Por Claudio Miranda.
Fotos en vivo Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
En 40 años de carrera, parece que se ha dicho todo respecto a Living Colour, al menos en el plano musical. Desde los suburbios neoyorkinos, surgió con ellos una propuesta de alta factura y, probablemente, impensada durante aquellos días en que el hard rock americano era sinónimo de ojos delineados, cabello escarmenado y pirotecnia instrumental con récords olímpicos de velocidad. Corey Glover en la voz y Vernon Reid en la guitarra, ambos conformando el núcleo motriz y creativo, apostaron por algo radicalmente distinto, potenciado con un discurso que apuntó desde el inicio contra la injusticia y los vicios culturales del ‘sueño americano’.
Unos buenos años antes de empezar a firmar con grandes sellos discográficos, Living Colour empezó cultivando un estilo ligado al jazz-funk a la usanza de Miles Davis y Herbie Hancock, con un filo punk de barniz político que recordaba bastante a contemporáneos con la jerarquía de Dead Kennedys y, especialmente, Bad Brains. Los de Washington DC son, por lejos, su influencia más directa junto a Talking Heads en lo que respecta a ropaje sonoro y actitud inconfundibles.
A estas alturas, hay una estatura musical que se presenta casi sola. La guitarra de Vernon Reid desborda eclecticismo e intensidad a raudales, un violero que se mueve entre el funk, el heavy metal, el jazz y otros estilos como quien surca los siete océanos y respira atmósferas distintas en apariencia. En la voz, Corey Glover no se limita a la pulcritud o llegar a todas las notas, sino que hermana bríos de espiritualidad e irreverencia en un mismo distintivo. En la batería, y como integrante fundador, Will Calhoun le da a los tarros una fuerza de tribu, mientras que el bajo de Doug Wimbish, tal como su antecesor Muzz Skillings, le da a su ‘voz’ en las bajas frecuencia una potencia de locomotora a vapor con momentos de trance hipnóticos.
Pero, ¿qué hace de Living Colour una banda hoy vigente y transversal después de 40 años? Tanto como la destreza técnica de sus componentes, o el apoyo de Mick Jagger en sus inicios antes de entrar al circuito de las grandes ligas, lo que prima acá es un discurso que engloba la protesta y la sátira en un distintivo que abrazan los amantes del punk, el jazz, el metal y todo lo que venga de ‘la otra música’. Y es que tanto como la jerarquía de su material desde la misma escritura, Living Colour ha puesto en el tapete una serie de conflictos y taras culturales que, digámoslo, los ha vuelto ante la industria y el público masivo como un bicho raro.
Desde la irrupción con el single «Cult of Personality», por lejos su éxito definitivo y más reconocible, notamos su fondo en el cuestionamiento hacia lo establecido. Lo hicieron The Clash y Gang of Four en el atardecer de los ’70s. Rage Against the Machine lo gritó con furia visceral durante los ’90s que no te contaron. Y para resumir lo que hace de Living Colour una banda necesaria en estos tiempos de incertidumbre y locura, aquí una selección de siete pasajes icónicos que reflejan el sentido de manifiesto y denuncia que los neoyorkinos curtieron desde la necesidad de comunicar la realidad sin florituras ni vueltas:
«Cult of Personality» (Vivid, 1988)
Una sátira inteligente y gráfica sobre la forma en que los líderes en el mundo se exponen ante la gente, con el objetivo de capturar la atención masiva hasta rayar en la devoción religiosa. El ‘Culto a la Personalidad’ y su uso como herramienta política por el régimen de turno para mantenerse en el status quo, siempre a través de la propaganda, la manipulación de la información oficial y la adulación ciega. Y cuando algunos se oponen a dicho régimen y generan incomodidad, deben ser silenciados por ser una amenaza contra el ‘bondadoso líder’. Tengas pensamiento de derecha o de izquierda, abarca todo espectro político -¿quién en su sano juicio sentaría en la misma mesa a un dictador malvado como Stalin y a un liberador pacifista como Gandhi?- y se aplica en contextos marcados por el fanatismo y la cerrazón. «Like Mussolini and Kennedy…». Simple, efectivo, provocativo y magistral con lo justo. El humor como pura inteligencia.
El uso de los samples de Malcolm X y John F. Kennedy, le da al corte inaugural de Vivid un brochazo de lucidez poco usual en el hard rock de la época. Las menciones a personajes históricos tan distintos entre sí, pero con un punto de encuentro: la atracción casi mesiánica en quienes veneran e idealizan a sus ‘libertadores’. Brillante y, desgraciadamente, aplicable a quienes aún sostienen que su credo u opción política los vuelve mejores personas que al resto.
