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DEICIDE Y BEHEMOT: EL BICORNIO DEL METAL EXTREMO ARRASÓ SANTIAGO

By · viernes, octubre 3rd, 2025 · Comentarios desactivados en DEICIDE Y BEHEMOT: EL BICORNIO DEL METAL EXTREMO ARRASÓ SANTIAGO

Por Lemurmaster
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

La noche santiaguina fue tomada por las hordas del metal extremo en un aquelarre sónico que unió a los demonios locales de Diabolvs, la oscuridad nórdica de Nidhogg, el rugido inquebrantable de Deicide y la liturgia blasfema de Behemoth. Entre fallas técnicas, riffs implacables, sangre derramada en el mosh y una atmósfera cargada de símbolos infernales, el público presenció un ritual que reafirmó que el metal extremo no solo sobrevive, sino que cada vez regresa más brutal y solemne.

DIABOLVS IN MUSICA

Si la temática central era la muerte de Dios y la exaltación de deidades infernales, Diabolvs, banda chilena formada en 2013 con un solo álbum editado a la fecha, calzó como anillo a la pezuña, mostrando en un acto breve su arsenal metálico, que eso sí, estuvo a punto de joderse, pues en la primera canción tuvimos que adivinar la letra, ya que el micrófono falló estrepitosamente.

No obstante, el problema técnico se solucionó, y ahora sí, pasamos de banda sonora del mal, a escuchar un death metal cavernoso, con afinaciones bajas y ataques rítmicos veloces, con una base bajo-batería atronadora donde no faltaron sus blast beat acelerados, compases bestiales y fraseos de acordes machacantes e hipnóticos, con una guitarra solista que se encargó de dibujar breves figuras melódicas, con notas altas y breves.

Cabe resaltar que la banda se compone por viejos curtidos de la escena chilena, con un Claudio Carrasco de Poema Arcanvs en las vocales, Sergio Aravena (ex Torturer y ex Undercroft) a la de seis cuerdas, Felipe Vulteich (ex Battlerage y ex Witchblade) al mando del hacha de batalla y Ian Huidobro, el más joven de la cofradía demoniaca, pero no con menos experiencia, pues a su haber cuenta con participaciones activas en Aura de Ilusiones y Homicide. No lo olviden, Diabolvs, una banda para rastrear desde el inframundo, con un solo disco pero que ya en el show estrenó una nueva canción, God Beast, lo que nos deja con ganas de nuevas creaciones.

EL DIOS SERPIENTE NIDHOGG

Promediando las 19:05, aparecieron en escena los enviados por la Serpiente-Dragón Nidhogg, antigua deidad tributaria de ritos ancestrales, con una cruza entre Conán el Bárbaro y Tarzán como frontman, totalmente pintado el torso de ébano, con una musculatura que no dejó a nadie indiferente.

Nidhogg es una banda polaca de corta vida, la cual ejecuta un black metal con algunos toques ambient, algo simplones en la ejecución, con una batería desprovista de técnica y de fuerza, pocos acordes en las rítmicas, un bajo plano, pero que fue ganando con cada tema interpretado, y que curiosamente llegó a su mejor momento con «Wyrocznia», un tema con mejores secciones rítmicas, quiebres y toques death and roll y thrasheros. A favor de la banda: la performance de su cantante, impresionante por su físico, su vestidura como de ídolo hiperbóreo, y el cover final que interpretaron, «Territory» de los mismísimos Sepultura.

Eran las 20:05, cuando saltaron a escena los brutales deicidas estadounidenses, liderados por el endiablado y mítico Glenn Benton, que como marca de batalla, aún se le puede vislumbrar esa cruz invertida estampada en la frente. Los años han pasado por él, sin dudas, pero el desplante energético en la escena fue brutal, con solo mencionar que su tema de entrada fue «When Satan Rules His World», con una ecualización perfecta, teniendo a Benton al centro, percutiendo a toda marcha sus líneas de bajo, y sacudiendo la cabeza como si fuera un muñeco poseído por el mismo satanás.

