Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Con las altas temperaturas imperando en la capital y el astro rey quemando la zona central a ráfagas, la elección del Teatro Caupolicán para la tercera edición del festival Metal Beer no pudo ser más acertada. Lo que nos lleva, además a la altísima convocatoria registrada, con el recinto de calle San Diego colmándose hasta la bandera, al menos con el transcurso de la jornada. Es lo que nos motiva a empezar esta crónica, tanto por el nivel de la organización -accesos, los tiempos de cada banda, disponibilidad de patio de comidas y puestos para hidratación- como lo que ya es un hecho ante nuestros ojos: un festival metalero que con tres ediciones se ha consolidado dentro de los más importantes a nivel local y, quién dice que no, sudamericano.
A nivel de cartel, lo que nos convoca tanto como los bebestibles, los platos de fondo respondieron como debe ser, a la altura de sus respectivas leyendas. Empezando por Death To All, una agrupación que va más allá del tributo-homenaje, sino que celebra el legado y la vida del eterno Charles Michael Schuldiner. Y lo hace con una mezcla entre componentes históricos de Death y músicos invitados que se integran al ensamblaje como si entre todos respiraran el mismo sentimiento o se graduaran en la misma facultad. No pasó más de dos años para una nueva liturgia en nuestro país -también cerraron la edición inaugural del festival en cuestión (2024, Hipódromo Chile)- y en esta ocasión lo hicieron en el Caupolicán. El escenario de la primera vez como Death To All en un (no tan) lejano 2014. El que se llamaba teatro Monumental en 1998, el año del primer y único cara a cara de Chuck Schuldiner con el público chileno. Y los 30 años del fundamental Symbolic (1995) quedaron grabados a fuego en una presentación gloriosa, quizás la más fulgurante y redonda de las tres misas de Death To All en estos andurriales.
En el caso de Destruction, la promoción de su más reciente lanzamiento Birth of Malice (2025) también fue de la mano con un repertorio diseñado especialmente para los devotos del thrash metal de la vieja escuela. Y es que los germanos, con el inefable Schmier al frente, van a lo que nos gusta de esta música en su forma químicamente pura. Son cuatro décadas de un estilo devastador desde la tripa, con un catálogo que se traspasa desde el momento creativo en el estudio hacia la paliza atronadora en el directo. Descontando la confusión durante los años ’90s, es apropiado señalar la coherencia de Destruction con su propósito de agresividad y devastación sin sutilezas, lo que tanto la solidez de su discografía como el aluvión sónico en vivo convergen en una identidad a prueba de cualquier agente externo. Thrash hasta la muerte, y la jornada del sábado 17 de enero no sería la excepción en lo absoluto.
Empezando con la escuadra nacional, Amnessia Eterna no solamente justificó el anuncio de su ingreso al cartel -vía concurso por votación en RRSS-, sino que salió al escenario a exponer sus credenciales como revelación local durante la última década. Cultivando un estilo arraigado en el thrash metal cargado a la melodía y la potencia de las guitarras, tienes en Rudy y Camilo un tándem de seis cuerdas que va de la mano con la intensidad y la sofisticación en su justa medida. El Caupolicán registraba una asistencia bastante baja a esa hora, pasadas las 15 horas, pero para los muy pocos que nos movíamos en cancha, «Insomnio», «Sin dolor, no hay perdón» y la instrumental «Initium» cayeron como bocanadas de metal intenso con una idea tan enorme como su efecto en vivo.
Si bien su propuesta arraigada en el black metal más ritualista es interesante, Kythrone tuvo un comienzo accidentado en su show. Un imprevisto técnico al inicio obligó a comenzar nuevamente la presentación, sumando un sonido con volumen muy saturado. Con todos los ripios en cuestión, «Churchburner», «Waiting for Thy Holocaust» y «Destroy the Insipid Nation» desfilaron como muestras de una firma que llamaron la atención, en gran parte, de un público que jamás los había visto, al menos, en un escenario con las dimensiones del Caupolicán. El gran mérito de Kythrone, por otro lado, es sacar la tarea adelante sin perder un ápice de su coherencia en lo que representan más allá del aspecto musical. De discreto a correcto, es lo que importa y se nota cuando el oficio prima sobre la adversidad.
