Por Pablo Rumel.
Cabrío enciende la mecha del metal con “Blueprint of God”: furia técnica y atmósferas oscuras por doquier
Con Blueprint of God, Cabrío firma su obra más ambiciosa y completa hasta la fecha. Este segundo larga duración no solo mantiene el filo thrashero que los ha caracterizado desde su origen, sino que lo expande con inteligencia hacia terrenos más oscuros y atmosféricos, incorporando elementos del death, el groove, el metalcore e incluso la música gótica. La banda chilena construye un universo sonoro donde cada tema aporta un matiz distinto, sin perder nunca el pulso metálico ni el músculo compositivo. Aquí no hay lugar para el relleno: todo es tensión, potencia y precisión quirúrgica.
ANALIZANDO LA FURIA
«Resurrected» es la pieza de apertura, la cual arranca con unos synths que evocan el espacio exterior y lo tenebroso, con alarmas de peligro incluidas: puro dark wave ochentero, deshecho antes del minuto con power chords y una batería que va machacando con la caja las notas iniciales. Oímos un bajo profundo que cimenta la moldura metálica de este edificio, cargado al crossover y a los cánticos barriales, salpicado de quiebres con vocación atmosférica. La voz de Andrés se amolda a la perfección a la música, moviéndose entre notas medias a altas, con un estilo aceitado y rabioso que combina el grito aguerrido con la raspadura vocálica. Recién en los últimos compases las marchas se aceleran.
Y con «They live» identificamos plenamente el arranque thrashero por excelencia: ataque de guitarras vertiginosas y base rítmica machacante. La voz, desnuda y con menos coros, se acopla mejor a la velocidad sónica. Breves intervalos de riffs entrecortados potencian la propuesta, abriéndose a secciones más bangereables. El quiebre de los 2 minutos 10 segundos es de antología, la guitarra afilada atravesando de izquierda a derecha es realmente épica.
Si la canción anterior está inspirada en el film de Carpenter (¡vean esa joya!), las tintas se cargan a Lovecraft con «The music of Erich Zann»: violines y cuerdas orquestadas recrean esa música imposible que tan bien describiera el recluso de Providence, una música más maldita que Paganini, creada gracias a la intervención de artes malignas. La música de cámara se destruye para dar paso a las primeras descargas: Cabrío toca sin apuro, desarrolla las canciones apostando por medios tiempos y figuras sincopadas, seguida de solos con notas sostenidas y escalas rápidas. La línea es más deathmetalera, con riffs que van a medio caballo entre la aceleración y momentos espaciados. El fraseo lírico recuerda a los viejos Criminal, con un desarrollo vocal que no se limita a growls y gritos, quedando patente que el rango vocal de Andrés es superior a la media. La sección final es totalmente metalcoresca, cerrando con broche de oro a uno de los cortes más jugados del disco.
Llegamos a «Blueprint of God»: acordes arpegiados con guitarras levemente overdriveadas, sumado a un gruñido de ultratumba. La arquitectura de la canción se despliega a través de arpegios que se van ensuciando y una guitarra solista que oficia de puente entre las secciones. El tema oculta muchos secretos, que solo se revelan tras varias escuchas, como por ejemplo los coros entrelazados y contrapuntísticos, barroquizando más la hechura de la canción. El control rítmico de Rod Leiva en la batería es fuera de serie, con cierres y aperturas sincronizadas, el bajo manejado por Mauricio Peña se escapa de las líneas generales con figuras serpenteadas casi como si estuviera en una jam session. En el tramo final emergen los tiempos veloces a puro tuca-tuca, aceitados con solos de guitarra endiablados.
«Nine», cuarto tema, es el más corto de la placa, se inicia calmo, con cuerdas levemente distorsionadas, para dar arranque a un tema thrash en toda regla: palmuteos frenéticos, galopas entrecortadas, coros combativos y riffs cromáticos ejecutados a toda velocidad, vamos, música tribal para salir a moshear con toda la autoridad del mundo.
