Por Pablo Rumel
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
El Teatro Cariola se convirtió en un campo de batalla donde el metal extremo desplegó todas sus caras: el death primitivo y áspero de Cancer, la oscuridad incendiaria del black de 1349 y, como broche devastador, la precisión progresiva y letal de Pestilence. Tres estilos distintos, tres formas de entender la brutalidad, adicionándole su condimento con el binomio nacional compuesto por Nox Terror y Abbathor, entrelazándose un combo musical festivalero extremo que no dio respiro, dejando en claro por qué estas bandas son pilares indiscutibles de la escena.
Eran las 15:45 y con puntualidad a la chilena es que el cuarteto santiaguino de Nox Terror salió a escena ante muy poca gente, unas 40 personas al ojo, situación que no mermo el entusiasmo de la banda que entregó un show redondo y potente sonando de gran forma y presentando un show de nivel internacional. No tenemos dudas de que este grupo dará que hablar en el presente y el futuro del black metal nacional. Con 6 temas la banda dejó en claro que están para participar de más jornadas de este nivel y presentó los ánimos bastante arriba para la posterior presentación de Abbathor (18:40). Agrupación que ya contaba con el triple de personas que su antecesor y que nos entregó una escenografía bastante parafernálica, dos telones (Uno a cada lado) y dos cabezas de chancho con dos cabeza de cabra también apostadas en el escenario del Teatro Cariola que después terminaría en la mano de uno de los presentes del público. Gran interpretación y agresividad donde destacaron los temas «Blasfemia Destination» y «Ancient Pagan».
Cancer Fucking Cancer
Promocionando su último disco Inverted World, el cuartero cancerígeno anglo-hispano abrió las puertas de la segunda parte internacional, a las 19:20 con «Enter the Gates», haciendo gala de un sonido que atronó los cimentos del Cariola. Entre ráfagas palm muteadas y variaciones cromáticas, la máquina sónica se despachó una seguidilla de nuevas canciones, todas crudas, con guitarras rasposas y arenosas, con un Gabriel Valcázar a torso desnudo, quien al mando de los tarros aporreó platillos, caja y toms, acelerando a doble bombo en las secciones violentas, y haciendo un elegante juego de variaciones y quiebres entre las progresiones violentas y densas que aportó Cancer en cada canción.
El público escuchó la nueva propuesta artística, mejor ecualizada que sus primeros discos, pero cuando sonaron los primeros riffs de «Into the Acid» del brutal y mítico To the Gory End, se formó un mosh pit al medio de la cancha: treinta y cinco años no pasan en vano, y ahí mismo se experimentó el peso metálico de la tradición. Llegó una nueva descarga con «Tasteless Incest» del otro celebrado disco Death Shall Rise, un aluvión de patadas y combos en pura buena onda acompañaron el fraseo vocal tortuoso y rabioso del big boss, John Walker, bombeando a su propia criatura con la metástasis necesaria para invadir el cuerpo de guitarras, llenas de ripio y afinaciones bajas, con un bajo de ultratumba empuñado por el español Daniel Maganto, que se sacó una polera del último disco de Innana, baluarte nacional que lamentablemente ha dejado las pistas hace unos pocos días, gesto que termina de confirmar que la música sobrevive a bandas y músicos, por siempre en la fraternidad deathmetalera.
El listado musical gravitó en torno a los clásicos y los últimos discos; «Ballcutter» y «Garrotte» fueron los actos del Shadow Gripped, terminando con la coreada «C.F.C» o buen en chileno, cáncer y la conchadesumadre, y «Death Shall Rise», porque así no más, la muerte prevalecerá, querámoslo o no.
Los Cancer sonaron durante una hora como navaja recién afilada, entre riffs cortantes y paredes sónicas bestiales que solidificaron el ambiente, con unos guturales clásicos y breves, sin complicaciones ni adornos, con una puesta en escena sencilla y libre de parafernalia, sin pistas de fondo ni recursos adicionales, pues como sabe el viejo banger, el death metal no necesita de parafernalia ni ambientaciones especiales para ejecutar su sonido.
1349: el año en que la peste negra asoló Noruega
Lo que sí necesita de ambientaciones especiales y una puesta escena diferente es el black metal, y 1349 desde el minuto uno jugó sus cartas aportando la teatralidad que su propuesta pedía a gritos… o mejor dicho, aullidos. Con una espesa neblina y unos synths de frecuencias bajísimas, quizá apenas audibles para el oído humano, aparecieron dos figuras espectrales, quien antorcha en mano escupieron fuego anunciando la venida del pandemónium.
Alabando al demonio y odiando a toda la humanidad, fuimos testigos de hipnóticos y destemplados murallones sónicos de metrallas de acordes, oscilando entre la clásica «Riders of The Apocalypse» con la que arrancaron el macabro espectáculo, y la novísima «Ash Of Ages» de su último disco The Wolf And The King: el black de 1349 recoge las estructuras clásicas y crudas del género, con secciones de puro blast beat y largas líneas de tremolo picking, pero se aventura también con riffs entrecortados cercanos al thrash y figuras espiraladas del death metal sueco, con ciertos ramalazos incluso de la NWOBHM.
