Por Claudio Miranda
Fotos por Eric Ibañez @FotosMetal
Los 16 años de Acero Nacional se pueden resumir, en gran parte, mirando las hojas del calendario. Tanto como el sonido y la estética callejera de sus integrantes, hay una convicción, una apuesta por el heavy metal de viejo cuño que se mantiene intacta desde los primeros ensayos, allá por 2010, y que materializó su primer gran hito con el debut homónimo (2016). Una devoción por dicho estilo que logró una optimización considerable en Trueno (2019), un lanzamiento que llamó la atención, no solamente en el circuito a nivel regional, sino a lo largo y ancho del territorio chileno. Y si completamos el catálogo con Trueno en el Cariola (2023, registrado durante la apertura del concierto de U.D.O. el año anterior), el resultado es un punto de gran estatura en la camada de agrupaciones que, digámoslo, ha azotado el circuito nacional durante la última década.
El heavy metal implica apelar a la velocidad, al riff de gran impacto, a la voz que se eleva tanto para narrar historias como para proyectar emociones. Y en ambas hay algo que decir. En el caso de Acero Nacional, aquello se traspasa hacia un público que se sabe de memoria sus canciones. Más que eso, se identifica con aquellas historias que podrían pasarle a ti, a quien escribe esta nota, a un amigo, a un ser querido. Un compilado de relatos que se potencia con el bulldozer sónico que cada integrante ayuda a construir y echar a andar cuando todos disponen sus respectivas habilidades en favor de un mismo objetivo. Y es lo que le ha valido a la banda fundada por Andrés Fuentes y Javier Sepúlveda un respeto por su huella reconocible, lo que trasciende cualquier etiqueta.
El cumpleaños 16 del Acero ameritaba, cómo no, invitados con nueva sangre. Y las bandas con el calibre de Force tienen algo que va más allá de la producción o la estética. Es una agrupación muy joven, en formato power trío, y cultores de un sonido -y ropaje- que beben sin descaro del hard ‘n’ heavy de los ’80s. Tras la intro «Star», el patadón inicial de «All False», disipa cualquier duda sobre lo que entra a la vista. Que quede claro: sus tres componentes, pese a su juventud, exponen un kilometraje adquirido en sus respectivos proyectos anteriores. Y eso se hace notar en todo aspecto, incluyendo en aquellos momentos obligados de pausa, donde el problema técnico amenaza con naufragar un buen show. Con Force es todo lo contrario: ahí es donde demuestran cómo mantener en alto la atmósfera. Que los ripios se queden en el backstage y proyectar hacia la gente una seguridad capaz de mutar hacia algo atrapante y explosivo.
A medida que pasan «Speed», «Sexrider» y «Power of Rock», notamos en el directo aquellos detalles capturados en el estudio. Te atrapa lo que se manda Laureano, un cantante que disfruta tocar la guitarra, y viceversa. Su tono de voz entre agudo y raspado -pensemos en Stephen Pearcy y Kip Winger-, se complementa con una destreza en las seis cuerdas que radica su energía en las posibilidades que te brinda el escenario; desde Eddie Van Halen hasta John Norum, se nota a kilómetros que no tiene dramas con el lugar común, porque es un lugar que respira y donde se mueve a sus anchas. Lo sabe también Hans, un bajista que complementa su labor de pivote en las bajas frecuencias con un carisma brutal. Y en la batería, Camila hace lo propio con una pegada que se dosifica a punta de experiencia y fiato con sus dos compañeros. Hablando de lugar común e influencias, el momento Kodak con Jaime González (Hefesto) en una descomunal versión de «Rising Force» -original de ‘un tal’ Yngwie J. Malmsteen- es un postre preparado con dedicación para quienes gustan del género con todos los clichés que gustan para el fan hasta el sudor.
Hacia el final con «Dance to Rock» y el hit-single «Shine Like Me, B**ch!», los poco más de 40 minutos sobre el escenario nos dejan cerca del K.O. Ahí donde muchas veces se presume el aparataje y el juego de luces, en un ambiente más íntimo se firma con autoridad un espectáculo donde el humor y la inteligencia conforman un factor clave. Eso explica, por un lado, lo que ofrece una banda que se la pasa bien donde realmente importa: en el escenario, ahí es donde se fijan siempre las miradas. Parece una obviedad, pero está demostrado que no basta solamente con «hacer buena música» o una buena campaña de marketing en redes sociales. Es complicado buscar las palabras exactas, muchas veces sin caer en la influencia notoria. Y esa es la gracia de Force en el directo como en el estudio: si ellos la pasan bien, nosotros también.
En un MiBar casi colmado, «Trueno» arranca el cumpleaños a pura solidez. Desde la entrada, Acero Nacional te da una definición de consistencia que no te da la cantidad, sino el calibre de un repertorio matador en todos sus flancos. Lo que se manda Andrés Fuentes, con la cara brillando en sudor, es el espejo de una agrupación que sabe lo que es caer y levantarse, narrando historias que atañen a la gente común en el entorno cotidiano. De ahí a las siguientes «La Red» y «Volar», el quinteto con sus piezas se dedica a aplastar cabezas y levantar puños con un sonido contundente. Entre la pegada bestial de Javier Sepúlveda y la destreza de Jorge Fuentes en el bajo, la base rítmica de Acero Nacional adquiere un protagonismo donde la fuerza y la precisión funcionan en favor de una narrativa única. No es solamente ampararse en la velocidad, sino manejar la tensión y el espesor a la usanza de las bandas doom, como podemos apreciar en «Sangre de Metal» y su groove sabbathero.
Cuando empieza «Mi Raíz», desde el público se sube al escenario Carolina Hernández. Con guitarra en mano, la invitada sorpresa del cumpleaños vuelve por un rato a reeditar una etapa irrepetible. Como parte de la familia del Acero, se da el tiempo de permanecer en «Yo» y «Héroe» comandando el trinomio de guitarras en una atmósfera de fiesta y reencuentro. Lo pasan bien Kowal, Hernández y Céspedes. Los tres juntos dejando en claro que el Acero es un sentimiento con pisada fuerte y guitarras que rebosan octanaje a medida que se construye la noche.
Cuando hablamos de Acero Nacional como un grupo que tiene algo que decir, «Hombre Sombra» y «Rumbo a la Eternidad» te dejan con escalofríos. El fondo del suicidio y la depresión en la primera, y el vínculo de sangre y familia en la segunda. No estamos frente a una banda que dice lo que nos gustaría escuchar; son cinco personas que tocan música para plantearnos unas verdades que, las cosas como son, no son agradables de escuchar. Por eso se sienten enormes e importantes en el repertorio. Y levantar dicha atmósfera sin recurrir a artilugios o herramientas externas, requiere de algo tan potente como la electricidad.
Llegando al final del cumpleaños, la homónima «Acero Nacional» entra a puntapiés para fundir el sonido del metal con sangre. Es llamativo y sublime lo que dejan las canciones en la gente. Las buenas canciones, las que impulsan a dejar la vida en el coro, tal como pasa en el broche final con «Libre». Ahí radica el secreto de las buenas canciones, la capacidad de unir voces hasta sonar más fuerte que el sol. Por eso, además, Acero Nacional es una banda tan querida y respetada. Y para llegar a donde están hoy después de 16 años, hubo que quemar las suelas y caminar con decisión. Y aún lo hacen; en palabras de sus integrantes, el nuevo LP ya se viene en camino. Así es como se forja el sonido del metal. Así se funde el Acero, desde la raíz hasta la eternidad.
Este artículo ha sido visitado 28 veces, de las cuales 28 han sido hoy