Por Pablo Rumel
En las dos primeras entregas quedó trazado el mapa inicial del metal chilote: desde sus raíces míticas y la densidad folclórica con sus brujos, tormentas, juicios ancestrales y relatos orales, hasta la irrupción de los primeros pioneros del rock local, como Luna Llena y su arqueológico Pulpos Voraces.
Ese crecimiento tomó forma en bandas fundacionales como Falsa Promesa, Crystal y Damper, y luego en una primera explosión insular donde los estilos se diversificaron: desde el power metal épico afuerino de Six Magics reinterpretando la mitología chilota, hasta agrupaciones netamente isleñas que soldaron identidad y territorio en su sonido, como Inoxidable, Camus o la brutalidad cadavérica de Butamacho, que llevó la iconografía del Invunche al extremo sonoro.
HIJOS DE LA TORMENTA: FESTIVALES Y TOCATAS
Por su carácter insular, el archipiélago ha tenido que resolver varias deficiencias logísticas para suplir los mínimos que necesita cualquier banda: una sala de ensayo, un lugar donde grabar y un espacio para tocar. Espacios para ensayar y grabar se ha resuelto gracias a salas acondicionadas al interior de la misma isla, o utilizando la conexión con Puerto Montt, punto estratégico para el desarrollo musical.
La pata coja son los shows en vivo: hace años que no hay bares específicos para tocar metal. Los hubo alguna vez; la época dorada fue del año 94 hasta el 2010, con festivales en Ancud como el extinto Bestials of Metal, y otros de nuevo calado, como el Tenten Caicai Vilu Metal Fest o el Chiloé Metal Fest (ver más abajo).
Indagar en eventos y festivales es casi un trabajo detectivesco: sin mayores soportes que lo encontrado en páginas de Facebook y videos amateur en Youtube, la única forma de poder referirse a estos shows es conversando con fuentes vivas, con sus protagonistas.
Oscar Riquelme, cantante de Sangre de Brujo, reciente agrupación de speed/heavy metal, desde una óptica de banger recuerda las venidas de los míticos Necrodead desde Santiago a Castro, o algunos eventos que se realizaban en el Motor Bar, a luca:
“Pubs o restaurantes ya no hay que reciban al público metalero, donde venden chelas, donde escuches rock o metal. Antes lo había, estaba el Motor Bar, que me trae gratos recuerdos porque son las primeras tocatas a las que fui. Pero ahora no, antiguamente se ocupaban espacios, había galpones, pero lugares en el centro que sean accesibles, muy poco. Insisto, sólo queda el Bar Valhalla y nada más.”
El Bar Valhalla, ubicado en Castro, recibe a bandas locales y cercanas, aunque debemos mencionar que también realizan tributos, y viendo su cartelera pasada, vemos a conjuntos que versionan a Iron Maiden, Red Hot Chili Peppers, entre otros.
DE CHIVOS BIFRONTES Y MALEFICIOS EXTREMOS: EL CHILOÉ METAL FEST
El primer show a cielo abierto, con camping incluido, fue el Sendero Siniestro Open Air del 2011 en el sector Apeche en Queilén, donde tocó lo más selecto de aquellos años del metal nacional (¡muchos aún vigentes!) como Poema Arcanus, Cerberus o Soulinpain, junto a bandas locales como Sicomotor, Butamacho o Ultraviolencia, y otras del país, sumando la friolera suma de 70 bandas, repartidas en tres días durante aquel febrero.
El evento se inició como una serie de tocatas organizadas en Castro alrededor de Butamacho, banda clave en la escena local, y pese a los esfuerzos, los resultados de este primer evento no fueron los mejores: cual ave fénix, de este mismo festival se articuló una nueva organización comandada por Boris Vivar, que derivó en el Chiloé Metal Fest en 2013, evento que este 2026 cumple su decimocuarta edición.
El verano es una fecha estratégica, pues no debemos olvidar que el clima sureño es lluvioso, teniendo cielos más despejados en estas fechas, y por ser también un periodo en el que aumenta el flujo de turistas.
Una de sus organizadoras, Daniela Pacheco, se refiere al aspecto local del evento, el cual tiene como eje fusionar la gastronomía y la belleza de Chiloé, con el metal, dándole cabida a grupos emergentes de la isla y del resto del país, y también trayendo a bandas consagradas de la escena nacional.
Para febrero de este año, el evento tiene agendado el 13, 14 y 15 de febrero en el camping refugio Ahuiyanka, a 37 kilómetros de Ancud en la península de Lacuy, donde habrá venta de merchandising específico del evento, material de bandas chilotas y alrededores, y un cartel que agrupa a 34 bandas, que de Santiago trae a los míticos Execrator, de México a los thrashers Eye of Destruction y a los blackers argentinos Nekro Cvlt Desecration.
