Por Pablo Rumel.
Turilli y Lione anunciaron un show sinfónico para junio de 2026, pero este 10 de diciembre Rhapsody of Fire comandado por Staropoli celebrarán los 25 años del Dawn of Victory. En Sonidos Ocultos te vamos a explicar por qué ambos shows son igual de relevantes, y por qué el Dawn of Victory es un disco perfecto para interpretar en formato metalero clásico, con la alineación actual comandada por Staropoli.
Nadie imaginaría que aquella banda italiana llamada Thundercross daría un salto evolutivo en menos de dos años para cambiar su nombre a Rhapsody, y con el debut de su Legendary Tales marcaría la pauta de un nuevo subgénero en el metal, conocido como power metal sinfónico.
La primera encarnación de esta Cruz-de-trueno, ejecutaba un sonido no muy diferente al del primitivo power metal americano, pero también cercano al Helloween del Keeper, destilando baterías a doble bombo, agudos potentes e interludios neoclásicos.
No obstante, más allá de que el único demo publicado, intitulado Land of Inmortals, no fuera grabado con los más altos estándares, y que su vocalista Cristiano Adacher carecía del talento vocal que el estilo demandaba, marcó un precedente de lo que ya existía y lo que se avizoraba: un power metal ultra mega épico y sinfónico.
La línea estaba demarcada y sus elementos en barbecho: Thundercross realizaba un heavy metal acelerado que buscaba emular el sonido de violines, proveyendo coros épicos, sumado al uso de teclados y synths, que de hecho lo hermanaba con propuestas tan disímiles como los Royal Hunt o Marillion.
Pero en el año 95 todos esos elementos, tímidos y sugeridos, cobraron una consistencia real, y fue con el Legendary Tales que arrancó el verdadero inicio de la banda, definiendo el estilo. Adacher fue sustituido por un jovencito de pelo leonino, un tal Fabio Lione que se hacía llamar Joe Terry, y fueron esos tonos cálidos y altos, con mucho cuerpo y excelente vibrato, los que imprimieron el elemento sinfónico a la banda.
Dicho sea de paso, a Fabio Lione nunca le interesó el contenido lírico de la banda, y eso de dragones y guerreros luchando le parecían una bobada, como se supo más tarde de su propia confesión. No obstante, ese contenido lírico, ese lore fantástico como salido de un libro de Tolkien, fue el que empujó la dirección creativa de la banda, que para muchos se compone de un primer momento glorioso que culminaría con el Dawn of Victory.
El Legendary Tales bebía directamente del folclor europeo (óigase la canción «Forest of Unicorn», un ensamble que perfectamente pudo haber grabado Jethro Tull o el proyecto medieval de Ritchie Blackmore), con una base heavy metalera clásica que ya estaba en Dio o en los instrumentales ochenteros de Iron Maiden, sumado a los maestros clásicos barrocos como Paganini, Bach o Vivaldi, en suma, estaban en la mesa los ingredientes para desarrollar el siguiente paso en la carrera de los italianos: el Symphony of Enchant Lands
LA SINFONIA DE LAS TIERRAS ENCANTADAS
Para muchos, el Symphony of Enchanted Lands es la gran gema de la corona, y si bien compositivamente es impecable, es necesario hacer algunos matices. Si en el Legendary participaron 14 músicos en estudio, distribuidos entre cuerdas y coros, en el Symphony se duplica a 30. Donde el Legendary es un disco metalero con adornos barrocos, el Symphony se traga lo sinfónico, siendo una banda orquestal con elementos metaleros. De manera operativa y objetiva ¿cómo repercutía la performance en vivo? De manera bestial.
No vamos a convencer a los fans que de la primera trilogía, el Symphony es insuperable, con joyas como «Emerald Sword», «Eternal Glory», la balada «Wings of Destiny» y esa ultra progresiva y metalera «Beyond the Gates of Infinity» con quiebres y marchas aceleradas, pero acá es el punto que queremos defender, y es que la banda perdía peso ante lo sinfónico, redundando en que el sonido más parecía una ópera que una banda de toda la vida. Y eso se resentía de manera brutal en los shows en directo.
