Osorezan – Osorezan (2018)
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Osorezan – Osorezan (2018)

lunes 16 de julio, 2018

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Escrito por: Álvaro Molina

Bienvenidos al mundo de Osorezan. Complejo desde sus entrañas y matices, la entrada a este universo instrumental y círculo del Dante se da de una manera que pocas veces he visto en la escena chilena últimamente. Los hipnotismos de estas 3 composiciones aletargadas se basan en más de un movimiento, creando suites que dan paso a pasajes que exploran las fronteras de las venas post-rock, space e incluso una tintura oculta de doom. Bienvenidos sean y quienes entran, abandonen toda esperanza.

Alrededor del año 2014, Matías Gray (batería), Francisco Reyes (guitarra) y Cristóbal Talamilla (sintetizadores) eran un trío que estaba buscando una carta de navegación que les permitiera insertarse como grupo, buscando sus propias influencias. Como dicho formato no fue suficiente (es complicado), ese mismo año se les sumó Ariel Fernández en guitarra para añadirle un poco más de orientación a este proyecto que recién comenzaba. En los años siguientes, insatisfechos y todavía inconformes, Osorezan sumó en sus líneas a Belén Farías en el bajo y a Diego Soto, encargado de las cuerdas del violín (!), con la intención de complejizar un poco más los sonidos que estaban habitando en las mentalidades del ahora sexteto santiaguino. 

No fue hasta el año 2016 que el grupo se concretó con la llegada de Javier Carrizo (percusiones y visuales) para poner en marcha, ahora sí en serio, el proyecto de la agrupación. Sin embargo (y como suele ocurrir), las temáticas musicales divagaban por diferentes géneros. Según ellos mismos, los inicios se guiaban por exploraciones en los reinos del post-metal, black metal ambiental y el sludge, pero la música tiene esa belleza inherente de ir más allá. Entonces, reconocen que esta ambigüedad musical los guió hacia dimensiones más difusas, “música que nos rememora la sensación de un sonido que siempre ha estado ahí, que alude a sentimientos o sonidos más primitivos en ese sentido…”. Y es con este particular ethos musical que Osorezan se lanza de lleno este año con su debut homónimo de larga duración.

Y bien. Si hasta ahora todo esto te ha parecido algo genérico o aburrido, ¿por qué no hablamos algo del disco? El descenso a la mentalidad de Osorezan se va dando progresivamente, como si paulatinamente uno fuera adentrándose en los círculos dantescos que se respiran ácidamente en el sulfuro de estas tres composiciones. Y así es como “Virgen Santa” es el portal que invita, difusa y ambiguamente, a través de los primeros sintetizadores que sientan un ambiente melancólico, frío y espectral. En el inconsciente hay algo que recuerda (si es que ya me voy a un ejemplo extremo) a la gelidez de los álbumes sintéticos y ambientales de Burzum (!). Pero la historia no se repite y comienza una marcha en batería hacia este paraíso o infierno matizado en ambientaciones rituales que, pacientemente, van dando forma a esta suite fríamente invernal en sus complejas entrañas, creciendo en capas de guitarras y sintetizadores y variaciones en el ritmo. La invitación ya está hecha. Sigue adentrándote, pero camina con cuidado.

Al componer y grabar, los Osorezan siguen la metodología de estar tocando al mismo tiempo, lo cual le otorga al producto final la cualidad de transmitir la sensación de estar escuchando a un grupo humano afiatado y con su película clara. Ellos mismos admiten que “[tocar al mismo tiempo] genera un ambiente más parecido al cual estamos cuando componemos. Por lo mismo, se alcanza un poco más [al] sonido que queremos llegar: en general somos muy ritualistas al componer y al tocar en general, grabar en grupo es plasmar el rito en la composición”. Creo que este ritual se expresa con mayor fuerza en “Mezcal los Suicidas”, un punto álgido que presta de “interludio” (largo) en la estructura del disco.

