SIX FEET UNDER EN CHILE: VIOLENCIA QUE DESGARRA HUESOS
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Escrito por: Equipo SO

Por Claudio Miranda

Hablar de Six Feet Under es remontarnos a una época en que el death metal era sinónimo de diferencia e inventiva, incluso cuando sus rasgos naturales se estaban volviendo un estándar de medición. Haunted (1995), Warpath (1997) y Maximum Violence (1999), conforman una trilogía que le dio al género un impulso marcado por el groove, tempos medio y guitarras que priorizan el peso aplastante sobre la velocidad y la destreza de clínica.

Al frente, los ladridos trogloditas del jerarca Chris Barnes completan el cuadro en una banda que, pese al constante movimiento de piezas en su interna, pulió su propia huella dactilar cuando el blast-beat y el procesamiento en el estudio amenazaban con mutilar la identidad por el afán de vender el producto.

En el directo, Six Feet Under se curtió de un despliegue que no deja títere con cabeza. Si bien los lanzamientos se empezaban a suceder en los 2000, y el impacto era cada vez más escaso en términos de novedad, Chris Barnes podía jactarse de un carisma que se bastaba de un par de movimientos y una estampa de outsider, siempre dejando en claro a qué liga pertenece. Un magnetismo que va de la mano con un sentido de convicción que ha sabido capear las peores tormentas. El cuestionamiento por parte de la crítica hacia la estatura de sus lanzamientos más recientes y, sobretodo, al desgaste vocal, alimenta suspicacias que en el directo, digámoslo, terminan en el tacho de la basura cuando se trata de construir un momento especial. Lo sabemos mejor que nadie en Chile; en medio de una cartelera de shows internacionales de todos los días, también hay espacio para la captura fotográfica de un recinto que se abarrota para recibir a una de las últimas leyendas que nos quedaba por ver en el sur del mundo.

La jornada empezó a eso de las 17:30 con Ghostspell, agrupación originaria del interior de la V Región. Su propuesta se arraiga en el death metal con fondos de introspección y mitología oscura, como pudimos notarlo al momento de darle play a su EP Black Witchcraft Vengeance (2025). «Cremation of the Unholy Witch», «Oblivion» y la que titula su única placa editada, denotan el entendimiento de sus ejecutores hacia un estilo que no busca llegar al público masivo, precisamente. Al mismo tiempo, la configuración de sus tres integrantes en vivo, cada uno en un extremo del escenario del Cariola, deja algunas dudas sobre si el bajo perfil de sus integrantes en escena tiene que ver realmente con la frase ‘la música importa más que la imagen». Nadie pide que sus integrantes tengan que moverse por todo el escenario, pero sí es inevitable la sensación de una puesta en escena que deja muchos espacios vacíos. Y si sumamos un sonido con poca definición en varios pasajes del show, queda la sensación de un gusto a poco, y más en comparación a las bandas siguientes.

Llega el turno de Pentagram Chile. Nuestros Pentagram, por goleada la banda chilena más importante en el underground mundial. No es solamente lo que dictamine la prensa especializada o lo escrito en el libro de historia, sino la forma en que un legado de cuatro décadas se revitaliza en vivo. Anton Reisenegger lo sabe hace rato; siempre habrá un público que los verá como novedad, lo que implica mantenerse en plena forma para que «Profaner» e «Evil Incarnate», ambas de su etapa fundacional, pisen fuerte como monstruos gargantuescos.

En un set donde Eternal Life of Madness (2024) se mantiene igual de enorme y lozano, «El Imbunche» y «Possessor», sin importar su juventud, relucen con personalidad de clásicos de toda la vida. Al frente, Anton sabe a la perfección cómo repartir tareas específicas entre sus compañeros, sobretodo en las seis cuerdas con Juan Eduardo Moore. Es lo que explica la firmeza de un catálogo que traspasa la inspiración de la escritura a la bruma que recrea los mitos y leyendas de nuestro sur. Por eso es que «La Fiura», una de las embajadoras de The Malefice (2013), se siente atrapante, y mucho más cuando sus intérpretes, lejos de la pulcritud y la uniformidad, nos permiten apreciar la forma en que la inventiva de Pentagram Chile se expone como un estudio de anatomía. El broche con «Demoniac Possession», por mucho que te lo sepas de memoria, traduce su efecto devastador al remolino humano que transforma la cancha en un trance de desahogo. De acuerdo, Six Feet Under era el plato de fondo. Pero una institución como Pentagram siempre tendrá algo que decir, y esa es la idea. Lo saben en ambos lados del Atlántico. Lo sabemos quienes respiramos la pertenencia del mito local traspasado a la música para gente enojada.

Con el reloj señalando las 19:30 en punto, la alerta a cargo de «Witch Hunt», del mítico proyecto canadiense Piledriver, nos introduce de lleno en lo que será poco más de una hora de violencia sónica. Sin preámbulos ni fanfarrias de ningún tipo. «War is Coming» basta para sacudir cuellos por centenares en un cabeceo frenético. Es cosa de mirar alrededor y reparar la cantidad de poleras de Cannibal Corpse -las de los cuatro primeros discos, naturalmente- conviviendo en armonía con las de Six Feet Under. Es un paisaje de comunión en torno a un solo sentimiento, el que Chris Barnes expele con su inconfundible gutural podrido. El mismo bramido que se mueve en todas sus etapas a lo largo del show. En especial la de Haunted (1995), el cual tendrá a «Silent Violence» como su primera embajadora durante el primer tramo del set. Un mar de gente saltando, cuerpos entregados al oleaje humano que detona la banda, lo más cercano al embate de la fuerza natural.

