TANKARD EN LA BLONDIE: CERVEZA, HUEVEO Y THRASH METAL
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Escrito por: Equipo SO

Por Pablo Rumel.

Fotos Cristian Belano.

Los Tankard ya son parte del imaginario metalero chileno. Con al menos tres visitas anteriores, la respuesta del público fue notable desde el minuto uno. Considerando que tuvimos una semana con una cartelera imparable -no hubo día en que no pisó banda metalera extranjera suelo patrio-y sin importar que fuera domingo, se dejó caer una horda de thrashers, uno que otro punketa, y entusiastas de todas las edades, que con lata de cerveza de rigor, cual santo y seña, ingresaron a las puertas de la Blondie que estuvo cerquita de repletar su máxima capacidad.

¡MELIPILLA ATTACK!

Disaster comenzó a tocar poco antes de las 20:00 pm, arrancando con un thrash metal de vieja escuela, punzante, de ataque frontal, con un frontman Juan Carlos Muñoz enérgico y desafiante, vocalizando en unos tonos raspados de pura agresión y lanzándose unos agudos al más puro estilo heavy metal, frente a una Blondie que lentamente iba repletándose de parroquianos, varios ya bien pasados a chela, porque como consortes de los reyes de la cerveza había que estar a la altura y no iban a entrar piscoleados o tomando agua.

Momentos épicos a destacar: la incorporación de la motosierra para el temazo «Motosierra del infierno», arma letal que fue empuñada por el vocalista, entremedio de ráfagas a sexta cuerda palmuteadas, y una sucesión endiablada de acordes rematadas al son de los golpes de caja y bombo generados por Carlos Araya Chamorro, encargado de oxigenar y hacer bombear la maquinaria metalera.

Curiosamente, su pegada fue de pulso sostenido, sin aporrear innecesariamente los platillos y las cajas, quizá dosificando la energía para la última parte, con «Thrash Metal» donde tiró toda la carne a la batería, aporreando con furia los toms, entre redobles y veloces “tuca-tuca”, de pura convicción punketa, con las marchas aceleradas de las guitarras rítmicas, las que desplegaron un sonido destructor en el que no faltaron los solos maliciosos como bombas lanzadas al escenario, acompañados por las cuatro cuerdas, uñeteadas a máxima velocidad.

La respuesta del público fue notable, si bien aún la sala no se repletaba, hubo mosh, coreo a las canciones emblemáticas de los melipillanos, y ovación generalizada para despedir a los cabros, quienes hicieron gala de un thrash rudo con líricas más violentas aún, y con la sensación generalizada de que en esa breve media hora lo entregaron todo.

¡¡MUERE CON UNA CHELA EN LA MANO!!

Hay una dinámica distintiva en los conciertos de thrash metal, sobre todo cuando hay bandas internacionales: en primer lugar, la performance de los músicos, jamás estática, siempre invitando al desorden y a la violencia; el segundo elemento es la energía del público, la cual tiene distintas etapas a lo largo del concierto: la liberación del arranque es la más devastadora y suele barrer con los que anden pajareando o de capa caída, creándose una presión extra entre las barras separadoras y los que estén ahí cerca, aferrados en medio del huracán.

Y así fue cómo la devastación quedó inaugurada con la inicial «One Foot In The Grave», de la cosecha “reciente”, bien entrecomillado, pues es un hitazo que ya tiene casi 10 años, con un sonido tremendamente bien aceitado y sostenido únicamente por la guitarra de Andy Gutjahr, que no vaciló en meter tralla y convertir su instrumento en una herramienta al servicio del caos y el alcohol.

Por haber una sola guitarra, el bajo del fundador Frank Thorwarth sonó grueso y afilado, empuñado a uñetazo limpio, con leve distorsión, haciendo de guitarra rítmica entre los solos de Andy, destructores y disonantes, y aporreando las bases con ráfagas lineales, sincronizadas con el bombo de la batería, sin olvidar meter sus fills rápidos, como arañas veloces moviendo a través del mástil.

Conscientes de que los decibeles estaban en alto, los Tankard siguieron con «The Morning After» y «Rapid Fire», temazos pura vieja escuela y más afilados y mortales que cuchillo oxidado: el eje estuvo en el riff, destruido por acordes de potencia desplazados cromáticamente, evitando la estabilidad y empujando las marchas de la batería, al borde del abismo, obra y gracia del gran Gerd Lücking, nueva incorporación de los teutones, pero con una vasta experiencia, como su pasado con Holy Moses, la legendaria banda comandada por la señora del metal, Sabina Classen.

«Need Money For a Beer» fue otro temazo destructor, que en el público tuvo su contraparte y respuesta, entre aporreos al ritmo del mosh, cabezazos entre parroquianos, llamados de atención de los guardias (paren la hueá o se van cagando), y su particular crowd surfing, que es cuando alzan a un huevón en volandas y si no estás atento te llevas flor de patada entre clavícula y esternón.

Lo férreo del concierto fue su sonido fiero y la buena selección de canciones, repasando lo más nutrido de su catálogo, aunque una respuesta más “tranquila” (de nuevo, bien entrecomillado) fue con las canciones más nuevas, no tan interiorizadas por el público pero que igual se vacilaron.

Harina de otro costal fue la interpretación de «Die With A Beer in Your Hand», una inmisericorde metralla de riffs acordonadas por un ramillete de gritos estentóreos creados por la garganta divina de Andreas «Gerre» Geremia, a quien no le pesaron sus kilos extra, pues cantó y aulló y se movió por el escenario como un quinceañero, bailando la música del fin del mundo, y hasta sacando del público a una fémina entusiasta para «Chemical Invasion», con introducción rock and rollera y desarrollo thrashero clásico.

Los parroquianos, cada vez más apabullados por las descargas sónicas y la chela, que corría como agua de manantial sobre la Blondie, fueron fieles hasta el minuto final, en que un visiblemente emocionado Andreas Geremia dio las gracias al público en correcto español, nos invitó a viajar por el tiempo interpretando clásicos ochenteros, y recalcó la veteranía de la banda, cuatro décadas sirviendo al metal y a sus fans, y cómo no, a ese espumante espirituoso que no debe faltar en ningún hogar: la cerveza, néctar de los dioses.

VEREDICTO SÓNICO-OCULTERO

Al cierre vimos a un banger lesionado de una pierna, y uno que otro lleno de moretones debido a las patadas, pero sabemos que se llevaran estas lesiones como medallas, porque fue una noche imborrable y que ya se postula como uno de los conciertos más agresivos del año. Tankard en la Blondie dio una descarga sin frenos donde todo calzó: cartelera saturada, parroquianos sedientos y una banda aceitada hasta el hueso, con un thrash de vieja escuela montado sobre riffs de acordes cromáticos que avanzaron como patada en la guata, puro choque y cero descanso.

Entre mosh desatado, chela corriendo como río y una ejecución filosa como botella quebrada, la noche terminó siendo lo que prometía: hueveo total, metal a todo chancho y una hermandad etílica que convirtió cada tema en fiesta, cada golpe en brindis y cada riff en un llamado a seguir tomando y sacando chispas hasta que apaguen las luces.

 

 

 

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