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¡Aún hay patria metaleros! Húsar en el Chocolate arrasó con su ejército libertador

By · domingo, diciembre 21st, 2025 · Comentarios desactivados en ¡Aún hay patria metaleros! Húsar en el Chocolate arrasó con su ejército libertador

Texto por Pablo Rumel
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

A quince años de la obra épica-histórica, y a ocho años de su última presentación, la avanzada patriota de Húsar tenía listas las bayonetas y las charreteras adosadas a los hombros, estiradas las cuerdas de acero, y las voces calibradas, para esta nueva reunión en el Club Chocolate, un 21 de diciembre de 2025 que pasará a la historia. Cundía la duda entre los asistentes ¿sonarían tan bien como en el pasado? ¿La acústica y la mezcla estaría a la altura de la puesta en escena? Vamos al detalle.

LOS TELONEROS: DOLEZALL AL ATAQUE

A las 20:15 comenzaron los primeros acordes de «The Oaken Shileds», un tema con ataques a medio tiempo, contundentes golpes en la batería, y mucha vibra heavymetalera que aspira a convertirse en un clásico. Ray Hemmelmann, ataviado con una correcta falda escocesa y pintura guerrera en el rostro, atronó el recinto con líneas de bajo, afiladas y profundas, aplicando excelentes adornos entre los riffs, y sintonizando con esa descarga energética que asumió la banda desde el arranque.

Nicolás Arce a la guitarra se apoderó de las rítmicas y los solos, con el singular detalle de que no saturó a los canales con su distorsión, sino que la pulió al grado tal de que se oía potente, con buen cuerpo y ganancia, sin la necesidad de destruir los tímpanos del respetable, intercalando sus clásicos acordes de quinta y sus solos “a la agachadita”, con su particular manera de tocar.

Tras la movida «Scourge of God» llegó la ultra medieval «Heir Of The Cross». Felipe del Valle, a la voz, demostró por qué es un titán de los agudos y de la interpretación en vivo, moviéndose en el escenario con total libertad, arengando a los presentes, y convirtiendo al acto metalero en una performance operística, que ya luego veríamos desplegada en todo su esplendor con Húsar.

«Blodbath Feast», con un escenario teñido de luz rojo sangre, fue comandada sólidamente por el capitán Carlos Dolezal a la batería, quien visiblemente concentrando, aporreó sabiamente a baquetazo limpio la caja, toms y platillos, demostrando fuerza en su desempeño, con excelentes patrones combinados a doble pedal, que apreciamos en el arranque, y en particular con «Jack The Ripper», el cierre con broche de oro, con casi cuarenta minutos perfectos que señalaron dos cosas: Dolezall, que la redacción de SO ha visto en contadas ocasiones durante el año, ha crecido exponencialmente por lo cual todo el trabajo y esfuerzo detrás de la banda se nota con creces; y segundo, que el campo de batalla estaba dispuesto para que el Húsar, a sablazo limpio, lo dispusiera todo para una gran performance.

DUEÑO DE CASA: HÚSAR Y SU EPOPEYA TRÁGICA

No es común ver a una banda jugando de local con un entusiasmo tan grande del respetable, quienes avanzaron en oleada apenas oímos la pista de «Retirada», y esa sensación que pone la piel de gallina cuando se descargó la primera artillería, con «Condena», teniendo a un Húsar que del acto anterior sumaba a Nicolás Arce a la guitarra rítmica, y al mismísimo Felipe del Valle, ataviado con el traje negro de José Miguel Carrera libertador.

Por supuesto que el gran señor de la noche fue Ives Gullé, que nos regaló una performance mayestática engalanado como Rodríguez: saltó a la primera línea, delante de los músicos, coordinó las entradas de los siete cantantes que se fueron sumando y restando en escena, dialogó con los asistentes y los arengó con consignas patrióticas, e incluso bajó del escenario y entonó a todo pulmón «Libertad» junto al cantante Rodrigo Varela, quienes se pasearon junto al respetable para darle un acento más glorioso al acto.

La presentación se centró en el disco I de Húsar, interpretado de manera íntegra, con un interludio acústico que nos regaló «Can’t Help Falling In Love», del otro rey, Elvis Presley, para continuar con piezas selectas de la discografía de Ives, interpretando «Legado» del disco Invasión, y «La Luna y La Sol» de Kawésqar, para rematar en un encore final con «A Francisca, «Unión» y «Triunfo».

«Humillación» mostró el punto más alto de la noche, pero un punto que rompió la curvatura ascendente porque no hubo caída ni meseta, sino que en cada canción la explosión aumentó. La puesta en escena mostraba una pantalla gigante y un juego de luces, más efectos de humo que sirvieron para darle mayor dramatismo al acto. La vocalista y bajista América Paz, de negro y con un vistoso abanico como las malas del animé, salió junto a Del Valle y Varela, y fuera de algún micrófono que se fue a negro, la coordinación sobre las tablas fue soberbia, evidenciando el profesionalismo en escena de músicos que sobrepasan la década ejerciendo la labor más noble de todas: convertir en música una historia compuesta por lágrimas, sudor y sangre.

La base rítmica fue llevada de manera soberbia por el baterista Fran Muñoz, ex Dorso, y Ery López, bajista de Alto Voltaje, quienes tuvieron la dura misión de levantar a las guitarras y amoldar la rítmica a las pistas que se lanzaron en vivo, pocas, las justas, para recrear con precisión y potencia el trabajo, ajustando con velocidad y polirritmia esta propuesta operística que cruza el hard-rock con el heavy y el power metal progresivo.

La intervención de Fox-Lin Torres de Battlerage en «Guerra» fue otra estrella explosionando en el firmamento: el cantante, con outfit de bucanero, entregó el peso más oscuro de la noche, con una voz desgarrada y gesticulaciones obscenas, acompañado por riffs arrastrados en bajas tonalidades, porque más allá de la poesía y de la gloria, se nos recordó que la guerra deja mutilaciones, sangre y sufrimiento por doquier. La guerra, más que higiene del mundo, es el desgarro en la carne que como precio se paga por la libertad.

Ricardo Susarte de Polímetro entró en dialéctica feroz con Jaime Contreras de Steelrage, ambos titanes de la oleada anterior, y aún vigente, del metal nacional, proyectando en escena toda la teatralidad y la potencia operística que demandaba una obra tan arriesgada como original, sumado a un Víctor Escobar de Alto Voltaje, llevando el andamiaje coral a una nueva dimensión representativa.

ESTAMOS LISTOS PARA LO GRANDE

Más que una constelación o cascada de nombres, lo que se vio anoche fue la constatación de que en Chile se está listo para cosas grandes, sin titubeos ni apellidos. Cuesta testimoniar por escrito lo vivido, pero lo que sí debemos precisar, es que lo que sucedió sobre ese escenario no fue nostalgia ni simple reunión de talentos, sino una demostración de oficio, rigor y convicción artística que se empinó sobre la hora y media.

Ya podemos pensar en grande y soñar con un futuro Húsar que reúna mayores ensambles, con orquestas de cámara, pianos y una escenografía teatral barroca que atraviese los momentos más estelares, determinantes y peligrosos de nuestra historia. En base a lo vivido anoche, concluimos que el metal chileno, cuando se articula con ambición y disciplina, no solo está a la altura de su historia, sino preparado para escribir capítulos mayores. Y en Sonidos Ocultos damos la nota más alta, con un show que estuvo entre lo más selecto y granado de un año con centenares de eventos, incluyendo, claro está, a las visitas internacionales que recibimos.

Ives Gullé – Húsar

Tiamat: El color de la noche

By · viernes, diciembre 12th, 2025 · Comentarios desactivados en Tiamat: El color de la noche

Por Claudio Miranda
Fotos Eric Ibáñez.

No quepa duda de que Johan Edlund es un músico con un talento creativo excepcional. La historia de Tiamat, su criatura, es en sí misma la vida completa de creador. Una banda que genera mucha curiosidad, por la variedad de géneros en una firma distintiva. Empezó en el black metal más primitivo y se sumergió en el death-doom, inmortalizando en The Astral Sleep (1991) y Clouds (1992) una progresión natural que se volverá, posteriormente, un abrazo a la psicodelia. Edlund, fanático de Pink Floyd hasta el sudor, vio su anhelo artístico hecho realidad con el lanzamiento de Wildhoney (1994), lo más cercano a su propia visión de The Dark Side of the Moon pero con su propio lenguaje. Tan enorme como revitalizante, la bestia del ’94 le valió a Tiamat grabar a fuego su nombre; un trabajo redondo de inicio a fin. Y en el siguiente A Deeper Kind of Slumber (1997), el rock gótico es el ropaje a vestir sin transar en lo absoluto la cohesión de su material en estudio.

Quienes se preguntan porqué Tiamat no logró las mismas cotas de arrastre que hoy ostentan Opeth y Katatonia -ojo, siempre hablando en un nivel subterráneo o para entendidos-, encontrarán las respuestas en el proceso creativo de A Deeper Kind of Slumber. El fondo de dicha placa reside en la situación personal de Edlund durante aquellos días. Problemas de adicción, conflictos sentimentales y las diferencias creativas al interior de un grupo que no pudo lidiar plenamente con el éxito logrado con Wildhoney. Una serie de factores determinantes en el camino que Edlund eligió como reacción a los vicios del mercadeo en la industria musical; una orientación hacia la independencia, asumiendo el costo que implica tamaña elección. Tanto como el movimiento de fichas en cada lanzamiento, la jerarquía de sus trabajos posteriores no fue la misma, lo que desemboca en la mención actual a Tiamat como una banda (muy) de culto que se mantiene activa al margen de las grandes luminarias. Su base de fans, en gran parte, vivió los años dorados del metal sueco y los recuerda hoy como referentes de una época irrepetible. Nostalgia pura, aunque con los matices correspondientes a una propuesta tan inclasificable como alucinante y profunda.

En un club Blondie próximo a repletarse apenas avanza la jornada, y con el reloj marcando las 20 horas en punto, el doom metal nacional de Blackflow tenía que pronunciarse, y con todos los méritos que le han dado un sitial en el género a nivel local. Una banda conformada por músicos de kilometraje probado, entre todos forjando una rúbrica que engloba la gracia del metal gótico y el arrojo del heavy metal clásico, todo canalizado con una destreza instrumental que les permite incursionar en terrenos cercanos al rock progresivo. En un repertorio conformado por «Neo Middle Ages», «Egomaniacal Fraternity», «Iron to Rust» e «Indifferent to Others», queda demostrada la solidez de una agrupación que concentra su musculatura en desplegar su matriz de heroicidad y tiniebla.

Qué importante el papel de Victor Prades, un cantante que ejerce su labor en la voz con el desplante propio de un veterano de mil batallas, al igual que sus compañeros de ruta. Al tándem de guitarras de Víctor Silva y Fran Franulic, se suma el bajo de Felipe Vuletich imponiendo autoridad y equilibrio, al mismo tiempo que su labor en base rítmica con el baterista Miguel Canessa denota los años de experiencia que Blackflow expone de cuerpo completo y en su forma más óptima. Coloquialmente hablando, da gusto cuando cinco músicos nacionales, todos ‘metaleros viejos’ y dueños de un CV más que envidiable, se juntan a invocar los valores del riff sabbáthico y, mejor aún, lo actualizan a punta de buenas canciones para traspasarlo a un show categórico.

