Crisálida «Niños Dioses»
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Escrito por: Equipo SO

Por Pablo Rumel.

“Niños dioses”: el estremecedor disco chileno que canta a los sacrificios incaicos y al alma humana

Pocas veces la música chilena se atreve a dialogar con los ecos ancestrales del continente con tanta profundidad como Crisálida en su disco Niños Dioses. A través de una fusión entre rock progresivo, metal atmosférico y sonidos andinos, el grupo construye una obra desgarradora y mística, inspirada en los rituales de sacrificio infantil del imperio incaico.

No se queda en el dato histórico: este viaje sonoro explora también el alma, el destino, la trascendencia, el dolor y la luz, conectando las cumbres nevadas del pasado con las preguntas existenciales del presente. ¿Qué significa morir por algo más grande? ¿Qué es soñar, en un mundo sin dioses? ¿Y qué revelan los versos de estos niños cantores desde lo alto del cerro?

Este disco no solo se escucha: se contempla, se sufre y se recuerda. La canción que abre el trabajo, «El Niño de El Plomo» se relaciona con los restos momificados de un niño inca, encontrado en 1954 en el Cerro El Plomo, considerado como la momia más austral del antiguo imperio inca. El contexto histórico corresponde a un sacrificio realizado en la capac cocha, una ceremonia en la que un grupo de niños, de entre seis y doce años, los más bellos, eran entregados como ofrenda, ya sea al emperador, al señor sol, o a la luna.

La composición musical utiliza vientos, para simbolizar la presencia andina, y su tono es melancólico, pero con componentes que se relacionan con el sufrimiento y el dolor enlazado a lo cósmico y ancestral: “Cuando duermas en los cerros ¿Dime cómo es? / Dime que no es verdad”.

La dulce muerte, emparentada con el sueño, tiene su contexto en que el sacrificio no era violento; los niños eran drogados con bebidas alcohólicas a base de maíz y depositados en el cerro, donde morían de hipotermia. El sentido del ritual era otorgarle sentido al mundo, pues para el inca, solo lo conocido y dentro de sus tierras era el orden y lo armonioso, y todo lo que estaba fuera era la entropía y el caos, lo inentendible y amenazante, que debía ser armonizado con el centro espiritual que los mantenía cohesionados.

En la canción «Destino» se aborda el tema de la muerte desde una perspectiva metafísica y trascendental: la pregunta por el ser está arraigada a nuestro final. Se postula la existencia de un alma y de un cielo. ¿Existe un designio divino? La noción del destino, independiente de la cultura o pueblo, conlleva una noción de sobrenaturalidad, ya sea como una voluntad de los Dioses, como explica Homero con Las Moiras en La Ilíada, o en el cristianismo con el calvinismo, donde se postula que el ser humano está predestinado por Dios, ya desde su concepción.

“Dicen que no habrá sentidos/ Que me aparten del camino/ Y ya no habrá dolor”. Estos versos guardan dentro de sí significados ambivalentes, siendo la palabra “sentidos” la clave. Puede referirse a los sentidos humanos, como el oído, el tacto, una pérdida de ellos, pero también a un sentido que simbolice un significado, llegar a un punto o a una meta por una finalidad. La carencia de sentidos también puede hacer referencia a la pérdida de toda brújula, no hay marcas en el camino, pero en esa misma desorientación se vislumbra un camino, y al fin de ese viaje el dolor cesará. Expresiones como “descansa en paz”, o “pasó a mejor vida”, son elocuentes, y bien sabemos que estar vivos implica dolor físico y espiritual de manera ineludible.

Estos tres versos finales revelan un significado mayor: “Se me vuelve el latido en mil/ Cuando pienso solo en ti /Y por mi pueblo debo rogar”. En efecto, se conectan con la canción anterior, y precisamente podrían reflejar a los últimos pensamientos de los niños ofrendados. Se está realizando el acto para un bien común, una ofrenda divina.

«La niña del volcán» o «Juanita» (también conocida como «Doncella de Hielo Inca«) es una momia inca de una niña que se cree fue sacrificada en un ritual. Fue descubierta en 1995 en la cumbre del volcán Ampato en Perú. Se estima que murió entre 1440 y 1480, y tenía entre 12 y 15 años. En «Volcano (La Niña del Volcán)» oíamos en la primera estrofa que se explica cómo fue la muerte de la menor: “Justo aquí /Donde mis pies van a dormir/ En la frialdad del viento en blanco andar”. En efecto, fue encontrada a seis mil metros de altura, y debido al frío y a los hielos logró conservarse en muy buen estado, de ahí que se utilice la metáfora de la “luna azul”, implica la femenino, por oposición al sol (aunque esto se puede matizar, pues hay culturas en las que la luna es masculina y el sol femenino), y el azul por el frío, lo gélido, que significó el ritual que terminó con su existencia: el frío polar, el sur de Los Andes, las cimas nevadas, el blanco de las cordilleras, conceptualmente representan nuestro lugar en el universo que denotan la conexión espiritual que existía en estas tierras.

«Si Digo Adiós» explora desde un ángulo dramático el significado trascendental del sacrificio. En términos metafóricos, implica todo lo que debemos abandonar en pos de un camino o una meta. Recordemos que sacrificio viene de sacrificium, sacrum, sagrado, facere, hacer, “hacer lo sagrado”, es decir, el que se está sacrificando lo hace en pos de algo que lo sobrepasa, que deslinda la misma idea del yo o del sujeto, y lo enlaza a algo superior.

