GLORYHAMMER LLEGA A SANTIAGO CON SU UNIVERSO ÉPICO DE UNICORNIOS Y TECNOLOGÍA FUTURISTAespera un momento...
viernes 14 de noviembre, 2025
Escrito por: Equipo SO
Por Pablo Rumel
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Tras la fallida visita de abril, ese portal dimensional que no se abrió a tiempo, Gloryhammer finalmente aterrizó en Santiago. Esta vez, sin Señores del Hiperespacio arruinando el plan, los escoceses cruzaron el umbral y trajeron su fantasía de unicornios, batallas siderales y heavy metal, directo desde Dundee al escenario chileno.
Lo cierto es que las expectativas estaban redobladas: los habitantes del reino de Chile llegaron vistiendo sus mejores galas, y por ahí entre los bangers de toda la vida vimos a magas arcanas, hechiceros necromantes, un joven portando un martillo de dos metros… y trajes de unicornios.
Sin tener más que algunos registros en Youtube, desconocíamos cómo iba a funcionar en vivo una propuesta tan elaborada, y es que si ya el power metal es heavy metal con esteroides, los mighty warriors de GloryHammer llevan los recursos al paroxismo, en una línea sinfónica que nace con Rhapsody, se perfecciona con DragonForce, se parodia con Nanowar y llega con sus rayos cuánticos e hipersónicos hasta la gloria del martillo.
Para eso estamos en Sonidos Ocultos, para hablarte a fondo de este evento, cuáles fueron sus fortalezas y en qué puede mejorar a futuro. Sigue leyendo.
EL BICORNIO NACIONAL: DOLEZALL Y STEEL RAGE
A las 19:00 puntual, oímos los primeros compases de una sinfonía macabra, un presagio de una época oscura de sangre y guerras, y ahí entre unos efectivos pendones con imágenes del último disco de los Dolezall, oímos el arranque de «The Oaken Shields», un temazo de medios tiempos, potente y efectivo, como una carga de caballería en medio de la batalla.
El vocalista Felipe del Valle es un conocido de la casa, ha puesto su voz en Delta, en Witchblade y más recientemente en Fiura, mostrándose no solo como un profesional que llega con maestría a los tonos altos, sino también mostrándose como un auténtico showman, interactuando con el público y escenificando teatralmente cada canción.
En la batería oímos a un concentradísimo Carlos Dolezal, corazón y sangre del proyecto, quien bombeó en los tarros todo el oxígeno y la sangre que se desplegó con poder en la escena, privilegiando el golpe calculado y los patrones rítmicos, introduciendo con mesura las ráfagas de doble bombo, sin descontrol, como pudimos oír claramente en el cierre de «Scourge of God».
Dolezall ejecutó seis canciones, cerrando con «Jack The Ripper», temazo del último disco con pura vibra ochentera, para despedirse entre aplausos y vítores, y darle el espacio a Steelrage, viejos conocidos por ser parte de la primera camada powermetalera chilena, ya de un lejano 1998.
Tras una introducción dramática de violines y piano, llegó la primera descarga de «Glory», una canción en tonos bajos con una batería arrolladora, para luego dar paso a «My Dark Passenger»: en estudio la banda utiliza arreglos corales y de teclados, en esta ocasión se presentaron con dos guitarras, un bajo y batería, lo cual parece ser una tendencia en las bandas power, prescindir del teclado usando pistas, creando capas sónicas a dos guitarras para definir la melodía: el resultado es positivo, porque se refuerza la performance metalera, más cruda y vieja escuela, dejando de lado elementos compositivos que pueden ser más disfrutables oyendo en estudio y con audífonos; se prioriza el live metalero, recreando las canciones grabadas con un enfoque diferente, más directo.
«We’ll never give up» fue el cierre, con un Steelrage en gracia, demostrando contundencia y técnica. Su vocalista Jaime Contreras, agradeció la oportunidad, a los presentes, y nos dejó una pepita: Gloryhammer había sonado cañón durante la prueba de sonido, dejando las expectativas más altas todavía ¿serían capaces? Faltaba poco por verlo, y oírlo.
GLORIA AL MARTILLO: UNA INTRODUCCIÓN
Eran las 21:00 en punto cuando se apagaron las luces y una fotografía de cuerpo se materializó al centro del escenario: una voz cálida, de barítono, potente y emotiva llenó al Cariola. Las luces se encendieron y teníamos frente a nosotros a… ¡Tom Jones! La fotografía de cartón a escala real parecía estar dotada de magia, ya que interpretaba «Delilah». ¿Qué pintará el gran Jones en el Gloryhammerverso? Un presente del público arriesgó que podía ser un heraldo de Angus McFife, o quizá un Guardián Estelar de la Eternidad que viajó desde 1993 hacia el futuro.
