Por Pablo Rumel
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Miércoles de 10 diciembre, Club Blondie, y ya corría el rumor por los pasillos del antiguo bunker: Starapoli no se había presentado en Perú y quizá no llegaría a Chile. Sabemos que en el mundo de la música las formaciones y reformaciones están a la orden del día, pero si Starapoli se caía del escenario, veríamos casi de manera inédita e histórica, a un Rhapsody sin ningún miembro fundador, aunque su guitarrista Roberto De Micheli, participó durante un año en Thundercross, la primera encarnación de los italianos antes de ser conocidos como Rhapsody,
Descontando a De Micheli, Sin Starapoli, lo más cercano que teníamos era Alessandro Sala, quien ingresó a las filas rapsódicas en 2015 ¿veríamos a un Rhapsody of Fire totalmente nuevo preludiando el desastre? ¿La falta de Starapoli se resentiría en la actuación? Acá te lo contamos todo, hasta el último detalle.
LA ESCUADRA “DELTA”: VIRTUOSISMO Y SOLIDEZ
Palabras como virtuosismo, habilidad, buen manejo escénico, pueden quedarse cortas para describir la performance que vivimos con los teloneros de Delta, que evidentemente (y sonoramente), ha crecido de manera titánica en los últimos años, sobre todo en el aspecto performativo; conseguir un sonido bien equilibrado y poderoso requiere una ingeniería y una acústica que no se encuentra a la vuelta de la esquina.
Eran las 20:00 pm cuando se proyectó en la pantalla el logo de Delta, con un juego lumínico sencillo, que sin ser nada de otro mundo, sirvió para potenciar las texturas sonoras que nos entregaron. Con el arranque de «The Humanest», de su última placa, notamos enseguida lo compenetrados que estaban los músicos, Nicolás Quinteros al teclado, con esa entrada percusiva y sincopada, acompañado por Marcos Sánchez, preciso en el bajo, alternando líneas como metralla y escalas veloces, con un pulso de acero que solo un brazo biónico o mil años de entrenamiento pueden lograr.
Paula Loza no tuvo que esperar ni un segundo para demostrar su valía sobre las tablas: con su voz suave y vibrante alargó las notas sin forzar sus cuerdas, alternando unos growls esperpénticos, entre riffs arrastrados y metalcorescos, evidenciando lo que ya sabemos: Delta hace rato dejó de ser una promesa y es una banda de primer nivel que se puede parar con solvencia en cualquier escenario del mundo.
«The End Of Philosophy» fue otro momento clave, una canción de largo desarrollo, que transita desde parajes oscuros que lindan con lo industrial, hasta sonoridades perfectamente asimilables al power metal, con ese armazón progresivo que Delta ha venido desarrollando en las últimas décadas.
«Appassionata (Allegro Metal Troppo)» fue otra pieza clave, de reciente factura, un metal neoclásico de cámara, en la que pudimos oír con claridad el talento musical de cada integrante, Andrés Rojas sentado en la batería, atronando a doble bombo las secciones veloces, con una pegada a la caja, toms y platillos calculada, sin exagerar la fuerza, y un Víctor Quezada presto vivace, al mando de las seis cuerdas, ejecutando escalas rápidas, sin extraviarse en la vorágine musical y aportando unos solos veloces e inspirados que ya los quisiera un Steve Vai o un Yngwie Malmsteen. Entre ovaciones y vítores, los chicos se despidieron anunciando que su gira 2025 terminaba.
LA SQUADRA ITALIANA: SIN SU CAPITÁN ¡AL ABORDAJE MUCHACHOS!
Con la introducción narrada por Christopher “Saruman” Lee, «The Dark Secret» ofició de entrada orquestal para dar paso a Unholy Warcry, con sus corales sinfónicos y su batería ultra-acelerada, entre power chords y bajos profundos. El cantante Giacomi Voli entró al escenario en llamas, acompañado por una pantalla que arrojaba al logo de Rhapsody forjado en acero y fuego, ejecutando de entrada esos agudos y vibrantes que ya hemos oído en sus discos, con cuerpo y técnica, llenos de fuerza, jugando a la perfección entre rangos medios y altos, que digámoslo ya, a quemarropa, no solo no tiene nada que envidiarle a su antecesor Fabio Lione, sino que además por su sentido del espectáculo, por su carisma, por tener muchos menos años que Fabio, le lleva un centímetro de ventaja.
«Rain of Fury» y «I´ll Be Your Hero» fueron ejecutadas ahí mismo, a espada desnuda, entre la llamarada del público que se encendía entra cada canción, agolpando una Blondie que partió a un cuarto de su capacidad, para llenarla a tope una vez arrancaron los italianos.