Si bien los horarios anunciados indicaban que el plato de fondo saldría a las 21 horas, la espera adquirió un sabor especial con el mini-set de Pink Floyd sonando en los parlantes del recinto. Y así como «Doctor, Doctor» de UFO nos avisa que Iron Maiden está a punto de salir al escenario, «Comfortably Numb» ejerce la misma función para terminar con una espera de 16 años tras su hoy mítico show junto a Moonspell en el Teatro Teletón. «No candy coloured paradise, no stary black holded eyes…», susurra casi a capella Johan en el arranque con «Church of Tiamat», la que inaugura el viaje como pasa en Skeleton Skeletron (1999). Nada de fanfarrias ni intros bombásticas; Tiamat es una banda que va a lo suyo y sus fans se entregan en plena liturgia. Comienzo sublime, seguida de una tripleta de ensueño para los devotos. «In a Dream», «Clouds» y «The Seeping Beauty», una sección completamente dedicada a Clouds (1992), el puente entre el death-doom de sus primeros trabajos y la niebla psicodélica que consagró a los suecos en los ’90s. Imposible permanecer impasible, y el moshpit desatado en algún instante refleja el amor incondicional a aquellos Tiamat quizás más lejanos, pero siempre recordados.

El orden del set refleja la inteligencia sintáctica de los suecos mientras pasaba la noche. Tras un primer tramo aplastante, llegó el turno para hacerle justicia a sus trabajos menos celebrados. Empezando con «Divided», una de las piezas ‘embajadoras’ de Prey (2003), podemos apreciar las virtudes de una agrupación que compensa la irregularidad de sus trabajos post-90s con una honestidad espeluznante. Le sigue «Will They Come?», del álbum Amanethes (2008), una que en vivo se despoja de sus ropajes electrónicos y se presenta con un aire mucho más pesado, pero no por ello menos emotivo. La guitarra de Simon Johansson, es la prueba viviente de un estilo intratable y, al mismo tiempo, expresivo hasta la médula. Una cualidad que en las siguientes «Cain» y «Love In Chains» logra el nivel de intensidad preciso bajo el mismo manto de dolor y solemnidad. Resulta notable lo que ocurre en este tramo, donde los trabajos marcados por la irregularidad, en vivo ganan en consistencia y el efecto hipnótico que se extiende hasta en los más escépticos. Más aún con el excelente trabajo de Rikard Zander  en los teclados, quien recrea en vivo, y de manera impecable, los toques synth-pop de Depeche Mode. En cuanto a puesta en escena, Edlund es un frontman realizado. Gestos y miradas hacia el público, con un dominio escénico que genera admiración pese al hermetismo de su ‘personaje’.

El regreso a los ’90s con «Phantasma De Luxe», es uno de esos momentos creativos que en vivo ayuda a construir una atmósfera de expresión e integridad que puede abrumar tanto como purificar a los presentes. Una pieza con armado minimalista que expande su tamaño hasta alcanzar su clímax de melodía e interpretación. Una parada que nos eleva hacia lo más alto, para después emprender la bajada desde la cumbre a los pies de la montaña con «Brighter of the Sun», con el bajista Gustav Hielm ejerciendo como segunda voz. Hielm, quien grabó en el álbum Chaosphere de los todopoderosos Meshuggah e hizo lo propio en Pain of Salvation durante la última década, es un bajista exquisito con ‘voz’ propia, dueño de una técnica que combina sobriedad con efectividad. Y no tiene empacho en aportar con el espectáculo, al punto de abrazarse fraternalmente en algún pasaje con Edlund.

A lo que vinimos. Es lo que pensamos todos cuando «Wildhoney», la pieza, inaugura el capítulo dedicado a Wildhoney, la obra magna por excelencia. «Whatever That Hurts», qué decir respecto a un trabajo cuya estatura se manifiesta con toda la claridad del mundo en el directo. En la batería, el golpe a golpe del histórico baterista Lars Sköld se mira a los ojos con el verso a verso de Edlund con una fluidez que solamente se adquiere a punta de convicción y recorrido en favor de una idea en común. Le sigue, tal como en el disco, «The Ar», la cual nos transporta de un lugar cálido y mortuorio al oleaje más intenso. Entre medio, Edlund aprovecha de ir a un costado del escenario para saludar a un grupo de fans apiñados en dicho sector. Por supuesto, nada de aquello empaña lo que ocurre en el escenario, donde el trance y el ritual se hermanan en una sola expresión de humanidad y arte.

El recorrido por Wildhoney es obligatorio, y esto va más allá de que se trate de una obra maestra o un álbum clásico. Tiene que ver con las posibilidades de expresión y honestidad que Tiamat capturó en el estudio hace más de 30 años, para después presentarlo y mantenerlo igual de atrapante en vivo. Por eso es que «Do You Dream of Me?», una de las piezas más tristes y emotivas jamás escritas, no provoca más que silencio en un público que sucumbe sin ´peros’ ante tamaña maravilla. De paso, nos permite apreciar las cualidades musicales de Simon Johansson, un guitarrista que dispone su habilidad al servicio de la pieza por sobre el lucimiento personal. En el mismo plan, Johan Edlund se pone los hábitos de sumo sacerdote en una eucaristía de música pura con pinceladas de claroscuro. Cerrando la carne de una presentación fulgurante, «Visionaire» retoma la magnitud para, nuevamente, llevarnos hacia la última cumbre cercana a la Bóveda Celeste. Su métrica a la usanza del vals, le da un ritmo trepidante que potencia la variedad de matices vocales y sonoros que revelan en todo su esplendor la maravilla de ayer y hoy desde lo que importa más que la bondad tecnológica de turno; su escritura.

El viaje continúa con la urgencia de «Cold Seed», el hit-single de A Deeper Kind…, un momento creativo que en el directo triunfa de manera inapelable, siempre mediante lo que importa. Y en una propuesta donde la luz y la sombra se distribuyen el dominio como reflejando los pensamientos de su fundador e ideólogo, «Wings of Heaven» cae de perilla. Nótese el aporte de Prey al set, un trabajo que no se limita a defenderse sobre el escenario. Es la captura fotográfica del momento que Johan Edlund estaba viviendo durante la búsqueda de su independencia personal y artística. Donde la tentación del juego en las grandes ligas es irresistible, Edlund vio ahí una serie de reglas que no estuvo dispuesto a acatar. Y esa convicción es la que le da a su catálogo en vivo un prestigio que se vale exclusivamente de las intenciones de su creador.

Cerrando la noche, y con un público en llamas, «Vote for Love» empieza el tramo final. La única elegida del controversial Judas Christ (2002), con el amor en todas sus formas con fondo. Su coro ganchero, sin embargo, basta para eliminar cualquier residuo de prejuicio con tamaña muestra de potencia. Y como broche dorado, el binomio compuesto por la instrumental «25th Floor» y la grandeza absoluta de «Gaia», ambas del fundamental Wildhoney clausurando de manera pletórica un regreso con brisas propias de un primer cara a cara. Qué grandes y pequeños nos hace sentir una pieza con dimensiones siderales, al punto de hacernos uno solo con el microcosmos que observamos ante nuestros ojos. Y el bueno de Johan Edlund, como buscando dejarnos con el corazón en la mano, se dirige nuevamente hacia el costado del escenario, intercambiando abrazos y tomándose selfies con fans eufóricos que profesa su admiración como si fuera la última vez.

Esperemos que, ante una ocasión próxima, su regreso no demore otros 16 años. Por otro lado, muchas veces lo mejor siempre se cocina a fuego lento y llega en el momento indicado. En este caso, la voluntad de Johan Edlund es la que rige los destinos de una agrupación que se resiste a descansar en una fórmula ganadora. Es lo que nos sorprende y apasiona de Tiamat, la forma en que hizo posible lo impensado; el metal extremo también puede orbitar sobre el Lado Oscuro de la Luna. Y para hacer realidad esa imagen, fue menester unir mundos (aparentemente) distintos en una sola expresión de dolor. Johan Edlund es un visionario, y Tiamat es el resultado vivo y concreto de dicha observación. Una proyección nítida en el color de la noche.

El Óxido se volvió Walhalla: una noche de acero, sangre y gloria con Månegarm, Folkheim y Wardemon

By · viernes, diciembre 12th, 2025 · Comentarios desactivados en El Óxido se volvió Walhalla: una noche de acero, sangre y gloria con Månegarm, Folkheim y Wardemon

Por Pablo Rumel
Fotos Raúl Garate @brutal_pebre_

Pese a que el evento se trasladó al Bar Óxido, más pequeño que el Teatro Cariola, la sonoridad, la fuerza desplegada de las bandas invitadas y el esperado arribo de Månegarm, marcaron una noche vikinga altomedieval con espumosas cervezas, largas cabelleras trenzadas y gritos de guerra que retumbaron con violencia en las paredes del Óxido. ¿Habrán estado a la altura las bandas invitadas? Sigue leyendo que te contamos todo.

LOS DEMONIOS DE LA GUERRA

Encargados de abrir el campo de batalla, los Wardemon desembarcaron, hacha en mano, desde su afilado drakar proveniente desde Copiapó, convirtiéndola en la banda de viking metal más árida del mundo. Se trata de un acto recién formado en 2021, con un LP publicado en 2024, Aires de Guerra, y que ha llamado la atención no solo en Chile, sino también de otras latitudes, principalmente por relatar las viejas sagas en español.

Eran las 19:30 en un Óxido que lentamente se repletaba, cuando en el escenario, primero de espalda, y luego de frente, los Wardemon arrancaron con los primeros acordes de «Morir De Pie»: la banda incluyó al tecladista Álvaro Rivera, quien se encargó de otorgarle esa mística coral con acordes y notas sostenidas para amoldar con más fuerzas las hachas de batalla trepidantes, y entre riffs rápidos y efectivo uso de tremolo picking, oímos la voz rasposa y bruta de un Jorge Vargas inspiradísimo, vocales de texturas duras y bramidos roncos, creando esa atmósfera exquisita que se potencia con la fuerza coral de los cánticos marciales.

«Guerrero Inmortal» evidenció la potencia técnica de la banda, con un Gonzalo Martínez atacando a doble bombo, golpes rápidos a la caja, concentrándose en la velocidad y la fuerza, en un estilo que demanda fuerza y pulso de acero. La maquinaria sónica ya estaba aceitada, sonando a tope, con excelente trabajo en la mesa de sonido, y utilizando los cuatro focos laterales de manera estratégica para potenciar las texturas rojo-sangre y los azules marinos que relataban las gestas: en síntesis, se utilizaron los recursos al máximo y lo notamos desde el minuto uno.

«El Juicio Final» y «Runas de Sangre» sobrepasaron las expectativas, de un público que recién iba cebándose los elixires inmortales de hidromiel y otras hierbas exóticas, y entrando de a poco en la lógica berserker-de-hachazo-y-cántico a grito pelado, cerrando con «Los Nueve Mundos» que colocó la última runa sobre un suelo candente que ya tenía todo dispuesto para el siguiente acto metalero. Gran propuesta, excelente performance, llamativa, potente y señera, de una posible escena que podría extenderse por toda Sudamérica, y desde ya en Sonidos Ocultos les deseamos victoria y gloria a raudales.

FOLKHEIM: CABALGANDO ENTRE EL FOLCLOR Y EL BLACK METAL

El banquete estaba servido, y en bandeja de plata, con cabezas cortadas de yapa, para que los otrora antofagastinos ahora radicados en Santiago Folkheim, castigara a los asistentes con su propuesta única e imposible: fusionar elementos étnicos del mundo ancestral chileno, con la frialdad y los bosques helados blackmetaleros.

Entre sonidos de trutruca, Folkheim con pintura de guerra negra inundando sus rostros, arrancaron con «La Herida Se Cerró de Cansancio», temazo que resonó con esa energía negra heredera del black metal sinfónico de primera hora, con azotes guitarrísticos que centraron la fuerza en una rítmica veloz y golpeada.