Ocurría que Rhapsody of Fire, sin orquesta, sonaba a banda amateur que metía las guitarras y el teclado laborioso de Staropoli, casi como si estuvieran haciendo karaoke de sí mismos. La potencia vocal de Lione, sin duda era un gran aliciente, pero entre esos coros pregrabados algo no terminaba de funcionar. Y sí, Rhapsody se dio cuenta que sin una orquesta completa en el escenario, perdían terreno y sus presentaciones irían en picada. Hasta que llegó la solución con el siguiente disco.
HASTA QUE APARECE DAWN OF VICTORY
Visto en retrospectiva, nadie niega que la primera trilogía es la más virtuosa, y muchos fans suelen situar al Dawn entre el segundo y tercer mejor disco de la saga. No obstante, operativamente hay un cambio radical, y esta vez de los 30 músicos de estudio, se redujo a solo 12, centrando la mayor potencia en los coros, pasando de cuatro violinistas a uno solo, y eliminando para siempre las violas, el cello y el contrabajo.
Ciertamente, el cambio es perceptible a la primera escucha, y es muy probable que algunos fans que venían bebiendo del Symphony les pareciera el Dawn un disco con menos arreglos, porque en efecto, la banda reduce drásticamente el número de músicos externos y se queda solo con los elementos esenciales —coros, narración, un par de voces barrocas y Staropoli en flauta—, lo que revela un giro consciente hacia un sonido más directo y bélico. Desaparece la avalancha de cuerdas y la micro-orquesta renacentista, y se consolida un núcleo estable de colaboradores.
Dawn of Victory muestra a Rhapsody dejando atrás el exceso barroco para afirmarse como una banda de metal con decorado sinfónico, más enfocada, más contundente y menos dependiente del gigantismo de estudio. Tras la intro, la canción homónima que titula al álbum, «Dawn of Victory» establece como patrón a las guitarras potentes, con predominancia de los teclados y solo un violín. El estribillo deja de ser un coro de un millón de voces y ahora se centra en la voz de Lione, que suena impecable, acompañado por los “Gloria Perpetua”, un himno powermetalero que solo podría rivalizar con los coros del Emerald Sword del disco anterior.
«Triumph For My Magic Steel» pone el acento en las guitarras barrocas recargadas de sweet pickings, con escalas y armonías clásicas ultrarrápidas y «The Village of Dwarves» muestra el lado más céltico y folk de la banda, entre un teclado que simula una gaita y una rítmica bailable. «Dargor, Shadowlord of the Black Mountain» es una canción lisa y llanamente speed metalera, con quiebres y coros épicos, sin descuidar el tono que le imprime Fabio Lione, que es el de narrar una gran historia legendaria.
Y llegamos a «Holy Thunderforce», publicado previamente como single, y es la canción bisagra, que en efecto, mantiene los coros operísticos, sin sacrificar el estilo sinfónico, pero dándole más pesos a las guitarras y a la percusión. Las líneas de bajo nunca tuvieron mucho brillo en la composición, no obstante, tiene sus momentos estelares entremedio de los solos, que esta vez rescatan todo el elemento clásico ochentero duelísticos, aquel en que la guitarra competía en velocidad con los teclados, alternando las secciones, con iniciadores tan disímiles como Deep Purple o Europe, hasta los Stratovarius que llevaron el recurso al paroxismo.
«Trolls in the Dark» es otro ejemplo muy claro del cambio de rumbo de Rhapsody, un instrumental donde guitarra y teclados son los protagonistas absolutos de la pieza. La última canción «The Mighty Ride of the Firelord» retoma con más fuerzas los elementos sinfónicos, pero en esta ocasión se nota de manera extensiva el uso de teclados para emular los elementos orquestales, con secciones espectaculares como esa avanzada de teclados rápido que rememora al cine de terror italiano de los ochenta, dejando una sensación muy agradable al oído.
En suma, Dawn of Victory es el punto de equilibrio que Rhapsody necesitaba: después del desborde orquestal del Symphony, la banda recorta la plantilla, recupera peso específico en guitarras y teclados, y convierte lo sinfónico en un adorno —no en el eje—, lo que devuelve al proyecto su condición de banda de metal capaz de defender sus ideas en vivo sin depender de una orquesta fantasma.
Por eso su vigésimo quinto aniversario se celebra con justicia: porque Dawn of Victory no solo cierra la trilogía clásica, sino que fija el modelo que Rhapsody of Fire aún puede ejecutar con solvencia en 2025: un metal glorioso, directo, narrativo, que respira mejor cuando la épica la sostienen los músicos y no un estudio repleto de invitados.
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