Por Lemurmaster
El próximo 2 de octubre, dos pilares del metal extremo llegan a Santiago: los estadounidenses Deicide, con su blasfemia incendiaria contra el cristianismo, y los polacos Behemoth, con un paganismo místico que rehúye la luz solar para invocar dioses antiguos. Una cita que cruza la historia del género con sus obsesiones más radicales.
El repertorio temático del metal extremo es infinito como la imaginación misma: desde extraterrestres y seres de ultratumba, pasando por asesinos seriales y psicópatas, hasta enfermedades mortíferas e incurables, sin olvidar las parafilias y las malformaciones (con científicos locos incluido); si existe un personaje que reúne gran parte de este imaginario es La Muerte, en mayúsculas, con sus guadañas afiladas y sangrientas, sus togas negras como la tierra impía, y su calavera, sonriente o furiosa, más brillante que un calvo con una lija.
Y solo Satanás, o el Diablo, se opone en popularidad a La Parca: fascinación por su aspecto macabro y monstruoso, con enormes cachos y patas de cabra; fascinación por su metáfora luciferina, “non serviam”, la del Demonio rebelde en contra de lo establecido y de los poderes fácticos.
Ya en la Edad Media, Dante lo describe como un ser gigantesco y pecherudo, con tres cabezas y alas de murciélago; ayer fue hermoso y delicado, hoy, reina en el infierno, con su figura monstruosa y demacrada. ¡Vexilla Regis prodeunt! Escribe casi a gritos Dante, para decirnos que ante él avanzan las banderas del rey, Señor de los infiernos, quien utilizando sus mandíbulas babeantes deglute a los traidores, como a Judas Iscariote o a Bruto y Casio, asesinos de Julio César.
DEICIDE ANTES DE DEICIDE
No existe un lugar concreto del nacimiento del death metal, pero es en Estados Unidos donde encontramos a sus exponentes más reconocidos, específicamente en el área de Tampa, costa oeste de Florida, lugar donde eclosionaron bandas tan influyentes como Death o Morbid Angel
Antes de llamarse como Deicide, el nombre de batalla que escogieron Glenn Benton y los hermanos Hoffman fue el de Carnage, nombre bien puesto, ya que en una tocata pescaron un maniquí vacío, lo llenaron de vísceras y sangre de animal, y lo lanzaron al público, que para colmo terminó con unos perrazos grandes que andaban trayendo los Morbid Angel, los cuales aprovecharon de darse un festín de chunchules y sangre coagulada.
TOMANDO EL NOMBRE DEL ENEMIGO
De Carnage pasaron a llamaron Amon -y esto es casi un sarcasmo-, pues el apellido Hoffman es de origen judío-alemán, y Amon es una personificación demoniaca que se desprende de los amonitas, tribu aramea derrotada por el Israel del Antiguo Testamento, y que más tarde se fundirían con tribus árabes anteriores al Islam.
Con esta primera encarnación, compuesta literalmente por unos cabros chicos que rallaban la papa escuchando Slayer, Sodom y Destruction, los Amon editarían dos demos, el primero llamado «Feasting the Beast», algo así como “festejando al demonio”, un trabajo que definiría las bases del death de primera ola: guitarras chirriantes, baterías machacantes con amplio uso del doble bombo y los característicos cambios rítmicos, con trallazos veloces intercalados con medios tiempos a medio-galopa. El rasgueo de las guitarras es frenético, con amplio uso de acordes cromáticos y ataques rítmicos palmuteados. La voz del joven Benton, totalmente desesperada y enrabiada, se decanta por fraseos cortos y gritos espumosos y llenos de furia.
Las letras de este primer trabajo van en una línea directamente anticristiana: la canción del primer demo, «Sacrificial Suicide» se vuelca como alabanza a lo infernal, sin ambages, lisa y llanamente se sacraliza al demonio: el diablo se suicida crucificándose para gloria de sus adeptos, es decir, transforma el sacrificio de Jesús para redimir a la humanidad, pero acá el Enemigo utiliza el mismo método, pervirtiéndolo, convirtiendo así al suicidio en un anti-sacramento.
En «Day of Darkness» explora al mal desde la óptica mefistofélica, la del viejo pacto con el cachudo, con el cual se vendía el alma al “diaulo” a cambio de poder. Se menciona al escritor alemán Goethe, autor del Fausto, aunque las letras más que abordar la obra del escritor, utilizan un cúmulo de imágenes profanas para ilustrar esta osadía: abortos de ángeles, reflejos esquizofrénicos de una mente podrida o la imagen de un ateo listo para diseminar la blasfemia por el mundo, como un apóstol del mal. Las palabras caen como cascadas, no hay una ilación directa ni el propósito de contarnos una historia, más bien parece lo que gritaría un endemoniado al momento de ser exorcizado.
Ahí tenemos una clave: si el Slayer del Show no Mercy tomaba la posición de testimoniar al ocultismo con sus artes negras y ritualistas y toda su imaginería chabacana, el death de Deicide se metía de lleno en la oscuridad para protagonizarla; se convertían en los mártires de Belcebú: era música creada por veinteañeros, con un Glenn Benton “on fire”, literalmente endemoniado quemándose la cruz invertida en la frente como señal de provocación -más tarde confesaría que fue un mero arrebato-, y que más allá de la pose o de la polémica, como decir que moriría a los 33 años, esa cruz invertida sería la huella imborrable para lo que sería el desembarco definitivo de los futuros Deicide, quienes cambiaron de nombre por presiones de su sello Roadrunners, ya que King Diamond en su álbum Conspiracy tenían una canción titulada ««Amon» Belongs to «Them»». ¿No era algo un poco demasiado rebuscado? Sí. No obstante, trocaron el nombre del demonio Amon por uno más directo, como el de los deicidas.