Una vez más, el hombre de los tarros, Pablo Bravo, con solvente experiencia en otros actos metaleros de trayectoria impecable, sostuvo, como espina dorsal de acero clavada a la tierra, la arquitectura sónica de Folkheim, con su justo orden violento atravesando la vorágine, un caos ordenado que se materializó con la brutal y descarnada «Kiepja», una canción que transita entre parajes épicos de pura guerra, momentos introspectivos, ataques de guitarra a toda velocidad, con acordes cromáticos y cabalgatas lentas y despiadadas, teniendo como ojo del huracán la voz del frontman Alexis Armijo, quien aprovechó cada centímetro del pequeño escenario para arengar y cabecear a toda velocidad.

El público, como bien dijimos, ya estaba entregado a la propuesta hipnótica y ultrapesada de los Folkheim, teniendo la posibilidad de oír «Wayra», de reciente cosecha, para estallar en un éxtasis arrollador. «Vaai Honga Kaina», se articuló desde el arranque como un Haka Rapa Nui que denuncia las injusticias y arbitrariedades de un Estado chileno contra esta etnia ancestral: si oírlo en estudio es una experiencia sublime, ver ahí a los Folkheim de cuerpo presente roza lo surreal, con una performance que no descendió en ningún segundo la intensidad, sonando limpios y distorsivos, y regalando al público un profesionalismo que los pone en la élite de la escena mundial: brutal, impecable y magistral. Para aplaudirlos de pie.

SE INICIA EL RAGNARÖK: MÅNEGARM ATACA CON TODO

Los suecos de Månegarm saltaron al escenario a las 21:30 en punto. Sin pendones ni luces estroboscópicas ni efectos de humo, solo cuatro focos laterales que teñían de rojo al escenario, oímos los primeros compases de «Hörr Mitt Kall», cantada en un sueco de voz profunda, alternada con unos growls demoníacos y afiladísimos.

Causaba curiosidad el cómo recrearían en vivo sus discos epopéyicos y nórdicos, y en este caso presenciamos un formato más rock and rollero, con la trinidad vikinga compuesta por Jacob Hallegren sobre el carro de batalla, Markus Andé a la voz y guitarra, y el gran Erik Grawsiö aporreando a uñetazo el bajo y martillando el micrófono con su voz privilegiada.

Sumado a la performance, los vikings apostaron por darle mayor densidad al espectáculo, sumando otra guitarra comandada por Tobias Rydsheim, y dejando las interpretaciones folclóricas en un segundo nivel, con pistas, o incluso combinando efectos de guitarra que se asemejaban a gaitas y violines.

Aún así, interpretaron «Stridsgalten», con más arreglos en la versión estudio, pero con una interpretación cruda, más de garaje en vivo, lo que provocó una respuesta inmediata por parte del respetable, dispuesto a corear, vitorear y moshear -pese al espacio reducido- esta canción.

«Sons of War» fue determinante: o se iban a pique y se hundían y morían ahí mismo, o emergían victoriosos. La performance fue gigantesca. Sin adornos como hemos dicho, pero con una sonoridad a tope, bien mezclada y nítida, fue ovacionada por los presentes, con un Óxido donde no cabía un alfiler.

Capítulo aparte la respuesta del público: entre valkirias perfumadas y hombretones hediondos a sudor, la oleada metalera se arrastró desde la mitad del recinto hasta las rejas de seguridad, entregando una energía devastadora que incluso los mismos Månegarm, empuñando sus armas, alabaron entre cada interpretación. No se puede tocar mal, ni siquiera medianamente bien, cuando el pacto metalero ha sido sellado con runas tatuadas en sangre, entre jarras de cerveza volando y una marea asesina que transformó al escenario en una barcaza vikinga, fulgurante, ametralladora y rasante.

Hablar del legado de estos metaleros folcloristas es otro capítulo de esta historia: el vigor no se compra ni se arrienda, se entrena en el campo de batalla, con horas y horas de giras en el cuerpo, y ese profesionalismo quedó patente. De la última placa se interpretó «Lögrinss Värn» y «En blodvittneskrans», canciones potentes, que transitan entre gritos tribales y medios tiempos, con guturales pesados y una rítmica arrastrada.

De los clásicos más cargados al death y al black, tuvimos «Nattsjäl, drömsjäl», y el «Vedergällningens tid», la etapa más cruda y salvaje de la banda, que ciertamente no se ha refinado, sigue encharcada entre barro y sangre, pero su sonido se ha ido puliendo, modernizándose si se quiere, pero sin perder esa esencia folk que los distingue.

ÚLTIMAS PALABRAS TALLADAS EN RUNAS ARDIENTES

La noche en el Bar Óxido dejó una certeza inapelable: cuando convergen propuesta, oficio y convicción estética, el tamaño del recinto es irrelevante. Wardemon demostró que el viking metal en español puede abrirse paso con autoridad; Folkheim confirmó su sitial como una de las propuestas más singulares y poderosas de la región; y Månegarm selló el pacto con un espectáculo frontal, sudoroso y devastador, digno de sus tres décadas de batalla. Fue una jornada que recordó por qué este género sigue vivo, y es porque se sostiene en la entrega absoluta, en la comunión feroz entre escenario y público, y en la voluntad incansable de convertir cada concierto en un rito ancestral. En Óxido, todos cumplieron. Y todos ganaron.

 

 

Sin teclados, sin capitán, sin excusas: la victoria improbable de Rhapsody Of Fire en la Blondie

By · jueves, diciembre 11th, 2025 · Comentarios desactivados en Sin teclados, sin capitán, sin excusas: la victoria improbable de Rhapsody Of Fire en la Blondie

Por Pablo Rumel
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

Miércoles de 10 diciembre, Club Blondie, y ya corría el rumor por los pasillos del antiguo bunker: Starapoli no se había presentado en Perú y quizá no llegaría a Chile. Sabemos que en el mundo de la música las formaciones y reformaciones están a la orden del día, pero si Starapoli se caía del escenario, veríamos casi de manera inédita e histórica, a un Rhapsody sin ningún miembro fundador, aunque su guitarrista Roberto De Micheli, participó durante un año en Thundercross, la primera encarnación de los italianos antes de ser conocidos como Rhapsody,

Descontando a De Micheli, Sin Starapoli, lo más cercano que teníamos era Alessandro Sala, quien ingresó a las filas rapsódicas en 2015 ¿veríamos a un Rhapsody of Fire totalmente nuevo preludiando el desastre? ¿La falta de Starapoli se resentiría en la actuación? Acá te lo contamos todo, hasta el último detalle.

LA ESCUADRA “DELTA”: VIRTUOSISMO Y SOLIDEZ

Palabras como virtuosismo, habilidad, buen manejo escénico, pueden quedarse cortas para describir la performance que vivimos con los teloneros de Delta, que evidentemente (y sonoramente), ha crecido de manera titánica en los últimos años, sobre todo en el aspecto performativo; conseguir un sonido bien equilibrado y poderoso requiere una ingeniería y una acústica que no se encuentra a la vuelta de la esquina.

Eran las 20:00 pm cuando se proyectó en la pantalla el logo de Delta, con un juego lumínico sencillo, que sin ser nada de otro mundo, sirvió para potenciar las texturas sonoras que nos entregaron. Con el arranque de «The Humanest», de su última placa, notamos enseguida lo compenetrados que estaban los músicos, Nicolás Quinteros al teclado, con esa entrada percusiva y sincopada, acompañado por Marcos Sánchez, preciso en el bajo, alternando líneas como metralla y escalas veloces, con un pulso de acero que solo un brazo biónico o mil años de entrenamiento pueden lograr.

Paula Loza no tuvo que esperar ni un segundo para demostrar su valía sobre las tablas: con su voz suave y vibrante alargó las notas sin forzar sus cuerdas, alternando unos growls esperpénticos, entre riffs arrastrados y metalcorescos, evidenciando lo que ya sabemos: Delta hace rato dejó de ser una promesa y es una banda de primer nivel que se puede parar con solvencia en cualquier escenario del mundo.

«The End Of Philosophy» fue otro momento clave, una canción de largo desarrollo, que transita desde parajes oscuros que lindan con lo industrial, hasta sonoridades perfectamente asimilables al power metal, con ese armazón progresivo que Delta ha venido desarrollando en las últimas décadas.

«Appassionata (Allegro Metal Troppo)» fue otra pieza clave, de reciente factura, un metal neoclásico de cámara, en la que pudimos oír con claridad el talento musical de cada integrante, Andrés Rojas sentado en la batería, atronando a doble bombo las secciones veloces, con una pegada a la caja, toms y platillos calculada, sin exagerar la fuerza, y un Víctor Quezada presto vivace, al mando de las seis cuerdas, ejecutando escalas rápidas, sin extraviarse en la vorágine musical y aportando unos solos veloces e inspirados que ya los quisiera un Steve Vai o un Yngwie Malmsteen. Entre ovaciones y vítores, los chicos se despidieron anunciando que su gira 2025 terminaba.

LA SQUADRA ITALIANA: SIN SU CAPITÁN ¡AL ABORDAJE MUCHACHOS!

Con la introducción narrada por Christopher “Saruman” Lee, «The Dark Secret» ofició de entrada orquestal para dar paso a Unholy Warcry, con sus corales sinfónicos y su batería ultra-acelerada, entre power chords y bajos profundos. El cantante Giacomi Voli entró al escenario en llamas, acompañado por una pantalla que arrojaba al logo de Rhapsody forjado en acero y fuego, ejecutando de entrada esos agudos y vibrantes que ya hemos oído en sus discos, con cuerpo y técnica, llenos de fuerza, jugando a la perfección entre rangos medios y altos, que digámoslo ya, a quemarropa, no solo no tiene nada que envidiarle a su antecesor Fabio Lione, sino que además por su sentido del espectáculo, por su carisma, por tener muchos menos años que Fabio, le lleva un centímetro de ventaja.

«Rain of Fury» y «I´ll Be Your Hero» fueron ejecutadas ahí mismo, a espada desnuda, entre la llamarada del público que se encendía entra cada canción, agolpando una Blondie que partió a un cuarto de su capacidad, para llenarla a tope una vez arrancaron los italianos.

Estaba claro que Alex Starapoli ya no se subiría al escenario, y un compungido Giacomi nos explicó, sin entrar en detalles, que la enfermedad había diezmado al hombre del teclado, pero el compromiso de Rhapsody of Fire con el público chileno era inquebrantable: no era una realidad alterna de un mundo paralelo, pero ahí frente a nuestros ojos se desplegaba un Rhapsody of Fire, cual fénix resurgido de las cenizas, totalmente nuevo y refundado, y ¡para colmo de los dioses! Tendrían la difícil misión de interpretar en directo el Dawn of Victory. ¿Se la podrían?

¿CABALGATA COJA O TRIUNFANTE?

Rhapsody of Fire tiene la dificultad logística en vivo de interpretar sobre pistas para conseguir el efecto sinfónico de sus discos, pero ese efecto se diluye y se disimula mejor con un teclado, eso lo sabe bien todo rapsoda. No estaba Starapoli, y un acople aterrador saturó los bajos durante el tercer tema ¿qué nos quedaba? La sonoridad mejoraba, y los pasajes sonoros de la nueva formación se parecen mucho al Dawn of Victory, al ser un disco más balanceado con un elemento sinfónico más decorativo y menos protagónico que el glorioso Symphony of Enchanted Lands como ya explicamos en esta entrada

DAWN OF VICTORY: RHAPSODY OF FIRE Y SU AMANECER VICTORIOSO

¿Creerá el lector que Rhapsody of Fire, pese a todas las dificultades no solo salió adelante, sino que conquistó al público? Acá es difícil de explicarlo racionalmente del todo. Los elementos materiales estaban a la vista, sin teclados, se optó por introducirlos pregrabados, y a nuestro juicio el héroe oculto de la jornada fue el ingeniero a cargo de la mesa, porque una mala ecualización mandaría al carajo todo el talento desplegado por los músicos arriba de escena.

