Por Pablo Rumel
Fotos Raúl Garate @brutal_pebre_
Pese a que el evento se trasladó al Bar Óxido, más pequeño que el Teatro Cariola, la sonoridad, la fuerza desplegada de las bandas invitadas y el esperado arribo de Månegarm, marcaron una noche vikinga altomedieval con espumosas cervezas, largas cabelleras trenzadas y gritos de guerra que retumbaron con violencia en las paredes del Óxido. ¿Habrán estado a la altura las bandas invitadas? Sigue leyendo que te contamos todo.
LOS DEMONIOS DE LA GUERRA
Encargados de abrir el campo de batalla, los Wardemon desembarcaron, hacha en mano, desde su afilado drakar proveniente desde Copiapó, convirtiéndola en la banda de viking metal más árida del mundo. Se trata de un acto recién formado en 2021, con un LP publicado en 2024, Aires de Guerra, y que ha llamado la atención no solo en Chile, sino también de otras latitudes, principalmente por relatar las viejas sagas en español.
Eran las 19:30 en un Óxido que lentamente se repletaba, cuando en el escenario, primero de espalda, y luego de frente, los Wardemon arrancaron con los primeros acordes de «Morir De Pie»: la banda incluyó al tecladista Álvaro Rivera, quien se encargó de otorgarle esa mística coral con acordes y notas sostenidas para amoldar con más fuerzas las hachas de batalla trepidantes, y entre riffs rápidos y efectivo uso de tremolo picking, oímos la voz rasposa y bruta de un Jorge Vargas inspiradísimo, vocales de texturas duras y bramidos roncos, creando esa atmósfera exquisita que se potencia con la fuerza coral de los cánticos marciales.
«Guerrero Inmortal» evidenció la potencia técnica de la banda, con un Gonzalo Martínez atacando a doble bombo, golpes rápidos a la caja, concentrándose en la velocidad y la fuerza, en un estilo que demanda fuerza y pulso de acero. La maquinaria sónica ya estaba aceitada, sonando a tope, con excelente trabajo en la mesa de sonido, y utilizando los cuatro focos laterales de manera estratégica para potenciar las texturas rojo-sangre y los azules marinos que relataban las gestas: en síntesis, se utilizaron los recursos al máximo y lo notamos desde el minuto uno.
«El Juicio Final» y «Runas de Sangre» sobrepasaron las expectativas, de un público que recién iba cebándose los elixires inmortales de hidromiel y otras hierbas exóticas, y entrando de a poco en la lógica berserker-de-hachazo-y-cántico a grito pelado, cerrando con «Los Nueve Mundos» que colocó la última runa sobre un suelo candente que ya tenía todo dispuesto para el siguiente acto metalero. Gran propuesta, excelente performance, llamativa, potente y señera, de una posible escena que podría extenderse por toda Sudamérica, y desde ya en Sonidos Ocultos les deseamos victoria y gloria a raudales.
FOLKHEIM: CABALGANDO ENTRE EL FOLCLOR Y EL BLACK METAL
El banquete estaba servido, y en bandeja de plata, con cabezas cortadas de yapa, para que los otrora antofagastinos ahora radicados en Santiago Folkheim, castigara a los asistentes con su propuesta única e imposible: fusionar elementos étnicos del mundo ancestral chileno, con la frialdad y los bosques helados blackmetaleros.
Entre sonidos de trutruca, Folkheim con pintura de guerra negra inundando sus rostros, arrancaron con «La Herida Se Cerró de Cansancio», temazo que resonó con esa energía negra heredera del black metal sinfónico de primera hora, con azotes guitarrísticos que centraron la fuerza en una rítmica veloz y golpeada.
Una vez más, el hombre de los tarros, Pablo Bravo, con solvente experiencia en otros actos metaleros de trayectoria impecable, sostuvo, como espina dorsal de acero clavada a la tierra, la arquitectura sónica de Folkheim, con su justo orden violento atravesando la vorágine, un caos ordenado que se materializó con la brutal y descarnada «Kiepja», una canción que transita entre parajes épicos de pura guerra, momentos introspectivos, ataques de guitarra a toda velocidad, con acordes cromáticos y cabalgatas lentas y despiadadas, teniendo como ojo del huracán la voz del frontman Alexis Armijo, quien aprovechó cada centímetro del pequeño escenario para arengar y cabecear a toda velocidad.
