Boris: El gran océano rosado
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Boris: El gran océano rosado

Boris: El gran océano rosado

viernes 28 de noviembre, 2025

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Escrito por: Equipo SO

Por Claudio Miranda.

Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

La propuesta de los japoneses de Boris es tan variada y rica en matices como imposible de encasillar a primeras. Desde sus inicios en 1992, cuando eligieron su nombre inspirados en la pieza que abre el álbum Bullhead (1991) de los fundamentales Melvins, han forjado una rúbrica que hermana la psicodelia, el metal y el punk en un espectro que pocos han sido capaces de bucear para relatarlo en la superficie. Y es que Atsuo, Takeshi y Wata, todos desde sus respectivos flancos instrumentales, la tienen clara respecto a cómo preservar la frescura en cada incursión discográfico, al mismo tiempo que el despliegue en vivo adquiere dimensiones monumentales a base de tres instrumentos y una expresividad sonora que desafía hasta al oyente más curtido en terrenos ligados al rock de vanguardia.

Si hay un punto angular en el catálogo de Boris, las miradas apuntan de inmediato a Pink (2005). El trabajo que posicionó a Boris como un referente durante las últimas décadas, donde el salto de calidad y la variedad estilística adquieren una magnitud comparable a Daydream Nation (1988) de Sonic Youth, Loveless (1991) de My Bloody Valentine y, cómo no, Houdini (1993) de Melvins. Todas muestras de una propuesta en su forma definitiva, y con el alcance suficiente para mostrarle el camino a legiones de músicos ávidos de excursión y búsqueda por lo ignoto. Y en el caso de Pink, hay un mar de ruido en tono rosado al que una inmensa minoría se dispone a surcar en sus profundidades.

Tratándose de la primera vez de Boris en nuestro país, imposible no reparar en la convocatoria generada. Una larga fila hacia el acceso del Club Chocolate, minutos más tarde repletando el local en una postal digna de todo primer encuentro. Poleras de Melvins, Mono, Godflesh, King Gizzard & the Lizard Wizard y Baroness entre el público, en mayoría apenas superando los 30 años en promedio. Y el aparataje de amplificadores, dispositivos e instrumentos que hace posible el oleaje sónico de los japoneses ante un público que se deja llevar por una atmósfera de rebeldía y calidez que se bastará de poco más de 90 minutos para llevar su liturgia de fuzz hasta el sur del mundo.

Con el reloj marcando pasadas las 21 horas, y en un Club Chocolate hirviendo como una caldera, el trío nipón aparece sobre el escenario con su habitual disposición ceremonial. Nada de intros grandilocuentes, solamente el martillazo de «Blackout» para sumirnos en un trance sensorial hasta la médula. Es desde ese instante que podemos apreciar las cualidades de una banda en cuerpo completo, cultivando un estilo que pocos logran dominar con tamaña solvencia. Hay una expansión sonora que genera el efecto deseado por sus intérpretes, y en un público que abraza lo desconocido a ojos cerrados. Aquí sería fácil recurrir a la etiqueta de turno, pero cuando llegamos al corte que titula la Opus de 2005, cualquier intento de análisis meticuloso se va al carajo. Descontrol hasta el sudor en la cancha, ante lo que se manda una agrupación que navega entre la generación de texturas y la catarsis emocional. La guitarra de Wata chisporrotea disonancia e intensidad con la maestría de una artesana, mientras la base rítmica compuesta por Atsuo y Takeshi incursiona en el punk con la sensibilidad del jazz. Y es dicha vena noise-punk la que explota en «Woman on the Screen» y «Nothing Special», todas en una sección totalmente dedicada al celebrado Pink. Un mar de ruido que se viste de ropajes metálicos en «Electric», un pasaje que se basta con menos de dos minutos para exponer la jerarquía de Boris al momento de escribir canciones y, a la vez, traspasar su repertorio a un paquete orgánico con momentos explosivos en el directo. Entre medio, «Ibitsu» entra a patadas de hardcore-punk como la primera embajadora en el set del también excelente Akuma No Uta (2003).

