Por Claudio Miranda
Fotos Eric Ibáñez
Hablar de Cerberus y Torturer es abarcar un período único en la historia del metal chileno, sobretodo en su corriente más ligada a los estilos extremos. Ambos nombres respiran el mismo ecosistema espacio-temporal, el de las doctrinarias y maratónicas jornadas en el Manuel Plaza durante el amanecer de los ’90s. Una epoca marcada a fuego por el cassette demo, el fanzine fotocopiado en blanco y negro y el logro que significaba entonces editar un largaduración.
Bajo la mirada de la historia, es imposible desconocer el recorrido que tomaron ambas agrupaciones por separado. «Oppressed by the Force» (1992) reunía todos los elementos que le permitieron a Torturer habitar la misma atmósfera de brutalidad que los entonces consagrados del Hemisferio Norte durante esos años. Fue el arranque de un catálogo bien nutrido y consistente, coronado el año pasado con el lanzamiento de «Burning Cross» y la edición del reciente álbum en vivo «Burning Alive!», registrado durante una presentación en el Arena Recoleta en agosto de la temporada anterior. En el caso de Cerberus, banda fundada en 1993, el demo «After a Useless Fight» (1994) y el EP «Repulsive Life-Forms» (1996) eran los antecedentes previos a la publicación de «Ébola» (2003), su primer largaduración y, por lejos, su trabajo más importante por el envión que le dio a una banda que ya profesaba su amor al death metal a vieja usanza. Le siguen dos trabajos igual de brillantes y devastadores, siendo «Agony of Damnation» (2015) su lanzamiento más reciente hasta hoy.
En una noche de sábado, con MiBar repleto como una caldera desde temprano, pudimos ser testigos de algo tan grande como la historia local. Tiene que ver con ese sentimiento de odio y protesta contra el sistema imperante. Lo que Torturer hace notar arrancando su set con «The Flames of Purification». Y lo hace desplegando un espectáculo atronador, tomando lo más selecto de su catálogo e imprimiendo una jerarquía ganada a pulso y sudor en un show aplastante y demoledor en todos sus flancos. Ahí es donde la guitarra de JT García y la batería de Chris Oros -ojo!, ambos compañeros en Warchest-, hacen gala de una destreza instrumental que, junto al bajo del líder y fundador Francisco Cautín, canalizan la precisión quirúrgica con que el poder aniquilador de Torturer desata la carnicería y, lo más importante, expande su propia atmósfera de violencia y muerte.
Al nivel del espectáculo visual que lidera Francisco Cautín corriendo y danzando con la misma agilidad que domina a su antojo las bajas frecuencias, o la destreza en la guitarra que JT reluce en favor de lo que importa, es destacable y fundamental el armado del repertorio. Sobretodo por la atención que recibe el demo de 1991, de la cual «Prince of Darkness» y «Torture (Eternal Suffering)» salen triunfantes y pueden tanto emocionar a un público compuesto -en gran parte- por metaleros que vivieron esos años primigenios, como por aquellos jóvenes que ven en vivo a Torturer por primera vez y no habían nacido antes de 1992. Hay una consideración tanto hacia las viejas formas como a las nuevas, lo que habla de una banda que revitaliza su catálogo en el directo. A su vez, el grito de protesta contra la represión y todo régimen autoritario -algo que en Chile sabemos muy bien de qué se trata-, que refleja un clásico de la talla de «Oppressed by the Force», tiene la autenticidad propia de quienes vivieron esos tiempos oscuros y lo traspasaron a la música sin caer en el partidismo barato.
El efecto liberador de un espectáculo de destreza y fragor, es lo que hace de Torturer un acto en vivo que refrenda su jerarquía como nombre esencial en el metal chileno ayer y hoy.La comunión que entabla tanto con los seguidores de los días del Manuel Plaza como con las nuevas generaciones, todo eso es lo que le da a Francisco Cautín la razón de seguir al frente de su proyecto, contando con dos compañeros bien dotados en sus áreas respectivas, quizás mucho más jóvenes pero que comprenden lo que significa respirar un ecosistema que se debe a su propia firmeza. Y eso es lo que hace a Torturer una banda tan querida y respetada como legendaria.
Nos quedamos cortos ante lo que provoca Cerberus desde el preámbulo. Juego de luces y efectos láser que prometen lo que será un show de otro nivel, sin mermar en lo absoluto el castigo sónico con que somete al público. «Darkest Tower» y «Ruins of the Forgotten» destripan cuerpos y aplastan cabezas con un sonido exterminador, lo que mejor sabe hacer el cuarteto liderado por el guitarrista y voz titular Juan Pablo Baquedano. Le secunda en las voces el bajista Miguel Neira, un músico comprometido con Cerberus hasta la sangre. Corre lo mismo para Claudio Astorga, por lejos uno de los bateristas más prolíficos de nuestra escena y pieza fundamental en el andamiaje de una agrupación que respira el aire podrido e infeccioso que implica sumergirse en el metal de la muerte.
En un repertorio matador de inicio a fin, donde «Repulsive Life-Forms», «Fetal Butchery» y «Redemption of Demigod» desfilan con una efectividad a prueba de todo, también hay espacio para una muestra de lo que será su próxima incursión en el estudio. «I’m Hell» ya tenía hace un buen rato su lugar ganado en el set, y denota el propósito de una institución por derecho propio. pero es «Screams from the Abyss» la sorpresa de la noche, debutando oficialmente en vivo y poniéndose a la par de sus tracks hermanos con la bestialidad que Cerberus proyecta y escupe sin discusión alguna.
De vuelta a los clásicos y misilazos probados, «Serpents of the Agony» y «Brutalized» echan abajo el recinto. Algo que puedes lograr con un sonido asesino y una precisión ajustada en cada instrumento. Las guitarras de Baquedano y Alejandro Mejías (Santa Sangre, Raper) se entienden en un mismo manejo de destreza técnica que resulta en un despliegue de clase y talento enormes. Y la suma de los cuatro es una catarsis sónica, un efecto de purificación que en un recinto repleto en toda su capacidad es un espectáculo total. Lo saben, sobretodo, quienes se adueñan con puño en alto de «Decimation», un relato de castigo infernal a los pecadores en vida. Una metáfora que, como es propio de un género como el death metal, deja de serlo ante el castigo implacable que Cerberus propaga a través de los amplificadores con una determinación inquebrantable.
Para el bis, una dupleta ganadora para todo amante acérrimo del death metal. «Immortal Hate» y la angular «Ebola». Sí, la que titula su placa debut y le devolvió al género en Chile su razón de ser en el albor de los 2000. Y tanto Cerberus como Torturer conforman esa historia que se mantiene incólume, siempre firme ante todas las tendencias impuestas por una industria que arruga la nariz. La repulsión que expele el sufrimiento eterno es un gesto natural cuando acecha la muerte más violenta y sanguinaria.
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