El público, como bien dijimos, ya estaba entregado a la propuesta hipnótica y ultrapesada de los Folkheim, teniendo la posibilidad de oír «Wayra», de reciente cosecha, para estallar en un éxtasis arrollador. «Vaai Honga Kaina», se articuló desde el arranque como un Haka Rapa Nui que denuncia las injusticias y arbitrariedades de un Estado chileno contra esta etnia ancestral: si oírlo en estudio es una experiencia sublime, ver ahí a los Folkheim de cuerpo presente roza lo surreal, con una performance que no descendió en ningún segundo la intensidad, sonando limpios y distorsivos, y regalando al público un profesionalismo que los pone en la élite de la escena mundial: brutal, impecable y magistral. Para aplaudirlos de pie.
SE INICIA EL RAGNARÖK: MÅNEGARM ATACA CON TODO
Los suecos de Månegarm saltaron al escenario a las 21:30 en punto. Sin pendones ni luces estroboscópicas ni efectos de humo, solo cuatro focos laterales que teñían de rojo al escenario, oímos los primeros compases de «Hörr Mitt Kall», cantada en un sueco de voz profunda, alternada con unos growls demoníacos y afiladísimos.
Causaba curiosidad el cómo recrearían en vivo sus discos epopéyicos y nórdicos, y en este caso presenciamos un formato más rock and rollero, con la trinidad vikinga compuesta por Jacob Hallegren sobre el carro de batalla, Markus Andé a la voz y guitarra, y el gran Erik Grawsiö aporreando a uñetazo el bajo y martillando el micrófono con su voz privilegiada.
Sumado a la performance, los vikings apostaron por darle mayor densidad al espectáculo, sumando otra guitarra comandada por Tobias Rydsheim, y dejando las interpretaciones folclóricas en un segundo nivel, con pistas, o incluso combinando efectos de guitarra que se asemejaban a gaitas y violines.
Aún así, interpretaron «Stridsgalten», con más arreglos en la versión estudio, pero con una interpretación cruda, más de garaje en vivo, lo que provocó una respuesta inmediata por parte del respetable, dispuesto a corear, vitorear y moshear -pese al espacio reducido- esta canción.
«Sons of War» fue determinante: o se iban a pique y se hundían y morían ahí mismo, o emergían victoriosos. La performance fue gigantesca. Sin adornos como hemos dicho, pero con una sonoridad a tope, bien mezclada y nítida, fue ovacionada por los presentes, con un Óxido donde no cabía un alfiler.
Capítulo aparte la respuesta del público: entre valkirias perfumadas y hombretones hediondos a sudor, la oleada metalera se arrastró desde la mitad del recinto hasta las rejas de seguridad, entregando una energía devastadora que incluso los mismos Månegarm, empuñando sus armas, alabaron entre cada interpretación. No se puede tocar mal, ni siquiera medianamente bien, cuando el pacto metalero ha sido sellado con runas tatuadas en sangre, entre jarras de cerveza volando y una marea asesina que transformó al escenario en una barcaza vikinga, fulgurante, ametralladora y rasante.
Hablar del legado de estos metaleros folcloristas es otro capítulo de esta historia: el vigor no se compra ni se arrienda, se entrena en el campo de batalla, con horas y horas de giras en el cuerpo, y ese profesionalismo quedó patente. De la última placa se interpretó «Lögrinss Värn» y «En blodvittneskrans», canciones potentes, que transitan entre gritos tribales y medios tiempos, con guturales pesados y una rítmica arrastrada.
De los clásicos más cargados al death y al black, tuvimos «Nattsjäl, drömsjäl», y el «Vedergällningens tid», la etapa más cruda y salvaje de la banda, que ciertamente no se ha refinado, sigue encharcada entre barro y sangre, pero su sonido se ha ido puliendo, modernizándose si se quiere, pero sin perder esa esencia folk que los distingue.
ÚLTIMAS PALABRAS TALLADAS EN RUNAS ARDIENTES
La noche en el Bar Óxido dejó una certeza inapelable: cuando convergen propuesta, oficio y convicción estética, el tamaño del recinto es irrelevante. Wardemon demostró que el viking metal en español puede abrirse paso con autoridad; Folkheim confirmó su sitial como una de las propuestas más singulares y poderosas de la región; y Månegarm selló el pacto con un espectáculo frontal, sudoroso y devastador, digno de sus tres décadas de batalla. Fue una jornada que recordó por qué este género sigue vivo, y es porque se sostiene en la entrega absoluta, en la comunión feroz entre escenario y público, y en la voluntad incansable de convertir cada concierto en un rito ancestral. En Óxido, todos cumplieron. Y todos ganaron.
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