¿Cómo definir la huella dactilar de Metakiase? Es la pregunta que uno se hace ante una agrupación que engloba el thrash, el heavy clásico y el stoner -sí, leíste bien- en un distintivo que defiende y ataca muy bien en vivo. Desde la Araucanía, el power-trío comandado por Vipe Schindler (guitarra y voz) aprovecha el tiempo en el escenario para desplegar su torrente de rock puñetero. «Life», «Temor» y «Cañón», por mencionar un puñado de su repertorio, resumen lo que evoca Metakiase apunta de octanaje y solidez en sus riffs. Preciso, compacto, yendo a lo que saben hacer: traspasar el misterio de las rutas de una región histórica a un despliegue sónico sin fisuras.
Poco que decir respecto a Dorso, un nombre histórico y angular en la música nacional. Y, por supuesto, único en su especie. Con nuestro ´Pera´Cuadra al frente, y un repertorio que se basta por sí solo en cualquier ecosistema musical, hay que justificar su presencia en el evento como durante su edición inaugural en 2024. Y es cosa de que «Vampire of the Night», «Deadly Pajarraco», «En los alrededores del templo» y la más escondida «Abducción» -¡justicia para Disco Blood, por favor!- surjan en el escenario como las mismas criaturas que el ‘Pera’ traspasó desde su imaginación hacia el repertorio que tiene hoy a Dorso como un referente de nuestra cultura local, y cuya trascendencia sobrepasa cualquier etiqueta.
Momento sublime el de «El Espanto Surge de la Tumba», precedida de las palabras precisas de un ‘Pera’ que le basta con hablar poco para imponer su jerarquía cuando ‘algunos’ chistosos en el público empezaron a recordar un singular episodio de hace unos meses -«menos palabras, más música»… ¡nada más!-. Ahí se ve de qué están hechos nuestros próceres ante la banana disfrazada de ‘humor’. Y nos da gusto que dicha gradación prevalezca incluso después de más de cuarenta años. Lo que realmente importa y de verdad nos llega a la tripa. ¡Salve Dorsalia!
El arranque con «Curse the Gods» e «Invincible Force» convirtió de inmediato la cancha del Caupolicán en una centrífuga humana hasta el sudor, literalmente. Un repertorio con protagonismo compartido entre el catálogo de la era dorada del thrash y el resurgir desde los 2000 hasta hoy. Así se entiende y se digiere la paliza troglodita que Destruction nos propina en cada visita. Por algo «Nailed to the Cross» y la más reciente «Scumbag Human Race» triunfan casi por igual y dejando en claro que la evolución, contra lo que digan los fariseos de la ‘innovación musical’, va de la mano con un sentido de convicción que solamente los nombres imperiales del calibre de Destruction preservan de manera natural. Y a medida que transcurre el show, podemos notar que tanto la violencia enferma de «Mad Butcher» como la enormidad de «Life Without Sense» satisfacen la sed de metal de un público donde la mayoría compuesta por adolescentes de 15-20 años comparte el mismo sentimiento que algunos seguidores más entrados en años pero igual de devotos por esta música que se resiste ferozmente al mercadeo impuesto por la industria.
A medida que pasan clásicos de la magnitud de «Total Desaster» y «Eternal Ban», al mismo tiempo que «No Kings, No Masters» y la homónima «Destruction» son estrenadas en sociedad por estos rumbos, destacamos la plena forma de una agrupación comandada por un Schmier pletórico a sus casi 60 años. En las guitarras, Damir Eskic y el argentino radicado en Bélgica Martín Furia, disponen sus respectivas habilidades al brío indomable de un estilo que le da cara y hombro al paso del tiempo. Completando el cuadro, el aporte de Randy Black en la batería habla mucho del buen ojo -y oído- que Schmier ha forjado cuando se trata de reclutar y disponer una alineación que responde a la exigencia propia de un género que no da tregua a nada que no sea aplastar cuerpos y cabezas. En la cancha, en tanto, entre el torbellino de cuerpos sudorosos, los artefactos volando en plena zona de desastre, y la bengala en el cierre con «Thrash ‘Til Death», basta para hacerse una idea del efecto catártico que Destruction genera durante poco más de 90 minutos de devastación bestial, mientras nos habla de un mundo donde lo peor de nuestra condición humana se transforma en música.
