Por Claudio Miranda.
Tras en lanzamiento de dos albumes de alta factura, cierta prensa especializada llegó a sugerir que Triptykon era mucho más que «la nueva banda de Tom G. Warrior» tras la disolución de Celtic Frost; un capricho artístico de su creador. Una constatación que quedara grabada a fuego con la edición completa de Requiem, una pieza que Warrior comenzó a escribir en los ’80s como su proyecto más ambicioso, incluso trascendiendo sobre el fenómeno generado por Celtic Frost en el circuito subterráneo durante aquellos años.
Así como Eparistera Daimones (2010) y Melana Chasmata (2014) proyectaban una firma que adoptaba otro nombre sin transar sus principios de alquimia y búsqueda, el siguiente esfuerzo tendrá un condimento especial. Un trabajo en vivo, grabado en el marco del festival de música experimental Roadburn en Tilburg (2019), y con la interpretación de Requiem en su totalidad por primera vez. Un hito en toda su forma y esencia.
El cuadro liderado por Warrior, es completado por la bajista Vanja Slajh, el guitarrista Viktor Santura y el baterista Hannes Grossmann. Formación titular a la cual se suman para la ocasión la cantante tunecina Safa Heraghi y la Metropole Orkest de Países Bajos, dirigida por el maestro finés Jukka Iisakkila. Todos compenetrados en un mismo mismo objetivo, con la visión creativa de Tom G. Warrior adquiriendo dimensiones pantagruelescas hasta lograr su forma definitiva.
El arranque con «Rex Irae» -del vanguardista Into the Pandemonium (1987)- nos presenta de cuerpo completo una propuesta que se mantiene inmune al paso del tiempo. No desmerece en absoluto lo que planteaba Celtic Frost en 1987, sino que refuerza la fidelidad a la visión de su creador. Todo gracias a la experiencia adquirida y el lenguaje que Warrior robusteció a través de la búsqueda incansable y la adquisición de conocimientos a los que apenas pudo acceder durante esos lejanos días de proto-black metal.
La segunda sección se conforma de la más extensa y sofocante «Grave Eternal». Un recorrido inédito de 32 minutos que expande el temple supremo de una firma que traspasa todas las barreras existentes y por haber. Una sección dividida en seis partes, cada una hermando sus rasgos distintivos en una biósfera donde conviven la belleza y la pérdida. Una estación de catarsis y liberación que se da su tiempo en cada punto para sumergir al oyente en su perpetuo trance. La carne de la pieza, y donde Triptykon despliega su narrativa cuando el momento y la voluntad de su creador lo requieren.
De la misma forma que su versión original en Monotheist (2006), «Winter» está hecha para situarnos en un plano superior al final del viaje. El cierre perfecto de un catálogo fulgurante, Triptykon le da un matiz de final abierto, con la emoción a flor de piel ante las posibilidades de un futuro (aún) no escrito.
Quienes aún no pueden digerir Requiem en su totalidad, recomendable ponerle play a la edición en DVD o BR (también disponible en la cuenta en Youtube de Century Media). La simbiosis entre la banda y el ensamble orquestal es tan preciso como sublime. Y es que Tom G. Warrior, al alejarse radicalmente del circuito metalero del cual se le considera prócer -y con todas las razones del mundo-, tomó un camino donde la humanidad y el arte desembocan en una identidad que se basta de casi nada en monstruismo, con el máximo de un contenido que combina lo abstracto con el horror de un mundo inmerso en el desastre.
No es solamente un excelente registro en vivo. Requiem es el testimonio de una visión incorruptible, cuya trascendencia se extiende hasta el lugar menos pensado, incluso dentro del metal extremo. Si hay algo que decir, Triptykon y Tom G. Warrior lo dicen a través lo que realmente hace grande a un artista: la expresión en su forma más pura.
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