¡Vayamos a saber! Pero acá estamos para hablar de música más que del lore, así es que sigamos en lo nuestro.
GLORIA AL MARTILLO: AHORA SÍ
Angus McFife II, ataviado con un traje medieval del futuro, se hizo presente para iniciar la gesta épica entre los primeros acordes de «The Land of Unicorns», dejando en claro que entraríamos a un mundo de magia, tecnología, guerra y amor.
La energía que desplegó el conjunto anglo-sueco fue de otra dimensión: con una batería firme y sólida, Ralathor, the Mysterious Submarine Commander of Cowdenbeath, atronó con precisión cada golpe a la caja y toms, llevándose la responsabilidad de bombear la máquina metalera, entre rápidos golpes al bombo, y realizando esos fills característicos que adornaron quirúrgicamente las secciones más épicas.
Debemos resaltar que los teclados fueron lanzados en pistas, y que su otrora tecladista Zargothrax, Dark Emperor of Dundee, reemplazó las teclas por la guitarra: esto le dio más peso metálico al show, creando paredes sonoras más robustas, aunque se perdieron los solos en teclado y la posibilidad de agregar secciones improvisadas y duelísticas. Una cosa por otra.
Entre synths bailables estilo 16 bits, dio inicio a «He Has Returned», con líneas de bajo atronadoras, obra y gracia del Dios vikingo celestial The Hootsman, Astral Demigod of Unst. Angus demostró su gran valía vocal, con una técnica envidiable y que debería tenerlo pronto en la cima de los mejores cantantes no solo del power, sino del metal a secas. Lo damos firmado.
Con «Fly Away» ya estaba claro que asistiríamos a una interpretación impecable, con una ecualización que rozó la perfección, aunque en un par de canciones se le oyó a Angus un poco por debajo de las murallas sónicas, no obstante el resto del concierto brilló con luz propia. Habló en un perfecto y nítido inglés, nos contó de su paseo por Santiago, las comidas que probó, bromeando entre cada canción y ganándose la complicidad del público presente, que por un segundo abandonó el ropaje de los adultos y se sintió teletransportado al mejor show infantil para adultos, con tíos ultrametaleros, rápidos solos de guitarra, coros mega-épicos y percusiones como cañón.
«Angus McFife», «Gloryhammer» y «Master of Galaxy» fueron las nuevas piedras que hablaron de las batallas épicas en el reino de Dundee, interpretadas por un Gloryhammer en llamas que no necesitó esforzarse para convencer: el público sin duda tuvo que sentir la comprensión del tiempo, donde la hora pasó a un minuto y los minutos a microsegundos; es la magia que provoca una banda capaz de materializar su ambición musical, con heroísmo y batallas.
Momentos gloriosos del show: un goblin de casi dos metros emergiendo en el escenario, un martillo con runas mágicas coloridas, una batalla épica entre Angus y el emperador malvado Zargothrax, la interpretación de Hootsforce a grito destemplado, y abajo, en el público, un mosh powermetalero, de lo más extraño que se ha visto, pues a diferencia del mosh death o thrasher, acá vimos a vikingos, unicornios y otros bangers descamisados que saltaban de un lugar a otro, como impulsados por un chorro mágico de fuerza.
UN BALANCE: 10 DE 10 Y CON POSIBLES MEJORAS
La experiencia sonora de Gloryhammer en vivo busca reproducir la misma vibra de sus discos; no va por el improv ni la jam session, claramente. Su fortaleza está en la precisión, la narrativa y el espectáculo, y eso quedó demostrado. Incluso operando sin orquesta real, sin tecladista y sin el despliegue visual que su propio universo sugiere, la banda igual levantó un show contundente, coherente y memorable.
Ahí está la clave: si con un montaje relativamente austero ya alcanzan este nivel, su techo es altísimo. El desafío no es artístico; es de escala y de respuesta del público. Porque la banda cumplió. La duda es si Chile estuvo a la altura de lo que podrían llegar a montar.
Por ahora, queda claro: Gloryhammer vino, tocó y demostró que su mezcla de acero, fantasía y sci-fi no es chiste. Si vuelven con un montaje mayor, dependerá de nosotros provocar —o no— esa evolución.
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