La elección de temas pocas veces ha sido más acertada, con un arranque concentrado en los clásicos de los floridanos, «Carnage in the Temple of the Damned», y «Sacrificial Suicide» del disco homónimo; o «Satan Spawn» y «In Hell I Burn» del Legion. Sin discursos, sin luces más que un rojo infernal que tiñó el escenario con los colores de la sangre y del fuego, Deicide machacó cada canción con la sabiduría que solo pueden obtener los veteranos de una escena que hace muchas décadas ya eclipsó, y que como partera del Diablo, dio a luz a los más ilustres ángeles caídos del abismo, y que, digámoslo desde una infernal vez, tendrán que pasar milenios antes de que se conjugue tanta maldad y rabia en una escena.

Técnicamente, la batería, al mando del mítico Steve Asheim, sonó impecable, pero en la primera mitad algo ahogada debido a los murallones de guitarra, obra y gracia de los más recientes Taylor Nordberg y Jadran González, quienes percudieron el recinto con veloces e intrincados riffs, haciendo gala de una técnica metalera centrada en la velocidad, los pulsos rítmicos y las figuras espiraladas. Al centro del escenario, Glenn Benton demolió cada línea de bajo, a uñetazo limpio, con una técnica vocal que osciló entre los guturales profundos y growls agudísimos, como esos que deleitaron hace más de tres décadas y que aún siguen resonando.

El público ardió con cada canción, literalmente, al grado tal que no faltaron los bangers que se fueron a los puñetes, aunque por fortuna no hubo heridos de consideración, más allá de un par de charchazos y patadas en el trasero. La performance de Deicide fue directa, sin aspavientos, el death metal solo necesita sonar crudo, violento y sin concesiones, y la experiencia fue magistral.

BEHEMOTH: OSCURIDAD SUPREMA

Las luces se apagaron y el lienzo de los polacos se alzó como emblema. Entre synths y teclados tétricos, se dio inició a la misa blasfema final a la cual habíamos sido convocados. Cuando retumbaron los primeros acordes largos y estirados de «Ora Pro Nobis Lucifer», se lanzaron al escenario Behemoth, profanos y heréticos y desde el primer instante saltaron a escena decididos a maldecir a la humanidad y a cuanto cristiano se cruzara en su camino.

Orion salió ataviado con una falda larga, haciendo gala de movimientos inhumanos, como si fuera el sumo pontífice de alguna deidad olvidada por la raza humana o anterior incluso a la creación del mismo universo. El control de la artillería pesada a cargo de Inferno se oyó sólida, supo atronar al teatro con golpes frenéticos de doble bombo, intercalando con maestría el uso de platillos para reforzar las secciones hipnóticas y las más veloces, con cambios brutales y pausas dramáticas, reforzadas con efectos de neblina y luces azuladas y mortecinas.

La voz de Orion mejoró en cada interpretación, al grado tal que la perfección del sonido parecía casi reproducida desde las mismas cintas magnéticas del demonio, pudiéndose percibir a medida que transcurría el show cada nota, cada golpe de bombo y de caja.

«The Shit ov God» junto a «Lvciferaeon», fueron los únicos temas que interpretaron de su última placa, excelente elección considerando que los polacos tienen a su haber una docena de LPs y un buen puñado de material repartido a lo largo de treinta y seis condenados y malditos años.

La interpretación de «Demigod» desató el infierno, a punta de armónicos más afilados que la cuchilla del diablo, riffs emergiendo desde colinas atestadas de huesos y gritos inhumanos que venían precedidos por ángeles negros del abismo, un combo bestial de sensaciones que escenificaron a la perfección la apertura de los círculos infernales a este mundo.