“Si tú me ves, sonriendo al sol desde aquí, sabrás que soy, yo ya no vuelvo.” Leído así puede parecer irónico, no obstante, en la interpretación de Cinthia Santibáñez queda patente el desgarro y el dolor, su voz se quiebra, y una vez más se postula la creencia en un más allá que tiene ecos en un más acá; de la normalidad al heroísmo hay un enorme paso, pues implica valor y decisión, pero del heroísmo a la santidad del mártir hay una cumbre infinita: el que se entrega, el que muere por algo más grande no queda en el olvido, su cuerpo fallece pero la eternidad de sus gestos y de su presencia permanece. El adiós es definitivo, no es un hasta pronto, un “chao”, implica un cierre, un término de un proceso.

“Porque voy al sur del sur a encontrar y a ser luz” está entre los versos iniciales de «Küntur», que en quechua y en aymara significa “cóndor”. El cóndor es una figura importante en la cosmovisión andina, representando la conexión entre el mundo terrenal y el mundo celestial. Los incas, por ejemplo, creían que el cóndor era inmortal y representaba el Hanan Pacha, el mundo de arriba. El sur no es el patio trasero de ninguna potencia, es un sur que marca la huella, que representa el espacio geográfico, pero también el espacio interior. Ya los egipcios y los griegos pensaban en el sur como un lugar de misterios, o sobrenatural; en las cosmovisiones andina, el sur en efecto se asocia con la transformación: no se va de un lado a otro como un turista o alguien que simple y llanamente va de paso, se va un punto preciso: “porque es mi hogar, el sueño que soñé” implica la circularidad, el retorno al retorno, el sur del sur, el sueño soñado.

«En La vida no basta» se habla de la desesperación: la interpretación es agresiva, con cambios violentos en las marchas: “En sueño ya no estás, del fruto eterno vivirás, un susurro y al viento irás cantando tus miedos” Estos versos sugieren la transformación espiritual de un ser que ha dejado atrás el mundo terrenal («en sueño ya no estás») para integrarse en una existencia eterna y sagrada («del fruto eterno vivirás»). La imagen del «susurro» que se disuelve en el viento representa la liberación del alma, ahora parte de la naturaleza, libre y sutil. Al «cantar sus miedos», el sujeto no solo enfrenta sus temores, sino que los convierte en expresión, dando sentido a su tránsito terrenal.

«Irás al sol» ahonda profundamente en uno de los símbolos más ricos y polivalentes de la humanidad, el astro rey. Si no es un dios o una diosa, el sol siempre representa la manifestación de una divinidad, como fuente de luz, de calor y de vida. Para los incas el sol era Inti, el principal Dios, padre de los incas y divinidad tutelar del imperio: cosechas, vida, muerte, iluminación, lo es todo. «Irás al sol» reúne en fragmentos las historias de los niños sacrificados, está la imagen del volcán y de la respiración, y a su vez el fin, la entrada al paraíso, hacia un lugar absoluto.

En «Respira» se hacen preguntas, ninguna baladí: “¿cuándo fue la última vez en que vi todo al revés? ¿Cuándo fue que te sentí tan al fondo de mi corazón?/ ¿Cuándo soñé con los cielos la última vez?“. De forma sutil es una invitación a cuestionarnos esa vida mecanizada y descolorida que implica abandonar lo lúdico (mirando las cosas al revés, como los niños), o sentir de forma inocente, sin ningún interés creado, como el abrazo entre la madre y el recién nacido, o el beso de los amantes. El significado de los Niños Dioses queda más abierto; no es solo la historia de niños entregados a un sacrificio, sino que se relaciona con la pureza, como si esa fuera la clave, niños que iluminan y abren caminos, niños valientes que sueñan y que permiten conectarnos con lo más oscuro: el niño interno, qué duda cabe.

«Niños Dioses» es el tema que cierra el álbum. La figura del oro como moneda de intercambio es puesto en duda, hay más cosas que podemos esperar, y el sueño, con toda su profundidad, es el puente, o el camino, que conducirá al soñador de un lado a otro. El sueño, en nuestro mundo sin dioses y desacralizado, no tiene más que una importancia clínica (se habla de la higiene del sueño), pero los antiguos, de todas las épocas, levantaron templos donde se iba a orar y también a dormir, pues los soñadores buscaban que algún dios -como el dios Mamu con su templo erigido en Balawat- les entregara un sueño propicio que les diera sentido a sus vidas.

En la cosmovisión incaica, el sueño se consideraba una forma de comunicación entre el mundo de los vivos y el de los espíritus. Se creía que los sueños podían ser revelaciones divinas, pronósticos o mensajes de los ancestros. Los sueños eran vistos como una forma de conectar con el mundo espiritual y recibir revelaciones de las deidades, especialmente Inti. En el último tramo se explica de manera definitiva el contenido conceptual del disco: los niños dioses eran niños entregados por un acto de amor, no eran tratados como objetos ni maltratados, sino que eran criados con ese fin, como dioses, como acto final para restituir la armonía al universo.

 

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