Por Jaime Gonzalez
Fotos por Rubén Garate.
Nuevamente el metal convoco una nueva fecha memorable en la Sala RBX, una noche especial llena de energía vikinga nos entrego shows memorables y únicos, a continuación el reporte completo desde SONIDOS OCULTOS:
Atrocity es una banda que carga con una historia mutante e implacable. Nacidos a mediados de los 80 en Alemania, partieron sumergidos en la crudeza del death metal para luego expandirse hacia terrenos, técnicos y sinfónicos, sin perder nunca la esencia corrosiva que los caracteriza. Son veteranos de guerra dentro de la escena europea, y son una prueba viviente de que la reinvención y la brutalidad pueden convivir en un mismo cuerpo. Lo que ocurrió anoche fue precisamente eso, una banda legendaria mostrando que la edad no opaca la fiereza, sino que la afila.
Parten “Desecration of God”, Atrocity con violencia controlada. Entraron con precisión, haciendo vibrar el recinto desde los primeros segundos. La voz de Alex Krull se proyectaba con una mezcla única de autoridad y aspereza que lo ha llevado a ser una figura reconocible en cualquier escenario extremo. Sin dar tregua, la banda enlazó “Death by Metal” y “Fire Ignites”, intensificando un ambiente donde el público ya estaba completamente entregado, moviéndose entre headbanging desatado y gritos que parecían salidos del mismo inframundo. Como gran frontman inicia un gutural Chi chi chi, que fue respondido con el Le le le nacional y un potente VIVA CHILE!
En “Fatal Step” y “Necropolis”, la banda mostró el lado más denso y atmosférico de su repertorio. Son canciones cargadas de riffs sombríos, líneas de bajo que reptaban entre las sombras y una batería que marcaba el pulso con la exactitud de un verdugo. El sonido estuvo particularmente equilibrado, potente sin saturación, con una claridad que permitió disfrutar cada detalle sin sacrificar brutalidad.
“Spell of Blood” y “Faces from Beyond” trajeron un componente más narrativo y ritualístico que Atrocity domina demasiado bien, con Krull moviéndose al frente del escenario con una presencia chamánica. Su capacidad para dominar al público es envidiable, cada gesto, cada frase, cada grito parecía diseñado para encender a la audiencia, que respondía con la misma intensidad, incluso tomaba los celulares de quienes grababan en primera fila, para hacer tomas desde el escenario y luego devolverlas en un tremendo gesto de entrega.
Uno de los momentos más poderosos de la noche llegó con “Bleeding for Blasphemy”, una interpretación feroz donde la banda sonó absolutamente compacta, descargando un golpe tras otro sin perder nunca el control y un mosh de los entusiastas que jamás faltan. Le siguió “Shadowtaker”, que mantuvo los niveles en la estratósfera, coronando un segmento donde la violencia se mezcló con un dramatismo profundamente teatral.
Finalmente, “Reich of Phenomena” cerró el set con un aura de desenfreno. Fue una despedida monumental, cargada de la vibra oscura y apocalíptica que los caracteriza, fue una invocación, un ritual a medio camino entre la muerte y el éxtasis. Atrocity sigue siendo tan devastador como al principio, capaces de dominar cualquier escenario como si el tiempo nunca hubiera pasado.
Era el turno de Arkona, quien llegó como una tormenta ancestral, un vendaval oscuro arrastrado desde las raíces más profundas del pagan metal eslavo. Si Atrocity había encendido la noche con una brutalidad directa, Arkona hizo exactamente lo contrario, sumergió al público en un trance. Era un un rito. Y al centro de ese rito, como sacerdotisa indómita, se levantaba Masha Scream, una fuerza de la naturaleza capaz de hacer vibrar todo con una intensidad sobrenatural.
Comenzaron con “Izrechenie. Nachalo”, marcando un ambiente solemne, como si una puerta invisible se estuviera abriendo lentamente. Apenas emergió “Kob’”, la banda ya tenía a todos atrapados en su espiral sonoro, pero fue Masha quien realmente quebró la resistencia del público, cada gesto suyo era una orden, cada mirada una invocación. Su capacidad vocal parecía no tener límites; pasaba con fluidez de una voz melódica, casi etérea, a growls profundos que parecían provenir de las entrañas mismas de la tierra. Era imposible no quedar hipnotizado.
Con “Ydi” y “Na strazhe novyh let”, la atmósfera se volvió todavía más densa, palpable. El RBX se transformó en un templo pagano improvisado, los ritmos de la batería marcaban pasos ceremoniales, las melodías folks tejían un aura antigua, y el público respondía movido por un impulso visceral. La banda sonaba cohesionada, firme, poderosa, ejecutando cada transición con una precisión que convertía el caos en orden ritual.
“Yav” y “Khram” expandieron esta sensación mística. Masha caminaba por el escenario como si estuviera guiando un proceso de transfiguración colectiva; sus movimientos eran fluidos y simbólicos, como si replicara gestos heredados de un tiempo remoto. En cada pasaje y respiro, uno podía sentir que ella canalizaba algo más grande que una simple performance. Era una hechicera moderna, utilizando el metal como vehículo para abrir grietas entre dimensiones.
El punto de mayor embrujo llegó con “Goi, Rode, Goi!”, un himno que desató un estallido emocional entre los presentes. Aquí Masha desplegó todo su arsenal vocal, con growls que parecían incendiar el aire y líneas melódicas que elevaban la energía en el recinto hasta niveles catárticos. El público respondía, como si fuera parte del ritual mismo.
