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Megadeth, «Megadeth» (2026)

By · viernes, enero 23rd, 2026 · No Comments »

Por Pablo Rumel.

Último disco de Megadeth. Homónimo, como rúbrica final en medio del caos. Tatuaje apocalíptico, circo en llamas. Este disco implica una pregunta crucial ¿cómo crestas suena Megadeth? Y de añadidura y con más malicia: ¿A qué suena? ¿Existe un sonido Megadeth?

Hemos visto a la Mega Muerte en múltiples encarnaciones, la dorada con Menza y Friedman, la mítica con Samuelson y Poland, el ascenso y descenso a los infiernos de Ellefson (que regresa en febrero a Chilito); hemos sido testigos de discos gloriosos, como el Rust in Peace, considerado como el mejor disco de metal de la historia, y discos infumables como el Risk.

Pero no estamos acá para despedidas ni menos para balances históricos. Eso que quede para los historiadores y arqueólogos del futuro. «Tipping Point» es el despegue, el primer fierrazo a la cara dado por Mustaine y compañía: se trata de la clásica entrada con un riff desnudo, a guitarra pelada, repetitivo, para ser amordazado por unos fuertes golpeteos de batería y bajo. Megadeth suele utilizar estas entradas para sumar peso con un trabajo reforzado de cuerdas, generando esa cadencia machacante tipo «Trust» o «Moto Psycho», sumando secciones a media galopa, rápidas y cromáticas, como ese thrash clásico de la Bay Área, cayendo en picada entre esos solos de pura vocación speed, con tapping al hilo, escalas rápidas bordeando la disonancia y notas agudísimas ¿un trasunto de «Holy Wars»? Hay algo, esa misma malicia veloz, los quiebres, pero sin la magia de Friedman, y aún así queda el listón muy arriba.

Tras un inmejorable arranque llegamos al «I Dont´Care». Fue recibida en su momento con tibieza. A no engañarse. Se trata de la típica pieza mustainesca, mordaz y cogotera, llena de sátira y burla, equivalente musical a «Angry Again» o «Sweating Bullets»: la rítmica descansa en esas líneas de bajo iniciales, limpias, bien punketas y filosas, que mantienen esa pesadez bailable y apocalíptica. Ni un misterio, Mustaine nunca fue un buen cantante, por eso se amoldó de manera tan letal a un trhash que privilegiaba el grito y el gruñido, y acá hace sus gruñidos, sus notas nasales, a veces como si leyera a la mala cada verso, con un excelente juego de solos bluseros, con harta caña, nota sostenida y mucho feeling. La batería al mando de James LoMenzo hace lo suyo de manera magistral.

Con Hey God las marchas disminuyen. Hay mucha resonancia a ese lejano Cryptic Writings, con harto arpegio entre acordes de quinta y líneas pesadas palm muteadas, seguido de breves ataques de guitarras gemelas con notas bajas y líneas quebradas. De excelente factura, de tiempo medio, de seguro que no será caballo de batalla en los shows en vivo, pero no desentona. Hasta que llegamos a la siguiente joya.

Si Megadeth le ha cantado a la guerra, al invierno nuclear, o a la droga, ¿por qué no cantarle a a la guitarra? «Let There Be Shred». Esas seis cuerdas de puta madre, oxidadas como ancla abandonada en una caleta, tirantes como yuntas de bueyes, más pesadas que maletas de gasfíter. La estructura de la canción es sólida; arranca veloz, con una batería a toda máquina, caja, bombo, platillos, con esa rítmica golpeadora puesta de adrede para desatar el mosh y la violencia, sumando intervalos de acordes cromáticos que avanzan en esos riffs tan exquisitos de factura thrashera, golpes rápidos y ascendentes, con ataque frontal de las seis cuerdas y bajo demoledor, líneas que a la postre suman fuerza y potencia a la estructura rítmica. Puro vidrio molido untado con napalm y nitroglicerina. Entre lo mejor del disco.

(Master of) «Puppet Parade». Sólo coincidencia, porque se trata de una canción introspectiva, con esos riffs espiralados y disonantes, arrastrados y sabbathianos, marcando los intervalos con fiereza y decisión en una batería tremendamente bien direccionada; sin pasarse de lista con fills de relleno, es más bien funcional, equilibrada, y con buena calibración final de su sonido. Y la omnipotente voz de Mustaine en el disco. Lo que gusta de su registro vocal es esa parada limpia, sin trucos ni arreglos, sin intentar sonar especialmente afinado, bordeando la recitación poética, sin tonos esforzados, sin tratar de cantar como un prodigio, así no más, bajando los decibeles en las notas más complejas, sin desafinar pero sin una técnica vocal soberbia, como oír cantar a tu tío en una peña, como el canto desgarrado de un folclorista cansado que lleva mucho tiempo tañendo las seis cuerdas al ritmo de la distorsión y de la parca acechándolo por la nuca.

«Another Bad Day» tiene esa misma cadencia hipnótica de arpegios arrastrados y semi ahogados, a lo Hangar 18, con un bajo marcando firme sus líneas, y quizá la canción con el coro más repetitivo y cantable. «Made to Kill» se estructura a partir de una intro breve de batería. El mismo recurso de Megadeth, mostrándonos cómo viene la mano, esta vez con los tarros, para luego ingresar cada instrumento, esta vez con un solo de entrada, agudo, veloz, corto y efectivo. Tras unos patrones de velocidades, las marchas se aceleran, acompañándonos de esos ataques a la guitarra con púa descendente, rápidos y rítmicos, casi invitando al mosh, pero decantándose por potenciar el estribillo. Probablemente será, si Vic Rattlehead lo permite, una de esas canciones elegidas para interpretar en vivo.

«Obey The Call» arranca desganada, con ese desgano de diseño, con guitarras cansadas y baterías apenas sosteniendo los patrones. Siendo una pieza de buena factura, se siente muy sacada del catálogo de Megadeth noventero. Casi compuesta como autoparodia. El estribillo suena desganado. No es lo mejor del disco, pero sigue siendo bastante decente.

Otro registro es «I am War». Un track también de velocidades medias, con acento en el verso, pero interpretada con pulso más firme. Del catálogo de Megadeth se asemeja mucho a esas piezas que parecen cartas recitadas, como  « In My Darkest Hour», o «This Was My Live». Por el título podría haber sido mucho más brutal, pero acá se privilegia la reflexión, es una canción finalmente más introspectiva que explosiva. Para paladares que prefieren oír una buena letra más que una canción devastadora.