El primer saludo de los japoneses tendrá un momento especial. La ovación y el «cumpleaños feliz» a Wata, quien responde con un muy formal «Viva Chile, mierda». Y tras el saludo de Takeshi al público en un correcto español, llega el turno de «A Bao a Qu», de la banda sonora de la película «Mabuta No Ura». Curiosamente, no llega a los cinco minutos de duración, pero en vivo parece extenderse como un ritual sanador. Lo que le da un aire triunfador desde lo que provoca en vivo, con cero aditivos y un propósito arraigado en el contraste introspección-vorágine. pegada, casi sin pausa y como en una película, se produce la transición a «The Evilone Which Sobs», una de las representantes montañosas de esa cordillera llamada Dronevil (2005). Aquí es donde el concepto del drone, música minimalista con énfasis en los sonidos sostenidos, y cuyo nombre estandarte por excelencia es Sunn O))), se eleva hasta rangos pantagruelescos. Aquí somos testigos de lo que Boris, como un todo, es capaz de profesar, al punto de ir hacia todos lados y, al mismo tiempo, llevar su concepto hasta el lugar menos pensado. La postal de Atsuo aporreando el timbal en plena tensión, en una muestra de experiencia y dominio a la altura del carisma que lo hace entrañable, es definitiva por lo que significa Boris para los amantes de ‘la otra música’. Por algo, y esto es un principio natural en el circuito underground, siguen sus propias reglas. Y los casi 20 minutos que se toma «The Evilone…» en vivo, conforman un pasaje necesario para todo amante de la música sin restricciones.

De acuerdo, Pink es el álbum celebrado durante la gira actual. Pero el riff espeso que arranca la titular «Akuma No Uta» nos trae la imagen de una portada igual de icónica, la de Takeshi sosteniendo su bajo First Act con doble mástil, cuyo diseño replica en parte al del Rickenbacker utilizado por próceres como Chris Squire y Geddy Lee. Y en la tradición de las leyendas mencionadas, hablamos de un bajista con voz inconfundible que utiliza los efectos necesarios como guitarra rítmica, mientras Wata hace gala de su destreza en las seis cuerdas con lo mínimo en pirotecnia y el máximo en convicción. Es el pasaje más ‘stoner-punk’ del repertorio, con alguno que otro asistente aprovechando el calor del momento para hacer stage-diving y volar en el mar de gente. El guiño musical hacia instituciones como los propios Melvins es evidente. Y eso habla de la integridad de Boris en su firma; jamás reniega de la huella de instituciones de su país como Flower Travellin’ Band o el noise de High Rise, sino que transporta los ideales de una época determinada hacia su propio imaginario. Es así como Boris ha creado un lenguaje distintivo, el cual se refuerza sin alterar para nada la personalidad inquieta que los tiene hoy como referentes de la vanguardia más radical.

El recorrido por Pink finaliza con «Just Abandoned Myself» y «Farewell». El contraste entre ambas piezas refleja la inclinación hacia las emociones profundas desde la aspereza. Y aquí un detalle de vital importancia; la elaboración del repertorio, el armado sintáctico que hace del espectáculo un recorrido con paradas en los puntos creativos más destacados en el catálogo de Boris. De ahí que lo que en el arranque estuvo marcado por la euforia irrefrenable, pasada más de una hora se volvió una eucaristía de fuzz hasta el corazón del sol naciente. Y en una noche tapada en postales memorables, la de Takeshi acercándose al público en pleno fragor nos habla de la comunión entablada entre los héroes orientales y el público más austral del Globo Terráqueo.

Previo al encore, y en un Club Chocolate hecho un volcán de entrega, había que celebrar a la cumpleañera. El mismo Atsuo es quien le entrega a Wata una torta minúscula, con velas y todo. En la misma postal, el micrófono de Takeshi parece tener problemas técnicos. Y es en esos instantes donde el carisma de los japoneses reluce como parte de su naturaleza. Sin duda, la imagen previa a la descarga final con «Flood» y sus 15 minutos de purificación absoluta. Poco que agregar o especificar respecto a la última parada de una noche que se fue construyendo con momentos de transgresión y honestidad, los que se agradecen hoy más que nunca. La riqueza de texturas dentro de un mismo espectro de sorpresa e inconformismo, es la base de lo que ha construido Boris desde los ’90s. Todo lo que en vivo se vuelve atronador y terapéutico.

Tanto como el aporte a la música de vanguardia y la cantidad de estilos dominados, lo que abruma de Boris es el amor genuino a la música. Por muy cliché que parezca, y en una escena cada vez más atomizada y subdividida, hay una devoción por la música sin ninguna barrera, ni siquiera la que impone el idioma de turno. Para quien escribe al menos, el océano rosado de Boris es tan grande que no hay regla ni convención capaz de definir lo que es permitido y lo que no. Quizás nada de especial hay en nuestra apreciación, pero nunca está demás recordar esos días rosados en que bastaba un par de sonidos para llegar hacia lugares (hoy no tan) remotos. Mientras haya Boris para rato, esos días volverán para permanecer en nuestros sentidos, y sin fecha de caducidad que valga. Como tiene que ser la mejor música.

 

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