Estaba claro que Alex Starapoli ya no se subiría al escenario, y un compungido Giacomi nos explicó, sin entrar en detalles, que la enfermedad había diezmado al hombre del teclado, pero el compromiso de Rhapsody of Fire con el público chileno era inquebrantable: no era una realidad alterna de un mundo paralelo, pero ahí frente a nuestros ojos se desplegaba un Rhapsody of Fire, cual fénix resurgido de las cenizas, totalmente nuevo y refundado, y ¡para colmo de los dioses! Tendrían la difícil misión de interpretar en directo el Dawn of Victory. ¿Se la podrían?
¿CABALGATA COJA O TRIUNFANTE?
Rhapsody of Fire tiene la dificultad logística en vivo de interpretar sobre pistas para conseguir el efecto sinfónico de sus discos, pero ese efecto se diluye y se disimula mejor con un teclado, eso lo sabe bien todo rapsoda. No estaba Starapoli, y un acople aterrador saturó los bajos durante el tercer tema ¿qué nos quedaba? La sonoridad mejoraba, y los pasajes sonoros de la nueva formación se parecen mucho al Dawn of Victory, al ser un disco más balanceado con un elemento sinfónico más decorativo y menos protagónico que el glorioso Symphony of Enchanted Lands como ya explicamos en esta entrada
¿Creerá el lector que Rhapsody of Fire, pese a todas las dificultades no solo salió adelante, sino que conquistó al público? Acá es difícil de explicarlo racionalmente del todo. Los elementos materiales estaban a la vista, sin teclados, se optó por introducirlos pregrabados, y a nuestro juicio el héroe oculto de la jornada fue el ingeniero a cargo de la mesa, porque una mala ecualización mandaría al carajo todo el talento desplegado por los músicos arriba de escena.
Lo que quedó a la vista y paciencia de todos pudo haber sido un Rhapsody cojo, lleno de parches, con una sonoridad hueca y de plástico, pero canción a canción el caldero hirviente de la Blondie echó espumas y cenizas, y en vez de tener adelante a unos aficionados haciendo playback en el escenario, hubo esa inmaterialidad que acompañó a los rapsodas, potenciado con la coraza rítmica, una solidez con esteroides que la pulseó, round a round, un Paolo Marchesich en los tarros, que antes de calzarse la cota de malla y el escudo medieval, probó suerte años atrás en el black metal con Aisling y en el progresivo con Sinestesia (¡escuchen esas buenas propuestas), con un Roberto De Mischeli que sin tanto swing ni feeling, se concentró en ejecutar a la perfección barridos con mucho tapping, los que patentara con tanta avidez Turilli, y un Alessandro Sala a las cuatro cuerdas que se encargó de darle todo el cuerpo y la dirección que demandaba la batería.
EL AMANECER DE LA VICTORIA
Anochecía y en Rhapsody las antorchas se encendían, candil a candil, con cada interpretación; si la primera mitad del show se concentró en el material más reciente, tocaba el desafío de interpretar casi al completo el Dawn of Victory. Y así como un guerrero o un luchador que parece haberlo dado todo en el combate, el poder enérgico cayó como un rayo en el escenario, pues faltaba la segunda mitad, un asalto épico que se brincó, coreó y cabeceó a todo pulmón, incluyendo un mosh medieval ya visto en Gloryhammer, con una secuencia de canciones de auras desbordantes que todo banger más cargado a la espada y la brujería se sabe de memoria.
Desfilaron sobre nuestros oídos «Dawn of Victory», «Triumph for My Magic Steel», «Dargor, The Shadowlord of the Black Mountain», y «Holy Thunderforce», como si nada, así una tras otra, inflamando el pecho de los asistentes, transformando a la Blondie, que pasó de búnker-pop a fortaleza medieval llena de recovecos plagadas de enanos, elfos, humanos, apilados entre las alacenas, las fosas del castillo y las puertas-rastrillo; los celulares trocaron en martillos, la iluminación en fuego de dragón, y las vestimentas en relucientes armaduras.
El dragón se tambaleaba, sus escamas echaban sangre por las hendiduras, y solo faltaba saltar a su pescuezo y desgarrarle la cabeza. Y ya lo repetimos, sin orquestas, sin Starapoli, sin músicos prácticamente, solo por la fuerza y el honor que entre todos creamos esa noche épica, ayudamos a los rapsodas a cercenarle el cuello a la bestia, con dos canciones finales tan inmortales como sus títulos: «Land of Inmortals» y «Emerald Sword».
CONCLUSIÓN:
Al final, lo que pintaba para catástrofe terminó siendo una noche improbable y feroz, de esas que solo ocurren cuando la banda se ve obligada a pelear sin armadura. Sin Starapoli, sin red y con las pistas sosteniendo lo justo, Rhapsody of Fire se rearmó a puro oficio, con una rítmica afilada, un Voli desatado y una Blondie que rugió como sala de armas. La épica no vino del artificio, sino del choque directo entre músicos y público, del instinto de supervivencia convertido en fuerza. Y así, a contraluz del fuego y la falta de certezas, se forjó una victoria que nadie esperaba, pero que todos terminamos celebrando como un golpe limpio al corazón del dragón.
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