elementos de un metal modernizado, de última ola, pero sin dejar atrás la confección arquitectónica del death melódico de primera etapa. Hay un robusto uso de breakdowns, con esos riffs pesados y sostenidos con vibrato, como en «Invoke Despair», pero también ataques de quintas lentos y repetitivos como los antiguos Criminal.
La construcción de los acordes es rigurosa, utilizando ampliamente el mástil, como en «Ruination», excelente canción para adentrarse a la sonoridad de los Torture, con guitarras paneadas a izquierda y derecha (¡magistralmente logrado!), y excelente uso de los solos de guitarra, bien técnicos, dejando de lado ese virtuosismo de circo, más concentrados en generar capas y secciones atmosféricas que ir netamente por la pura velocidad y la disonancia destructiva.
«Inner State of Chaos» podría polarizar a los deathmetaleros, sobre todo a los que prefieren más la vieja escuela, principalmente por el uso recargado a las bajas afinaciones, con mucho groove en la rítmica y en la batería; en estricto sentido, la canción es brutalísima, con un excelente sentido percutivo de Camilo Anrique al mando de los tarros, quien intercala el doble bombo con buen golpe a la caja y los toms, metiéndole unos platillazos exquisitos, que resuenan casi ocultos entre la metralla guitarrera, pero quedan reverberando en una mezcla que le hace justicia a su trabajo.
«Shadows Encounter» y «A Call From The Void» dialogan muy bien con el death metal de Gotemburgo, con riffs sincopados a puro palm-muting rítmico a contratiempo, y secciones melódicas con tiempos ralentizados para volver a nuevos ataques virulentos. Las cuatro cuerdas direccionan la velocidad del bombo, además de aportar más peso y gravedad a la rítmica, sin perderse en fills ni piruetas inoficiosas, amoldándose a la velocidad de las guitarras, siendo prácticamente una tercera guitarra que sostiene la rítmica y la arquitectura metalera.
«Visions of The Pasts» recuerda a la intro de Seasons in The Abyss del Slayer: entra con guitarras limpias cargadas a la disonancia, pasando de tiempos medios a rápidos, con secciones de metralla veloz, hasta progresar a tremolo pickings asesinos, para volver a esa cadencia del comienzo y rematar con un solo exquisito, de notas sostenidas con mucho feel, combinado con breves sweep picking, sin exagerar, porque el pulso de la canción se centra en los pulsos rápidos y en esa atmosfera decadente que transmite.
El cierre es una bilogía titulada Horror of Cosmic Depth separada en dos partes, «Devoured by the Abyss» y «Beyond Mortalitity», broches de oro para un disco sólido que no se pierde en sinuosidades ni en experimentaciones que no llevan a ningún lado. Es death metal clásico, muy bien grabado, con algunos elementos modernos que en efecto ya están en el primer EP de la banda, Mortuary, por lo cual vemos, más que una redefinición de estilo, una persistencia en el mismo, mejorando su calidad de sonido y aportándole detalles que no trastoca su matriz. Los fans del último Death, pero también de los primeros In Flames y Dark Tranquillity se lo devorarán. 47 minutos de puro rigor asesino.
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