“Zakliatie” y finalmente “Zimushka” cerraron el viaje con el público inyectado en adrenalina y caras absortas. Arkona logró que la despedida fuera igual de poderosa que el inicio: un cierre que dejó al público en silencio, como si necesitaran volver a aprender a respirar después de haber sido arrastrados a un mundo completamente distinto.
Anoche, ejecutaron un rito. Y Masha, infatigable y magnética, fue la guía que nos llevó de la mano hacia un territorio donde la música deja de ser sonido para convertirse en fuerza espiritual, en sombra viva, en fuego antiguo.
Era el turno de la ultima banda en presentarse,Leaves’ Eyes quien transformó el RBX en un auténtico feudo nórdico. Allí donde Arkona había invocado espíritus paganos, los alemanes levantaron un escenario que parecía arrancado de una saga vikinga. Con su magnética mezcla de metal sinfónico, folk épico y teatralidad histórica,
convirtieron la noche en una travesía por mares helados, reinos olvidados y gestas inscritas en runas. Pero nada habría funcionado sin la brillante columna vertebral del espectáculo, la voz celestial y precisa de Elina Siirala, una vocalista en estado de gracia que se elevó con una técnica impecable y un timbre que parecía tallado en cristal.
El ritual comenzó con la introducción “Death of a King”, marcando el ingreso de los guerreros vikingos instruidos por Alex Krull. Con escudos golpeando, espadas alzadas y gritos guturales, la puesta en escena hizo vibrar el recinto completo. El impacto visual se entrelazó de inmediato con “Chain of the Golden Horn”, donde Elina hizo su primera demostración vocal: firme, omnipresente, proyectando su canto sobre un mar de riffs y percusiones como si su voz fuera un faro guiando una flota en la tormenta. Los guerreros permanecían firmes, ampliando el dramatismo con una presencia física que convertía el escenario en una pintura viviente.
Con “Hammer of the Gods”, “Across the Sea” y “Serpents and Dragons”, la banda navegó entre himnos épicos y melodías evocadoras. La voz de Elina se mantuvo en un nivel estelar, alcanzando agudos limpios y expansivos, sosteniendo notas largas con una seguridad admirable, y entregando un dramatismo emotivo que hacía que incluso quienes desconocían las canciones quedaran absortos en la experiencia. Alex Krull, por su parte, aportó su habitual fiereza vocal y carisma escénico, generando un contraste perfecto entre belleza y brutalidad.
El punto más teatral llegó nuevamente con el regreso de los vikingos en “Sign of the Dragonhead”. La banda instruyó movimientos precisos: golpes de escudo, poses marciales, miradas endurecidas. El público vibraba con cada impacto, mientras Elina desplegaba un canto profundo y elegante, llenando con un aura luminosa que contrastaba maravillosamente con la rudeza del atuendo guerrero. La sinergia entre la puesta en escena y la interpretación musical alcanzó aquí uno de sus momentos más memorables.
La segunda mitad del concierto avanzó con piezas cargadas de dramatismo como “Song of Darkness”, “Realm of Dark Waves”, “My Destiny” y “Swords in Rock”, donde dejaron en claro por qué sigue siendo una referencia dentro del metal sinfónico de temática histórica. Elina brilló especialmente en “Who Wants to Live Forever”, interpretada con una sensibilidad y control vocal que dejó al público en absoluto silencio antes de estallar en aplausos. Ese nivel de dominio técnico y emocional fue, sin duda, uno de los pilares del éxito de la jornada.
El clímax escénico llegó en “Forged by Fire”, con los guerreros nuevamente alineados y el propio Alex incitando al público con rugidos vikingos que el RBX respondió como si de un ejército se tratase. Los golpes de escudos resonaban mientras Elina elevaba su canto con una transparencia casi etérea, creando una dualidad perfecta entre fuerza y delicadeza y regalando vasos con Vodka al público. Finalmente, “Galeids of the Væringjar” selló la noche con una foto ritual junto al público, un gesto simbólico que terminó de consolidar la sensación de que todos habíamos sido parte de una travesía épica.
Cuando una noche reúne a Atrocity, Arkona y Leaves’ Eyes en un mismo escenario, algo más que música ocurre. No son simplemente tres propuestas distintas compartiendo cartel, es un cruce de mundos, de visiones y de fuerzas antiguas que, por unas horas, transforman un recinto de conciertos en un terreno ritual. Atrocity encendió la chispa con la crudeza del death metal, directo y sin concesiones, recordándonos que la violencia sonora puede ser también una celebración de la autenticidad. Arkona, con Masha como canal y tormenta, desplazó los límites de lo racional, convirtiendo al público en parte de un rito que parecía despertar memorias ancestrales enterradas bajo siglos de silencio. Y Leaves’ Eyes cerró la travesía abrazando la épica, la belleza y la narrativa mítica que conecta lo humano con lo divino.
Al final, lo que quedó no fueron solo notas ni decibeles, fue la sensación de haber cruzado un umbral. De haber sido testigos y participantes de tres formas distintas de entender la identidad, la espiritualidad y la oscuridad. La música, cuando es honesta y poderosa, no solo se escucha, también se encarna. Y anoche, se nos recordó que todavía existen lugares donde lo sagrado y lo profano conviven, donde lo antiguo respira, y donde uno puede perderse para encontrarse de nuevo entre sombras, mitos y fuego.
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