«The Q Equation» va por una línea similar, sin adornos, directo al cráneo como un mazazo, oímos compases machacantes, y un par de armónicos naturales que ofician de portal entre la velocidad y el caos organizado. La voz de Andrés crece en complejidad, se le oye fresca y agresiva, oscilando entre tonos medios limpios y agudos furiosos, contrastado con guturales. Las guitarras se mandan un dueto impecable, intercalando ráfagas de metralla con interludios limpios y arpegiados. El bajo no se limita a dibujar líneas simples, regalándonos profundidad en las secciones ralentizadas.
«The Bitterest Wine» es otra pieza distintiva, arrancando con acordes abiertos que rememoran a los clásicos del death y el doom, blindados por una base rítmica que no teme acelerar a doble bombo en las partes más lentas. Estamos ante una canción que rítmicamente se decanta por tiempos medios, creando un contrapunto exquisito. Cabrío se despega aquí de las hechuras clásicas del thrash, tomando distancia de la propuesta general del disco y encajando mejor con «2021», canción con líricas en español, de atmosferas oscuras (lluvia incluida), secciones Groove que agregan sintetizadores a los coros, o «Drowning in My Own Fears», pieza cien por ciento gótica, con la inclusión de la maestrísima Anneke van Giersbergen (ex The Gathering), con un desarrollo más cercano a la power ballad sombría.
«The Flock» es otro punto alto en esta cima metalera. Una vez más, el batero demuestra dominio impecable en su técnica; las secciones aceleradas se quiebran con acordes golpeados para retomar la velocidad con riffs repletos de adornos y cambios en las velocidades, un torbellino milimétricamente planificado creado por un taumaturgo de las tinieblas: no hay azar ni inspiración súbita, es la sabiduría impresa en estos viejos cracks, veteranos que, digámoslo ya, han batallado en las viejas trincheras del metal comandando en el pasado a Necrosis, Kingdom of Hate . Estamos ante un sonido creado por músicos experimentados que no nace de la improvisación, que siguen portando bien en alto la explosiva dinamita del metal, con la mecha encendida y a punto de estallar.
Y hablando de guerra, «Biowar» probablemente sea la pieza maestra en su línea trhasher tradicional, con carniceros slaps de bajo a la entrada, asaltos frontales de riffs frenéticos, y la batería sonando como ráfagas de plomo ardiente, aceitando la maquinaria bestial en cada nota. Cabrío toca veloz, pero sin apuro: son veloces, pero no van a lo loco tratando de llegar del punto A al B sin más; entremedio crean caminos y puentes que luego dinamitan, avanzando con la carrocería pesada en una carrera de tres minutos y veintiún segundos, los más violentos de todo el disco.
«Hidden Under The Ice» va casi al cierre, con la vocación destructiva de la banda a tope, apostando por velocidades de metralla adosadas con capas de acordes deslizados por el diapasón de las seis cuerdas, reforzando esa sensación de frialdad que comunica la pieza. A la mitad se dan el lujo de abandonar la velocidad ejecutando secciones arpegiadas condimentadas con un bajo más profundo. El juego de guitarras solistas, obra y gracia de los señores Vicente Baeza y Alberto Arenas (Sikario), nos recuerdan a los Megadeth del Rust In Peace, con un cierre rítmico calculado, progresando con acordes ascendentes y descendentes, con un ataque de púas demoledor, pura precisión y galope desbocado.
La andadura termina con «Fall and Pray». Es verdad que el disco es largo y se empina casi a los sesenta minutos, pero la duración no termina siendo un problema, monotonía es una palabra que no existe en esta placa. La canción final es una suerte de sumatoria, hay quiebres, cambios en velocidades y acordes atacados con precisión y actitud moshera. Gran síntesis para este viaje oscuro creado por los Cabrío.
CONCLUSIÓN
Blueprint of God es un disco que transpira experiencia, pero también hambre creativa. Cabrío no repite fórmulas ni se duerme en los laureles de su pasado, sino que moldea un sonido que mira al futuro con respeto por la tradición. El resultado es una placa compleja, variada y explosiva, con momentos memorables que invitan a múltiples escuchas. Con esta entrega, Cabrío se consolida como una de las bandas más sólidas y propositivas del metal sudamericano actual.
Este artículo ha sido visitado 224 veces, de las cuales 1 han sido hoy