No faltaron canciones de la etapa más blacker de los Behemoth, como «Cursed Angel of Doom», black metal crudo y rabioso de baja producción, interpretado con fuerzas sobrehumanas, y canciones más en la línea de Gotemburgo, como con líneas melódicas aplanadas por la voz raspada y gutural de Nergal, con galopes rápidos y quiebres con guitarras dibujando líneas altas y veloces «Chant For Eschaton 2000»

EL CIERRE: UNA CONCLUSIÓN

Al final de la jornada, la misa negra se había consumado con una potencia abrumadora: Diabolvs dejó claro que Chile tiene todavía mucho que ofrecer a la escena extrema; Nidhogg, pese a su crudeza, se ganó el respeto por su teatralidad y energía; Deicide arrasó con una descarga de clásicos que quemaron el escenario; y Behemoth cerró con majestuosidad, como heraldos definitivos de la blasfemia. El infierno abrió sus puertas por unas horas en Santiago, y quienes asistieron serán testigos eternos de este aquelarre metálico.

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The Sisters of Mercy: La hermandad del sol desértico

By · jueves, octubre 2nd, 2025 · Comentarios desactivados en The Sisters of Mercy: La hermandad del sol desértico

Por Claudio Miranda
Fotos Octavio Mendoza

Complicado hablar de The Sisters of Mercy sin recurrir a la frase o palabra formularia del rock gótico. Un rasgo visual basta para observar de entrada el espectáculo a nivel visual: la puesta en escena con luces tenues y mucha, pero mucha neblina. Para la comunidad gótica que se congregó en masa para tamaña liturgia anoche en la discotheque Blondie, un deber y una necesidad. Y es que Andrew Eldritch, el jerarca máximo y único nombre presente en cada alineación desde su formación en 1983, ha forjado para su ‘criatura’ una identidad que apela a la contundencia y la melodía efectiva por sobre cualquier intento vano de grandeza o dramatismo. Eldritch es un fan declarado de Motörhead, y la huella del eterno Lemmy Kilmister se traduce en un sentido de reiteración que no admite puntos intermedios. The Sisters of Mercy te gusta mucho o no te gusta nada. Al mismo tiempo, tanto Ministry como Paradise Lost y Kreator en los ’90s acusan la inspiración en los Sisters, traduciendo aquello a una forma de hacer las cosas o sus versiones ‘metaleras’. O ambas, y con todo derecho.

Tras el debut en suelo chileno en 2023 (Club Chocolate), hubo que esperar apenas un par de temporadas para el retorno del combo fundado en Leeds. Con la gira All Wires Red apuntando sus paradas en Sudamérica, Chile tendría el recinto de la principal avenida de la capital como epicentro de un nuevo ritual de la ‘otra música’. Y con el permiso del Club Chocolate, la elección de la Blondie como escenario y recinto es totalmente acorde a la biósfera contracultural que los amantes del sonido y la estética oscura. Hay un tema de atmósfera, de comunión con una firma cuyo repertorio a nivel de sintaxis obedece a leyenda y legado por partes iguales. Y, en gran parte, dicho repertorio inclinado hacia el material inédito, donde quizás en otros casos puede jugar en contra, es lo que le da al encuentro con The Sisters of Mercy un rasgo de purificación que va de la mano con una huella dactilar tan insondable como la niebla de luz y humo desplegada durante poco más de 90 minutos.

Desde el patadón inicial con «Don´t Drive on Oce», las pausas entre canciones duran lo justo y necesario. Una banda de rock n’ roll, como el propio Eldritch define su propuesta sin descansar en la etiqueta ‘gótico’. Sin preámbulos ni fanfarrias de ningún tipo, siempre adelante y con los bpm regulados con precisión magistral. El paso a «Crash and Burn» ratifica de inmediato lo que ofrece y proyecta una banda que mira hacia un futuro que solamente su líder y frontman conoce en cada rincón. Por cierto, la imagen de Eldritch ataviado y moviéndose como Nosferatu le da al espectáculo un toque extra de ocultismo y fantasía vampírica.