«The Last Note» también va en la misma línea de la anterior. Una carta-homenaje-despedida, pero mucho mejor interpretada. La letra es digna de análisis, pero excede el propósito de esta primera reseña, de un material hirviendo recién sacado de la forja. A grandes rasgos es el final, las luces se apagan, las cortinas se cierran, la parca viene se acerca. Todo interpretado de manera muy solemne pero nunca de manera teatrera, es una canción sentida, con solos tremendamente puestos, como si estuvieran preludiando el final. Mustaine se oye más afinado y calibrado, consciente de que en una canción así no se puede dar el lujo de sonar mal. El final, entre guitarras limpias, como la última batalla del vaquero, una balada metalera, un último aliento, el testigo de su propia muerte, que sabe que fuera del bar está la pelona esperándolo, y que no perdona.

BONUS TRACK: RIDE THE LIGHTING

Llega el momento de cabalgar el rayo. Pura expresión del cuerpo imbuido sobre quemante distorsión. Recordemos que el clásico de Metallica habla de un sujeto condenado a la silla eléctrica, para morir con los ojos inflamados y las sienes reventadas. ¿No es icónico que Mustaine se despida versionando a Metallica? Primero fue su sombra, pudo ser su bestia negra, pero finalmente fue la criatura que él mismo ayudó a concebir, despedido en el momento mismo del parto, cuando los Jinetes del Apocalipsis cabalgaban hacia la gloria y él tenía que reinventarse partiendo de cero.

Pero no nos olvidemos que no es un cover del todo, porque «Ride The Lighting» sí fue compuesta por Mustaine. Queda la pregunta abierta ¿se trata de un homenaje a Metallica o es una revancha final, un gustito, como diciendo, no se olviden que yo compuse y fui parte importante de esta banda? La versión de Megadeth es desenfadada, muy ejecutada en la línea de la canción original, tan apretada que incluso tiene veinte segundos menos.

Nos vamos con la sensación de haber escuchado un discazo, un sonido que sí suena a Megadeth por los cuatro costados: está la velocidad endiablada, esos solos bluseros del infierno, la inimitable voz de Mustaine, los tiempos medios recargados a la melodía, las notas-cartas-homenajes.

¿Despedida antes del final de todo, o al menos del mundo cómo lo conocemos? ¿Es verdad que veremos morir a todas esas estrellas que alguna vez brillaron en el firmamento? Nos quedamos pensando, atisbando el final del final. La reacción en cadena ha empezado. Y suena mortal, chacal, haciendo gala de la palabra “clásico”, que quiere decir “clase”, una clase de cómo se debe tocar un metal bien ejecutado. Ha muerto el rey. Pero Megadeth vive.

 

 

 

KREATOR «KRUSHERS OF THE WORLD» (2026)

By · miércoles, enero 21st, 2026 · No Comments »

Cristian Salgado Poehlmann

El que a estas alturas espere algún tipo de sorpresa o revelación en un disco de Kreator mejor que se entierre vivo. Fantasear de ese modo demuestra que tus expectativas están completamente disociadas de la realidad. Más aún si esperas algo así como una iluminación
musical. La verdad es sencilla y directa: con Krushers of the World, Kreator aseguró la continuidad del oficio que en la actualidad mantiene a las bandas, me refiero a estar un par de buenos años de gira. Al final de cuentas, habrá material nuevo para mostrar, más el puñado de clásicos de siempre. Kreator cumple, lo cual no es ninguna novedad. No por nada es el grupo de thrash más importante de Europa y uno de los actos más imponentes en la historia del metal de todos los tiempos.

Krushers of the World no es caso alguno un mal disco, si lo vemos desde una perspectiva objetiva. Sí, tiene canciones débiles, como “Combatant” o “Krushers of the World” –esta última con un dejo hardcore en su peso guitarrero–, que suenan bastante genéricas y no alcanzan a emocionar, o “Satanic Anarchy”, que es desmedidamente popera y recuerda lo que pasó con “Phobia” en su momento –claro que la del Outcast (1997) es cien veces mejor–. “Loyal to the Grave”, canción que cierra el disco, termina siendo un intento de épica-pop fallida de los ochenta-noventa que, si exagero, podría haber rotado en radio y televisión en horario diurno.

Que todos los temas tengan una estructura parecida es algo que agota, pues el subidón es siempre el mismo. Krushers of the World es demasiado obediente con la “Forma canción”: INTRO-A-B-CORO. No obstante, sí es cierto que los riffs están bien trabajados
al punto que ayudan a distinguir una canción de otra.

“Seven Serpents”, “Barbarian”, “Blood of Our Blood”, “Psychotic Imperator” y “Deathscream” son los puntos altos del disco, exactamente la mitad. Todas las canciones más “in your face”, thrasheras. Por supuesto: no esperes la demencia de Ventor de “Blind Faith”, pero todavía hay algo ahí para vacilar cuando escuches estos temas en vivo. Y es que ahí pueden significar mucho más que en estudio, encerrado en tu pieza frente al computador. Una manera que tenemos de devolverle a Kreator todo lo que nos ha dejado,
que es más que la cresta. Porque a Mille Petrozza y Compañía se les respeta. Y eso no se cuestiona.

El otro día conversaba con un compadre sobre este disco. Me decía que no le había gustado por genérico, por estar lejos de joyas como el Pleasure to Kill (1986). Y de acuerdo, lo está. Pero me puse a pensar que este es un disco de encuentro de generaciones. Kreator ya no es lo que fue. Me refiero a que ya no lo vamos a ver solamente los que nos tiramos los tablones por la cabeza, sino que ahora también lo ven padres y madres con sus hijos o tíos con sus sobrinos y de un cuanto hay. Y quizás este disco pueda ser uno que motive el encuentro. Y se siga alzando así para siempre la bandera del maldito odio.

 

UNBLESSED – MURDERING HOPE (2021 y 2025)

By · miércoles, enero 21st, 2026 · No Comments »

Cristian Salgado Poehlmann

Muchos cuerpos han pasado bajo el puente del cual se sostiene la extensa carrera de los Unblessed, agrupación death black metal emblemática, nacida en Santiago en 1999 y liderada por el sempiterno Paul Callahan Abarca, con quien en nuestros buenos viejos tiempos coincidíamos en las tocatas de la Trifulka –Irarrázabal con Antonio Varas– y La Laberinto, y escribíamos en el foro Metal Planet. Probablemente Unblessed pertenezca a la última generación de bandas chilenas que, en tanto hecho gregario, vivió el metal como fenómeno de revolución subterráneo y extremo, y no como la salida acomodada, uniforme y hasta bonita que acaeció después. El metal es todo lo contrario a esto último: violento, desagradable, dionisíaco y antiautocomplaciente. Desde 2007 en adelante –fecha de publicación de Burning your Faith, su primer largaduración–, los Unblessed no han parado de sacar material. Lejos de generar un estilo uniforme, cada uno de sus seis discos cuenta con elementos diferenciadores.

