The Fall of Troy: riffs imposibles, batería epiléptica y mosh salvaje o la noche en que los gringos incendiaron el Cariola
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Escrito por: Equipo SO

Por Pablo Rumel.
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

Matar a Grax, autodefinidos como gritos, locura y peluches, tuvieron la tarea de abrir los fuegos en el show de The Fall of Troy en Chile. La velada, variopinta y de alto voltaje, también contó con la presencia de la reconocida banda de metal progresivo Delta, antes de la esperada llegada y debut del trío estadounidense. Con su mezcla disonante de math rock y hardcore, la jornada del jueves 5 de marzo terminó configurándose como un pequeño festival donde no faltaron la rabia, el atrevimiento musical, la experimentación y el virtuosismo.

LOS MONOS DE CARTOON

A las 19:45 fue el vamos, en un Cariola que repletó tres cuartas partes en una noche calurosa, de sudor pegoteado, olor a chela, tabaco y otras yerbas, con una fauna rockera donde pudimos ver camisetas que iban desde 31 Minutos, pasando por Mayhem, Bob Esponja, y cómo no, The Fall Of Troy.

Matar A Grax, formada en 2018, supo entregar un show de calidad, con una base rítmica pegadiza, desordenada cuando el caos lo demandaba, agresiva en su espiral de violencia, y sardónica la más de las veces, parodiando con maestría y originalidad esa estética de cartoon animado, tipo Hora de Aventuras o Ren y Stimpy, pero pasada por varias camionadas de ácido y cuánta sustancia psicoactiva más.

«Vidrios» fue el arranque inicial, con ataques viscerales a la guitarra, obra y gracia de la dupla Salsa Verde y Salsa Roja, manteniendo esa cadencia al borde de la disonancia y el abismo, con un buen juego de baquetas propiciados por Sapo, al centro en los tarros, y dándole la cadencia frenética a las partes veloces, sumada a las bases más lentas en los momentos de calma.

Un show aparte fue la performance de Antikuak, quien rodeado de peluches y portando un gorrito tipo Finn, amenizó la velada lanzando al respetable inflables de patos gigantes, naves espaciales, donas y dinosaurios, y haciendo una feroz dupla con el hombre guagua (literal) Kuak, ambos, como el alfa y el omega, como el negativo y el positivo, oscilaron entre gritos, screamos desgarrados y fraseos limpios, siendo la muestra suprema de esta propuesta con el temazo «Comiendo Pájaros».

Las canciones de cierre fueron «El Bau$$ery «Santiago Hippie Mapocho Love»: los chicos se despidieron lanzando más inflables, y anunciando para un mes más un nuevo larga duración. A estar atentos. La gente los ovacionó, y con razón, porque supieron entregar rareza, energía y talento, sin desperdiciar ni un minuto, con una performance de altísimo nivel.

DELTA: CLASE MAGISTRAL DE PROG

Con un rugido de motores, fusionado con el arranque de un riff férreo y más duro que un martillazo de acero contra un muro de concreto, oímos los primeros compases de un clásico rescatado, «Crashbreaker», caracterizado por su formato pesado y machacante, con un bajo bien sacudido y percutivo, harto golpeteo en el traste y con una técnica aputamadrada que un inspirado Marco Sánchez llevó hasta el paroxismo, seis cuerdas vigorosas, secciones jazzísticas entre polirritmias, y presencia de groove atronador, hizo que se robara la película, sobre todo en la canción final, con esos slaps bien colocados en «Who I Am».

Los teclados de Nicolás Quinteros, arquitecto y cerebro de la banda se oyeron de manera discreta. La acústica del Cariola potenció los graves y los agudos, dejando en un segundo plano los tonos medios; no obstante, pudimos oír con claridad las escalas de «My Addictions», y el arranque dramático y cinematográfico de «At Last», interpretados con una pericia quirúrgica y un virtuosísimo poca veces oído y visto.

El trabajo en la guitarra de Víctor Quezada fue superior. Entró con precisión en las secciones rítmicas, y con mayor avidez y entrega en los solos, donde supo brillar con maestría, con barridos y ligados ultra veloces, otorgando el peso exacto, volumétrico, de los parajes melódicos de cada composición, casi con metrónomo, de los momentos más progresivos y volátiles de Delta.

La vocalista Paula Loza demostró su talento fuera de serie. Podría cantar rap, jazz pop, R&B o death metal, y de hecho lo hizo: sus tonos no se limitan al formato rock-metalero, oscilando entre agudos épicos y vozarrones con potencia sonora y vibrante: «The Great Dilemma» fue el tema perfecto donde pudimos oír sus múltiples registros, dejando en claro que no solo se sabe desplazar en el escenario con mucha teatralidad, sino que su voz se ha ido puliendo con la sabiduría de la experiencia y el resplandor del diamante. Diez de diez.