Lo que quedó a la vista y paciencia de todos pudo haber sido un Rhapsody cojo, lleno de parches, con una sonoridad hueca y de plástico, pero canción a canción el caldero hirviente de la Blondie echó espumas y cenizas, y en vez de tener adelante a unos aficionados haciendo playback en el escenario, hubo esa inmaterialidad que acompañó a los rapsodas, potenciado con la coraza rítmica, una solidez con esteroides que la pulseó, round a round, un Paolo Marchesich en los tarros, que antes de calzarse la cota de malla y el escudo medieval, probó suerte años atrás en el black metal con Aisling y en el progresivo con Sinestesia (¡escuchen esas buenas propuestas), con un Roberto De Mischeli que sin tanto swing ni feeling, se concentró en ejecutar a la perfección barridos con mucho tapping, los que patentara con tanta avidez Turilli, y un Alessandro Sala a las cuatro cuerdas que se encargó de darle todo el cuerpo y la dirección que demandaba la batería.

EL AMANECER DE LA VICTORIA

Anochecía y en Rhapsody las antorchas se encendían, candil a candil, con cada interpretación; si la primera mitad del show se concentró en el material más reciente, tocaba el desafío de interpretar casi al completo el Dawn of Victory. Y así como un guerrero o un luchador que parece haberlo dado todo en el combate, el poder enérgico cayó como un rayo en el escenario, pues faltaba la segunda mitad, un asalto épico que se brincó, coreó y cabeceó a todo pulmón, incluyendo un mosh medieval ya visto en Gloryhammer, con una secuencia de canciones de auras desbordantes que todo banger más cargado a la espada y la brujería se sabe de memoria.

Desfilaron sobre nuestros oídos «Dawn of Victory», «Triumph for My Magic Steel», «Dargor, The Shadowlord of the Black Mountain», y «Holy Thunderforce», como si nada, así una tras otra, inflamando el pecho de los asistentes, transformando a la Blondie, que pasó de búnker-pop a fortaleza medieval llena de recovecos plagadas de enanos, elfos, humanos, apilados entre las alacenas, las fosas del castillo y las puertas-rastrillo; los celulares trocaron en martillos, la iluminación en fuego de dragón, y las vestimentas en relucientes armaduras.

El dragón se tambaleaba, sus escamas echaban sangre por las hendiduras, y solo faltaba saltar a su pescuezo y desgarrarle la cabeza. Y ya lo repetimos, sin orquestas, sin Starapoli, sin músicos prácticamente, solo por la fuerza y el honor que entre todos creamos esa noche épica, ayudamos a los rapsodas a cercenarle el cuello a la bestia, con dos canciones finales tan inmortales como sus títulos: «Land of Inmortals» y «Emerald Sword».

CONCLUSIÓN:

Al final, lo que pintaba para catástrofe terminó siendo una noche improbable y feroz, de esas que solo ocurren cuando la banda se ve obligada a pelear sin armadura. Sin Starapoli, sin red y con las pistas sosteniendo lo justo, Rhapsody of Fire se rearmó a puro oficio, con una rítmica afilada, un Voli desatado y una Blondie que rugió como sala de armas. La épica no vino del artificio, sino del choque directo entre músicos y público, del instinto de supervivencia convertido en fuerza. Y así, a contraluz del fuego y la falta de certezas, se forjó una victoria que nadie esperaba, pero que todos terminamos celebrando como un golpe limpio al corazón del dragón.

Triptykon: Donde las almas se ahogan

By · martes, diciembre 9th, 2025 · Comentarios desactivados en Triptykon: Donde las almas se ahogan

Por Claudio Miranda
Fotos Rubén Garate @brutal_pebre_

Para las formalidades periodísticas en instancias de análisis, sería lo correcto -y obvio- referirnos a Triptykon como una secuela de Celtic Frost, algo que su propio líder y fundador ha admitido sin rodeos. No suena tan descabellado si reparamos en los rasgos distintivos Eparistera Daimones (2010) y Melana Chasmata (2014) comparten con Monotheist (2006), el capítulo final en la saga discográfica del proyecto más exitoso que haya liderado Tom G. Warrior. La realidad, y esto sin desmerecer la apreciación anterior, es que Warrior, un artista que se debe solamente a su propia voluntad fuera del mercadeo habitual del circuito de giras, siempre decantó sus inclinaciones musicales por el riff ‘sabbáthico’, el acorde monolítico con neblina de perversión.

Tanto como continuar el legado de una banda legendaria, la naturaleza de Triptykon se arraiga en el doom metal de personalidad atrapante, con sonido denso y desarrollo cinematográfico. Donde en otros estilos la velocidad con precisión de conservatorio o la brutalidad cavernaria funcionan como zona segura, acá predomina la convicción de la atmósfera y la transmisión de emociones genuinas. Es el expresionismo puro lo que Tom G. Warrior ha abrazado durante más de cuatro décadas de carrera, y el acento que le imprime Triptykon a la búsqueda por sobre el triunfo es una característica propia de quienes saben trabajar en silencio. De ahí es que cuando se habla de la lentitud extrema como una incursión para valientes, es una constatación de hacia dónde una inmensa minoría se dirige respecto a otros estilos donde es fácil encandilarse con las bondades de la tecnología o el truco de habilidad técnica bajo la manga.

A eso de las 19:30, y en un teatro Cariola a 1/4 de su capacidad a esas horas -ojo!, y eso que fue un lunes feriado-, el death metal de Meridion le dio el ‘vamos’ a una jornada dedicada 100% al metal extremo desde el impulso y en su cara más tenebrosa. Una rúbrica que evoca la mitología oscura del sur del mundo, extendiendo una atmósfera tan propia como su narrativa. En un muestrario que incluye piezas del calibre de «Calafate», «Selknam Cry», «Stone of the Desert» y «Behold Man from Monteverde» -la intro con trutruca en mano, multiplicando los caminos en un mismo espacio-, se levanta en vivo un metal donde el gruñido de las cavernas de nuestro sur retumba sin discusión.

La simbiosis entre la guitarra y los teclados potencia dicha atmósfera de penumbra, lo que nos permite apreciar de cuerpo completo el funcionamiento de una banda que nos sumerge durante media hora en su propia cosmovisión. Por lejos, Meridion puede jactarse de su originalidad y, a la vez, preservar la coherencia del estilo en su vena más primitiva. Como tiene que ser.

Cultores de un death metal arraigado en el underground más radical, Unaussprechlichen Kulten despliega todo su imaginario de horror cósmico en una ejecución al hueso. Su estilo inconfundible, ya dominado tras más de un cuarto de siglo de recorrido, nos hunde en su propia imaginería de caos y abominación, ahí donde el culto a lo innombrable termina por barrer con todo rastro de cordura. «Wake Up in Walpurgisnacht», «Cultes des Goules», «Our Almighty Chthonic Lords» y «Seven Cryptical Books of Hsan», una por una desenrollan el horror lovecraftiano que estos hoy cuatro señores, con Joseph Curwen a la cabeza, exponen a un público que abraza los valores del género como un ritual de invocación prohibida.

Es necesario remarcar la dedicación que Unaussprechlichen Kulten le imprime a lo que hacen, pues cuando hablamos de de músicos metaleros desde la vena, aquello se traduce en el hedor espeluznante que sus armonías destilan en vivo. Nada de aparatajes ni palabras de cortesía barata al público, solamente a lo que van con lo que se han ganado un sitial de honor como nombre bisagra en el death metal nacional. Y eso, por mucho que a una mayoría le parezca extraño, quienes sabemos de dónde viene el metal lo vemos como un distintivo natural.

Tras un fin de semana dedicado al homenaje, Tom G. Warrior ahora se enfoca en el presente. La empezada con «Goetia» basta para envolvernos en los misterios de una propuesta que no concede nada ajeno a su integridad. Como lo hace en Eparistera Daimones, es la primera estación en un viaje de altas turbulencias, Triptykon despliega su trance monolítico, donde la paleta de colores ejerce su servicio a la lentitud y el espesor. Obedeciendo al principio del doom como expresión anímica, tanto en el arranque como en las siguiente «Abyss Within My Soul» y «Tree of Suffocating Souls « se manifiesta un espectáculo quizás sobrio para la vista, pero con un efecto purificador que termina haciendo bien a quienes buscamos algo allá bien abajo. Son esos momentos donde la destreza instrumental que Tom G Warrior, el guitarrista V. Santura y la bajista Vanja Slajh relucen como un todo, nos deja arrodillados. Completando el cuadro, Hannes Grossmann en batería imprime en cada golpe una fuerza descomunal que va de la mano con la solidez requerida en un género que no se ampara en nada ajeno a sus ideales.

Lo que parece un regalo para los fans de Celtic Frost, «Dawn of Megiddo» en realidad encaja perfectamente con la narrativa que Tom G. Warrior ha extendido de la mano de Triptykon. Qué decir de «A Dying God Coming Into Human Flesh», con Warrior exprimiendo su voz de ultratumba como sacerdote druida en llena misa negra, en algún instante traspapelándose con la de Jaz Coleman. Referencias más o menos, basta con dicha sección para dejar satisfechos a quienes saben de antemano que Tom G. Warrior, más allá de la huella grabada al frente de Hellhammer y los propios Celtic Frost, es un alquimista que se da el tiempo necesario para que el repertorio cunda con el sabor y aroma deseados. Siempre a fuego lento, pues así se cocina el mejor plato.

Puede que en cantidad se haga poco un repertorio con 8 canciones. En minutaje, la cadencia de «Aurorae» nos mantiene tensos y, a la vez, conectados en una misma poesía desoladora. Y para el cierre, los casi 20 minutos de «The Prolonging» nos sumen casi a la fuerza en una caminata de introspección, no muy distinto a la agonía más dolorosa. Y es que, como dice el título, hay una prolongación de la huella dactilar de Tom G. Warrior hacia la exigencia más extrema. No extraña, por cierto, la complicada digestión que requiere Triptykon dentro y fuera del metal. Más bien, responde al ideal que Warrior profesa como un practicante de las viejas formas, donde la distopía biomecánica en la producción visual de H.R. Giger reverbera con la misma intensidad que el sonido agobiante y grandilocuente de Triptykon.

Al cierre, no sabemos si habrá un próximo cara a cara con Tom G. Warrior. No al menos como los tres días recién pasados, cada uno dedicado a un capítulo dentro de una trayectoria incorruptible. De haber una próxima visita, ¿cuántos estarán dispuestos aún a ahondar su excursión hasta llegar al lugar donde las almas sucumben por ahogamiento y falta de luz? La respuesta está en quienes se dejan hundir en aguas oscuras mientras nosotros encontramos la luz más brillante.

 

Chileterror Fest, día 2: El retorno del emperador

By · lunes, diciembre 8th, 2025 · Comentarios desactivados en Chileterror Fest, día 2: El retorno del emperador

Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

Por muy extraño que parezca, las dos jornadas de Chileterror Fest destacaron por un rasgo distintivo en cada una. Si la primera jornada prevaleció la ‘sangre nueva’ del metal de la vieja usanza, la del domingo resaltó la huella de los estandartes. Obviando la bajada Martin Schirenc y su versión de Pungent Stench -problemas con las visas-, fuimos testigos y partícipes de una liturgia en toda su forma y esencia. Sabemos que en el periodismo musical, sobretodo cuando nos apasiona tanto el metal antiguo, hay recursos o expresiones que caen de perilla. Y es ahí donde nos da el cuero para referirnos a la realidad a todas luces: hay una escena atomizada y cada vez más subdividida. Es ahí donde el regreso a las vibras originales, hacia el impulso antes del mercadeo impuesto por los sellos, adquiere razón de ser y parecer.

