Por Claudio Miranda.
No hay amante del heavy metal de los ’80s que no mencione a W.A.S.P. en alguna conversación sobre música. Quienes eran headbangers durante la adolescencia en esos años, recuerdan aún el impacto que causó el lanzamiento de su placa homónima (1984). Y es que para Steven Edward Duren -o Blackie Lawless, para los amigos-, la idea del rock ‘n’ roll debía ser tan absoluta como provocativa. Incluso un lustro antes de entrar al estudio de grabación, los californianos desplegaban un acto en vivo que sobrepasaba el aspecto musical, incluyendo guillotinas, mujeres desnudas siendo sacrificadas con un machete de plástico, pedazos de carne cruda arrojados al público… y el propio Blackie bebiendo y escupiendo sangre, a la usanza de Gene Simmons y su personaje «The Demon» en Kiss. En otras palabras, W.A.S.P. reivindica la esencia del shock con que Alice Cooper y los propios Kiss escandalizaron a la sociedad estadounidense durante los ’70s, llevando el asunto hacia un nivel de provocación y artificio suficiente para dos cosas: impresionar a un niño o adolscente en busca de nuevas sensaciones, y detonar la polémica entre cierta prensa conservadora tirando a lo hipócrita.
La controversia, sin duda, fue la sombra de W.A.S.P., al mismo tiempo que les valió una difusión publicitaria tanto o más efectivo que el imperio MTV. Organismos de dudosa categoría como el PMRC (Parents Music Resourge Center) tratan infructuosamente de ejercer el control sobre la música que debe escuchar la juventud. es ahí donde iniciativas como la etiqueta «Parental Advisory» en los discos, generan el efecto contrario; lo proihibido atrae. Al mismo tiempo, una de las «víctimas» favoritas de dicha entidad es W.A.S.P., nombre cuyas siglas fueron interpretadas tanto desde la óptica lasciva (We Are Se**al Perverts) como desde la mirada religiosa (White Anglo-Saxon Protestants). En ambos extremos se expone la cerrazón de quienes miraban a esta banda, y toda la música pesada, como corrupctores de menores y un peligro para la tan inocente y virginal juventud en EE.UU.
Por supuesto, un espectáculo de tamaño calibre, y con la discusión moral persiguiéndolos en una cruzada instigada tanto por la prensa como por los paladines de la corrección política, debe sustentarse en música pesada e intensa. Y W.A.S.P., al menos en sus primeros 4 o 5 discos, cumplía en su época con el estándar de inflamación que desata el heavy metal, reiteramos, más allá de la «perfección musical». No hay pulcritud ni análisis que se resista a la paliza inicial de «I Wanna Be Somebody», el hit-single estelar de una placa repleta de momentos rutilantes. Cuantos quinceañeros se inciaron en el metal levantando el puño y entonando un coro simple y de alta contundencia. Cómo explicar ese puñetazo en la cara que es «LO.V.E. Machine». Dos canciones al inicio te bastan para que un debut homónimo, cuya portada nos muestra a cuatro sujetos en maquillaje, sentados con miradas de acecho, con una calavera esposada al fondo, te deje groggy a la primera.
Así como W.A.S.P. en su primer capítulo discográfico te da una clase de heavy metal desde la tripa, también nos invita a pasarlo bien en «The Flame». Ni hablar de los recursos musicales que hacen de «B.A.D.» un pasaje con más atmósfera, pero no por ello menos agresivo. Lo sabemos, W.A.S.P. es sinónimo de espectáculo hasta lo «censurable». Pero las guitarras de Chris Holmes y Randy Piper tienen algo que decir como generadores en la rúbrica sonora de los californianos. Hay un despliegue de talento y calidad que van de la mano con el resultado visual, lo que los pone en un sitial brutalmente superior a la movida glam a la cual se tiende a asociarlos erróneamente.
Quienes piensan que el temple provocador de W.A.S.P. se debe solamente a su producción visual, es probable que jamás le pusieran atención a «School Daze». Desde el colegio que la sociedad nos idiotiza con un sistema educacional no muy distinto a cómo funciona una fábrica de salchichas. ¿Recuerdan esas películas ochenteras, con el personaje del matón tipo Biff Tannen en «Back to the Future» acosando al jovencito de la historia?, ¿o el profesor que acecha al alumno más tímido, como en el video de «I Wanna Rock» de Twisted Sister?. W.A.S.P. no solamente se lo toma en serio; termina horrorizando tanto a los padres de familia como a las propias instituciones. Musicalmente, una pieza que le debe mucho a «School’s Out» de DON Alice Cooper, aunque Blackie le da un toque mucho más hiriente. Desde los niños recitando el juramento a la bandera estadounidense, hasta una línea memorable como «A firebell is ringin’ hell and I’d sure love to see it blaze… Burn it down!!». Es decir, esto no se trata de música, sino de incendiar tu colegio. El sueño del pibe.