Cuesta encontrar la repetición en Unblessed. Murdering Hope cumple con esta máxima. Editado en CD este año, aunque en caset en 2021, suena diferente a todos sus anteriores trabajos. Sí ratos evoca al primerísimo Unblessed, el que conocimos en 2002 con el EP Monolith from Beyond, ese que salía de las vísceras, algo para celebrar. Algunas secciones de “Murdering Hope” y “Autoboycott” provocan un viaje hacia ese pasado monolítico y nostálgico.

Murdering Hope suena pantanoso, pesado. Es quizás el disco menos “brillante” en términos de sonido de Unblessed. Un acierto, pues las canciones resultan más definidas. Esto se debe a dos factores. Por un lado, naturalmente, la producción: buen trabajo en lo relativo a
los registros graves, en particular cuando bombo y bajo se apoyan. Ahí el disco crece, se malea, y en el metal la maldición es gloria. Por otro lado, la composición. En esta oportunidad encontramos a un Paul Callahan mucho más quirúrgico que en otros discos. Murdering Hope es un trabajo prácticamente antipódico en relación al anterior, Killing your Last Drop of Innocence (2017), cuya materia prima constaba de mucho riff a cuerdas abiertas, un álbum muy black. En Murdering Hope, en cambio, el recurso explotado, en términos transversales, es la precisión en el trabajo de los riffs. Menos ruidoso; mayor lupa y elaboración musical. De hecho, “Braveness into Me” en ciertos momentos recuerda a Atheist. Los riffs están más controlados y hay una mayor explotación del trabajo individual de la cuerda. La ejecución del bajo por parte de Jonathan Reig también aporta en este aspecto, pues su manera de tocar es mucho más de soporte armónico que lo que hizo Felipe Alarcón en Killing your Last Drop of Innocence, lo que vuelve el sonido de Murdering Hope más denso.

Dentro de Murdering Hope, hay cuatro temas que destacan por su calidad y complejidad estructural: “Irreverence Irreversible”, “S.E.N.A.M.E.”, “Braveness into Me” y “Nefasto”. Es cierto: Unblessed siempre ha apostado por la mutabilidad dentro de sus canciones, no obstante, a veces tanto cambio dio resultados tirantes, transiciones que suenan duras. En esta ocasión, en cambio, cada riff está integrado de manera inherente con el siguiente. Fluyen bien los pasajes internos de cada canción. Y eso que debe ser el material más complejo que Unblessed ha compuesto en toda su existencia. Una de las gracias de Murdering Hope es que los liderados por Paul Callahan consiguieron sonar complejos y chacales al mismo tiempo, técnica y malditismo en una sola placa. Mención aparte para “No Gods No Masters”, una canción muy pesada, de barrio y vereda, con cierto peso hardcore que se mezcla con death y black metal. Excelente aporte, un mazazo.

Murdering Hope tiene por mérito ser un álbum que reúne la totalidad de Unblessed hasta el momento de su publicación. La nueva propuesta composicional de ese entonces se funde con los elementos más clásicos del grupo, pasando también por uno que otro ritual
sonoro de su época intermedia. El punto débil del disco es la canción “I Damn you”, muy por debajo del resto, pero esto termina siendo un detalle. Desde Man Has Killed God que Unblessed no sacaba un disco tan bueno y esto es algo que me pone contento. Los Unblessed
nunca han bajado los brazos y valoro mucho la independencia y coraje que Paul Callahan ha mostrado con su agrupación durante todos estos años. Como bien dice el poeta Ángel González, “Para vivir un año es necesario/ morirse muchas veces mucho”.

 

ENTHRONED «ASHSPAWN» (2025)

By · miércoles, enero 21st, 2026 · No Comments »

Por Cristian Salgado Poehlmann.

Resulta difícil establecer un “Sonido Enthroned”. Dicho de otro modo: Enthroned no es una marca registrada en términos sónicos, más bien responde a una etiqueta abstracta, la del black metal, pero sus trabajos no registran una continuidad, sino un cambio constante, en
particular cuando nos referimos a sus últimas entregas. El grupo belga –formado en 1993 por célebre Cernunnos, quien se colgó en 1997, antes de grabar el Towards the Skullthrone of Satan, segundo largaduración de la banda– es una plataforma que ha permitido el continuo tránsito de compositores, quienes han imprimido su sello particular al sonido del grupo, similar a lo ocurrido con Mayhem. Es cierto: decir que Enthroned cambia disco a disco es una exageración –los belgas tienen bloques de álbumes en los que trabajan desarrollos musicales específicos, como en la era Towards the Skullthrone of Satan (1997), The Apocalypse Manifesto (1999) y Carnage in Worlds Beyond (2002)–; no obstante, desde el XES Haereticum en adelante, que salió en 2004, Enthroned entró en un camino de continua exploración que no ha variado hasta el día de hoy, cuando nos enfrentamos a su último trabajo, Ashspawn, publicado en diciembre de 2025 por Season of Mist, cuya música está compuesta por un nuevo integrante, el guitarrista polaco T. Kaos; las letras, como es habitual, corrieron por cuenta del a estas alturas eterno Nornagest, líder y vocalista de Enthroned.

Ashspawn es un álbum violento y brutal. Pero notoriamente violento y brutal. De sonoridad oscura y densa, por supuesto, sin nunca ser un disco lento, salvo por la canción “Ashden Advocacy”, que tiene secciones donde la carne arde de manera pausada y doliente, intercaladas con contrapartes de cuerdas del black más enfermo y destructivo. En términos generales, se despega notoriamente del trabajo anterior de los belgas, Cold Black Suns (2019), no solo en composición, también en sonido, pues Ashspawn azota mucho más pesadamente. En este sentido, el trabajo de producción va acorde con la música que T.

Kaos compuso, pues suena mucho más “real” que el álbum anterior, el cual peca de exceso de tecnologización en su sonido. En esta oportunidad, en cambio, Enthroned consiguió una mezcla muy bien lograda entre el sonido más concreto y tradicional de los instrumentos y las bondades de la contemporaneidad sonora. Asimismo, la producción del álbum es voluminosa, grande, a diferencia del Cold Black Suns, que suena pequeño y muy agudo. Ashspawn es de sonido generoso, amplio, colosal.