El gran acierto de Chileterror Fest, tal como lo destacamos durante la 1ra jornada, está en el armado del cartel. Es un festival hecho para el metalero que respira metal hecho a base de propósito antes de pulirse hasta caer en la uniformidad de la clínica. No se malentienda como algo bueno o malo; es la constatación de una realidad asociada a la nostalgia, incluso si los más nostálgicos sean quienes no vivieron la época dorada del género. Y fue precisamente durante la segunda jornada, a pesar del contratiempo mencionado más arriba, cuando se despejaron todas las dudas sobre un festival que llegó para quedarse, como la misma producción nos lo hizo saber al cierre de esta edición.

Vayamos a lo que nos convoca, empezando por Demoniac. Por lejos, una de las propuestas más fulgurantes de la escena nacional, con una extraordinaria progresión natural en su catálogo y un despliegue en vivo que se mueve entre el maldito thrash metal y la vanguardia más radical, siempre desde la necesidad de expresión. Así se explica que «The Trap», «Death Comes» y la inédita «El Lado Oscuro de la Rosa», tanto como su temple de clásicos bien ganado, nos muestran de cuerpo completo la anatomía creativa e instrumental de una agrupación que abraza todas las posibilidades dentro de su narrativa oscura. O el contraste entre el laberinto demencial de «Equilibrio Fatal» y las atmósferas mortecinas de «Granada», ambas hermanadas en una misma saga de desastre con crítica ácida. Se nota a kilómetros porqué les va bien, en especial por la disposición de sus integrantes a reforzar su lenguaje musical y armar un paquete a detonar con un espectáculo atronador.

Cuando hablamos de instituciones por derecho propio a nivel local, Atomic Aggressor trasciende incluso las barreras de género. La sola arrancada con «The Primal Chaos» basta para recordarnos que el death metal y sus líricas escalofriantes se extienden en el directo como una hecatombe. Es el sonido de quienes vieron en la música una herramienta para destruirlo todo. Lo que «Bleed in the Altar», «Spawn of Doom», «Unholy Temple», «Unholy Temple» y la fundamental «Bloody Ceremonial» proyectan con la misma fuerza que las divinidades del mundo prohibido en su vorágine de caos. Un placer observar la precisión quirúrgica con que las guitarras de Julio Bórquez y Enrique Zúñiga se entienden desde sus flancos, a punta de maestría y entrega extraordinarias. Al mismo tiempo, Alejandro Díaz preserva sus cualidades vocales como surgiendo del mismo inframundo, mientras su labor en el bajo se complementa con la excelencia de Álvaro Llanquitruf en la batería. Quizás no estamos descubriendo nada nuevo, pero en un repertorio donde se nota la altura de lo escrito por sobre cualquier truco o adorno innecesario, la recepción por los ‘bangers’ de ayer y hoy lo dice todo.

Tras unos 15 minutos de descanso, y unas palabras de Jorge ‘Chárgola’ Hurtado agradeciendo al público, la leyenda canadiense concretaba su primer cara a cara con el público chileno. La intro «Forward to Termination» y el bombazo de «Terror Strike», nos presentan a Sacrifice con su alineación histórica y echando fuego como debe ser. Con Rob Urbinati al frente, los de Toronto vinieron a lo que mejor saben hacer durante más de cuatro décadas; machacar cuerpos con música plenamente propia. La voracidad de su rúbrica va de la mano con una habilidad técnica que se mueve entre el fragor propio del thrash y una crónica sobre encuentros con la muerte en sus formas más horrorosas, como podemos notar en «In Defiance» y la más progresiva «Soldiers of Misfortune», precisamente la que titula su último gran trabajo antes del silencio forzado por más de una década.

Pese al sonido algo saturado en un comienzo, es un gusto apreciar la forma en que se encuentran los canadienses, mucho más con un trabajo editado a comienzos de año titulado Volume Six, del cual tuvimos «Antidote of Poison», «Comatose» y «Underneath Millennia» como parte de un arsenal tan dañino como letal en su objetivo. Y es que Sacrifice, más allá de sus trabajos más laureados, es una banda que entiende como pocos lo que significa mantener su estilo lo más fresco posible, sin caer en los vicios de la industria y dejando en claro que sus primeros dos o tres LPs han superado las barreras del tiempo. De esta forma es que la homónima «Sacrifice», «Turn On Your Grave», «Afterlife», «Pyrokinesis» y «Re-Animation» desfilan con la misma urgencia de hace cuarenta años. Ahí donde el rótulo de «clásico» se justifica por la enorme pisada que quedó grabada a fuego en toda una generación. Por algo Max Cavalera los invoca como una de sus bandas favoritas en el thrash de la vieja escuela. Si cuando la muerte más cruenta nos da la cara, Sacrifice evoca dicha imagen en vivo como un ataque terrorífico.

El sábado fue el turno de Hellhammer en manos en Triumph of Death. Ahora le tocó a Celtic Frost, cortesía de Triptykon. En ambas hay un hombre en común: Thomas Gabriel Fischer. Más conocido por el nombre inmortalizado en los créditos de escritura, Tom G. Warrior. Y en un Caupolicán con la cancha repleta, basta con que «Circle of the Tyrants» nos sumerja en el mundo de abstracción y desastre que hizo de To Mega Therion (1985) una obra de carácter superlativo, incluso fuera del metal. De inmediato, «The Usurper» y «Return to the Eve» desenvuelven todo el poder imperial de una agrupación que Warrior, su fundador e ideólogo, preserva como guardián legítimo. Acompañado de Victor Bullok en guitarra, Vanja Slajh en el bajo y Hannes Grossmann en batería, el genio suizo preside su segunda eucaristía en suelo chileno; hasta se da el tiempo para recordar el primer encuentro con los fans chilenos allá en 2018, en el marco del recordado festival Evil Confrontation.

Al analizar cuidadosamente el repertorio, destacamos la importancia brindada a Monotheist (2006), el trabajo de retorno y despedida de Celtic Frost. Pasajes como «Ground» y «A Dying God Coming Into Human Flesh» potencian en vivo la grandeza con dimensiones multicolor que Warrior visionó en el estudio. Un trabajo que se lleva de lo mejor con las más celebradas «Into the Crypts of Rays» y «Procreation (of the Wicked)», mientras que «Sorrows of the Moon» asume la embajada de Into the Pandemonium (1987), por lejos su trabajo más radical. Imposible achacarle una etiqueta a Celtic Frost, pues la forma en que su estilo se mueve entre el doom, el thrash y la música industrial, refleja la poesía siniestra que evoca su imaginario. El cierre con «Synagoga Satanae», otra joya extraída de Monotheist, responde al auténtico valor de una agrupación que se adelantó un par de milenios a todo lo que conocemos hoy en la música extrema y las ramas más vanguardistas del género. Y quizás sea la última vez que tengamos en suelo patrio un espectáculo donde la leyenda presenta sus credenciales mediante lo que realmente importa.

Como saldo final de ambas jornadas, la asistencia fue como se esperaba. Acertada la elección del recinto, mucho más en contexto de festival. Hubo una atmósfera, las bandas locales justificaron sin ´peros’ su inclusión en el cartel, los actos internacionales respondieron al gusto de quienes, incluso, dictaminan que no es necesario el aparataje publicitario del fenecido Metal Fest para satisfacer a un público que no quiere nada salvo metal biológica y químicamente puro. Es así como funcionan las cosas en el pandemónium del verdadero metal, un lugar donde el retorno de su emperador es celebrado como los dioses mandan.

Chileterror Fest, día 1: En los dominios de la muerte

By · domingo, diciembre 7th, 2025 · Comentarios desactivados en Chileterror Fest, día 1: En los dominios de la muerte

Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

Un género como el metal, sobretodo en su forma más extrema, se encuentra en constante desarrollo y toma nuevas formas, derivando en cambios para bien o para mal. En paralelo, el regreso a las vibras originales nos recuerda que el metal es, ante todo, un impulso. Y el retorno a las raíces, los padres fundadores, barre con toda docilidad impuesta por una industria que prioriza el mercadeo por sobre una idea distinta. Dicha vuelta puede que tenga que ver con la nostalgia hasta cierto punto. Paradójicamente, gran parte de esa nostalgia es profesada por una generación que no vivió la época en que el metal fue una revolución subterránea antes de caer en el acomodamiento y la uniformidad.

Si hubiese que destacar el gran acierto de Chileterror Fest, incluso antes de llegar al sábado 6 de diciembre, es la conformación del cartel. Esto va más allá de los nombres, sino que revela el gran objetivo de estas iniciativas: crear una atmósfera propia y respirar la potencia del género en su fase más primitiva. Lo dijo hace unos meses Tom Angelripper al sitio web Metallerium: «Hay gente de 14 o 15 años que me dice que les interesan mucho las bandas clásicas del heavy metal, porque estas son las bandas de metal de verdad». Una declaración categórica que se puede constatar en el público congregado en el Caupolicán. Niños de 15 años hacia arriba, con chaquetas con parches y, muchos de ellos, pegados a la reja del escenario. Hay un encuentro generacional con quienes eran niños 30 o 40 años atrás, todos reunidos en torno a un mismo sentimiento de odio cruento dirigido al sistema imperante. Porque el metal, antes de pulirse hasta lograr niveles de clínica, es música hecha por y para la gente enojada.

Vamos a lo que nos convoca, el puntapié inicial a cargo de Mayhemic. Uno de los nombres más destacados en el circuito local y, a todas luces, sudamericano. Si el lanzamiento de Toba fue uno de los más esperados en lo que respecta a música extrema, en vivo su poder extintivo azota escenarios sin ninguna concesión al propósito devastador de sus ejecutores. En lenguaje coloquial, son cabros (no tan) chicos que respiran la crudeza del thrash alemán en su etapa fundacional y el legado del primer Sepultura. Y sin haber vivido aquella época, absorben toda la esencia del metal violento y cavernario en sus orígenes, al punto de que «Extinction & Mystery», «Valley of the Tundra», «Triumph Portrait», «Toba» y «Volcanic Blast» -¡vaya título!- literalmente arrasan con cualquier prejuicio externo. Aquí se ve la autenticidad, el valor agregado. No es solamente abrir un festival, sino demostrar de qué están hechos y, en el mismo plan, generar el ambiente desde el inicio. Mayhemic cumple y sorprende en vivo, porque su potencial catastrófico genera lo buscado, y no temen ni dudan ante nada.

Para los amantes de Voivod en su etapa más infravalorada -la que se comprende entre 1994 y 2001-, el anuncio de E-Force fue un regalo. Eric Forrest, quien adoptó dicho pseudónimo al ingresar a la banda -entonces reducida a trío-, es el guardián de un tesoro (muy) escondido, muchas veces omitido en el recuento histórico respecto a otros trabajos más laureados. Desde la entrada con «Rise», pasando por «Project X», «Mercury», «Planet Hell» y «Meteor», se nota a kilómetros una agrupación que hace suyo el legado de los de Québec, al punto de hacernos soñar con un show de los canadienses en el Caupolicán. Forrest, con el respaldo del guitarrista Sébastien Chiffot y el baterista Patrick Friedrich, rememora la crudeza de Negatron (1995) y Phobos (1997) y la traspasa al directo con un show atronador, suficiente para reivindicar una fase que suele quedar relegada a la categoría ‘para entendidos’. Aún así, para quienes quizás no están familiarizados con Voivod, puede ser tan desconcertante como una sorpresa.