La cara B del cassette arranca con «The Hellion» -¿qué habrán pensado Rob Halford y Judas Priest al respecto?-, un trallazo de heavy metal sin apellidos ni colorantes. De ahí le sigue «Sleeping (in the Fire), una power-ballad al inicio que tarda lo justo en volverse fuego y sangre, literalmente. Pura claridad ahí, cuando la balada era el gancho comercial, mientras que W.A.S.P. la transforma en una canción de oscuridad y pérdida. W.A.S.P. no se ablanda ni se ‘popea’, sino que expande su abanico musical de la misma forma en que mantiene su bruma de peligro con la maestría de los que saben. Le da a su propuesta una grandeza poco compun respecto a otros colegas de generación que no pasaban del maquillaje, el trasnoche y la fórmula segura. Y de elevarnos hasta la estratósfera, nos devuelve al suelo para que «On Your Knees» retome los bríos.
En un álbum de peso incuestionable y sólido de inicio a fin, «Tormentor» aparece como una expresión terrorífica. Parece sacada de una película de horror de clase B. Algo no muy alejado de la realidad, en parte. Recordemos que W.A.S.P. realiza un cameo singular en la película «The Dungeonmaster» (1984), una antología de historia sde horror y fantasía, donde Blackie Lawless y sus compas aparecen tocando «Tormentor» y desenrollando su show. Por lejos, la fotografía definitiva de la hermandad entre el heavy metal y y el cine inclinado a la fantasía oscura. Cualquier otro análisis apuntando al detalle «musical-técnico» resulta una nimiedad respecto a lo que proyecta W.A.S.P., lo que lo hace una banda obligatoria para todo amante del metal, en la rama o sub-rama que sea.
El broche con «The Torture Never Stops» -¿guiño o referencia a ‘Dirty Frank’?… Es probable que lo sea, si ambos comparten la misma burla hacia quienes ven enemigos donde no los hay-, es tan adecuado como magistral en su efecto. Su riff cabalgado a lo Maiden,hasta hoy despeja dudas sobre la legitimidad de estos señores como próceres de un género en su faceta más incendiaria. Necesario destacar la labor de Tony Richards en los tarros, un baterista que le imprime furia a cada golpe sin descuidar su objetivo como parte de un conjunto de desadaptados que encandilaba a quienes se sentían igual de marginados y peligrosos para el status quo.
Un par de antes del lanzamiento del primer álbum, W.A.S.P. se había presentado en sociedad con el single «Animal (F**k like a Beast)». Es cosa de leer el título para hacerse una idea en esos años de la bomba atómica que estallaría en un país que buscaba ‘recuperar los valores de la sociedad estadounidense’, tal como rezaba el mandato del ex actor Ronald Reagan. Más tarde, el sencillo en cuestión sería incluido en reediciones posteriores del álbum, con el lado B «Show No Mercy» incluido como bonus track. Es así como se entiende el carácter superlativo de W.A.S.P., el álbum, como el espejo de W.A.S.P. la banda. Incluso puede que «The Headless Children» (1989) o el conceptual «The Crimson Idol» (1992) sean más elevados por la sofisticación creativa que el propio Blackie pulió como escritor y genio detrás de los conceptos. Pero nunca más hubo en su producción discográfica ese aire de peligro y hostilidad que en el LP homónimo fluía a metrallas, todos esos rasgos que resumen el espíritu de una época en que el heavy metal era sinónimo de «lo peor de lo peor» para el resto.
Este viernes 2 de mayo, y después de 20 años, Blackie Lawless volverá a nuestro país para celebrar los 40 años de un estreno con categoría de obra maestra. Será el repaso total de un capítulo apasionante en la historia del heavy metal, sin la pirotecnia de antaño pero con la descarga de energía suficiente para echar fuego mediante lo que importa. Si el diablo metió la cola cuando había que hacerlo, es porque tuvo en W.A.S.P. su vía de comunicación, y en Blackie Lawless su embajador.
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