Por Claudio Miranda
Fotos Eric Ibáñez @FotosMetal
Resulta abrumador que la actual gira de Living Colour, en el marco de sus 40 años de carrera, coincida con un panorama mundial al borde del desastre. La crisis política en USA, con un matón en la Casa Blanca -su apellido empieza con T y termina con rump- y los recientes ataques armados en el Medio Oriente, pareciera que en vez de amilanar al cuarteto liderado por el binomio Glover-Reid, lo impulsa a proyectar sus convicciones de rito y protesta hacia una minoría que abraza la ‘otra música’ como la única vereda segura ante el desastre acechando desde la vuelta de la esquina.
No confundamos las cosas. Ante la suspicacia de Internet distorsionando los hechos de manera recurrente, es necesario recordar que Vivid (1988), la Opera Prima de los neoyorkinos, vio la luz durante la presidencia de Ronald Reagan. Una época marcada por el conservadurismo y la moralina disfrazada de «valores americanos», suficiente para que una banda del calibre de Living Colour se convirtiera pronto en la pulga en la oreja de un sector que se tragaba el discurso del «imperio del mal» durante plena Guerra Fría. Por ende, no es solamente lo que atañe a la contingencia, sino a décadas de historia en un país donde el racismo, el crímen de odio, y otros vicios culturales, lamentablemente, siguen ocurriendo. Y, peor aún, con la represión sistemática de una autoridad que se soslaya en su propia locura. Es cosa de recordar lo que ocurrió en 1993 con el video de «Auslander», cuando el propio cineasta y director Eric Zimmerman tuvo que reeditar dicho material ante la reticencia de MTV y la audiencia de los estados sureños. Y Living Colour, desde sus primigenios días azotando el escenario del legendario club CBGB, ya respiraban esa atmósfera que les impulsó, tal como a Bad Brains y Dead Kennedys, a denunciar las cosas por su nombre… Y a su manera.
Como suele pasar en estas instancias, es complejo referirnos a lo que evoca Living Colour cuando hablamos de una banda compuesta por cuatro maestros en sus respectivas áreas. Es fácil nublarse, por ejemplo, con la destreza escalofriante de Vernon Reid en las seis cuerdas. Pero basta con que la ‘Marcha Imperial’ de «Empire Strikes Back» nos ponga en alerta para que «Leave It Alone» cunda por sí sola. Cuán importante es Stain (1993) en estos tiempos de incertidumbre, y su presencia junto a Vivid y Time’s Up (1990) en el repertorio se justifica por todas las razones del mundo. Arrancada a puro groove, destilando onda y soul a raudales, todo por un cuarteto que juega de memoria. Sin preámbulos ni saludos iniciales; un suspiro y ya estamos en «Middle Man», el primer single oficialmente editado por Living Colour. Con qué swing, con qué intensidad. Y con qué lozanía viniendo de una banda que después de cuatro décadas se mantiene en forma. Música que no envejece, sino que retumba igual de nueva y joven. Y esto va también para «Memories Can’t Wait», original de los fundamentales Talking Heads y que los propios Living Colour supieron incorporar a su ADN. Vernon Reid, igual que en el disco y con un poco más de ímpetu, literalmente con los dedos en llamas. Momento perfecto para apreciar también las virtudes intactas de Corey Glover, dueño de una voz que se mantiene incólume al paso del tiempo, a punta de blues desde el estómago y derrochando sensualidad como un superclase.
Volvemos a la crudeza de Stain en el repertorio. Primero con «Ignorance is Bliss», un relato sobre la ignorancia como ‘valor’ en una sociedad cada vez más idiotizada. Cómo funciona y se expande en vivo, de la misma forma en que «Go Away», un garrotazo feroz contra la deshumanización y el nihilismo del sistema capitalista, te refriega en la cara un par de verdades mientras cantas su coro con puño en alto. Musicalmente, es de esos pasajes que nos muestra a Living Colour de cuerpo completo, con la base rítmica conformada por Will Calhoun en batería y Doug Wimbish en el bajo exponiendo su versatilidad con jerarquía de otra liga. Y es que a medida que transcurre la noche, somos testigos y partícipes de una sintaxis construida con inteligencia y desplegada desde la integridad. Qué importante es el orden del set, tanto como la precisión técnica o la habilidad instrumental. Y quienes sostenemos que basta con el catálogo editado entre 1988 y 1993 para satisfacer el placer musical en todos los colores (im)posibles, la noche del 4 de Marzo en el Teatro Teletón era el momento perfecto en contexto de un cumpleaños 40. Algo que pocos pueden contar.