EL BEHEMOTH POLACO
Y si Deicide eligiera como avatar a Amon, ese ser que escupe fuego con cabeza de búho y que conociera tanto el pasado como el futuro, los polacos eligieron al Behemoth, un ser obeso y fofo capaz de tragarse un bosque como forraje al día, y asociado como el cocinero mayor del diablo en el Infierno.
El primer demo de la agrupación, Endless Damnation, data de 1992, y a diferencia de los floridanos, quienes ya hacían gala de un sonido más acabado y con mejor producción, acá oímos una propuesta tortuosa y ruidosa, de baja definición, con golpeteos de baterías húmedos y unas guitarras agudas agonizantes, apenas chirridos, con un sonido más cercano al de la primera camada de death metaleros suecos (como los inicios de Therion, o cosas más rebuscadas como los Mefisto o los Obscurity), un sonido que parece un ensayo mal grabado, con marchas lentas y solos disonantes que no van para ninguna parte, sumado a gritos demoledores que parecen grabados en una cripta del infierno.
Lo que sí estaba en barbecho era su idolatría satánica: en «Cursed Angel of Doom» oímos la historia de Belial, quien derrotado tras la rebelión contra Dios, lo maldice con todo su odio, afirmando que “su sufrimiento es su fuerza”, y que está listo para volver, para ver arder al cielo y ser invocado en medio de rituales de mutilación.
¿Es lo que pensaría un demonio caído y expulsado del Reino de los Cielos? Que el lector juzgue, pero a ciencia cierta las líricas blasfemas no pintan al infierno como un lugar hermoso de bendiciones, sino que es a través del odio, la rabia y la maldad que se reconfigura este imaginario, donde la maldad tiene una presencia real que se manifiesta a través de actos, como rituales o misas negras, o de entidades infernales, como los demonios antes descritos.
El siguiente demo de los polacos es mucho más acabado: del año 93, titulado como «The Return of the Northern Moon», se inicia con un canto gregoriano acompañado de unos teclados sintetizados oscuros, son notas hipnóticas, casi drones, repetitivas, que como letanías antiguas se funden con las primeras notas de la canción que viene tras la intro, «Summoning of the Ancient Gods», una pieza que ya desde el inicio, con su estructura fría y el patrón rítmico de las guitarras, serviría de inspiración a una pléyade de bandas que utilizarían al frío como metáfora y símbolo de sus composiciones, como por ejemplo «Freezing Moon» de Mayhem, o los reinos imaginarios de Immortal descritos en el «Cursed Realms of the Winterdemons«.
En Behemoth, a diferencia del anticristianismo de puro odio de los Deicide, acá prevalece una actitud neopagana, en el sentido de salir de la fe a través de entidades ignotas ubicadas en un tiempo perdido, quizá anterior a la civilización. La canción pone al hablante lírico en una situación compleja; el sujeto oye voces que lo conminan a suicidarse, así no más, pero decide entrar a un círculo mágico, con la finalidad de crear un salmo maldito que le ayudará a recrear a este ser.
Las letras de «Dark Triumph» tienen un desarrollo macabro que rozan lo humorístico: para escapar de la voluntad de Dios, la cual es considerada una tiranía, el sujeto cuenta que de pronto aparece Lucifer cabalgando con sus huestes y cientos de llamas, entonces el príncipe de las tinieblas “abre cientos de portales de los antiguos pueblos”, y el que narra la historia acude al llamado, saliendo de su tumba: entendemos que es un muerto el que nos cuenta todo.
Behemoth, a diferencia de Deicide, no utiliza una lírica directa para atacar al Nazareno, de puro odio y blasfemia, sino que utiliza un imaginario propio de los países del norte de Europa: históricamente, existe una zona mediterránea del sur con civilizaciones que cristianizaron al mundo con sus ejes principales en Roma, luego Francia y finalmente España, frente al predominio politeísta de los países nórdicos y parte de las tribus germánicas que se asentaron al norte del Rin, con una cosmovisión cercana a la naturaleza, a la luna (en contraposición, se explicita el odio al sol, por ser Cristo de origen solar, Luz del Mundo), al animismo representado en los bosques y en los tótems, y todo lo relacionado con el mundo barbárico precivilizado.
UN JUICIO Y UNA CONCLUSIÓN
Fuera del mundo de la performance misma y del contenido estético, En 2007, el fundador y líder Nergal enfrentó cargos en Polonia, debido a que en un evento destrozó una Biblia, acusándola de libro falso y de afirmar que el cristianismo es la “peor secta del mundo”. El caso terminó en tribunales, y el líder de la banda polaca terminó absuelto, afirmando que estaba en su derecho de ejercer su libertad de expresión.
Más allá de esta cuestión, el hecho es que Behemoth levanta una arista de tinte político, al atacar al cristianismo no para levantar un culto al demonio, sino más bien desde una perspectiva luciferina, es decir, no serviré, voy en contra de la religión organizada porque creo en mis propios dioses.
El encuentro entre Deicide y Behemoth en Santiago es también un reflejo de cómo el metal extremo ha tejido un vasto repertorio cultural: imágenes que van desde lo demoníaco hasta lo pagano, pasando por símbolos literarios, históricos y mitológicos. En sus diferentes vertientes, el género funciona como un espacio de exploración artística donde la música se mezcla con narrativas oscuras y provocadoras, generando una identidad propia que trasciende lo meramente sonoro.
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