Con casi 15 años de carrera y cinco lanzamientos de naturaleza intachable, Skeletal Remains aterrizó en nuestro país con su propia definición del death metal: aplastar cráneos y moler huesos con un sonido aniquilador. No se limitan a heredar la personalidad de instituciones de la altura de Death y Pestilence, sino que se introducen en una época determinada del género para incorporarlo a su ADN. Bien lo saben los ‘bangers’ que iniciaron el primer moshpit de la jornada en el recinto de calle San Diego. Imposible otra reacción a «Void of Despair», «Beyond Cremation», «Relentless Appetite» y la magnánima «Catastrophic Retribution», todas muestras de una propuesta inhalada en el estudio y exhalada ante un público dispuesto a recepcionar tamaño castigo. Por algo Anton Reisenegger tiene a los californianos como nombre de cabecera dentro de la oleada que revitalizó la escena durante la última década. De paso, termina zanjando mediante lo que importa cualquier discusión estéril sobre lo que debe o no debe ser el death metal.

Imposible entender la esencia del metal extremo sin el aporte estético y musical de Hellhammer. Tras su disolución en 1984, con tres demos de carácter angular y el EP Apocalyptic Raids, la leyenda se extendió por todas las cloacas del Globo. Bajo el nombre Triumph of Death, Tom G. Warrior conmemora un legado tan incorruptible como vilipendiado en su momento. Cuatro décadas más tarde, y en el rincón más austral del mundo, fue cuestión de tiempo para que «The Third of the Storms (Evoked Damnation)» volviera realidad el sueño de generaciones completas. «Massacra», «Maniac», «Blood Insanity» y «Decapitator», una a una conforman la revitalización en vivo de un material que traduce la crudeza en un despliegue de emociones profundas.

Salvo la postal con bandera chilena en mano y algún saludo hacia el público local, Tom G. Warrior es un hombre que dice lo justo. Es un explorador que entiende la importancia de la música por sobre cualquier muestra innecesaria de pirotecnia. Lo entienden también quienes sucumben ante el trance desolador que «Chainsaw», «Reaper», «Buried and Forgotten» y «Aggressor» extienden hasta el mismo averno que Warrior traza en los conceptos diseñados mucho antes del auge y caída del movimiento black metal originado en Noruega. Al mismo tiempo, el entendimiento de Warrior con la bajista Jamie Lee Cussigh, el guitarrista André Mathieu y el baterista Tim Iso Wey es brillante. Por eso es que «Messiah», «Visions of Mortality» -la última canción escrita por Hellhammer, incluida en el seminal Morbid Tales (1984) de Celtic Frost- y la enorme «Triumph of Death» terminan por hacernos sentir tan gigantes como microscópicos. Si Hellhammer es un monstruo grande que pisa fuerte, es porque Tom G. Warrior, a través de Triumph of Death, lo mantiene en forma y bien alimentado.

Los 40 años de Mayhem conforman un hito irrepetible. Una visita habitual en suelo patrio, el Caupolicán ahora sí le hizo justicia en cuanto a calidad sonora. La intro con imágenes de archivo y audios con testimonios de la propia banda, le da el paso a «Malum» y «Bad Blood», ambas de su más reciente producción titulada Daemon (2019). Con un Attila Csihar fulgurante desde sus atavíos en cada sección del show, y un apoyo visual a la altura de su propia huella dactilar en el black metal, Mayhem nos brinda un show derechamente atronador. No es solamente lo que entregan en vivo, sino la elaboración del repertorio lo que refleja la inteligencia de los nórdicos para construir una noche infernal en toda su forma. Así se entiende y digiere un espectáculo que le dedica el espacio merecido a todas sus producciones, donde Esoteric Warfare (2014), Ordo ad Chao (2007), Chimera (2004), el EP Wolf’s Lay Abyss (1997) y Grand Declaration of War (2000), en dicho orden tuviesen el protagonismo merecido por igual. Y el apoyo audiovisual, con imágenes d ela banda en sus respectivas etapas, le da un matiz emocional que trasciende cualquier cliché o parodia achacada al género.

En un set planeado como un viaje en el tiempo, la sección dedicada al fundamental de De Mysteriis Dom Sathanas (1994) termina por echar todo abajo. Entre el homenaje a los caídos Per «Dead» Ohlin y Øystein «Euronymus» Aarseth y la mención al polémico Varg Virkenes, clásicos del calibre de «Freezing Moon», «Eternal Life», el corte titular y «Funeral Fog» adquieren un sabor especial como el momento más esperado en una presentación rutilante. Y por si fuera poco, la aparición de los históricos Messiah y Manheim en la sección dedicada a Deathcrush (1987) termina por cerrar el círculo interno. «Deathcrush», «Chainsaw Gutsfuck», «Necrolust» y «Pure Fucking Armageddon»… Cuántas veces hemos soñado con tamaña reunión de viejos amigos. Y lo bien que entiende Mayhem respecto al black metal mucho más allá del cliché y la fórmula. De las pocas bandas veteranas cuya discografía tiene como rasgo la variedad; ninguna placa suena igual a la otra. Y eso es una cualidad a destacar en estos tiempos.

Balance positivo, convocatoria a la altura de lo esperado, tiempos con precisión suiza, con algún delay de minutos cuando lo requiere la situación. Y en un recinto apropiado en cuanto a acústica y localidades. Tras la jornada de hoy domingo habrá una evaluación más completa. De lo que sí estamos seguros, es que Chileterror Fest está con un pie adentro del Sur del Cielo para entablar su permanencia en los dominios de lo único real. Y esperemos que así sea.

The Brian Jonestown Massacre: Arcoíris Super-Sónico

By · viernes, diciembre 5th, 2025 · Comentarios desactivados en The Brian Jonestown Massacre: Arcoíris Super-Sónico

Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

Es probable que alguien haya visto el documental Dig! (2004, re-estrenada con material adicional el año pasado) y no entendiera qué carajo ocurre ahí. Es la crónica de de una relación tan fructífera como conflictiva entre dos agrupaciones pilares del rock alternativo durante la década del ’90: The Brian Jonestown Massacre y The Dandy Warhols. Para los entendidos, es la proyección de una captura irrepetible; la vorágine de una relación marcada por el contraste entre la convicción artística y los excesos extra-musicales del rock. Resalta, en especial, la figura de Anton Newcombe, el líder e ideólogo de The Brian Jonestown Massacre. Un personaje voluble e impredecible, cuyo temperamento va muchas veces de la mano con la autodestrucción y las peleas constantes. Sin sutilezas, en muchos casos llegando a las manos tanto con la banda compañera de ruta como con sus propios colegas. Luz y sombra en una leyenda viviente que, valga la redundancia, vive inmerso en su propio imaginario.

Tanto como la mentalidad de una banda que abraza la independencia hasta liberarse de todo el mercadeo impuesto por los sellos discográficos, lo que nos maravilla de los californianos es la paleta multicolor de su distintivo sonoro. Psicodelia en su forma más natural posible, traducida al directo como un trance hipnótico con momentos de tensión hasta el borde de la sin-razón. Todo lo que confirma una atmósfera que se extiende hasta los lugares menos pensados, con la huella de The Rolling Stones -pensemos en Between the Buttons (1967)– y los primeros dos trabajos de The Velvet Underground adherida al ADN de una banda que abraza la autenticidad sin caer en la digestión fácil. LO que la prensa musical y el excepticismo llama ‘lugar común’, The Brian Jonestown Massacre lo empaqueta para ofrecerlo en vivo a una minoría dispuesta a recibir sin disposición a nada que sea ajeno a la sorpresa. Es una experiencia para iniciados que entienden, al mismo tiempo, la curiosidad que genera una banda que se mantiene activa sin necesidad de grandes luminarias, priorizando el mensaje a base de lo justo en palabras y el máximo de una idea tan potente como expansiva.

Arrancando la jornada, el shoegaze de Special Cases hizo lo suyo como el primer acto local. Un público algo escaso a eso de las 19:15 fue testigo de lo que tiene que ofrecer una agrupación con puesta en escena muy sobria, pero con una solidez en lo que brindan como primer aperitivo. El gusto por My Bloody Valentine y The Jesus and Mary Chain se traspasa a un despliegue de sonido envolvente que, por momentos, provoca algunos espasmos de ruido a la usanza de los todopoderosos Sonic Youth. El chirrido de las guitarras cuando lo amerita el repertorio nos habla de lo que puede ofrecer Special Cases como un acto en vivo que puede apuntar a más.

Si hay un nombre en la escena local que atrapa miradas y sentidos de manera inmediata, Dinastía Moon se lo tiene ganado por derecho propio. Y es que la partida con «John Titor» te arrincona, te sube y te baja. Y te vuelve a arrinconar, y así. A la altura de su propuesta donde la era mitológica de los Santana-Grateful Dead-Amon Düül II construye un puente hacia el presente liderado por King Gizzard & the Lizard Wizard y Psychedelic Porn Crumpets, lo es su despliegue en vivo, con la destreza instrumental de sus componentes reforzada con la entrega que cada integrante dispone a ojos cerrados. como parte de una biósfera que respiran en el estudio para exhalar en el directo. El desempeño de Víctor Lazo en las congas y Oscar Videla moviéndose entre la sitar, la guitarra eléctrica y el sintetizador, te da una idea más clara de la maestría artesana con que «Chaman», «Mycelium», «Spaghetti Western», «Isla Friendship» y la tribal «Cosmonauta», una a una desfilan hasta mostrar de cuerpo completo la anatomía creativa de sus intérpretes. Y hay que reconocer, al menos desde esta tribuna, lo fácil que sería caer en los clichés de la música psicodelia y su relación con el uso -y abuso- de sustancias para la mente. En el caso de Dinastia Moon, el efecto generado como acto en vivo apunta hacia el aspecto musical, la devoción absoluta a un lugar del que tanto se habla y poco se aprecia con vista y oídos.

Con el reloj marcando las 21 horas, el retorno de The Brian Jonestown Massacre es un hecho, aunque con ciertas sensaciones encontradas. Entre el puntapié inicial con «Whoever You Are» y «Vacuum Boots», da la impresión de que Anton está lidiando con problemas técnicos en su equipo de efectos. Incluso pide disculpas al público por la configuración errónea de sus artefactos. Con todos los ripios en cuestión, su guitarra Vox Phantom de 12 cuerdas es el centro de gravedad en una banda donde está claro lo que cada uno sabe qué hacer. Lo que tanto las dos piezas mencionadas como las siguientes «Do Rainbows Have Ends» y «#1 Lucky Kitty» remarcan con una fluidez extraordinaria, una virtud que Anton ha pulido con los años y la búsqueda incansable. Por supuesto, el pandero de Joel Gion y la guitarra de Ricky Maymi -ojo, ambos los más longevos en la banda, descontando a su líder y fundador-, están ahí para aportar equilibrio con los más nóveles Hákon Aðalsteinsson (guitarra), Hallberg Daoi Hallbergsson (bajo), Emil Nikolaisen (tecladista) y Tobias Humble (batería), este último ingresado recién este 2025. Ahí se nota el buen ojo -y oído- de Newcombe, quien confía a muerte en cada uno, sobretodo en Nikolaisen, un tecladista que entiende completamente su tarea como responsable de la niebla de distorsión que The Brian Jonestown Massacre construye hasta expandir hacia donde pocos son capaces de ´poner un pie y volver para contarlo. Y el entendimiento entre los seis, además de maravillarnos, es digno de análisis para quienes se preguntan dónde radica el dominio de su estilo que se resiste a cualquier etiqueta.