«Open Letter (to a Landlord)» (Vivid, 1988)
Detrás de su estructura y desarrollo creativo hasta su memorable coro, hay una garrotazo en la cabeza hacia el implacable negocio inmobiliario. Un sistema capitalista que desplaza sin contemplación a las clases más desvalidas, con el fin de apropiarse de los sectores con menos recursos. Los sectores populares son los más afectados por el tema de las drogas y la violencia, conflictos sociales que rondan como factores de riesgo para la sociedad, pero que termina siendo perjudicando a los mismos de siempre: a quienes carecen del apoyo necesario y beneficia, cómo no, a los mismos que satisfacen su codicia obscena a costa de los despojados.
En su vena conmovedora, la pieza recalca el valor sentimental del barrio o vecindario que habitamos. El deterioro de los edificios va de la mano, nos guste o no, con la expansión de la ciudad y la urbanización cada vez más desenfrenada. Un vicio del cual ninguna generación podrá escapar mientras no haya alguien que traiga cambios y mejoras reales.
«Glamour Boys» (Vivid, 1988)
Una juventud obsesionada con lo superficial. La ropa y la fiesta, como si no hubiese un mañana, es lo único importante. Un recordado videoclip, con el personaje principal caracterizado como Ken -sí, el muñeco compañero de Barbie-, define el humor como rasgo de inteligencia asertiva por parte de una banda que hace cundir el humor ácido y filoso en una pieza musical de alta factura. Poco que agregar respecto a un misilazo dirigido a la cara de quienes insisten en aferrarse a sus privilegios. Y en estos tiempos de selfies y famosillos a punta de likes y escándalo por kilo, parece que suena igual de fresco y quemante.
«Time’s Up» (Time’s Up, 1990)
El tiempo transcurre hacia una sola dirección. El mundo es un desastre y tu alrededor es un derrumbe constante. A diferencia del temor descrito por Pink Floyd durante los ’70s, lo de Living Colour es un llamado a la acción inmediata desde la voluntad, a tomar consciencia de lo que nos espera si nos quedamos en el miedo sin hacer nada por remediarlo. «El tiempo no está de tu lado, no te quedes de brazos cruzados, tienes que intentarlo». El mensaje no puede ser más claro: no te preocupes solamente… ocúpate.
«Elvis is Dead» (Time’s Up, 1990)
El dicho ‘hombre muerto a laburar’ -como reza también una canción de Divididos- nunca se aplicó también como a Elvis Presley. El Rey del Rock, tras su muerte en 1977, ha tenido que lidiar con la forma en que su memoria ha sido violentada por quienes buscan sacar el mayor provecho económico de la leyenda. Desde grabaciones póstumas de dudosa calidad, hasta el descaro de ciertos medios y agencias de prensa que alimentan el morbo a través de noticias falsas y rumores de poca monta sobre su ‘muerte fingida’.
Notable el fraseo que se manda Little Richard en el ecuador de la pieza, donde reivindica la figura rupturista de Elvis y, al mismo tiempo, vapulea sin piedad a los ‘proxenetas’ que lucran sin escrúpulos con una trayectoria ajena. Más claro echarle agua.
«Love Rears Its Ugly Head» (Time’s Up, 1990)
El amor asoma su fea cabeza. Vaya título para un corte que derrocha blues, funk y soul a destajo, pero cuya letra aborda el aspecto más incómodo de una relación sentimental. La disfuncionalidad en un asunto de dos, donde el narrador relata cómo su entrega fervorosa hacia la otra persona no solamente no es correspondida como le gustaría, sino que lo sofoca hasta hundirlo en la miseria personal. El sample de la canción «Lush Life» de Nat King Cole, tiene toda razón de ser; es la conexión de dos relatos provenientes de diferentes épocas y estilos, ambos abordando una relación profunda que termina mal para quien siente que está entregando más que su contraparte. El amor, en todo aspecto, es un acto político.
«Auslander» (Stain, 1993)
Una denuncia feroz contra el racismo y los crímenes de odio. Lo suficiente para que los ejecutivos de MTV decidieran censurar su videoclip porque, en palabras del director Eric Zimmerman, «les preocupaba que el segmento racista de su audiencia en los estados sureños se sintieran ofendidos». Por paliza, el momento más político de Living Colour, y el más controversial por causa de quienes sostenían que la música debía reducirse a entretener porque «para lo otro están los noticieros». Zimmerman tuvo que reeditar él mismo el video – «lo autocensuré», admitió el cineasta hace unos años- y fue nominado al Mejor Video de Rock/Metal en los Premios MTV-Billboard en 1993.
Poco ha cambiado el contexto desde entonces. «Auslander» -«extranjero» en alemán- retumba igual de transgresora y combativa que hace más de 30 años. Y mucho más en estos días de alta turbulencia, con un matón en la Casa Blanca y una policía que ejerce conductas propias de una dictadura.
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