Otra característica que diferencia a Ashspawn del trabajo anterior de Enthroned, es que en esta oportunidad los belgas no incluyeron ninguna canción ni medianamente cuestionable en términos de calidad compositiva. Todas las canciones están por sobre la media. Es un álbum tremendamente consistente en este sentido, que no solo trabaja sonoridades black metal, sino que también incorpora influencias de Morbid Angel en “Basilisk Triumphant” y de estos últimos y Hate Eternal en “Assertion”. En los cortes “Stillborn Litany” y “Raviasamin” las cuerdas suenan cercanas al último Mayhem y la voz de Nornagest trabaja colores que a ratos recuerdan al Maniac del Wolf’s Lair Abyss. Algunos fraseos de Nornagest en “Basilisk Triumphant” rememoran el trabajo que Mortuus realizó en el Viktoria de Marduk.

Ocurrió algo duro durante varios años: los grupos clásicos del black metal europeo no sacaron su mejor material. Más bien publicaron el peor. El período comprendido durante el 2010 y el 2020 fue crítico. Se trató de una plaga. Más todavía con Darkthrone retirado ya hace rato de los sonidos del culto tradicional. Últimamente, sin embargo, un despertar ha acontecido para algunos; otros, nunca abandonaron el sendero. Así, en estos últimos años nos estamos topando con excelentes álbumes de Mayhem, Marduk, Taake, Watain o Dark
Funeral. Y ahora le tocó el turno a Enthroned. El azote de la derrota de dios vuelve a caer de la mano de los antiguos. Salve.

Enthroned se ha tomado tiempo en publicar sus últimos trabajos –dos discos en once años–. Lejos están los tiempos de la seguidilla Pentagrammaton, Obsidium, Sovereigns: 2010, 2012 y 2014, respectivamente. Entonces un álbum como Ashspawn se agradece, debido a su arquitectura, repleta de capas, arreglos, matices y dinámicas. Hay mucho trabajo musical en esta placa. Por ende, es un disco que posibilita el descubrimiento de elementos en la medida en que le vas dando vueltas. Dicho de otro modo, no agota rápidamente ni por asomo. Un poco como lo que pasó con Behemoth en su mejor momento.

Con Ashspawn, Enthroned vuelve a tomar por asalto el sitio que le corresponde en la escena black metal mundial, ese que alguna vez tuvo, a fines de los noventa y principios de los dosmil. Una lección de black metal contemporáneo, cercada con el alambre de púas de la tradición. ¡Aguante Enthroned! In Nomine Belialis. Amen!

 

TORTURE MACHINE “SHADOWCULT” (2025)

By · lunes, diciembre 22nd, 2025 · Comentarios desactivados en TORTURE MACHINE “SHADOWCULT” (2025)

Por Pablo Rumel.

Quince años no pasan en vano. Dueños de un sonido frenético tributario del death melódico, Torture Machine no rehúye del groove y del deathcore, sin perder su matriz asesina y de muerte. Shadowcult estrenado en octubre 2025, no es de esos discos amables que se despegan lentamente, atravesando un pórtico, recreando una atmósfera, va directo, se lanza de una a tu cara, con una distorsión oxidada pero húmeda, más peligrosa que el cuchillo de tu exsuegra.

«Symbiosis In Death» es el primer corte, pura vocación destructiva, oímos unos riffs arrastrados y veloces, sincronizados con una percusión velocísima, ráfagas de cajas y secciones sostenidas a puro blast beat y gravity blast que solo descansan entre tuca-tuca y brevísimos parajes doom, bajando por algunos segundos las revoluciones; Patricio Dosque, a la voz, ataca con un registro gutural que se oscila entre modulaciones graves, pero muy naturales, y agudos con entonaciones rasposas, como se suela utilizar en el deathcore.

La propuesta de los Torture Machine presenta elementos de un metal modernizado, de última ola, pero sin dejar atrás la confección arquitectónica del death melódico de primera etapa. Hay un robusto uso de breakdowns, con esos riffs pesados y sostenidos con vibrato, como en «Invoke Despair», pero también ataques de quintas lentos y repetitivos como los antiguos Criminal.

La construcción de los acordes es rigurosa, utilizando ampliamente el mástil, como en «Ruination», excelente canción para adentrarse a la sonoridad de los Torture, con guitarras paneadas a izquierda y derecha (¡magistralmente logrado!), y excelente uso de los solos de guitarra, bien técnicos, dejando de lado ese virtuosismo de circo, más concentrados en generar capas y secciones atmosféricas que ir netamente por la pura velocidad y la disonancia destructiva.

«Inner State of Chaos» podría polarizar a los deathmetaleros, sobre todo a los que prefieren más la vieja escuela, principalmente por el uso recargado a las bajas afinaciones, con mucho groove en la rítmica y en la batería; en estricto sentido, la canción es brutalísima, con un excelente sentido percutivo de Camilo Anrique al mando de los tarros, quien intercala el doble bombo con buen golpe a la caja y los toms, metiéndole unos platillazos exquisitos, que resuenan casi ocultos entre la metralla guitarrera, pero quedan reverberando en una mezcla que le hace justicia a su trabajo.

«Shadows Encounter» y «A Call From The Void» dialogan muy bien con el death metal de Gotemburgo, con riffs sincopados a puro palm-muting rítmico a contratiempo, y secciones melódicas con tiempos ralentizados para volver a nuevos ataques virulentos. Las cuatro cuerdas direccionan la velocidad del bombo, además de aportar más peso y gravedad a la rítmica, sin perderse en fills ni piruetas inoficiosas, amoldándose a la velocidad de las guitarras, siendo prácticamente una tercera guitarra que sostiene la rítmica y la arquitectura metalera.

«Visions of The Pasts» recuerda a la intro de Seasons in The Abyss del Slayer: entra con guitarras limpias cargadas a la disonancia, pasando de tiempos medios a rápidos, con secciones de metralla veloz, hasta progresar a tremolo pickings asesinos, para volver a esa cadencia del comienzo y rematar con un solo exquisito, de notas sostenidas con mucho feel, combinado con breves sweep picking, sin exagerar, porque el pulso de la canción se centra en los pulsos rápidos y en esa atmosfera decadente que transmite.

El cierre es una bilogía titulada Horror of Cosmic Depth separada en dos partes, «Devoured by the Abyss» y «Beyond Mortalitity», broches de oro para un disco sólido que no se pierde en sinuosidades ni en experimentaciones que no llevan a ningún lado. Es death metal clásico, muy bien grabado, con algunos elementos modernos que en efecto ya están en el primer EP de la banda, Mortuary, por lo cual vemos, más que una redefinición de estilo, una persistencia en el mismo, mejorando su calidad de sonido y aportándole detalles que no trastoca su matriz. Los fans del último Death, pero también de los primeros In Flames y Dark Tranquillity se lo devorarán. 47 minutos de puro rigor asesino.