Juegan de locales los Odium Incarnate y Orden del Caleuche, actos blasfemos que parecen salidos de un vórtice de maldad creado en los años 80 y vomitados en pleno siglo XXI. También se suman los acuditanos de Damper, thrasheros de la primera camada metalera, y los heavymetaleros de Caulín Biloche, quienes presentarán temas de su primer larga duración Infierno Chilote (2025), un disco crudo y pesado que marca la identidad isleña a hierro candente.
Sobre el criterio para elegir a las bandas, Daniela Pacheco afirma que el festival se carga a los extremos, es un festival de metal ultra pesado, reinando lo más agresivo y cavernario de la escena, pero el plan es equilibrar entre los subgéneros más apetecidos por los viejos bangers, como el death, el black, el thrash y sus derivados.
Respecto al uso de la IA, ni en afiches ni en el arte de las poleras y lienzos se le da cabida. Todo a mano, a la vieja usanza. El evento ha congregado a los artistas Javiera Riot, Fernando Guentelicán, Miguel Berríos y Mauricio Bonacic. Este último, insigne ilustrador puntarenense especializado en el arte del tatuaje y en portadas de álbumes metaleros, ya lleva varias ediciones colaborando con el festival. Este año le tocó diseñar una cabra diabólica de dos cabezas, con la idea de generar una huella real a los asistentes, quienes no sólo se llevarán una experiencia sonora, sino que integral, al agrupar lo turístico, la belleza del paisaje y el diseño, todo fusionado en una vivencia a tope.
La logística de los eventos ha mejorado ostensiblemente, con uso de máquinas niveladoras, camiones aljibes y mayor conectividad de buses, pues al realizarse en el sector rural de Ahuiyanka, el uso de la maquinaria es indispensable para concretarlo. El evento dura tres días y congregará a artesanos, productores locales y artistas: para los asistentes, que se esperan por lo bajo un aforo de 500, se les habilitará cabañas, camping, zona para niños y locomoción directa con las zonas urbanizadas.
El costo del festival asciende a los 30 mil por los tres días, sumando preventas en Coquimbo, Concepción y otras zonas. Toda la información, acá: https://www.facebook.com/chiloe.fest?locale=es_LA o escribiendo a chiloemetalfest2014@gmail.com
LA DIFICULTAD DE LEVANTAR FESTIVALES
Otro de los festivales señeros de la isla, el Ten Ten Cai Cai Vilu Metal Fest (en 2024 tuvo a los míticos Left To Die, compuesto por exintegrantes de Death), preparaba para febrero su séptima entrega con renombradas bandas de la escena. Lamentablemente la organización no pudo concretar el evento, que se organizaría el 7 de febrero del presente en el Rotary Club de Ancud y que tendría como invitados especiales a los Totten Korps, además de stands y opciones de alojamiento para turistas.
Esto último evidencia un contraste marcado entre la vitalidad que tuvieron las tocatas locales en Chiloé durante la década de 2008–2012 y el escenario actual, caracterizado por la escasez de espacios, el alza de costos y la creciente desconfianza de los dueños de locales hacia los eventos metaleros. Mientras antes bastaba con un galpón, un bar disponible y bandas dispuestas a tocar por pura convicción, hoy la organización de una tocata implica superar barreras logísticas, económicas y territoriales que desincentivan la continuidad del circuito.
Los festivales de mayor escala, como el Chiloé Metal Fest, aún cumplen un rol articulador, pero enfrentan dificultades propias: operaciones logísticas, locaciones complejas y una asistencia condicionada por la geografía insular. El resultado es una paradoja: la escena creativa vive un periodo fértil, con nuevas bandas y producción local constante, pero la escena en vivo se contrae, tensionando la identidad metalera chilota entre su raíz rural-metalera y una profesionalización que, sin infraestructura adecuada, se vuelve difícil de sostener.
En este punto, la continuidad de la escena no depende sólo de bandas, gestores o festivales: depende del metalero, de usted que nos lee, de nosotros mismos. Informarse, seguir páginas, compartir afiches, comprar preventas y cruzar la isla para estar presente no es un gesto romántico, “de amor a la escena”, más bien es una responsabilidad cultural. De apoyo concreto y real.
Cada entrada no comprada, cada tocata ignorada o cada “después veo” debilita un ecosistema que ya opera al límite. En territorios como Chiloé, donde levantar un escenario es casi un acto de resistencia logística, el público deja de ser espectador pasivo y pasa a ser parte activa del engranaje. Si el metal reclama identidad, raíz y pertenencia, entonces se debe sostener con presencia real, apoyo concreto y memoria: sin público informado y comprometido, no hay escena que sobreviva, sólo archivos y anécdotas.
REEL CHILOÉ METAL FEST
https://www.facebook.com/reel/4132829460363244
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