Sweet Home Santiago: Encendiendo el alma
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Escrito por: Equipo SO

Por Claudio Miranda.
Fotos por Rubén Garate.

Lo dice el querido músico e intérprete chileno Iván Torres, sea arriba del escenario o en alguna conversación con un parroquiano sobre el tema en cuestión: «estamos en Chile, es imposible hacer blues sonando como los negros«. No se malentienda, la frase del maestro apela a la identidad local como la esencia de un género surgido durante el amanecer del siglo pasado en el delta del Mississipi. En la década del ’70. Los Jaivas y Aguaturbia le imprimieron al asunto un toque de identidad local que, en vez de alterar su esencia original, lo hizo trascender hasta los recovecos del Sur del Mundo. Recién en los 2000, nombres como El Cruce o La Rata Bluesera terminarían por consolidar las bases del estilo en nuestro país, otorgándole al estilo una propiedad que demoró por muchas razones -incluyendo el retraso cultural que nos legó una dictadura de 17 años-, pero que hoy se siente como un hábitat familiar para quienes crecimos y respiramos durante años y décadas los sonidos del alma. En gran parte, espacios hoy legendarios como el programa «Santiago Blues» de la radio Futuro contribuyeron a la difusión y auge de un género que apela al sentimiento más puro, siempre bastándose de lo mínimo en clínica instrumental para dar el máximo de actitud y emoción hasta el sudor.

No es la primera vez que el blues chileno congrega a sus seguidores en algún evento en la capital, pero sí es necesario otorgarle a dichas instancias el valor merecido. Porque lo acontecido ayer en el teatro Cariola tuvo matices de encuentro de viejos -y nuevos- amigos. Tanto en el escenario como entre los asistentes compartiendo algún destilado, de alguna forma apaleando la helada santiaguina a base de sonidos vintage que crepitan a puro fuego y electricidad, literalmente.

Puntual y con un público que de a poco fue ingresando en masa, el arranque con Iván Torres bastó para sumergirnos en lo más granado de lo nuestro. Con el apañe de Tito Pezoa en la Stratocaster, da gusto ese blues que se imprime de lo chileno, lo cotidiano y lo pícaro. Desde el homenaje obligatorio a Johnny Blues -otro prócer local de los sonidos del alma-, hasta himnos de la talla de «Satánico al Peo», se arma una fiesta en que no se necesita nada más que una guitarra de palo, otra dando brochazos de electricidad y un compilado de historias que nuestro Iván Torres profiere con la sabiduría propia del barrio y el circuito subterráneo. Incluso su versión de «La Conquistada» es capaz de hacer trizas el corazón hasta del más escéptico. Y para generar tamaño efecto, hay que tener kilómetros de oficio y vivencias que se traspasan tanto a la escritura como al espectáculo.

Llega ahora el turno de Gonzalo Araya y Tomás Gumucio, cultores de una vibra quizás distinta pero siempre estudiosa de los orígenes del blues como lo conocemos hace casi un siglo. Adjunto a composiciones propias como el single «Walkin’ Blues», tanto el homenaje a Howlin’ Wolf con la angular «Spoonful» como la invocación a Muddy Waters con «Rollin’ Stone» se convierte en una clase de historia con aires de liturgia. Y es que entre la armónica de Gonzalo Araya y la guitarra chisporroteante de Tomás Gumucio, hay una idea que prevalece en el directo gracias a su genuino amor por un género musical que, desde siempre, ha navegado a contracorriente en favor de su propia matriz de expresión. De eso se trata, quizás de manera muy distinta a lo que pregona Iván Torres pero siempre dándole al asunto un cariz de actitud que requiere tocar esta música.

En un Cariola ya más prendido en cuanto a cantidad en cancha y palcos, el regreso de La Rata Bluesera a la capital es motivo de fiesta, de emoción y todo lo que detona una pieza como «El Tiempos es una Pistola». Empezando de menos debido a algún problema en el sonido, y yendo a más con la categoría que los hace desde hace más de 20 años una agrupación querida y dueña de un renombre ganado a pulso y talento en el circuito chileno, La Rata no se guarda nada. Con Javier Aravena a la cabeza, los valdivianos dan cuenta de una propuesta que absorbe música chilena y ritmos latinos para incorporarlos a su marca registrada. «La Paz», «Solo esta noche», «El viaje» y «Lluvias del sur», de a una asoman con una naturalidad que La Rata ha pulido hasta darle en el directo un desplante que perfectamente puede dar cara al consagrado de los libros de historia.