A lo largo de sus ocho minutos, las baterías free jazz que introducen “Mezcal” agregan un componente más tribal, apelando a un pathos que se construye melódicamente con las guitarras bañadas por el sol de un desierto infernal con ríos de tequila. Da la imagen de un western apocalítpico y opresivo y oscuro que se va complejizando a medida que los ritmos vuelven a someterse en amalgamas que no carecen de una pureza ambiental. El título del tema bien podría ser el nombre de un mezcal alucinógeno, un mix de sensaciones espirituales que nos siguen castigando en las profundidades de ‘Osorezan’. 

Finalmente, llega la monumental, sórdida y lúgubre “Retratos de la Ira”. El mundo onírico ahora representa un ascenso de las profundidades en que estábamos. Vuelve a “repetirse” esa introducción ambiental de sintetizadores monásticos y la marcha en batería. Esta larga sinfonía de 18 minutos creo que representa la reflexión que los Osorezan hacen sobre su primer disco: “creemos que el disco cierra una etapa de composición que involucra nuestro primer paso como banda […] ser familia en cierto sentido: para nosotros plasma todo lo que ha representado el proceso desde el inicio hasta esta nueva etapa de Osorezan”. Dicen por ahí que “el que explica se complica”, así que les dejo abierta la invitación a escuchar este monolítico tema que cierra las emociones de este disco (atentos, eso sí, con el siniestro y ominoso sample de un discurso de John Holloway que incluyen alrededor de los seis minutos… vaya con su propia responsabilidad). 

Un último comentario que me parece pertinente. Una dimensión que siempre me gusta conocer sobre las bandas es su percepción acerca del (mañoso y) famoso concepto de “escena musical”, especialmente cuando hay una estrecha relación con los sellos musicales. Este disco fue editado y lanzado a través del aguante que tiene LeRockPsicophonique hoy por hoy en Chile. Al preguntarles sobre la existencia de un movimiento que reúne agrupaciones del género, los Osorezan me cuentan que “no creemos que exista realmente una ‘escena’ propiamente tal en este ámbito. Desde nuestra perspectiva y experiencia en el circuito local, en la mayoría de las tocatas en que hemos estado con más bandas, siempre existe una gran variedad de ‘géneros musicales'” (al mencionar esto ponen como ejemplo tocatas que compartieron con La Reina Morsa y Cristóbal Briceño, a la par de otras instancias en que se presentaron junto a La Bestia de Gevaudan y Séptimo Inferno). Pero, aún más importante es el hecho de que “[experiencias como esta nos hacen pensar en que las líneas de armar tocatas ordenadas por género musical ya se empezaron a difuminar hace un tiempo, lo vemos como algo mucho más espontáneo la verdad […] te gustó lo que escuchaste de equis banda, te pones de acuerdo, gestionas un espacio y se levanta la tocata, o es lo que nosotros vemos desde nuestra perspectiva”. 

Habiendo dicho esto (y sin querer alargarme más de lo necesario para no aburrirle, mi estimado lector), es que me pongo a pensar acerca de qué rol cumplen los sellos musicales en la creación de estas nuevas culturas sónicas que empiezan a pulular en la música chilena. Para los Osorezan, LeRockPsicophonique “creemos que es un sello que ha ha ayudado a impulsar bandas que no tenían cabida dentro de una movida en específico, pero que aún así tenían algo que decir”. Y así, sumándome a sus palabras, creo que Sudamérica, en general, está viviendo un proceso de resurgimiento, tanto en los movimientos apoyados por sellos musicales como por el talento y la sangre nueva que se está criando en nuestros paisajes. Sin embargo, este es un tema del que me gustaría hablar más adelante en otra instancia. Por ahora, estimado lector, adéntrese en los sagrados círculos de la ira que los Osorezan vienen a entregarle para el deleite de sus emociones más aciagas.

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Álvaro Molina
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