No puede quedar fuera de esta reseña el trabajo sólido del batero Andrés Rojas, ni pegado a las cajas, ni abusando del doble bombo, ni menos a los rides y crashs, otorgó la densidad de esqueleto de titanio que un estilo tan demandante, plástico y ecléctico como el progresivo de Delta pide en cada tema, intercalando ráfagas de metralla en los rítmicas duras, con una pegada firme y sobria en los parajes sonoros más introspectivos, con la concentración que demanda la polirritmia, sin desperdiciar su energía en golpeteos vanos.

THE FALL OF TROY AL ATAQUE

A las 22:00 pm exactos, arrancaron los primeros compases de «Laces Out, Dan!» Entre cabalgatas cojas destruidas por armónicos y secciones caóticas, el power trío estadounidense irrumpió con su entropía sónica, a punta de guturales desesperantes, líneas de bajo espásticas, y una batería epiléptica obra y gracia de Andrew Forsman, vistiendo la camiseta de Colo Colo, quien desde el primer minuto venció la resistencia del sonido, destruyendo con esos compases elaboradísimos en temas de tremendo filo como la eximia «Mouths Like Sidewinder Missles».

Quiero detenerme en el trabajo percusivo de Forsman. Porque si bien los quiebres y los acordes disonantes de la guitarra guían el proceso rítmico de The Fall Of Troy, el valor de Forsman en el escenario explica la dureza sincopada de la banda. Su batería es sencilla, un par de toms, un hi-hat, y además del bombo un ride y un crash: no es una batería ultra elaborada, pero sí lo es su técnica, tan fuera de otros registros sonoros como el rock o el pop de toda la vida, haciendo gala de una percusión hiperarticulada, fragmentando los pulsos y el ritmo. A ratos pareciera que es solo bulla, y claro, educados como estamos en los clásicos 4/4, el desplazamiento de mera rítmica a integrar la melodía de manera percusiva con la batería supone un desafío al oído, siempre acostumbrados a que la batería solo sea una base de fondo, nos cuesta asimilar que también puede pasar a la primera línea de choque.

Otra característica es su dinámica explosiva: además de fragmentar los compases clásicos, hay momentos en que el golpe seco y sin matices a la caja, forman parte del arsenal estruendoso del estilo, más cercano a la desafinación y al grito que a la melodía pura. «Rockstar Nailbomb!» Por ejemplo, desató la furia del respetable, entremedio de un mosh pit tan violento como armónico. El rol del bajista Tim Ward, un bajo acerado con púa, intensificó y guio el proceso caótico, entre riffs rápidos y desarmados y solos de guitarra que se salían de cualquier escala conocida.

«Chapter I: Introverting Dimensions» mostró el lado más post-rocker y experimental de la banda. Hay que recalcar que gran parte del show se fue por delante gracias a la garra y el empuje de los músicos, quien sin necesidad de escenografías, y con golpes de luces discretos, llevaron adelante un live crudo, con una energía desplegada que solemos ver en otros estilos, como el thrash o el power metal.

Pero donde realmente se revela la naturaleza de The Fall of Troy fue en la sensación de peligro permanente que flotó sobre cada canción. Sin comodidad ni concesión: las guitarras de Thomas Erak avanzaron como una máquina que masticó riffs imposibles, escupiendo armónicos histéricos y acordes torcidos mientras el bajo de Tim Ward funcionó como un cable de alta tensión vibrando al borde del cortocircuito.

En medio de ese caos organizado, la batería de Andrew Forsman trabajó como el verdadero arquitecto del derrumbe: cada quiebre, cada síncopa imposible y cada ráfaga de caja convirtió el escenario en una especie de laboratorio donde el hardcore, el math rock y la demencia rítmica colisionaron sin pedir permiso. No fue un concierto amable ni pulcro; fue una descarga nerviosa, una demostración de que la música extrema también puede ser inteligente, feroz y ridículamente precisa al mismo tiempo.

NOTA FINAL

Lo ocurrido en el Teatro Cariola fue, en el fondo, una pequeña radiografía del rock contemporáneo: tres bandas muy distintas que comparten una misma pulsión por romper moldes. Desde el delirio cartoon ácido de Matar a Grax, pasando por el virtuosismo quirúrgico de Delta, hasta la demolición matemática de The Fall of Troy, la noche se transformó en una celebración de la disonancia, el riesgo y la técnica sin anestesia. No hubo hits radiales ni poses prefabricadas: hubo sudor, ruido, riffs retorcidos y músicos tocando como si cada compás fuera el último. Y en tiempos donde buena parte del rock vive domesticado por algoritmos y playlists, ver un escenario convertido en un campo de batalla sonoro sigue siendo, simple y llanamente, un acto de resistencia. Y Sonidos Ocultos ahí estuvo para testimoniar.

 

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