¡Cómo les gusta jugar con la tensión a estos chicos! La intro de «Funny Vibe» es un ejemplo gráfico de la dedicación que le pone Living Colour a su acto en vivo, siempre para la gente. Pierdes el sentido del humor, y estarás acabado, decía un tal Lemmy Kilmister. Es la vibra divertida que estos hoy cuatro señores de tez morena mantienen igual de revitalizante. En ese mismo plan, «Bi» le añade a la diversión ese toque provocador -y elegante- que le dio a Stain un mote de controversia cuando apareció en las estanterías de discos en los ’90s. Ahí es donde todas las voces se vuelven una, recordándonos el eterno tabú mientras seguimos aferrados a la idea de que «los tiempos han cambiado». Living Colour, literalmente, se ríe de toda esa entelequia de «ya no se habla de eso».
La sutil versión que se mandan de «Hallelujah» -original del eterno Leonard Cohen, y cuya versión definitiva, dicen, la hizo Jeff Buckley en los ’90s-, le da un pase filtrado a la estación más esperada del viaje. Lo de «Open Letter (To a Landlord)» es un momento aparte. Nos quedamos cortos al hablar de catarsis, purificación, como le llamen. Es la definición de enormidad bajo los parámetros de Living Colour. El comienzo gospel, casi A Capella, para restregarnos un hard rock brillante y poderoso. Un manifiesto contra la especulación inmobiliaria y su trato inhumano hacia los desvalidos. Y una prueba contundente de que la protesta contra la injusticia no es solamente vomitar furia contra el poder establecido, sino la capacidad de conmover a las personas e impulsarnos a un cambio, empezando por nosotros como individuos y llevarlo al entorno cotidiano. Y aquí, no quepa duda, Corey Glover se pone el laurel de campeón olímpico, sobretodo en la sección final cuando baja a la cancha y una fanaticada devota hasta el sudor le brinda recepción de héroes. Porque eso es Corey, sin caer en el idealismo y la veneración barata; un inspirador de ayer y hoy, alguien que entabla cercanía con el público sin perder el control donde a muchos se les va el tema de las manos, Mención necesaria para Doug Wimbish, un bajista que no se limita a ‘hacer la pega’, sino que hasta interactúa con el público con la naturalidad de un viejo amigo.
¿Por qué Will Calhoun, adjunto a sus raíces afroamericanas, suena como Neil Peart compartiendo la misma mesa que Fela Kuti y Tony Williams? Porque hablamos de músicos que no se limitan a hacer una labor específica con precisión de clínica. Fueron y son personas que, al igual que Hendrix, tienen algo que decir. Y lo dicen, porque tan importante como la habilidad es la expresividad que los hace inconfundibles. Esa mezcla de recursos y estilos que resultan en una huella dactilar que extiende su potencia golpe a golpe. Y su solo de batería, además de la extraordinaria habilidad, nos revela las virtudes de Calhoun como propietario legítimo de un distintivo que multiplica las dimensiones de su propio hábitat artístico.
La psicodelia es un rasgo inherente en la huella dactilar de Living Colour. «This is the Life», el broche de Time’s Up, nos envuelve en toda esa capa de sonidos y sensaciones que en vivo expande sus dominios hasta el lugar menos pensado. Sublime y maravilloso lo que genera Vernon Reid en las seis cuerdas, un instrumentista que trasciende mucho más allá de la precisión y la rapidez. Y de la misma placa, «Pride» llega abriendo la puerta a puntapiés, coherente con su naturaleza y propósito. ¿Cuántas veces la industria musical, con predominio blanco, se ha apropiado de los orígenes afroamericanos del rock n roll sin siquiera respetar como personas a los verdaderos próceres? Lo mismo para quienes consumen rock y música negra sin siquiera plantearse de dónde surgió toda la música popular que conocemos hoy. Una tara cultural que Glover, Reid y compañía repelen mediante la protesta hecha música. Y en el directo es donde se nota a kilómetros la recepción en un público que, digámoslo, asiste como una liturgia hacia la música que confronta y purifica a quien la busca desde el estómago.