Tanto como la denuncia a lo que ocurre en el Medio Oriente o el recordatorio de un período nefasto en nuestro país mediante «Septiembre 1973», nos abruma el nivel de espectáculo que La Rata despliega con toda libertad e ingenio. Cuántas bandas locales, además de la enormidad musical, encarnan lo que es «echar fuego» de manera literal. Y acá se da el caso, con la artista Marta Ramírez complementando el atractivo visual de un estilo musical que abarca todos los surcos existentes y por haber. Al mismo tiempo, una extensa «Sube a Nacer Conmigo, hermano» nos permite apreciar el genio individual tanto de Lino Iturra en guitarra y Rodrigo Aguilera en el bajo como la simbiosis de una agrupación donde todos aportan a lo que construye y empapa La Rata de inicio a fin. «Del Sur», el cierre del repertorio, se da el lujo de incluir invitados de lujo como Claudio Bluesman y Gonzalo Araya, así como Iván Torres se suma a una versión de la infaltable «Santa Lucía», una pieza querida en el cancionero chileno. Poco que agregar a un show marcado por la cercanía y la honestidad, ambas potenciadas con un despliegue musical que sólo La Rata Bluesera logra hasta prender fuego un teatro repleto.

Cuánto se ha dicho de El Cruce como estandartes máximos del blues hecho en su país, en mi país, como reza una de sus producciones más importantes. «Voy por la Carretera» y la más pendenciera «Billetera o Puñalada» dan el puntapié inicial, seguidas por la más funky «Se nos fue el amor», lo más cercano a una versión chilena de «Miss You», el éxito ‘bailable’ que consolidó la vigencia de los Stones en el atardecer de los ’70s. El Cruce, tal como Sus Majestades, están en todo su derecho de incursionar en ritmos quizás cuestionados por el rockero duro en su tiempo, pero que triunfan en base a la convicción de sus creadores por incursionar en terrenos que pocos dominan a ese nivel.

Volvemos al blues más fiero con «Todo se Devuelve», una que se entona con puño en alto. La fiesta es total con «A Encender el Blues», mientras que «Mi Negra» y «Trato de hacer blues» -todas con acompañamiento de cuerdas y percusión extra- coronan la primera parte del show a punta de clásicos y un trabajo instrumental maravilloso. Felipe Toro, además de su inconfundible trabajo vocal, deja la vida con esos movimientos a lo Hendrix con su Gibson SG. Al mismo tiempo, aprovecha la sección acústica para exponer su calidad de intérprete realizado, secundado en el sonido por Gustavo Albuquerque en las teclas y el querido Claudio Bluesman. «La chinita», la más nueva «Soy Feliz» y «Elegía», proyectan en vivo el lado más íntimo de una banda que siempre la ha tenido clara respecto a hacer las cosas con identidad propia, sin descansar en una etiqueta y, al mismo tiempo, encarnar el auténtico valor de todo un estilo.

La tenacidad de «Mapuche», el protagonismo que se adjudica Bluesman en «Mi moto y un blues» y el groove contagioso de «La gata», todas piezas que entran una a una a echar abajo el Cariola. Para el cierre, «Me tienes loco» desbordando la última gota de sudor en la garganta. Como mandan Muddy, Howlin’ y el eterno John Lee Hooker desde el lugar que eligieron cuando decidieron vender sus almas a cambio del prodigioso don de hacer música, como lo hizo antes un tal Robert. Se enciende el blues, lo hace también el alma en la fría noche capitalina, la ciudad donde se cruzan ciertos destinos, algunos por elección y otros por la maldición a cargar en esta vida. Por acá al menos, con unos tragos y su baile al son del viejo y querido rock n’ roll es más que suficiente.

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