 

FERETRO – THE MORTUARY DESTINY OF FLESH (2025)

By · lunes, diciembre 22nd, 2025 · Comentarios desactivados en FERETRO – THE MORTUARY DESTINY OF FLESH (2025)

Por Cristian Salgado Poehlmann

Skeletal Remains y Gruesome son dos grupos actuales que bien podrían emparentarse con lo que Feretro, oriundos de Huépil, región del Bío-Bío, fundados en 2005, hicieron durante sus primeros quince años de carrera. Un death metal perro de la vieja escuela de primer nivel, chacal, violento, a ratos vacilón, ese que recuerda al Obituary del Slowly we Rot, al Asphyx del The Rack, al Pentacle del Under the Black Cross, al Death del Scream Bloody Gore y al deathtrash de Thanatos del Emerging from the Netherworlds. Death metal que va de frente, sin disimulo y que se te para delante con su peor cara: la del disgusto y la negación de la vida y que te destruye el cráneo con un bate reforzado con clavos.

Con poco pero preciso material, el grupo liderado por Pedro Veloso –guitarra y voz– consiguió su peak en 2019, con el EP Deathsolation, un trabajo de 17 minutos que bien podría considerarse perfecto. Una auténtica joya en términos de composición.A los Feretro los conocí por allá por el 2013, cuando sacaron el EP Exhumed Rite of
Horrors. También me pasaron el demo Your Soul to Death…Your Flesh for Worms. En ese entonces editaba y escribía para Heavy-Shit y mi entusiasmo al escucharlos fue mayúsculo. Tenía treintaiún años y Feretro había logrado conectar con mi más pura fibra de catorceañero pubertino, volviendo a ponerme la piel de gallina tal como había pasado cuando vi el videoclip de “The End Complete”, de Obituary, en Heandbangers Ball Latino en MTV y partí disparado a comprarme el CD homónimo, mi primer disco de death metal de la vida. Cuando puse en el reproductor el disco de los hermanos Tardy no podía creer lo que estaba escuchando. Yo venía del mundo del thrash y la afinación de los de Tampa era de putísima madre. Bastó el riff a cuerdas abiertas de “I’m in Pain” para cambiarme la vida. Conocer a los Feretro me hizo revivir uno de los momentos más reveladores que he vivido con el género musical más querido de todos: el metal.

Este año Feretro saldó una deuda: poner en circulación su primer largaduración. The Mortuary Destiny of Flesh salió por el sello francés especializado en death metal Nihilistic Holocaust y consta ocho canciones más una intro. Todo el material es nuevo. No hay refritos de sus anteriores EPs, demos o del split con Silure, su anterior trabajo, editado cinco años atrás. Y se nota. Hay aquí un distanciamiento –no extremo: detallado, concienzudo– con el resto de su discografía. Las bases siguen siendo las de siempre, pero aparece una mayor variabilidad en las canciones. Para establecer un paralelo, hay un parentesco con las partes menos cuadradas del Cursed de Morgoth, por ejemplo. Dicho de otro modo, en The Mortuary Destiny of Flesh los Feretro trabajan más y mejor los arreglos. También aparecen sonidos que recuerdan a los nacionales Necroripper, especialmente de su disco Necrometal. Para seguir con las cacofonías: los de Necrozine dieron en el clavo cuando dijeron que cada riff de este disco se sentía “como escrito con los huesos, no con los dedos”. El sonido está muy bien aparejado con el concepto de death metal en descomposición que Feretro defiende: sin excesiva tecnologización, tan directo que después de escucharlo tienes que arrancarte los gusanos que tienes pegados dentro de la oreja.

“Towards Perishment”, “Time to Die” y “Death’s Cycle” son los cortes más destacables del disco, debido a su altísima entrega composicional. Es a partir de estas composiciones que Feretro alcanza un lugar en el que nunca antes había estado. En particular en lo que a rítmica, quiebres y cambios de tiempo respecta. Pedro Veloso, quien compone todos los riffs en Feretro, realmente supo cómo ahondar en los abismos del sonido de la banda durante los cinco años de silencio discográfico, sin prostituir su propuesta inicial.

Otro aspecto a destacar de The Mortuary Destiny of Flesh en tanto álbum es que está trabajado como una obra sonoro-narrativa, como un concepto que evoluciona con el correr de los minutos, con un principio, un desarrollo, un descanso, un segundo desarrollo y un remate. A la vieja y querida usanza. No se trata aquí de haber colocado una canción tras otra y listo. Es un disco pensado. “Twilight of Life”, “The Hour of Death” y “Epitaph” marcan los puntos de inflexión de esta cruzada de horror y masacre ancestrales.Y si bien The Mortuary Destiny of Flesh no es un disco perfecto, esto realmente no importa. Hay mucho más para para celebrar aquí que para convocar al inconformismo y el chaqueteo propio del chileno promedio. Que “The Ancient Horror” e “In Agony” estén por debajo del nivel al que Feretro nos tiene acostumbrados quedará como mera anécdota en la carrera de los de Huépil. Si hasta el Hell Awaits tiene una canción ahí nomás: “Crypts of Eternity”.

Kafka dijo que a partir de cierto punto no había retorno, y que ese es el punto que hay que alcanzar. Precisamente, con The Mortuary Destiny of Flesh, Feretro consigue ese punto: el de una propuesta primitiva, pero con nuevas ambiciones. Un epitafio que no se estanca.

VADER – HUMANIHILITY (2025)

By · lunes, diciembre 22nd, 2025 · Comentarios desactivados en VADER – HUMANIHILITY (2025)

Cristian Salgado Poehlmann

Cinco años pasaron para que el grupo más importante de la historia del death metal polaco sacara nuevo material. Y si bien hace rato que Vader ya no sorprende y no sorprenderá, y su mejor material ya pasó, sí es importante reconocer que el grupo liderado por Peter Wiwczarek –voz y guitarra– prácticamente nunca ha defraudado. Vader cuenta con una de las carreras más sólidas del escenario del death metal en términos históricos. Su último LP, Solitude in Madness (2020), emana una energía, potencia y rabia que ya se la quisieran muchas bandas que llevan cinco años de carrera y se dicen death metal. Dato Rossa: Vader sacó ese disco luego de treintaisiete años de vida.

Humanihility es un EP de tres canciones, dividido en dos partes: dos canciones que van en el estilo clásico del grupo y una tercera –“Unbending”– que es más bien un bonus track de medio tiempo, bien ganchera, más cercana al thrash, un poco como lo que hicieron en el álbum Revelations (2002) cuando tocaban a medio tiempo. “Unbending” funcionó como tema central del Mystic Festival 2025.