En estos tiempos en que importa más pronunciarse sobre la causa humanitaria de turno para ganarse al público, Chris Barnes te da una cátedra de lo que realmente debe hablar. Barnes se dirige poco al público, a lo más se refiere a lo que ha oído sobre el público chileno y su devoción por la música extrema. Lo demás es el efecto purificador que «Revenge of the Zombie» y las más antiguas «Lycanthropy» y «Torn to the Bone» hacen explotar con la potencia destructiva de un volcán. Por cierto, la especial atención al catálogo más antiguo, en especial la criatura del ’95, obtienen la recepción merecida por parte de un público que los ve por primera vez, entre los seguidores que vivieron la época -en la parte posterior de la cancha, algunos sub-50 estaban sentados cómodamente en sus sillas- y muchos otros que, probablemente, no nacían cuando Six Feet Under marcaba distancias respecto a una escena, para entonces, saturada en uniforme y lugar rentable.

Nos quedamos cortos al tratar de recurrir a algún calificativo para definir lo que se manda Six Feet Under en vivo. Aniquilador, rutilante. Incluso en momentos inesperados como «Victim of the Paranoid», donde salen jugando tras un imprevisto técnico. Y es que Barnes, un frontman con experiencia en mil batallas, sabe que el ojo -y el oído- para recomponer la banda dice mucho respecto al recorrido trazado durante más de tres décadas. Y tanto como la constancia, es menester resaltar la inteligencia de Barnes para llamar a viejos conocidos. Bien lo sabe Jack Owen, compañero de Barnes durante los primeros años de Cannibal Corpse. Owen, cuyo CV también incluye un paso por Deicide durante los 2000, construye junto a Ray Suhy un cuerpo de guitarras que se construye y avanza como un tanque en plena zona de desastre. La idea no descansa solamente en la presencia del consagrado de turno; se justifica con el gradaje propio de quienes empezaron todo esto como un impulso transgresor. En la base rítmica, el bajista Jeff Hughell y el baterista Ruston Grosse ejercen su labor en el movimiento pivotal. Saben que la voz y las guitarras tienen un papel protagónico. Pero, como buenos albañiles, se ponen el overol para que todo funcione en plena marcha. Tareas precisas que cinco músicos se reparten y aplican como parte de un mismo objetivo. Más meritorio es que, salvo Barnes, ninguno de la formación actual estuvo presente en el material editado durante los ’90s y comienzos de los 2000. Y con todo eso, lejos de sentirse como una alteración, le da la razón a Barnes cuando se trata de darle a dicho catálogo un aire de juventud y contundencia. Es lo que le da a Six Feet Under una estatura imbatible cuando se trata de traspasar el material concebido en el estudio a un show con potencia atronadora.

A medida que avanza la noche, es un hecho que Six Feet Under está pasando por un momento muy distinto respecto a hace más de mitad de década. Se nos va que la voz es un instrumento de carne. Que es más fácil reprocharle a Chris Barnes el desgaste de su voz que valorar su labor de pionero. Barnes, más allá de las discutibles circunstancias de su partida de Cannibal Corpse, es un nombre angular en el metal desde los padres fundadores. Su figura de forajido arranca de la imagen típica del cantante death metal que debe vestir el mismo uniforme que el resto. Su atractivo está, como apuntamos más arriba, en lo que lo hace un personaje muy querido, incluso fuera del death metal en el sentido más estricto. Su interpretación del clásico «T.N.T» de AC/DC transforma la cancha del Cariola en una fiesta absoluta. Remata el set regular con «Human Target» y «Beneath a Black Sky», un bálsamo de locura para los fans de su etapa primaria. Y en misma senda, como los clásicos rigen, el tramo final nos regala un par de versiones demoledoras de «Stripped, Raped & Strangled» y «Hammer Smashed Face». Y es ahí donde radica la esencia de una jornada para enmarcar en oro: la sintaxis que el repertorio construye como el relato de una carrera con décadas de recorrido. El orden y las formas importan bastante, y lo que resulta de tamaña combinación se traduce en lo que provoca en su público.

Nos gusta pensar que habrá una próxima vez. Más aún con Next to Die, su placa más reciente, salida del horno en abril y de la cual dijo ‘presente’ una matadora «Mister Blood and Guts». Al mismo tiempo, hay que preguntarse cuál será el destino de Six Feet Under, un proyecto que se mantiene como tal por la continua rotación de integrantes. Sin embargo, casi toda su formación actual lleva la misma alineación promediando una década. Y eso despierta el entusiasmo local para soñar con un regreso en el futuro. Como el propio Chris Barnes lo admite ante sus fans más alborozados, había que constatar lo que le dijeron sobre el amor irrefrenable por la máxima violencia hecha música. Esa misma violencia que desgarra huesos bajo el cielo negro de octubre, es la visión de mundo que Six Feet Under proyecta fuera de toda corrección política.

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Equipo SO
Director/Columnista
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