La elasticidad con que «Fudge», «That Girl Suicide» y «Days, Weeks and Months» extienden su fragancia por todo el recinto, es un elemento que TBJM aprovecha hasta el punto de jugar con la paciencia del respetable. Lo saben de antemano los fans; nunca se sabe con Anton Newcombe, un sujeto enigmático y cuyas mañas de veterano pueden desconcertar a quienes esperan un show elaborado con precisión relojera. Se da el tiempo, como líder y núcleo, de alargar la tensión muchas veces al borde de la ridiculez, sin perder jamás la consistencia. Y es ahí donde los brochazos de incertidumbre, sumándose a los residuos de imperfección, le dan un sabor especial al show. O como el propio Anton lo admite a su público: «si quieren solos perfectos, llamen a Slash y Angus Young». Lo que es salir jugando, utilizando el ‘personaje’ a su favor en aquellas instancias de duda y espectación. Eso es lo que le da a TBJM un condimento especial como espectáculo, ahí donde las únicas reglas a acatar son las de su creador, quien se mueve entre el blues, el shoegaze y el pop a la antigua usanza. Un lenguaje único que dice muchas cosas en torno a su propio concepto de independencia.

Qué importante es el trabajo de Joel Gion. No se limita a su tarea en la pandereta, sino que es quien mejor lleva los momentos desconcertantes de Anton Newcombe, a quién conoce desde hace tres décadas. «When Jokers Attack» es un tremendo ejemplo, pues dentro de una misma atmósfera resalta el aporte de Gion como responsable de un sonido que nos transporta con lo mínimo en aparataje a una época de ensueño. No se entiende sin Gion el trance hipnótico que TBJM propaga hacia la mente y los cinco sentidos. Son esos detalles, considerados ‘mínimos’ en otros estilos con más producción y pirotecnia, los que hablan de una firma que con lo justo dice y entrega todo. Paradójicamente, el perfeccionismo de Newcombe y la naturalidad que TBJM traspasa al directo se encuentra en un mismo punto. Es lo que nos evoca en algunos pasajes donde el propio Newcombe se abraza con Gion o intercambia miradas y palabras con Hallbergsson.

De la forma en que «Sailor» nos permite navegar por un mar de infinitas capaz sonoras, «Anemone» nos devuelve a los días de «Their Satanic Majesties’ Second Request (1996), probablemente su placa más importante y ambiciosa. Es la exploración del sonido en una época determinada, sin quedarse en lo retro y dotada de esa sabiduría que los propios Stones perdieron al ascender al nivel de consagrado llena-estadios. Reiteramos lo asombroso que nos resulta el efecto purificador que TBJM detona en cada momento, al punto de hermanar la siguiente «Pish» del EP Mini Album Thingy Wingy (2015) en una misma narrativa. 20 años de diferencia entra ambas piezas, una cifra que se diluye cuando se manifiesta un sentimiento de alquimia y búsqueda que los de San Francisco traducen a un conjunto de música etérea con melodías certeras y una convicción que Anton Newcombe pregona sin mucha elocuencia y con la variedad de sonidos que sus guitarras de seis y doce cuerdas le proporcionan a la noche.

Las dos horas de show llegan al cierre con «Servo» y la grandeza emocional de «Super-Sonic». Ambas del también fundamental Give It Back! (1997), con la última elevándonos hasta la cima del universo. En los teclados, Emil Nikolaisen hace su trabajo ataviado con un poncho, incluso en algún pasaje de ‘relax’ se bebe un sorbo de vino, botella en mano. Pero es en el cierre de la noche cuando, una vez la banda se retira tras dar por finalizada su labor, Nikolaisen permanece solo sosteniendo un acorde que nos lleva a la tirantez máxima de nuestros sentidos. No hay palabras ni análisis que resistan tamaño broche. Es todo lo que TBJM busca de inicio a fin en vivo, siempre entregando una experiencia de descubrirlo todo y dejarnos sin aliento. Ahí donde la pulcritud se vuelve un estándar, poco y nada de eso le importa a Anton Newcombe. Sólo los genios, con sus luces y penumbras, tienen el don de fraguar un arcoiris supersónico con dulce sabor.

“PICTURE EN LA SALA RBX: ¿DINOSAURIOS A PUNTO DE MORIR O VETERANOS LISTOS PARA DETONARLO TODO?”

By · jueves, diciembre 4th, 2025 · Comentarios desactivados en “PICTURE EN LA SALA RBX: ¿DINOSAURIOS A PUNTO DE MORIR O VETERANOS LISTOS PARA DETONARLO TODO?”

Por Pablo Rumel
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

Cuarta vez en Chile, los neerlandeses de Picture se repetían el plato en la misma Sala RBX luego de tocar en noviembre del año pasado. Herederos de un pasado glorioso con 45 años en trayectoria, con alguna temporada en receso, los neerlandeses no venían a estrenar material nuevo, por lo cual la columna vertebral de su show descansaba en sus clásicos y uno que otra canción del nuevo milenio. ¿Estaríamos frente a dinosaurios al borde de la extinción o abuelos-vitamina listos para hacer volar la dinamita? Acá en Sonidos Ocultos te contamos la firme, sin maquillar nada, tal cómo ocurrió.

LOS TELONEROS CHILENOS

Pasadas las 20:00 pm oímos una cuenta regresiva y el clásico ¡iIGNITION! Dando paso a Hëiligen, acto de heavy metal tradicional chileno comandados por el guitarra Hugh der Hëiligen, quienes tenían la misión de calentar los calderos infernales de la SALA RBX.

Interpretando «Light in the Darkness», los connacionales tiraron chispas desde los primeros riffs, con fuerte acentuación en las guitarras y tremendo manejo vocal de Renzo “Mörder” Palomino, ataviado con brazaletes de cuero e inigualable chaqueta trve, dueño de una calva reluciente que reflectó las luces del recinto como un faro en la oscuridad.

Pero no estábamos ahí para calvarios ni luces reflectantes, sino para oír poderoso heavy metal, y Hëiligen, al igual que un cohete saliendo de la atmósfera, fue creciendo en cada interpretación: le siguió la rítmica y galopante «Prisioner of Faith»: la base bajo-batería no desentonó en ningún momento, y el hacha de batalla de cuatro cuerdas empuñada por Hugo Álvarez (fundador de Eternal Thirst) sonó magistral. Eso sí, un poco más atrás en el escenario, quizá en una posición algo tímida, y por eso se le conmina a que salte a la primera línea, pues es un gladiador de mil batallas y que maneja el instrumento- tocando a puro dedo- con precisión quirúrgica.

Fue una presentación de combate, directo al hueso, sin discursos ni parafernalia, más que recrear el glorioso sonido metálico de las antiguas huestes. Tras «Return to the Battle», interpretada a velocidad acelerada, llegamos al cierre con el ya clásico «Rage of the Gods», la cual arranca con una batería a toda máquina y guitarras gemelas, seguido de un largo y estruendoso agudo, que digámoslo ya, sin ambages, mejora en cada presentación que hemos podido testimoniar de los Hëiligen, quienes lograron la hazaña de sonar más bravos y decididos que en sus discos de estudio, y eso no hace más que engrandecerlos.

LA RETAGUARDIA NEERLANDESA: ROCK AND ROLL HEAVYMETALERO

La Sala RBX no se repletó, es verdad, en cambio se organizó un fiel pequeño ejército de pictureanos, dispuestos a presenciar el show. A las 21:20 subieron los músicos a escena, realizaron prueba de sonido, y ahí mismo, sin intro, ni luces, ni bengalas, ni pendones ni mujeres con poca ropa, ni malabares, ni circo, con un puro golpe de luz, nos llegaron esos riffs espiralados y rocanroleros de «Griffins Guard The Gold», con esas rítmicas que tanto se extrañan, machaconas y bailables, intercalando metralla a doble bombo y poderosos golpes de platillos.

Sentado en el tanque de batalla, pudimos oír a un esforzado y sabio Laurens Bakker, más que esforzado y sabio ¡enérgico como cabro de quince años! Como le habrá puesto de bueno el hombre, que no faltó el desubicado que marcó el número de la ambulancia por si le fallaba la cuchara, y más que mostrar un corazón enfermo, el señor Bakker demostró tener un corazón de acero conectado a válvulas de titanio. ¿Pruebas? «Message From Hell» sonó a doble bombo con una contundencia que escupió fuego, «Diamond Dreamer» repleto de esos fills clásicos de los ochenta, en las que la métrica cuadrada se funde con la improv en un todo indisoluble. Resistencia: no aflojó la mano en ningún momento, llegando incólume a la meta.

A la voz, Peter Strykes, miembro desde 2021 y otrora vocalista de la mítica Vandenberg, tiene todo lo que un frontman necesita: carisma e interacción con el público, movimientos enérgicos, y lo esencial, una voz que le imprime su sello personal a las composiciones clásicas, como la coreada «Eternal Dark», que se oyó con esteroides, al tener una base más pesada, y la tonalidad de mister Strykes, una voz con gran cuerpo, que oscila entre tonalidades medias a altas, con un estilo percutivo y potente, que ciertamente en sus tonalidades más altas cosquilleaba las orejas, y sabemos que lograr esas proezas con el micrófono no son simplemente un don, son años y años de entrenamiento vocal.

Recordemos que junto al batero, solo el bajista Rinus Vreugdenhill son los fundadores originales, y Rinus, como buen veterano, atronó las cuatro cuerdas con la fuerza que el estilo pide, a pura púa, sin desviarse en fills o postureo, el bueno de Rinus tocó concentrado, con una sincronización perfecta con la base rítmica, dándole la pesadez que Picture otorga en vivo.

«You´re All Alone» hizo bailar a los asistentes, y esta lección metalera de Picture nos recordó a todos que si bien la cabeza metalera nació en Inglaterra, su impronta rítmica es africana, se trasladó a América, y entre las algodoneras y la evolución natural del soul al blues, se forjó este precioso sonido metálico ochentero, con botones hard-rock, botas de acero y solos de guitarra más cañeros que la muerte, con un Appie de Gelder, otro viejo crack, que nos regaló tappings, bendings, vibratos y slides, sin descuidar jamás el aporte rítmico, acompañado por Len Ruygrok, ambos se desempeñaron con estabilidad, control y precisión.

Eso sí, la calibración de la guitarra de Len sonó apagada en algunos solos, pero a grandes rasgos el cuerpo sónico estuvo balanceado y hay que agradecer al encargado de la mesa de sonido, pues supo mixturar una buena experiencia sonora sin reventarnos los tímpanos, y permitiendo que las vocales no se oyeran apagadas por los murallones sónicos.

«Heavy Metal Ears» seguido de «The Hangmen» marcaron la columna vertebral de Picture, por ser sus temas más reconocidos por la gallada, y por ser el himno necesario que todo hierro, metal y acero, debe tributar alguna vez a este glorioso sonido metálico.

Creíamos que ya estábamos llegando al cierre, pero estos abuelos metaleros tenían más arsenal bajo la manga: y esto hay que recalcarlo, hemos visto a muchas bandas de jóvenes cerrar shows con menos energía y con un repertorio más recortado, y Picture hizo lo contrario, extendieron las canciones, hicieron vibrar al público, tocando como si mañana no hubiera futuro, al frente de las puertas del Apocalipsis.

«Unemployed» marcó la nota más social de la banda, con una canción que habla de un desempleado borracho al borde de la locura ¡uf! El desempleo puede ser tan letal como el peor veneno, y quizá el remedio mejor a ese mal, era curándolo con más rock and roll: y así llegamos a «Make you Burn», una canción con pura vibra setentera, a lo Ten Years After, Grand Funk y Led Zeppelin, recordándonos que Picture nació en 1979 en los suburbios de Rozenburg, cuando la primera combustión metalera estaba encendiendo sus primeras hogueras.