En ningún momento, Humanihility alcanza los niveles de brutalidad de Solitude in Madness o de Tibi et Igni (2014). Aquí, por ejemplo, no encontrarás blast beat alguno. Sí tuca- tucas al estilo tradicional de la banda. La ejecución en la batería de Michał Andrzejczyk, quien entró a Vader en 2022, es excepcional. El hombre encaja en el estilo rabioso de los polacos a la perfección, tiene tremendo oído para ejecutar death metal. Es muy habilidoso incrustando fills de puta madre sin sonar técnico ni romper la ferocidad que Vader requiere. Recuerda a los mejores tiempos de Lombardo, claro que evolucionado. El ingreso de Michał Andrzejczyk a Vader es a todas luces lo mejor de Humanihility.

“Genocide Designed” abre el EP y marca el regreso de Mauser al grupo, guitarrista que participó en varios discos antiguos de Vader, incluida su mayor joya hasta el día de hoy, Black to the Blind, de 1997. Es él, pues, quien compone esta canción, muy en la veta del Vader más thrashero y de los noventa, con solos por un lado ruidosos y por otro armónicos. Ojo, que no se trata de una canción blanda. “Genocide Designed” es death metal puro e invita al azote, pues así son las “Lecciones con Vader”, solo que lo mejor está por venir.

En apenas dos minutos con un segundo, “Rampage” lo extermina todo. ¿Y quién otro sino Peter podría haberla compuesto? Realmente es increíble que Vader siga destruyendo parlantes, oídos y cráneos luego de cuarentaidós años de carrera. La canción inicia sin previo aviso, cae de una como un mazazo de diez toneladas, con un riff aceleradísimo, pesado y de ahí la cosa no para más. El fraseo de Peter en esta canción es notable, combina adecuadamente con los riffs, pues no es el típico grito metido entremedio de las cuerdas, sino que se las ingenia para meter un ataque especial que hace particular su canto y, por ende, más distinguible la canción.

Humanihility salió vía Nuclear Blast Records. Que sigan nomás los años de caos, locura y muerte. Don’t Rip the Beast’s Heart Out!

 

Getting Killed » Geese» (2025)

By · lunes, diciembre 8th, 2025 · Comentarios desactivados en Getting Killed » Geese» (2025)

Por Esther Gajardo.

Getting Killed nos arroja a un road trip que a veces circula a velocidad crucero y otras en una frenética persecución que nos sitúan en un torbellino de emociones y piezas sonoras difíciles de compatibilizar pero que nos muestran un dulce camino en el que transitar sin parar. Con desolación, humor, alegorías exigentes y un talento para condenarnos a la vergüenza y al enajenamiento como en Cobra (donde la voz evoca a Alan Vega cantando Dream baby Dream) donde todo indica en la voz que lo mejor es alejarse a punta de melodías de canción de cuna o en el primer track; Trinidad donde fácilmente piensas que vas a escuchar un blues lleno de lamentos bajo una calma momentánea, pero inmediatamente te invade una trompeta y una guitarra para terminar con un aviso de bomba y una catástrofe familiar. De eso bastante en la receta del álbum; una sensación de desastre y desolación, como la melancólica Husbands o la desoladora letra y melodía para cuestionar la masculinidad en Islands of Men; canción para no olvidar que desde sus orígenes a la banda le caló hondo la pandemia y eso les dio tiempo de cuestionar el orden de las cosas, el tránsito por las emociones y sentimientos más conflictivos en un mundo donde la tecnología y el internet define tus gustos y preferencias, al parecer los de Brooklyn supieron sentarse a esperar y a ironizar en canciones como 100 Horses; sus cantos al unísono y lastimeros sirven para remediar con humor una realidad inevitable: todos moriremos asustados. Para que hablar de Au Pays du Cocaine pareciera que nadie se salva o que al menos la condena colectiva nos debiera consolar.

Con la linda instrumentación en Taxes y el desolador tono en la voz de Cameron nos entregan un atisbo de esperanza cuando con rabia grita que es mejor que nos sanemos solos. Lamer las heridas, rehabilitar el corazón y ser lo que te puede salvar. Todo esto con la ligera y rítmica batería de Max Bassin, una espectacular Emily Green en la guitarra (quien inspiro el nombre de la banda por su apodo) y las exquisitas intervenciones y líneas de bajo de Dominic en canciones como Husbands y en Getting Killed canción rítmica, funkera hasta bailable tan cantable, para corear a gritos y musicalizar un karaoke rockero y emotivo. Una sensacional Half Real que evoca a Felt y Bill Callahan cantándole al desamor y a lo que proyecta la ilusión del romance, endulzado en una melodía country, con tintes de bluegrass y con un final de todo mi gusto y si quieren rabia descarnada: Bow Down en clave góspel y guitarra desenfrenada para una canción mordaz y colérica. Pareciera que algo le hizo María a Cameron en Long Island City, Here I Come. Aparece de nuevo en voces, muchas voces lastimosas, letras repetitivas, unas líneas de bajo que duran minutos y una batería rítmica como yendo en una carrera a la meta que es Long Island; es un final épico, el del álbum y el del ultimo track. Ninguna canción destrona a la otra, todas nos invitan a participar en el killer road o dormitar antes de caer en un dulce sueño. Podríamos colocar en la categoría de disco del año o banda de la década. ¿Por qué? Porque te hace despertar del sueño irreal en el que te ha sumergido la realidad virtual o los bocados de simulacro que te ofrece la internet, en un mundo donde la inteligencia artificial es amenaza a la creatividad, la creación y el arte, Geese le da un golpe certero y ofrece bronce y revolver. Geese, en menos de una hora con su nuevo álbum, se consolida como la banda definitiva de Partisan Records, como lo fueron Idles y Fontaines DC. En una época donde la escena musical no tenía los mismos adeptos y acérrimos fans de los 90 y donde las audiencias se formaban principalmente con fanzines y la presentación en vivo de la banda; ahora con el revoltijo que te ofrece el algoritmo de la red y lo que la industria quiere que escuches, aparece Geese que tiene la semilla encarnada de Talking Heads, Hermeto Pascoal y Miles Davis a la hora de componer. Nada malo podría salir de ahí, asi que sigamos escuchando.

