Por Claudio Miranda
Fotos Rubén Garate @brutal_pebre_
Para las formalidades periodísticas en instancias de análisis, sería lo correcto -y obvio- referirnos a Triptykon como una secuela de Celtic Frost, algo que su propio líder y fundador ha admitido sin rodeos. No suena tan descabellado si reparamos en los rasgos distintivos Eparistera Daimones (2010) y Melana Chasmata (2014) comparten con Monotheist (2006), el capítulo final en la saga discográfica del proyecto más exitoso que haya liderado Tom G. Warrior. La realidad, y esto sin desmerecer la apreciación anterior, es que Warrior, un artista que se debe solamente a su propia voluntad fuera del mercadeo habitual del circuito de giras, siempre decantó sus inclinaciones musicales por el riff ‘sabbáthico’, el acorde monolítico con neblina de perversión.
Tanto como continuar el legado de una banda legendaria, la naturaleza de Triptykon se arraiga en el doom metal de personalidad atrapante, con sonido denso y desarrollo cinematográfico. Donde en otros estilos la velocidad con precisión de conservatorio o la brutalidad cavernaria funcionan como zona segura, acá predomina la convicción de la atmósfera y la transmisión de emociones genuinas. Es el expresionismo puro lo que Tom G. Warrior ha abrazado durante más de cuatro décadas de carrera, y el acento que le imprime Triptykon a la búsqueda por sobre el triunfo es una característica propia de quienes saben trabajar en silencio. De ahí es que cuando se habla de la lentitud extrema como una incursión para valientes, es una constatación de hacia dónde una inmensa minoría se dirige respecto a otros estilos donde es fácil encandilarse con las bondades de la tecnología o el truco de habilidad técnica bajo la manga.
A eso de las 19:30, y en un teatro Cariola a 1/4 de su capacidad a esas horas -ojo!, y eso que fue un lunes feriado-, el death metal de Meridion le dio el ‘vamos’ a una jornada dedicada 100% al metal extremo desde el impulso y en su cara más tenebrosa. Una rúbrica que evoca la mitología oscura del sur del mundo, extendiendo una atmósfera tan propia como su narrativa. En un muestrario que incluye piezas del calibre de «Calafate», «Selknam Cry», «Stone of the Desert» y «Behold Man from Monteverde» -la intro con trutruca en mano, multiplicando los caminos en un mismo espacio-, se levanta en vivo un metal donde el gruñido de las cavernas de nuestro sur retumba sin discusión.
La simbiosis entre la guitarra y los teclados potencia dicha atmósfera de penumbra, lo que nos permite apreciar de cuerpo completo el funcionamiento de una banda que nos sumerge durante media hora en su propia cosmovisión. Por lejos, Meridion puede jactarse de su originalidad y, a la vez, preservar la coherencia del estilo en su vena más primitiva. Como tiene que ser.
Cultores de un death metal arraigado en el underground más radical, Unaussprechlichen Kulten despliega todo su imaginario de horror cósmico en una ejecución al hueso. Su estilo inconfundible, ya dominado tras más de un cuarto de siglo de recorrido, nos hunde en su propia imaginería de caos y abominación, ahí donde el culto a lo innombrable termina por barrer con todo rastro de cordura. «Wake Up in Walpurgisnacht», «Cultes des Goules», «Our Almighty Chthonic Lords» y «Seven Cryptical Books of Hsan», una por una desenrollan el horror lovecraftiano que estos hoy cuatro señores, con Joseph Curwen a la cabeza, exponen a un público que abraza los valores del género como un ritual de invocación prohibida.
Es necesario remarcar la dedicación que Unaussprechlichen Kulten le imprime a lo que hacen, pues cuando hablamos de de músicos metaleros desde la vena, aquello se traduce en el hedor espeluznante que sus armonías destilan en vivo. Nada de aparatajes ni palabras de cortesía barata al público, solamente a lo que van con lo que se han ganado un sitial de honor como nombre bisagra en el death metal nacional. Y eso, por mucho que a una mayoría le parezca extraño, quienes sabemos de dónde viene el metal lo vemos como un distintivo natural.
Tras un fin de semana dedicado al homenaje, Tom G. Warrior ahora se enfoca en el presente. La empezada con «Goetia» basta para envolvernos en los misterios de una propuesta que no concede nada ajeno a su integridad. Como lo hace en Eparistera Daimones, es la primera estación en un viaje de altas turbulencias, Triptykon despliega su trance monolítico, donde la paleta de colores ejerce su servicio a la lentitud y el espesor. Obedeciendo al principio del doom como expresión anímica, tanto en el arranque como en las siguiente «Abyss Within My Soul» y «Tree of Suffocating Souls « se manifiesta un espectáculo quizás sobrio para la vista, pero con un efecto purificador que termina haciendo bien a quienes buscamos algo allá bien abajo. Son esos momentos donde la destreza instrumental que Tom G Warrior, el guitarrista V. Santura y la bajista Vanja Slajh relucen como un todo, nos deja arrodillados. Completando el cuadro, Hannes Grossmann en batería imprime en cada golpe una fuerza descomunal que va de la mano con la solidez requerida en un género que no se ampara en nada ajeno a sus ideales.
Lo que parece un regalo para los fans de Celtic Frost, «Dawn of Megiddo» en realidad encaja perfectamente con la narrativa que Tom G. Warrior ha extendido de la mano de Triptykon. Qué decir de «A Dying God Coming Into Human Flesh», con Warrior exprimiendo su voz de ultratumba como sacerdote druida en llena misa negra, en algún instante traspapelándose con la de Jaz Coleman. Referencias más o menos, basta con dicha sección para dejar satisfechos a quienes saben de antemano que Tom G. Warrior, más allá de la huella grabada al frente de Hellhammer y los propios Celtic Frost, es un alquimista que se da el tiempo necesario para que el repertorio cunda con el sabor y aroma deseados. Siempre a fuego lento, pues así se cocina el mejor plato.
Puede que en cantidad se haga poco un repertorio con 8 canciones. En minutaje, la cadencia de «Aurorae» nos mantiene tensos y, a la vez, conectados en una misma poesía desoladora. Y para el cierre, los casi 20 minutos de «The Prolonging» nos sumen casi a la fuerza en una caminata de introspección, no muy distinto a la agonía más dolorosa. Y es que, como dice el título, hay una prolongación de la huella dactilar de Tom G. Warrior hacia la exigencia más extrema. No extraña, por cierto, la complicada digestión que requiere Triptykon dentro y fuera del metal. Más bien, responde al ideal que Warrior profesa como un practicante de las viejas formas, donde la distopía biomecánica en la producción visual de H.R. Giger reverbera con la misma intensidad que el sonido agobiante y grandilocuente de Triptykon.
Al cierre, no sabemos si habrá un próximo cara a cara con Tom G. Warrior. No al menos como los tres días recién pasados, cada uno dedicado a un capítulo dentro de una trayectoria incorruptible. De haber una próxima visita, ¿cuántos estarán dispuestos aún a ahondar su excursión hasta llegar al lugar donde las almas sucumben por ahogamiento y falta de luz? La respuesta está en quienes se dejan hundir en aguas oscuras mientras nosotros encontramos la luz más brillante.
Este artículo ha sido visitado 53 veces, de las cuales 1 han sido hoy