Un Caupolicán colmado recibe nuevamente a Hoglan y DiGiorgio, acompañados de Max Phelps y Bobby Koelble en guitarras, inaugurando el nuevo retorno de Death To All con una primera parte compuesta por lo mejor de su catálogo entre 1987 y 1993. La sola intro de «Infernal death» le da paso a «Living Monstrosity», la que a su vez abre Spiritual Healing (1990), el trabajo protagonista en esta primera manga. Y ojo con esto porque aquí hay un buen ejemplo de la sintaxis que le da al repertorio una distribución equilibrada y atrapante de momentos creativos que se reparten sus espacios alrededor de la bestia del ’90. Lo que provocan las siguientes «Defensive Personalities», «Altering the Future» y la titular «Spiritual Healing», con las orbitantes «Lack of Comprehension», «Zombie Ritual» -esas armonías en la intro, transformando el Caupolicán en un verdadero ritual metalero-, y «The Philosopher», es un baño de purificación y sorpresa, mucho más para un público que disfrutaba de estas gemas por primera vez o, mejor dicho, nunca pudieron ver a Death en vivo. ¿Cuántas bandas, incluso tras disolverse o perder a su líder e ideólogo, mantienen su legado igual de enérgicos y supremos en vivo?
No vamos a descubrir el fuego analizando el desempeño de una banda compuesta por históricos y músicos excepcionales. Pero es imposible abstraerse de lo que se manda Steve DiGiorgio, un bajista con voz distintiva dentro y fuera del metal. Ni hablar del despliegue de Gene Hoglan en los tarros. ‘The Atomic Clock’ es un baterista tan preciso como feroz en su pegada. Una máquina que se entiende con DiGiorgio casi jugando de memoria. En las guitarras, Bobby Koelble y Max Phelps ejecutan su tarea de intérpretes generando la sensación de haberse impregnado de lo que es la música de Death desde la ejecución compleja hasta lo que debe transmitir hacia un público transversal dentro de un mismo estilo. En especial Phelps, a quien la ‘mochila’ que implica ponerse en las voces y licks del eterno Chuck no le pesa en lo absoluto. Más bien, lo disfruta sin descuidar un ápice de su labor.
Tras las palabras de un DiGiorgio muy cercano con los fans, la segunda parte del show estará marcado por el repaso de Symbolic en su cuasi totalidad. Las dos bengalas en cancha tras la intro con el riff principal, será la postal de un sueño hecho realidad para generaciones de bangers que esperaron años y décadas por tamaño premio a la larga espera. «Zero Tolerance», «Empty Words», «1000 Eyes» -«Privacy and intimacy as we know it, will be a memory»… una premonición de la masiva sobreexposición en las redes sociales-, «Without Judgement»… todas marchando con la misma estampa de transgresión y belleza que cambió las reglas del juego durante el ecuador de los ’90s. «Crystal Mountain», como todo clásico, echando abajo un Caupolicán donde no cabe siquiera un alfiler. Esa gema oculta que es «Misanthrope», un bombazo de death-thrash que le probó a muchos que el metal puede reinventarse sin transar su esencia. Para el cierre, una monumental «Perennial Quest» llevándonos hacia una cordillera de emociones que hoy adquieren todo el sentido del mundo cuando se trata de celebrar el legado de un talento único y prócer que, pese a su ausencia en el mundo material durante casi un cuarto de siglo, vivirá por siempre a través de lo que realmente lo hizo grande y eterno. «From rivers of sorrow, to oceans deep with hope»… Belleza y emotividad hasta las lágrimas, sosteniendo al máximo la atmósfera de recuerdo y gloria que debe ser siempre la mejor música en vivo.
Para el bis, un par de clásicos que no necesitan mucho análisis ni requiere presentación a estas alturas. «Spirit Crusher», la principal embajadora de The Sound of Perseverance (1998), una que se extiende como un mundo en sí mismo. Y pegada, como broche de oro, le sigue «Pull the Plug», cantada a todo pulmón por un recinto en llamas, literalmente. Un cierre pletórico para un festival que, digámoslo, subió de pelo en su tercera edición y llegó hace un par de años para hoy consagrarse como un habitual en la cartelera anual. Quizás en una siguiente edición apele a la variedad más allá del death o el thrash metal. Al mismo tiempo, y mucho más durante estos días de alta turbulencia en la contingencia mundial, debemos asumir que los símbolos de la destrucción cobran forma real ante la locura de unos pocos que controlan el globo. Y mientras no haya una solución definitiva, debemos seguir aferrándonos al escape que nos proporciona la música que oscila entre la belleza y la violencia.
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