Panzer Division Marduk – La Máquina de Guerra del Black Metalespera un momento...
viernes 31 de octubre, 2025
Escrito por: Equipo SO
Por Jaime Gonzalez
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Una fanaticada ávida de blasfemia y distorsión se reunió para presenciar un ritual donde el Black Metal sería ley absoluta. Había bastante expectación, una mezcla de ansiedad y fascinación que solo despiertan las bandas que han hecho del caos una forma de arte. Con dos actos nacionales listos para incendiar la tarima antes del golpe final, la noche prometía ser una marcha inexorable hacia el corazón del infierno. Y así fue, brutal, sacrílega y feroz… exactamente como debía ser.
La jornada comenzó con la arremetida de Profanator, banda proveniente de Copiapó que lleva por estandarte un Black Thrash Metal crudo y directo. Desde el comienzo con “Peste, Caos y Muerte”, quedó claro que su misión era encender la mecha del caos. Letras en español cargadas de profanación, riffs filosos y un ritmo sin respiro marcaron un set demoledor que dejó al público inmediatamente encendido. La sala aún se estaba llenando, pero la intensidad ya estaba en su punto más alto, nadie estaba indiferente frente a aquel ataque sonoro.
Juan “Chaos” Ramírez dominó el escenario con una voz poderosa y versátil, alternando entre guturales devastadores y bramidos desgarrados que encajaban perfecto con la propuesta blasfema del grupo. A su lado, Herman Paz aportaba una distorsión vocal y un empuje escénico que, pese a su juventud, destiló oscuridad con total convicción. Temas como “Black Evil”, “Vomito de Sangre Negra” y “Baphomet” hicieron retumbar el recinto, consolidando una presentación feroz y segura. Profanator fue un acierto absoluto como apertura, energía total, entrega verdadera
y una declaración clara de que el metal extremo nacional sigue golpeando con fuerza.
La segunda descarga de la noche vino desde La Serena con Undertaker of the Damned, una banda de Black/Death Metal cuya historia se remonta a 1991, bajo distinto nombre, pero siempre fieles al sendero profano. Su propuesta es oscura, violenta y profundamente blasfema, con letras en español que no buscan metáforas, invocan directamente al demonio, a Baphomet y al anticristo, sin tapujos. Desde los primeros instantes, el ambiente se volvió más denso y ceremonial, como si las sombras hubieran descendido un poco más cerca del escenario.
El frontman Hell Jf Screams se presentó totalmente caracterizado para la guerra infernal, brazaletes con púas, actitud desafiante y una voz que bramaba desde lo más profundo del averno. La puesta en escena potenció el aura de oscuridad que acompaña a la banda, cuyo sonido avasallador castigó sin piedad los oídos de todos los presentes. La elección de una agrupación así, al igual que Profanator, refuerza un acierto vital en la producción, dar lugar a bandas de regiones que no solo representan el metal extremo, sino que lo encarnan con absoluta convicción. Fue un bloque perfecto para seguir encendiendo la noche que Marduk estaba por desatar.
MARDUK. CRÓNICA DE UNA NOCHE BLASFEMA
La oscuridad se adueñó del Cariola apenas las luces se apagaron. Ni una palabra, ni una advertencia, solo una voz bramando desde las sombras “Panzer Division”… y la respuesta fue inmediata, un rugido ensordecedor del público: “Maaarduk…!” Fue la primera descarga que se sintió por todos los presentes y el inicio de una misa profana sin espacios para respirar. Desde ese instante, el infierno quedó desatado.
“Baptism by Fire” continuó el asedio como un ritual incendiario donde cada golpe de batería explotaba como una ráfaga de artillería. La banda, oscura y firme, avanzaba sin piedad… Cuando llegó “Christraping Black Metal”, el coro fue una blasfemia colectiva coreada con la naturalidad que se canta una canción de estadio. Su letra, un ataque directo a los pilares del cristianismo, una declaración de irreverencia absoluta, de ruptura con toda moral impuesta, y esa sensación de desafío lo invadía todo.
El sonido fue crudo, sin ornamentos, sin maquillajes, con profundidad y arremetiendo contra nuestros tímpanos de forma colosal. Los riffs de “Scorched Earth” y “Beast of Prey” desgarraban el aire a un nivel casi físico. Marduk no buscaba entretener a los presentes, venía a imponer guerra. El público estaba entregado a un frenesí constante, con los entusiastas haciendo pequeños mosh desde el primer momento. Cuando tronó “Blooddawn”, las imágenes invocadas por el tema que bramaba: “devastación, violencia histórica, odio hecho bandera”, conectaron brutalmente con la esencia del black metal que muchos veneramos en sus inicios, total nihilismo en estado puro. Aquí no existe belleza ni gloria, solo destrucción.
Con “502” y “Fistfucking God’s Planet” la adrenalina volvió a estallar. Ambos himnos se enmarcaban en la temática bélica y anticósmica de Panzer Division Marduk, el disco homenajeado en esta gira. Su mensaje es completamente visceral, la humanidad vista como una mancha que debe ser erradicada, la tierra como un campo de batalla donde los dioses no se manifiestan y la fe muere bajo la fuerza del acero. Es ese choque conceptual el que enciende al público, porque Marduk no canta fantasías, canta la guerra que el ser humano ya ha demostrado ser capaz de
desatar.
Con “Those of the Unlight” y “With Satan and Victorious Weapons” se retomó la veta más espiritual del mal absoluto, aquella que domina simbologías infernales y poder sacrílego. El Cariola se veía como un templo negativo, una congregación que aceptaba la oscuridad como única verdad. “Shovel Beats Sceptre” marcó uno de los grandes momentos líricos, la pala que vence al cetro, la tumba triunfando sobre la corona. La anulación definitiva del poder divino.
“Slay the Nazarene” fue un ataque frontal que intensificó aún más la descarga de odio. La música sonaba como si la blasfemia misma tuviera ritmo y pulso. “The Black…” nos llevó a sus inicios, la única canción elegida de su primer disco Dark Endless, se sintió como la expansión de un vacío impenetrable que devoraba la luz. Una invocación a la nada.
Y entonces llegó “The Blond Beast”. Oscura, solemne, cargada de una profundidad que perturba. Su letra hurga en el lado más incómodo del ser humano, en su capacidad para idealizar monstruos y abrazar la dominación como motor histórico. Es una canción que deja un eco extraño, casi hipnótico, y se entiende por qué se ha convertido en el cierre obligatorio que representa la dualidad humana en su forma más extrema, un espejo que refleja lo que muchos temen admitir.
Pero la noche aún no terminaba. El público exigió más… y Marduk regresó para destruir lo que quedaba con “Wolves”, mientras alzaba una bandera chilena con el logo en el centro, entregada por un fan desde el palco. Fue el último asalto, demasiado bestial, excesivamente rabioso, se sintió como una horda devorando las últimas migajas de luz en la noche.
Cuando el silencio finalmente cayó, los cuerpos sudorosos apenas podían reaccionar. Había una sensación de haber participado en algo que se herejía más allá que un concierto. Fue una liturgia negra. Una purga. Porque Marduk no solo tocó black metal, lo impuso, lo encarnó. Y quienes estuvimos ahí, sobrevivimos para contarlo.
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