Por Pablo Rumel.
Fotos Producción.
La Blondie fue, una vez más, el escenario perfecto que fusionó death metal técnico de la vieja guarda con la imaginería hermética en un mismo pulso: vivimos la noche del jueves 15 de enero dos propuestas contrastadas, Imperial Triumphant y Cynic, quienes desfilaron con la seguridad de quienes conocen su propio linaje. Desde el primer apagón de luces, el recinto quedó atrapado en esa dialéctica entre seducción y sometimiento que marcó los gestos, las disonancias y las síncopas, en una fusión que estremeció y liberó energía a raudales.
LA LÓGICA DEL IMPERIO: SEDUCIR-SOMETER
Eran las 20:00 cuando las luces de la Blondie se apagaron y en la pantalla central vimos una caricatura en blanco y negro al compás de un anuncio de Smokes Goldstar cigarettes, un jingle cayéndose a pedazos entre una melodía fracturada y un coro que nos mandaba a consumir ese tabaco, aunque el mundo estuviera colapsando.
Tres figuras enmascaradas, con ese estilo art decó diabólico como salido de una pesadilla del Dark Souls o del Blasphemous, aterrizaron a la sala, y con el arpegio mugroso y moribundo de «Lexington Delirium», la trinidad tétrica nos introdujo a su atmosfera de pesadilla.
Todo saltó en pedazos con «Gomorrah Nouveaux», o mejor dicho, se inundó en un abismo venéreo, con unos Imperial que como ilustres embajadores, se tomaron el escenario por la fuerza, porque eso hacen los imperios, depredan, aniquilan y destruyen todo a su paso, entre la lujuria y el lujo.
El sonido se oyó balanceado, excelentemente ecualizado, con una batería crepitante que asaltó cada tema con la furia de un huracán, entre fills espásticos y golpes endemoniados a la caja, Kenny Grohowski, o la máscara que lo representa, estuvo reconcentrado, lanzando ráfagas a doble pedal, bajando las velocidades entre esos acordes abiertos y rasgados, castigando con crudeza los rides y los crashes, todo envuelto en una sinfonía macabra que centró su disonancia atonal en el trabajo de las cuerdas.
Steve Blanco, quien salió a escena con un vistoso bajo rojo, pasó de las convencionales líneas, a acordes disonantes, slaps atronadores, e incluso el puro aporreo, profanando a su instrumento como si fuera parte de un ritual surgido de una secta masónica-illuminati o de un grupo de facinerosos que controlan al imperio desde las sombras. Pura ficción. Claro.
Finalizando la interpretación de la epiléptica «Hotel Spynhx», entre imágenes del clásico film de Kubrick, Barry Lindon, Zachary Ezrin batió la botella de un espumante, y sellando esa homilía llena de referencias herméticas y más negras que la cueva del lobo, la destapó frente al respetable, mandando un champañazo antológico que sería la antesala de un nuevo ritual.
En «Eye of Mars» apreciamos en primerísimo primer plano la técnica desbordante de Zachary en la guitarra, entre palancazos de su trémolo, estirando las cuerdas con esa expresividad entre cada nota que ya es marca característica de los Imperial, sumado a los borbotones de una base jazzística, notas de piano atonales, y esos fraseos rápidos que impiden reconocer cualquier atisbo de riff convencional ¿pura bulla y ruido? Sí, pero amartillados a la fuerza sobre un friso reptante, que cual culebra asesina, nos muestra sus escamas y sus ojos inyectados en sangre.
El setlist de la banda se concentró en su última placa, mundialmente celebrada, aunque también se repasaron algunas canciones del Vile Luxury, como «Chernobyl Blues» y «Swarming Opulence». No faltó ese ritual dorado de decadencia y esclavitud, en las que unos Imperial literalmente en llamas, introdujeron una trompeta adosada con fuegos artificiales: hubo más de alguno que, temeroso de morir quemado, se agazapó cual criatura de la noche, y se refugió entre las sombras más negras de la Blondie.
La banda fue despedida con una ovación, y entre unos cánticos que clamaban “Imperial” las luces nuevamente se apagaron.
CYNIC: ENERGÍA, QUIETUD, FUERZA
El debut de los neoyorquinos puso la vara alta a la presentación de los floridanos liderados por Paul Masvidal; no obstante, el arraigo con el público chileno estaba probado, pues en 2023 ya habían estado los cínicos, con mucha fortuna, y en 2024 el señor Masvidal hizo una contundente presentación en solitario en la sala RBX https://www.sonidosocultos.com/conciertos/paul-masvidal-liturgia-de-integridad/ que Sonidos Ocultos cubrió en su momento.