El gran baluarte de la banda fue la voz cruda e inhumana de un enorme OIav Bergene mejor conocido como Ravn (cuervo en nórdico), quien vocalizó aullidos, voces de ultratumba, agudos quemantes como calderas del infierno, entregando toda la variación infernal de voces que 1349 demandó en el escenario, entre cortinas de humo, luces azules que simulaban el frío polar, y tonos carmesíes, rojos como el fuego y la sangre.
El último disco fue el que prevaleció con más canciones en el setlist, con «Inferior Pathways», «The God Devourer» y «Shadow Point» a la cabeza, pero también la banda repasó temas de sus primeros discos como la epiléptica y demoníaca «I Am Abomination del Hellfire», o «Atomic Chapel» del Demonoir.
La figura del baterista Frost tuvimos que adivinarla, pues entre la oscuridad reinante y la bruma del escenario apenas pudimos verlo, pero su desempeño golpeando los tarros fue impecable, llevando al tope sus reservas energéticas para recrear ese sonido de dimensiones imposibles, esas en las que seres del averno conviven con lobos entre universos colapsados de nieve y fuego.
El trabajo de Archaon fue intenso: al mando de las seis cuerdas aportó las capas pesadas de este crudo black, incluso dibujó algunos solos breves, adornando con más malicia la metralla hipnótica que pudimos todos oír, con un público que pasó del trance reforzado por luces estroboscópicas, a moshear a toda máquina las rítmicas más brutales y cavernarias que 1349 desató en el escenario. Seidemann, con su hacha de batalla de cuatro cuerdas, entregó el peso distorsivo de la bestia infernal, sin grandes aspavientos ni momentos intrincados, concentrándose en la velocidad y la rítmica.
Tras el cáncer y la peste: ¡la pestilencia!
Ya casi siendo las 22:40, Mameli, como buen líder, salió a probar los instrumentos, sin glamour ni cortinas, calibró y afinó cada cuerda, con la finalidad de brindar un show de primera mano, que tuvo sus inconvenientes con la voz, la cual sea dicho de paso, apenas se pudo distinguir de la distorsión reinante, pero que mejoró en cada tema hasta llegar a la ecualización de excelencia.
Con una moldura progresiva y de correaje duro y metálico, «Morbvs Propagationem»se elevó como un conjuro pesadillesco en un mundo poblado por Antiguos y humanoides, marcando el inicio de una noche memorable que para los presentes será recordada hasta el último de sus días.
La primera reacción violenta del respetable se consumó con «Deshydrated» y todo el catálogo patológico del primerísimo Consuming Impulse: puñetazo tras puñetazo, tuvimos que aferrarnos con fuerzas a lo que fuera con tal de no salir despedidos con un setlist mortífero que acuñó clásicos como «Chronic Infection» y la cavernosa «Out of The Body»; se extrañó alguna canción de los discos Malleus Maleficarum y del Spheres, pero Pestilence tuvo la sabiduría de concentrar sus temas de su etapa clásica, sumando hitazos del incombustible LP Testimony of Ancientes, con trallazos de la talla del «Prophetic Revelations» y «Land of Fears», tema con el que cerraron su jornada.
Mameli lo hizo todo: capitaneó al equipo, eligió la pelota, pateó el córner y metió el gol de cabeza. Su voz destemplada y desesperada, entre gritos agudos y guturales arrastrados, repasó los grandes tópicos del death incivilizado y grotesco, y nos llevó a las alturas del death metal progresivo, mezcla de materia orgánica y cibernética, con solos atonales y disonantes, estructuras pegadizas y galopeadas, y brutales líneas creadas expresamente para que sus semejantes saltaran y corearan los clásicos como buena barra brava.
El baterista Michiel van der Plicht se oyó algo rígido al comienzo, medio complicado entre las bataholas rítmicas que demandaba Pestilence, pero tras un cuarto de hora lo pudimos oír más distendido y suelto de cuerpo; Roel Käller estuvo fenomenal, y sus cuatro cuerdas fueron audibles y disfrutables a tope. Como buen bajista deathmetalero, nos regaló fills y figuras complejas, así como también rítmicas atronadoras y poderosas. Max Blok, a la guitarra rítmica, cumplió cabalmente con su trabajo, aunque su accionar fue más discreto, poniendo mayor foco en las partes rítmicas donde Mameli entregó sus solos endiablados y rapidísimos.
Al final, lo vivido en el Cariola tuvo una lógica implacable: Cancer encendió la mecha con su death crudo y sin adornos, 1349 llevó la negrura al paroxismo con su teatralidad de fuego y hielo, pero fue Pestilence quien coronó la velada, condensando en un solo acto la brutalidad, la técnica y la historia del género. Mameli y los suyos no solo repasaron un repertorio que marcó a generaciones, sino que demostraron por qué su nombre sigue siendo sinónimo de evolución dentro del death metal. Tras el cáncer y la peste, lo que quedó fue la pestilencia: un estallido sonoro que convirtió el teatro en catacumba, donde los riffs, las voces y los cuerpos se fundieron en una comunión extrema que selló la jornada como un ritual imborrable en la memoria de todos los presentes.
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