Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Por muy extraño que parezca, las dos jornadas de Chileterror Fest destacaron por un rasgo distintivo en cada una. Si la primera jornada prevaleció la ‘sangre nueva’ del metal de la vieja usanza, la del domingo resaltó la huella de los estandartes. Obviando la bajada Martin Schirenc y su versión de Pungent Stench -problemas con las visas-, fuimos testigos y partícipes de una liturgia en toda su forma y esencia. Sabemos que en el periodismo musical, sobretodo cuando nos apasiona tanto el metal antiguo, hay recursos o expresiones que caen de perilla. Y es ahí donde nos da el cuero para referirnos a la realidad a todas luces: hay una escena atomizada y cada vez más subdividida. Es ahí donde el regreso a las vibras originales, hacia el impulso antes del mercadeo impuesto por los sellos, adquiere razón de ser y parecer.
El gran acierto de Chileterror Fest, tal como lo destacamos durante la 1ra jornada, está en el armado del cartel. Es un festival hecho para el metalero que respira metal hecho a base de propósito antes de pulirse hasta caer en la uniformidad de la clínica. No se malentienda como algo bueno o malo; es la constatación de una realidad asociada a la nostalgia, incluso si los más nostálgicos sean quienes no vivieron la época dorada del género. Y fue precisamente durante la segunda jornada, a pesar del contratiempo mencionado más arriba, cuando se despejaron todas las dudas sobre un festival que llegó para quedarse, como la misma producción nos lo hizo saber al cierre de esta edición.
Vayamos a lo que nos convoca, empezando por Demoniac. Por lejos, una de las propuestas más fulgurantes de la escena nacional, con una extraordinaria progresión natural en su catálogo y un despliegue en vivo que se mueve entre el maldito thrash metal y la vanguardia más radical, siempre desde la necesidad de expresión. Así se explica que «The Trap», «Death Comes» y la inédita «El Lado Oscuro de la Rosa», tanto como su temple de clásicos bien ganado, nos muestran de cuerpo completo la anatomía creativa e instrumental de una agrupación que abraza todas las posibilidades dentro de su narrativa oscura. O el contraste entre el laberinto demencial de «Equilibrio Fatal» y las atmósferas mortecinas de «Granada», ambas hermanadas en una misma saga de desastre con crítica ácida. Se nota a kilómetros porqué les va bien, en especial por la disposición de sus integrantes a reforzar su lenguaje musical y armar un paquete a detonar con un espectáculo atronador.
Cuando hablamos de instituciones por derecho propio a nivel local, Atomic Aggressor trasciende incluso las barreras de género. La sola arrancada con «The Primal Chaos» basta para recordarnos que el death metal y sus líricas escalofriantes se extienden en el directo como una hecatombe. Es el sonido de quienes vieron en la música una herramienta para destruirlo todo. Lo que «Bleed in the Altar», «Spawn of Doom», «Unholy Temple», «Unholy Temple» y la fundamental «Bloody Ceremonial» proyectan con la misma fuerza que las divinidades del mundo prohibido en su vorágine de caos. Un placer observar la precisión quirúrgica con que las guitarras de Julio Bórquez y Enrique Zúñiga se entienden desde sus flancos, a punta de maestría y entrega extraordinarias. Al mismo tiempo, Alejandro Díaz preserva sus cualidades vocales como surgiendo del mismo inframundo, mientras su labor en el bajo se complementa con la excelencia de Álvaro Llanquitruf en la batería. Quizás no estamos descubriendo nada nuevo, pero en un repertorio donde se nota la altura de lo escrito por sobre cualquier truco o adorno innecesario, la recepción por los ‘bangers’ de ayer y hoy lo dice todo.
Tras unos 15 minutos de descanso, y unas palabras de Jorge ‘Chárgola’ Hurtado agradeciendo al público, la leyenda canadiense concretaba su primer cara a cara con el público chileno. La intro «Forward to Termination» y el bombazo de «Terror Strike», nos presentan a Sacrifice con su alineación histórica y echando fuego como debe ser. Con Rob Urbinati al frente, los de Toronto vinieron a lo que mejor saben hacer durante más de cuatro décadas; machacar cuerpos con música plenamente propia. La voracidad de su rúbrica va de la mano con una habilidad técnica que se mueve entre el fragor propio del thrash y una crónica sobre encuentros con la muerte en sus formas más horrorosas, como podemos notar en «In Defiance» y la más progresiva «Soldiers of Misfortune», precisamente la que titula su último gran trabajo antes del silencio forzado por más de una década.