El espacio para el medley «White Lines (Don’t Don’t Do It», «Apache» y «The Message», es totalmente correspondiente a lo que Living Colour preserva con orgullo razonable. Un mix de hip-hop que, de pronto, te refresca la memoria sobre la nula línea que separa a Hendrix de Public Enemy. En el mismo plan, «You Don’t Love Me (No, No, No), original de la cantante jamaicana Dawn Penn, puede ser tanto una curiosidad para los novatos como un homenaje sutil desde la óptica del melómano más versado. Basta con el desempeño de Corey Glover para que algún oído curioso preste atención hacia donde pocos se atreven a hacerlo por voluntad propia.
En un mundo cada vez más superficial y donde importa más la selfie y el ego masturbatorio para el jumbito digital, «Glamour Boys» es todo lo que está bien. Una fiesta donde nos reímos del establishment y los ‘influencers’, porque esta música está hecha para eso. El contraste viene de la mano con «Love Rears Its Ugly Head», el soul-funk sabrosón que Cotrey Glover usa como canal de expresión para hablarnos sobre el infortunio del desamor en una relación a punto de colapsar. Único en su estirpe. Y nos quedamos igual de faltos en recursos literarios para describir la categoría de Glover en el escenario. Imposible ser más gráficos ante lo que proyecta y explota Living Colour en el directo. Cuántas veces los hayas visto en vivo, siempre se sentirá como la primera.
«Type» es intensa. Un favorito para los devotos más duros, y su coro exquisito basta para entender hacia dónde va todo el asunto. La pieza hardcore-punk que titula la bestia del ’90s, llega como un monstruo grande que pisa fuerte, poniendo a prueba la resistencia física en modo Test de Cooper. El único ‘pero’ de ambas es que les sigue… ¡«Cult of Personality»! La intro con el discurso de Malcolm X, y uno de los riffs más gancheros y efectivos en la historia del rock y, quién dice que no, de la música popular. «Like Mussolini and Kennedy…». En un Chile polarizado, sumido bajo la angustia del próximo cambio de mando presidencial, ¿cómo sonaría si fuera «Like Allende and Pinochet»? Tenemos, por suerte, a una banda que no necesita ser tan gráfica para hablar de algo que ocurre en todos los países donde los extremos mandan sobre el bien común. ¿Mucha política en esta reseña? Bien por ti, pero si nos quedáramos solamente en la pulcritud instrumental, sería quedarnos en la cáscara. Y de eso, en la música sobretodo, tenemos demasiado. Por cierto, «I’m the cult of… I’m the cult of… I’m the cult of… PERSONALITY!». La parte donde Glover deja la vida en el estudio, hay una fanaticada que se la adueña con todo derecho. La música es de para y por la gente. Y de eso se trata.
Si nos quedáramos en la velocidad con los dedos, sería injusto. Vernon Reid también tomó clases con Robert Fripp sobre hacer cosas impensadas. Entre ellas, el uso del delay con loop en la intro de «Solace of You». Una pieza de jazz y reggae más relajada en apariencia, pero no por ello menos potente. Una que llega en el momento indicado del repertorio, el cual cerrará con una versión magistral y electrizante de «Should I Stay or Should I Go», el mega-éxito de The Clash. Un cierre a la altura de un legado que se mantiene joven y rupturista, todo sin necesidad de caer en el mercadeo impuesto por una industria cada vez más deshumanizada e impersonal.
Podríamos dejarlo hasta aquí, y reparar en la ausencia de bombazos como «Auslander», una que estuvo presente en la visita anterior (2024, Club Chocolate). Por otro lado, sabemos que el panorama actual en USA es poco alentador. En la interna de la banda, se asume que hay que ser inteligentes, sobretodo si se viene la mano dura y pesada con un matón de poca monta manejando los hilos de la potencia más grande del planeta. Y eso es lo que le da a Living Colour un temple como institución de la música combativa en su esencia. Mucho más en estos tiempos. «Puedes derribar un edificio, pero no puedes borrar un recuerdo», proclama con firmeza el coro de «Open Letter (To a Landlord)». Y eso es lo que representa la ‘otra música’ como símbolo de resistencia y humanidad en un mundo inhóspito.
Este artículo ha sido visitado 58 veces, de las cuales 1 han sido hoy