Y cuando creíamos que Picture ya había entregado todo, todavía sacaron más dinamita del bolsillo, con «No No No», como si detrás del telón los esperara un juez con el cronómetro corriendo. No hubo postureo, menos nostalgia barata: vimos oficio, musculatura y una convicción que muchos veinteañeros quisieran robarles. Entre riffs incendiarios, historias de desempleo, fantasmas del blues y ese aroma a 1979 que nunca se va, Picture demostró que la edad no extingue la llama, sino que acelera el combustible. Y créenos: ningún dinosaurio sobrevive así de bien al Apocalipsis.

 

 

Atrocity, Arkona y Leaves’ Eyes – Ritos, Sombras y Leyendas

By · domingo, noviembre 30th, 2025 · Comentarios desactivados en Atrocity, Arkona y Leaves’ Eyes – Ritos, Sombras y Leyendas

Por Jaime Gonzalez

Fotos por Rubén Garate.

Nuevamente el metal convoco una nueva fecha memorable en la Sala RBX, una noche especial llena de energía vikinga nos entrego shows memorables y únicos, a continuación el reporte completo desde SONIDOS OCULTOS

Atrocity es una banda que carga con una historia mutante e implacable. Nacidos a mediados de los 80 en Alemania, partieron sumergidos en la crudeza del death metal para luego expandirse hacia terrenos, técnicos y sinfónicos, sin perder nunca la esencia corrosiva que los caracteriza. Son veteranos de guerra dentro de la escena europea, y son una prueba viviente de que la reinvención y la brutalidad pueden convivir en un mismo cuerpo. Lo que ocurrió anoche fue precisamente eso, una banda legendaria mostrando que la edad no opaca la fiereza, sino que la afila.

Parten “Desecration of God”, Atrocity con violencia controlada. Entraron con precisión, haciendo vibrar el recinto desde los primeros segundos. La voz de Alex Krull se proyectaba con una mezcla única de autoridad y aspereza que lo ha llevado a ser una figura reconocible en cualquier escenario extremo. Sin dar tregua, la banda enlazó “Death by Metal” y “Fire Ignites”, intensificando un ambiente donde el público ya estaba completamente entregado, moviéndose entre headbanging desatado y gritos que parecían salidos del mismo inframundo. Como gran frontman inicia un gutural Chi chi chi, que fue respondido con el Le le le nacional y un potente VIVA CHILE!

En “Fatal Step” y “Necropolis”, la banda mostró el lado más denso y atmosférico de su repertorio. Son canciones cargadas de riffs sombríos, líneas de bajo que reptaban entre las sombras y una batería que marcaba el pulso con la exactitud de un verdugo. El sonido estuvo particularmente equilibrado, potente sin saturación, con una claridad que permitió disfrutar cada detalle sin sacrificar brutalidad.

“Spell of Blood” y “Faces from Beyond” trajeron un componente más narrativo y ritualístico que Atrocity domina demasiado bien, con Krull moviéndose al frente del escenario con una presencia chamánica. Su capacidad para dominar al público es envidiable, cada gesto, cada frase, cada grito parecía diseñado para encender a la audiencia, que respondía con la misma intensidad, incluso tomaba los celulares de quienes grababan en primera fila, para hacer tomas desde el escenario y luego devolverlas en un tremendo gesto de entrega.

Uno de los momentos más poderosos de la noche llegó con “Bleeding for Blasphemy”, una interpretación feroz donde la banda sonó absolutamente compacta, descargando un golpe tras otro sin perder nunca el control y un mosh de los entusiastas que jamás faltan. Le siguió “Shadowtaker”, que mantuvo los niveles en la estratósfera, coronando un segmento donde la violencia se mezcló con un dramatismo profundamente teatral.

Finalmente, “Reich of Phenomena” cerró el set con un aura de desenfreno. Fue una despedida monumental, cargada de la vibra oscura y apocalíptica que los caracteriza, fue una invocación, un ritual a medio camino entre la muerte y el éxtasis. Atrocity sigue siendo tan devastador como al principio, capaces de dominar cualquier escenario como si el tiempo nunca hubiera pasado.

Era el turno de Arkona, quien llegó como una tormenta ancestral, un vendaval oscuro arrastrado desde las raíces más profundas del pagan metal eslavo. Si Atrocity había encendido la noche con una brutalidad directa, Arkona hizo exactamente lo contrario, sumergió al público en un trance. Era un un rito. Y al centro de ese rito, como sacerdotisa indómita, se levantaba Masha Scream, una fuerza de la naturaleza capaz de hacer vibrar todo con una intensidad sobrenatural.

Comenzaron con “Izrechenie. Nachalo”, marcando un ambiente solemne, como si una puerta invisible se estuviera abriendo lentamente. Apenas emergió “Kob’”, la banda ya tenía a todos atrapados en su espiral sonoro, pero fue Masha quien realmente quebró la resistencia del público, cada gesto suyo era una orden, cada mirada una invocación. Su capacidad vocal parecía no tener límites; pasaba con fluidez de una voz melódica, casi etérea, a growls profundos que parecían provenir de las entrañas mismas de la tierra. Era imposible no quedar hipnotizado.

Con “Ydi” y “Na strazhe novyh let”, la atmósfera se volvió todavía más densa, palpable. El RBX se transformó en un templo pagano improvisado, los ritmos de la batería marcaban pasos ceremoniales, las melodías folks tejían un aura antigua, y el público respondía movido por un impulso visceral. La banda sonaba cohesionada, firme, poderosa, ejecutando cada transición con una precisión que convertía el caos en orden ritual.

“Yav” y “Khram” expandieron esta sensación mística. Masha caminaba por el escenario como si estuviera guiando un proceso de transfiguración colectiva; sus movimientos eran fluidos y simbólicos, como si replicara gestos heredados de un tiempo remoto. En cada pasaje y respiro, uno podía sentir que ella canalizaba algo más grande que una simple performance. Era una hechicera moderna, utilizando el metal como vehículo para abrir grietas entre dimensiones.

El punto de mayor embrujo llegó con “Goi, Rode, Goi!”, un himno que desató un estallido emocional entre los presentes. Aquí Masha desplegó todo su arsenal vocal, con growls que parecían incendiar el aire y líneas melódicas que elevaban la energía en el recinto hasta niveles catárticos. El público respondía, como si fuera parte del ritual mismo.

“Zakliatie” y finalmente “Zimushka” cerraron el viaje con el público inyectado en adrenalina y caras absortas. Arkona logró que la despedida fuera igual de poderosa que el inicio: un cierre que dejó al público en silencio, como si necesitaran volver a aprender a respirar después de haber sido arrastrados a un mundo completamente distinto.

Anoche, ejecutaron un rito. Y Masha, infatigable y magnética, fue la guía que nos llevó de la mano hacia un territorio donde la música deja de ser sonido para convertirse en fuerza espiritual, en sombra viva, en fuego antiguo.

Era el turno de la ultima banda en presentarse,Leaves’ Eyes quien transformó el RBX en un auténtico feudo nórdico. Allí donde Arkona había invocado espíritus paganos, los alemanes levantaron un escenario que parecía arrancado de una saga vikinga. Con su magnética mezcla de metal sinfónico, folk épico y teatralidad histórica,
convirtieron la noche en una travesía por mares helados, reinos olvidados y gestas inscritas en runas. Pero nada habría funcionado sin la brillante columna vertebral del espectáculo, la voz celestial y precisa de Elina Siirala, una vocalista en estado de gracia que se elevó con una técnica impecable y un timbre que parecía tallado en cristal.

El ritual comenzó con la introducción “Death of a King”, marcando el ingreso de los guerreros vikingos instruidos por Alex Krull. Con escudos golpeando, espadas alzadas y gritos guturales, la puesta en escena hizo vibrar el recinto completo. El impacto visual se entrelazó de inmediato con “Chain of the Golden Horn”, donde Elina hizo su primera demostración vocal: firme, omnipresente, proyectando su canto sobre un mar de riffs y percusiones como si su voz fuera un faro guiando una flota en la tormenta. Los guerreros permanecían firmes, ampliando el dramatismo con una presencia física que convertía el escenario en una pintura viviente.

Con “Hammer of the Gods”, “Across the Sea” y “Serpents and Dragons”, la banda navegó entre himnos épicos y melodías evocadoras. La voz de Elina se mantuvo en un nivel estelar, alcanzando agudos limpios y expansivos, sosteniendo notas largas con una seguridad admirable, y entregando un dramatismo emotivo que hacía que incluso quienes desconocían las canciones quedaran absortos en la experiencia. Alex Krull, por su parte, aportó su habitual fiereza vocal y carisma escénico, generando un contraste perfecto entre belleza y brutalidad.

El punto más teatral llegó nuevamente con el regreso de los vikingos en “Sign of the Dragonhead”. La banda instruyó movimientos precisos: golpes de escudo, poses marciales, miradas endurecidas. El público vibraba con cada impacto, mientras Elina desplegaba un canto profundo y elegante, llenando con un aura luminosa que contrastaba maravillosamente con la rudeza del atuendo guerrero. La sinergia entre la puesta en escena y la interpretación musical alcanzó aquí uno de sus momentos más memorables.

La segunda mitad del concierto avanzó con piezas cargadas de dramatismo como “Song of Darkness”, “Realm of Dark Waves”, “My Destiny” y “Swords in Rock”, donde dejaron en claro por qué sigue siendo una referencia dentro del metal sinfónico de temática histórica. Elina brilló especialmente en “Who Wants to Live Forever”, interpretada con una sensibilidad y control vocal que dejó al público en absoluto silencio antes de estallar en aplausos. Ese nivel de dominio técnico y emocional fue, sin duda, uno de los pilares del éxito de la jornada.

El clímax escénico llegó en “Forged by Fire”, con los guerreros nuevamente alineados y el propio Alex incitando al público con rugidos vikingos que el RBX respondió como si de un ejército se tratase. Los golpes de escudos resonaban mientras Elina elevaba su canto con una transparencia casi etérea, creando una dualidad perfecta entre fuerza y delicadeza y regalando vasos con Vodka al público. Finalmente, “Galeids of the Væringjar” selló la noche con una foto ritual junto al público, un gesto simbólico que terminó de consolidar la sensación de que todos habíamos sido parte de una travesía épica.

Cuando una noche reúne a Atrocity, Arkona y Leaves’ Eyes en un mismo escenario, algo más que música ocurre. No son simplemente tres propuestas distintas compartiendo cartel, es un cruce de mundos, de visiones y de fuerzas antiguas que, por unas horas, transforman un recinto de conciertos en un terreno ritual. Atrocity encendió la chispa con la crudeza del death metal, directo y sin concesiones, recordándonos que la violencia sonora puede ser también una celebración de la autenticidad. Arkona, con Masha como canal y tormenta, desplazó los límites de lo racional, convirtiendo al público en parte de un rito que parecía despertar memorias ancestrales enterradas bajo siglos de silencio. Y Leaves’ Eyes cerró la travesía abrazando la épica, la belleza y la narrativa mítica que conecta lo humano con lo divino.

Al final, lo que quedó no fueron solo notas ni decibeles, fue la sensación de haber cruzado un umbral. De haber sido testigos y participantes de tres formas distintas de entender la identidad, la espiritualidad y la oscuridad. La música, cuando es honesta y poderosa, no solo se escucha, también se encarna. Y anoche, se nos recordó que todavía existen lugares donde lo sagrado y lo profano conviven, donde lo antiguo respira, y donde uno puede perderse para encontrarse de nuevo entre sombras, mitos y fuego.