Geese -Getting Killed 2025

 

Sacrifice – «Volume Six» (2025)

By · martes, noviembre 18th, 2025 · Comentarios desactivados en Sacrifice – «Volume Six» (2025)

La historia de Sacrifice no es muy distinta a la de otros nombres de culto en el metal extremo de los ’80s. Tras editar un par de trabajos hoy fundamentales en cualquier colección durante la era dorada del género –Torment in Fire (1986) y Forward to Termination (1987)-, y alcanzar su peak de expresión con Soldiers of Misfortune (1990), los canadiense entraron a la década de los ’90s para encontrarse con un panorama muy distinto. La intensidad de los ’80s no era la misma y hubo que confrontar los vicios de desarrollo que terminaron, en muchos aspectos, por enterrar el género en favor de las tendencias de aquellos días. Tras la disolución en 1993, Sacrifice se conviritó en un nombre reverenciado, en gran parte por las nuevas generaciones, quienes no vivieron la época pero que, gracias al avance tecnológico y la Internet a mano, situaron a los de Toronto como una banda esencial cuando se habla de metal a la antigua, desde el impulso de aquellos días de cassette-demo y fanzines.

El retorno a las canchas en 2006 tuvo un ingrediente extra; alineación titular, la misma que dio forma y vida a la trilogía discográfica que los puso a la par de sus compatriotas Voivod y Razor. Rob Urbinati, Joe Rico, Scott Watts y Gus Pynn dejaron en claro la intención del nuevo ciclo con la publicación de The Ones I Condemn (2009), un trabajo que rememora sin aditivos la ferocidad de sus años dorados. A la vez, y como suele ocurrir en estos casos, la añoranza de los adolescentes de ayer y el asombro de las nuevas generaciones estaban presentes, como parte de la esencia que Sacrifice reservó como el mejor vino. Poco más de 15 años transcurrieron para que Volume Six, el siguiente y más reciente asalto, viera la luz para llevar más lejos el ciclo actual, esta vez dándose el tiempo de pulir los detalles -sin alterar, obviamente, su identidad- y entregar un lanzamiento con personalidad incólume.

Puede parecer una obviedad, pero Volume Six, más allá de lo poco original de su título -para gustos, colores-, es el sexto capítulo discográfico en la historia de Sacrifice. Lo que parece una metáfora, como muchas a las que se tiende a recurrir para reseñar un álbum con similares rasgos, es la confirmación de lo que los canadienses proyectan incluso cuatro décadas después de su formación. Un paso natural que combina experiencia y firmeza en un trabajo que, digámoslo, asume que el mundo en 2025 es muy distinto -o quizás no tanto- a cómo era en 1987. La diferencia respecto a los mismos consagrados que menciona el libro de historia, es que Sacrifice apela a la experiencia para que Volume Six suene y reluzca orgánico. Y eso se logra a base de buenas canciones y pasajes que logren un carácter memorable desde la escritura.

Tanto el bombazo inicial de «Comatose» como el single «Antidote of Poison» nos muestran (casi) de cuerpo completo lo que es Sacrifice circa 2025. Una banda con sus capacidades intactas y la mirada fija atrás antes de dar el paso adelante. «Missile» –vaya título- es de las más cercanas al canon del thrash metal a nivel de ejecución y fuerza, con sus creadores traspasando en conjunto la convicción que requiere tocar dicha música en tiempos de streaming y producciones en serie. Y Sacrifice, como en casi todo su catálogo, le imprime a Volume Six una serie de momentos bien distribuidos.

El aporte del baterista Gus Pynn y el bajista Scott Watts en «Underneath Millenia» es soberbio. No por un tema de lucimiento instrumental, sino por la forma en que las guitarras Rob Urbinati y Joe Rico aprovechan el pivoteo y los espacios indicados para desplegar su fuerza distintiva en los riffs y la progresión. Es en esta estación donde los canadienses detonan su faceta más cercana al progresivo, aunque sin extraviarse y con la ruta de viaje fija en el mapa. Y mientras los leads de Rico coronan el avance aplastante de las guitarras, los gritos iracundos de Urbinati se mantienen frescos, aunque con los matices propios de la edad y el desgaste. Y tanto en este corte como en la más pesada y exigente «Your Hunger of War» nos remontan a los días de Soldiers of Misfortune, el trabajo que llevó la vena sofisticada de Sacrifice hacia su punto más álgido, pero con una idea renovada. Un detalle importante, considerando que Sacrifice, al carecer del renombre de los mismos cuatro o cinco gigantes de siempre, se permite reservar la furia irrefrenable de sus juveniles días, lo que implica, claramente, apostar a la integridad por sobre ‘lo que espera la gente’ -inclúyase a los sellos discográficos.

En la frialdad de los números, «Incoming Mass Extinction» y la instrumental «Lunar Eclipse» poseen una duración de 2 minutos cada una.Y siendo tan distintas una de la otra. ambas reflejan a su modo la abundancia de ideas como la manera en que dichos momentos se reparten a lo largo de la placa. Y es que Sacrifice, por el contrario al millar de bandas de culto que revive solamente para saldar compromisos pendientes -con resultados más ligados al factor nostálgico que a una propuesta sólida-, es una banda que prioriza el instinto ante cualquier bondad tecnológica o vicio impuesto por la industria (incluso dentro del metal, en cualquiera de sus ramas). Lo que explica que tanto el binomio mencionado como «Explode» -sublime el trabajo que se manda Joe Rico en las seis cuerdas- le proporcionen a Volume Six un equilibrio entre bestialidad y melodía. Lo justo y necesario para que Sacrifice reafirme su jerarquía sin necesidad de descansar en su glorioso pasado.

Otra virtud que hace de Volume Six un trabajo notable por mérito propio, es que contiene dos piezas instrumentales, en las cuales la banda despliega su inspiración hacia los lugares menos pensados. La primera es «Lunar Eclipse», un corte que se basta de dos minutos para extender su narrativa con la soltura propia de un grupo de músicos con mil batallas en el cuerpo. Y la segunda, por lejos el punto más elevado del álbum, «Black Hashish». Sus casi seis minutos y medio la vuelven la canción más extensa de Volume Six. Es aquí donde el clímax dramático del disco, sin necesidad de recurrir a un concepto específico, nos transporta a un lugar donde el oyente se mueve entre la luz cegadora y la sombra asfixiante. No olvidar que Sacrifice, hace poco más de una década, grabó «Anthem», un cover de los todopoderosos Rush. No se entiende el temple inclasificable de Sacrifice sin la huella de Lee, Lifeson y Peart. Ambas bandas son canadienses, ambos desafiando -a sus respectivas maneras- el dogma musical de turno. Voivod no es la única banda en ese aspecto, por muy distinto -y aventajado- que sea el camino respecto a Sacrifice.

El cierre de Volume Six no puede ser más apropiado, partiendo por el título: «We Will Not Survive». Las palabras sobran en la descarga final. Y es lo que le da a Sacrifice un lugar merecido como pilar de un género que se resiste a morir, incluso cuando muchos lo dieron por muerto. Todo lo contrario; apelando a la máxima que los Hellhammer de Tom G. Warrior esparcieron desde las cloacas más profundas, lo único certero y real es la muerte. Y Sacrifice profiere dicha verdad a su manera, con un efecto de dolor que no da espacio a ningún atisbo de jovialidad o esperanza. Como tiene que ser.