Pese al sonido algo saturado en un comienzo, es un gusto apreciar la forma en que se encuentran los canadienses, mucho más con un trabajo editado a comienzos de año titulado Volume Six, del cual tuvimos «Antidote of Poison», «Comatose» y «Underneath Millennia» como parte de un arsenal tan dañino como letal en su objetivo. Y es que Sacrifice, más allá de sus trabajos más laureados, es una banda que entiende como pocos lo que significa mantener su estilo lo más fresco posible, sin caer en los vicios de la industria y dejando en claro que sus primeros dos o tres LPs han superado las barreras del tiempo. De esta forma es que la homónima «Sacrifice», «Turn On Your Grave», «Afterlife», «Pyrokinesis» y «Re-Animation» desfilan con la misma urgencia de hace cuarenta años. Ahí donde el rótulo de «clásico» se justifica por la enorme pisada que quedó grabada a fuego en toda una generación. Por algo Max Cavalera los invoca como una de sus bandas favoritas en el thrash de la vieja escuela. Si cuando la muerte más cruenta nos da la cara, Sacrifice evoca dicha imagen en vivo como un ataque terrorífico.
El sábado fue el turno de Hellhammer en manos en Triumph of Death. Ahora le tocó a Celtic Frost, cortesía de Triptykon. En ambas hay un hombre en común: Thomas Gabriel Fischer. Más conocido por el nombre inmortalizado en los créditos de escritura, Tom G. Warrior. Y en un Caupolicán con la cancha repleta, basta con que «Circle of the Tyrants» nos sumerja en el mundo de abstracción y desastre que hizo de To Mega Therion (1985) una obra de carácter superlativo, incluso fuera del metal. De inmediato, «The Usurper» y «Return to the Eve» desenvuelven todo el poder imperial de una agrupación que Warrior, su fundador e ideólogo, preserva como guardián legítimo. Acompañado de Victor Bullok en guitarra, Vanja Slajh en el bajo y Hannes Grossmann en batería, el genio suizo preside su segunda eucaristía en suelo chileno; hasta se da el tiempo para recordar el primer encuentro con los fans chilenos allá en 2018, en el marco del recordado festival Evil Confrontation.
Al analizar cuidadosamente el repertorio, destacamos la importancia brindada a Monotheist (2006), el trabajo de retorno y despedida de Celtic Frost. Pasajes como «Ground» y «A Dying God Coming Into Human Flesh» potencian en vivo la grandeza con dimensiones multicolor que Warrior visionó en el estudio. Un trabajo que se lleva de lo mejor con las más celebradas «Into the Crypts of Rays» y «Procreation (of the Wicked)», mientras que «Sorrows of the Moon» asume la embajada de Into the Pandemonium (1987), por lejos su trabajo más radical. Imposible achacarle una etiqueta a Celtic Frost, pues la forma en que su estilo se mueve entre el doom, el thrash y la música industrial, refleja la poesía siniestra que evoca su imaginario. El cierre con «Synagoga Satanae», otra joya extraída de Monotheist, responde al auténtico valor de una agrupación que se adelantó un par de milenios a todo lo que conocemos hoy en la música extrema y las ramas más vanguardistas del género. Y quizás sea la última vez que tengamos en suelo patrio un espectáculo donde la leyenda presenta sus credenciales mediante lo que realmente importa.
Como saldo final de ambas jornadas, la asistencia fue como se esperaba. Acertada la elección del recinto, mucho más en contexto de festival. Hubo una atmósfera, las bandas locales justificaron sin ´peros’ su inclusión en el cartel, los actos internacionales respondieron al gusto de quienes, incluso, dictaminan que no es necesario el aparataje publicitario del fenecido Metal Fest para satisfacer a un público que no quiere nada salvo metal biológica y químicamente puro. Es así como funcionan las cosas en el pandemónium del verdadero metal, un lugar donde el retorno de su emperador es celebrado como los dioses mandan.
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