Undercroft – The Killer Sword (2026)
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Escrito por: Equipo SO

Por Claudio Miranda

Fotos en vivo : Rodrigo Damiani @SonidosOcultos 

Hubo que esperar casi tres décadas. Tras el lanzamiento del fundamental Bonebreaker hace casi tres décadas, el cambio de voz fue de la mano con la decisión de radicarse en Europa en el amanecer de los 2000. Y si bien el catálogo discográfico se fue expandiendo, fueron los registros editados entre 1992 y 1997 -los demos Abnormal Deface (1992, To the Final Battle y Demons Awake, Revenge is Near (ambos de 1993), y los LPs Twisted Souls (1995) y el mencionado Bonebreaker (1997)- los que le dieron a Undercroft un sitial de honor a nivel local y sudamericano.

El retorno de Tito Melin desembocó en el lanzamiento de Battle of Demons (2024). Un trabajo que rescata su etapa inicial y la actualiza frente a un nuevo público, al mismo tiempo que preserva la frescura de sus ideas contra el paso del tiempo y el ‘trending’ de la industria. Así podemos entender los bríos que The Killer Sword, su producción recién estrenada, desborda hasta borrar de un paraguazo los 30 años que los separan de una era en que el death metal se volvió un fenómeno global.

Lo que tenemos en The Killer Sword es death metal químicamente puro, sin colorantes ni aditivos externos. Inevitable recurrir al cliché, mucho más si encaja como un guante en una agrupación que garantiza el regreso de su voz histórica y fundadora con un propósito enorme e inmune al mercadeo excesivo.

Cualquier duda o pregunta sobre esta versión actual de Undercroft, «Blood Red Sky» responde de entrada sin sutilezas ni ‘pero’ que valga. Una embestida sónica que no da espacio al más mínimo respiro. Los riffs de Claudio ‘Tomate’ Illanes conforman una tradición que rejuvenece a punta de ferocidad, inventiva y agresión cavernaria. Y, lo más importante, Undercroft remarca desde el amanecer del disco su firma matadora, dando cátedra de resolución y contundencia en cada surco. Lo que podemos notar en la siguiente «Scream in Genocide», una muestra de buena salud por parte de una banda que supo llevar el lugar común hacia una huella inconfundible en el circuito local.

Cuando llegamos al corte que titula el disco, somos testigos del nivel creativo que Undercroft ha consagrado hasta superar todo lo esperado por fans y críticos. No hay empacho en rescatar elementos de su discografía clásica, más bien hay una intención de proyectar un impulso que todavía pisa fuerte. «Spirit of Death», en la misma senda, termina por confirmar el ascenso de sus escritores al escalafón de pioneros en el Sur del Mundo. No puede ser de otra forma en el caso de Undercroft; pese a la evidente influencia de Cannibal Corpse e Immolation en su tiempo, hablamos de una banda que se resistió a ser un producto y siempre estuvo un paso adelante en el underground nacional.

Con un ojo puesto en las nuevas formas, la importancia de la vieja usanza queda de manifiesto en la estructura del disco. The Killer Sword es un album pensado y hecho para el vinilo. Si en la cara A el golpe inmediato es la constante, la cara B está marcada por una escritura más intrincada. Lo notamos en la secuencia de la intro «Towards Death» y la más compleja «Tower of Silence». En Undercroft hay un entendimiento sobre lo que es el death metal en su esencia, al punto de extraer una abundancia de recursos en favor de una narrativa de alto vuelo.

Ahí donde el periodismo musical recurre al término ‘espeluznante’ como una metáfora ante la falta de recursos literarios para describir lo invisible a la vista, Undercroft lo lleva a la realización de ideas propias, para nada distintas a las que fueron plasmadas en trabajos angulares como Twisted Souls o Bonebraker. «Mongolian Terror» es el fruto de aquella naturaleza incorruptible que hace de The Killer Sword una placa cautivadora y agobiante, ambas impresiones en una metralla implacable de riffs y voces de ultratumba.

La secuencia dramática de «Warrior’s Roar» consiste en una extensión del todo que demora lo justo en llevar al estallido de furia y catarsis hacia un terreno impregnado en sangre. Pasada la mitad de la pieza, la brutalidad se deriva con fluidez de maestros a una secuencia de melodía y cadencia, siempre potenciando el imaginario de horror y muerte que el género usa como espejo del mundo de ayer y hoy.

La pieza que cierra el disco, desde su escritura se nota que fue pensada para cerrar el álbum. «The Triumph of Time» asoma como una pieza lenta y arrastrada, un final enorme para un trabajo que inhala ideas y exhala identidad. Lo que en cualquier sección o altura de The Killer Sword se viera como una nota disonante, acá se ajusta como anillo al dedo en una muestra de buen gusto y flexibilidad en favor del relato. Por eso funciona como un broche memorable; el orden de los temas, la importancia del conjunto y la propuesta de momentos, son los elementos que hacen de The Killer Sword un álbum orgánico desde su esencia, mucho antes de traducir las ideas al proceso en el estudio.

La duración de The Killer Sword puede ser una rareza en estos tiempos: 32 minutos y 16 segundos -por unos segundos, supera a Evilusion (2002, 32:23) como la placa con minutaje más corto en el catálogo de Undercroft-. Y es que los chilenos, al llevar más de tres décadas sumergidos en un determinado ecosistema de tiempo y expresión, tienen claro el principio máximo al momento de escribir un trabajo completo: que dure lo que tiene que durar. Ahí, donde muchos consagrados tropiezan por el afán de satisfacer los requerimientos de una industria que acentúa la cantidad de reproducciones en ‘streaming’ por sobre la paciencia y el contacto, Undercroft reluce su integridad a prueba de balas.

Lo que tanto gusta y atrapa de The Killer Sword, es que prioriza la atmósfera y la experiencia auditiva sin descuidar la paliza. El death metal, antes de la etiqueta, es un impulso desde la profundidades del abismo. Y así como abordamos en el párrafo anterior la duración, es menester destacar la ambición desplegada y lo que se basta con lo justo en minutos para expandir una matriz única. El diablo está en los detalles, y Undercroft aplica dicha máxima en una producción facturada sin imposición ajena, marcando puntos de encuentro entre la sutileza y el castigo implacable. Todo bien alturado y localizado.

El concenso respecto a Undercroft circa 2026 apunta hacia la vigencia de una huella dactilar que no para de retumbar en Chile y Sudamérica. The Killer Sword se respalda por sí mismo como un trabajo que reclama el impulso transgresor con todo el derecho. Es el triunfo categórico de la convicción, lo cual puede sorprender hasta al auditor más curtido. La fuerza de las (buenas) ideas, dicho lo anterior, basta para resumir y celebrar la revitalización de una identidad que vuelve a blandir su espada para una nueva batalla.

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