Si bien el tiempo -y las decisiones extramusicales- se encargará de dictaminar si califica con la misma estatura respecto a sus trabajos más renombrados, está claro que Volume Six se ganó un lugar en el podio como parte de lo mejor que ha publicado el thrash metal de la vieja escuela este 2025, junto con los lanzamientos más recientes de Testament y Coroner. Un poco más atrás, Benediction viene pisándoles los talones. Por otro lado, su promoción los tendrá por primera vez en Chile, en el marco del Chileterror Fest junto a otras leyendas de la música extrema. En todos los casos, Sacrifice nos brinda con Volume Six un trabajo que despeja todas las dudas respecto a hacia dónde corre el metal extremo de viejo cuño. Y, tal como la figura reinante sobre la montaña de cuerpos, parece que el metal a la antigua reinará por los siglos de los siglos… como la propia muerte.

BENEDICTION – RAVAGE OF EMPIRES (2025)

By · lunes, noviembre 17th, 2025 · Comentarios desactivados en BENEDICTION – RAVAGE OF EMPIRES (2025)

Por Cristian Salgado Poehlmann

Para los que conocimos a Benediction en los noventa, su death metal era sinónimo de masacre pura. De cabezazos contra el suelo y la tarima, stage diving y mosh infinitos, sangre, tablas y dientes volando. Y por supuesto trago. Y mucho. Estábamos influenciados también por el que probablemente sea el mejor concierto envasado de la historia del metal y el grindcore: el Live Corruption, de Napalm Death (1992). Y aunque estos últimos eran famosos por la invención del grindcore, ya en los noventa habían escalado hacia una estética más death metal, bastante familiar a la que también cultivaban los Benediction en sus dos primeros lanzamientos: Subconscious Terror y The Grand Leveller, de 1990 y 1991, respectivamente. Un sonido bastante único para ese entonces, pues, si bien los grupos de death metal inglés de fines de los ochenta y principios de los noventa –por ejemplo, Cancer y Bolt Thrower, aparte de los ya mencionados– se caracterizaban por tener un estilo composicional más directo que los estadounidenses, Benediction y Napalm Death gozaban de un toque especial, el de su ciudad: Birmingham, famosa por ser el espíritu industrial de Inglaterra, con problemas cotidianos, la famosa coyuntura, alejada de la fantasía. El concepto que se armó tras Benediction, en consecuencia, trataba sobre lo palpable, es decir, de lo que pasa en el barrio, de lo que sale en el periódico y de lo que ha legado la Historia. No hubo cabida para el satanismo ni la fantasía; sí fueron bienvenidos el horror y la podredumbre de la psicología del ser humano y lo que los rodea.

Esto también se traspasó a la música, a la estética composicional, volviéndola menos épica, menos enrevesada y más directa: un simple y eficaz cornete en el hocico. Así, los Benediction establecieron un tipo de death metal chorizo y callejero, al callo, sin medias tintas. Dato rosa: GBH, la legendaria banda punk inglesa, también perteneció a la misma ciudad.

Con el correr de los años, Benediction experimentó. Se volvieron algo más técnicos, probaron con otras influencias e incluso en 2008 sacaron un discazo que tiene mucho de hardcore punk y una producción completamente distinta a lo que históricamente habían hecho, el Killing Music. De ahí en más, el grupo desapareció. Eso hasta 2020, cuando volvieron con el aclamado Scriptures. Ravage of Empires se presenta como una continuación de esta nueva impronta. Aunque el resultado es mediano.

Ravage of Empires consta de once cortes y su partida es excelente. “A Carrion Harvest”, “Beyond the Veil” y “Genesis Chamber” hacen honor al Benediction más clásico. Death metal de Birmingham de la vieja guardia, con una producción cercana al Scriptures, claro está. Mucho tuca-tuca, riffs rapidísimos a una cuerda intercalados con otros a medio tiempo y violencia calleja en exceso. Probablemente “Genesis Chamber” sea el punto más alto del álbum. Y es que realmente dan ganas de reventarle los dientes al próximo que se te cruce por delante cuando escuchas esta canción.

No obstante después la caída es grave. La siguiente sección de Ravage of Empires resulta lamentable. Y si bien es cierto que en “The Finality of Perpetuation” aparece –y de buena forma– el Benediction del Grind Bastard (1998), “Deviant Spine”, “Engines of War” y “Crawling over Corpses” parecen hechas para escucharlas mientras conduces y no para hacerte pedazos en un mosh. Entonces planteo lo siguiente: ¿vale la pena escuchar a Benediction cuando algo así sucede? Pienso que no. Las canciones de este bloque suenan apagadas, sin energía ni fuerza. Demasiada meseta y medio tiempo. Lo que siempre ha hecho glorioso a Benediction aquí desaparece por completo: ese elevarte hacia lo más alto para luego dejarte caer y despedazarte con el impacto y luego repetir y repetir el ciclo aquí no aparece jamás. El desastre lo completa “Psychosister”, lo peor del Ravage of Empires, una canción que suena “graciosa” bajo el tenor histórico de los ingleses.

Ahora, hay dos cortes diferentes en este disco y que funcionan bastante bien, aunque de un modo distinto a como lo hacen los que destaqué primeramente. Se trata de “In the Dread of the Night” y “Drought of Mercy”. Los de Birmingham aquí sí que proponen, muestran una faceta más novedosa. Aunque jamás drásticos, pues las reminiscencias del Benediction clásico se respetan, sí incorporan más variaciones de bloques en las canciones, cambios más arriesgados de acentuación, fraseos de guitarra inesperados y por ahí una sonoridad “blackera” al tocar un riff a cuerdas abiertas. De esta forma, Benediction consigue sonar duro, pesado y contemporáneo.

La canción “Ravage of Empires” cierra el disco de manera diplomática. Como institución del death metal británico que es, no es ético medir a Benediction con la misma vara que a un grupo que recién da sus primeros pasos, o que tiene una carrera a medio recorrer. Un poco más del cincuenta por ciento de este nuevo disco está a la altura de la carrera de los ingleses. El resto, por ningún motivo. Y si bien Ravage of Empires puede entretener durante las primeras escuchadas, en caso alguno quedará grabado a fuego en tus oídos, pues su combustión es rápida. Ahora, ¿en qué radica su importancia y función? La respuesta no es poco relevante: que Benediction salga de gira. Una cosecha de carroña nueva más.