El show estaba cocinado: Cynic centraría su setlist en sus dos discos clave, El Focus y el Traced in Air, buques insignes de una carrera accidentada que empezó con mucho hater, pero se consolidó como un referente absoluto del death metal técnico. Las vocales guturales estarían a cargo de un jovencísimo Derek Rydquist y a las baquetas otro mozo, Jacob Wehn, quien pese a sus pocos años en escena, ya lleva sobre sus hombros y piernas una participación activa en la escena thrash y death con más de 4 agrupaciones, como Carrion o Relapsed, por mencionar dos al voleo.
«Sentiment» fue el arranque, con una puesta en escena sobria, cargada a los matices azules y la gran pantalla oficiando de telón de fondo, con el emblema de un hermoso lepidóptero (mariposa) que simboliza la transformación, la fuerza, el alma vital para las antiguas cosmogonías.
Si bien la maquinaria sónica se desplegó con fuerzas, se notó en un comienzo que la ecualización de más instrumentos en escena que los Imperial, produjo algún desbalance, como el bajo sonido del vocalista dos, el señor Derek, quien tuvo que pedir que subieran los parámetros. El asunto se solucionó con premura, y ya en la segunda canción se oyó con solvencia.
Hubo más fallos, sí, como por ejemplo algunas frecuencias que alteraron la guitarra del señor Masvidal, algún acople infame, pero todo aquello quedó relegado a un segundo plano, pues las texturas y las capas de guitarras, junto a un soberbio bajo ejecutado por Brandon Giffin, recrearon el milagro de unos Cynic que sonaban como mozalbetes: parecía que estuviésemos viendo a una jazz band con base de hormigón y metal; los duetos guitarrísticos se oyeron soberbios, entre pasajes limpios y abiertos, con esa tensión de cuerdas en los parajes dramáticos que solo miles de horas de ensayo pueden dar a luz.
Otro dueto inevitable: la voz del señor Masvidal, que sonó limpia y divina, junto a los guturales de Derek, crearon esa atmósfera de sombra y luz, de matices sonoros que fueron elevados y llevados a la gloria, gracias al trabajo soberbio de Jacob Wehn, quien abandonó para siempre esa matriz del baterista pasivo que se limita a acompañar, para saltar a primer plano con fraseos, quiebres, con mucho pulso y fuerza, pasando de golpeteos inmisericordes a la caja y platillos, para regular sus pulsaciones, cual respiración interna, con toques suaves, casi acariciando la estructura percusiva, otorgándole todos esos recovecos y matices que Cynic aporta con su música.
Momentos más altos del show: la interpretación de «Veil of Maya», coreada a todo pulmón por el respetable, o cuando sonaron los primeros acordes de «The Unknow Guest», tocada con ese pulso filoso al borde de los silencios y la síncopa, con esas bases percusivas a medio camino entre el bossa nova y el progresivo de primera hora.
Sí, debemos reconocer alguna caída en la energía de la banda, y es que pasada la primera mitad del show, el señor Masvidal quedó solo en el escenario para interpretar «Cosmos» (cover de Portal) en versión limpia. Entre risas, dijo al público que habría preferido tocarla con su guitarra acústica, pero ahí, valiéndose de unas pistas sintetizadas, encaró el show en solitario, y aquello tuvo sus bemoles. En primer lugar, sabemos que el death metal nunca ha sido teatrero, menos en su versión técnica, pero teniendo una pantalla a todo color podría haber sido utilizada como soporte, no costaba nada.
En segundo lugar, y lo más grave, es que hubo problemas técnicos en esta performance, su micrófono y su guitarra no se oyeron del todo limpias, con mucha suciedad en los tonos bajos, y aquello redundó en un bajón en la energía desplegada en el show, que partió arriba, pero que esa suerte de interludio enfrió la presentación.
Masvidal, viejo crack en estas ligas, salió del paso bromeando con el público, levantando ambos brazos y conminando al público a una breve clase de yoga, y entre risas, terminó su intervención en solitario para volver a la carga con el setlist que se completó con «Textures», «Uroboric Forms» (¡temazos absolutos!)y terminando con un «How Could I», demostrando con creces su valía en el escenario, de unos Cynic que estando lejos de la formación original, han inyectado sangre joven en su proyecto, y sin vampirizar, sino que ofreciendo fuerza, amor e integridad, permiten que esa versión más profunda y técnica del death siga avanzando en los espacios siderales.
Al final, lo que quedó flotando en la sala fue esa extraña huella que solo dejan los actos realmente singulares: la sensación de haber asistido no a un concierto, sino a dos manifiestos antagónicos que, por contraste, se potenciaron mutuamente. Imperial y Cynic recordaron que el metal, cuando opera desde sus extremos más radicales, interpela, exige y transforma.
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