En un primer tramo donde el material inédito se planta con bravura frente a cualquier sandía calada, la presencia del hard rockero Vision Thing (1990) asegura su presencia de la mano de «Ribbons» y «More», ambas soplando como ventiscas de rock electrizante. Las guitarras de Ben Christo y Kai no suenan, sino que invocan energía y sentimiento a raudales. En la operación de Doktor Avalanche -la batería electrónica, el cuarto integrante en esta etapa-, Chris Catalyst hace lo suyo con un bajo perfil que en algunos momentos le vale ser el punto de atención sin proponérselo. Y salvo Eldritch, lo estática de la interacción en el escenario es una virtud maravillosa cuando lo que manda es la música. Por algo «Alice» y «I Will Call You» funcionan y generan el efecto deseado en el público, en una fanaticada que sabe a lo que va y se entrega sin pero que valga.

El primer bombazo, el primer clásico, viene con «Dominion / Mother Russia». Ahí donde se unen las voces y se detona el primer azote telúrico en la noche. De las muy pocas concesiones que The Sisters of Mercy le brinda a los fans, agregando en la altura media del setlist «Givind Ground», original del proyecto darkwave The Sisterhood, el cual tuvo muy corta vida y cuyo único lanzamiento titulado Gift (1986) pretendía ser, originalmente, un segundo trabajo de la banda titular de Eldritch. Detalles que, en medio del trance de sonido y reiteración, relucen como un santo y seña para entendidos y devotos acérrimos. Por otro lado, la inclusión de «Marian» como única embajadora del aclamado LP debut First and Last and Always (1985), puede parecer algo mezquina por tratarse de un lanzamiento que cumplió este 2025 sus cuatro décadas. Pero la naturaleza especial de Eldritch, el hombre de la última palabra, es de conocimiento público para los iniciados, lo que le da al show una mística que no se debe al entendimiento de la crítica, sino a la entrega espiritual y sensorial.

Literalmente, cada show de The Sisters of Mercy debe entenderse como un bombardeo de música pesada, con piezas que se bastan de uno o dos riffs para sumirnos en un episodio de catarsis y reflexión. La destreza de Ben Christo y Kai en las guitarras se basta con toneladas de feeling para que «But Genevieve», «Here», «Quantum Baby», «On the Beach», «When I’m on Fire» y «Temple of Love», una tras otra, surtan su impacto y lo extiendan lo que tenga que durar. Una serie de momentos creativos que The Sisters of Mercy reserva solamente a un puñado que no admite turistas ni curiosos, sino devotos a muerte de la bruma gótica con explosiones industriales. Pregúntenle a Al Jourgensen sobre la inspiración para The Land of Rape and Honey (1988) y entenderán mucho más cuán conectado siempre ha estado Ministry con la movida darkwave, incluso en su fase más pesada.

La última recta es un regalo. Lo sabemos, Floodland (1987) es el disco más sólido de The Sisters of Mercy, el mejor en todos sus flancos. «Never Land (A Fragment)» lo confirma sin discusión que importe gracias a la enormidad que proyecta. Es la niebla mortecina que antecede al frenesí de «Lucretia My Reflection», la cual adquiere matices de rock industrial con más énfasis en las guitarras y estallando en los coros como un golpe de vitaminas. Un pasaje que, sin proponérselo, se reparte entre el karaoke del público y el temple ceremonial de un Andrew Eldritch que se mueve en el escenario como si estuviese en su aposento de locura y tiniebla. Y como golpe de KO, la celeridad de «This Corrosion» termina por echar todo abajo y culminar una misa gótica que, en algunos momentos, se asemeja a un Test de Cooper para amantes del ritmo repetitivo.

No tenemos certeza alguna de cuándo verá la luz un siguiente álbum. Las cosas como son; el criterio que aplica Andrew Eldritch al orden de su catálogo se mueve en un limbo que solo él mismo sabe explorar con seguridad. Lo que sí es concreto e irrefutable, es el efecto de comunión entre una leyenda que se debe solo a sus principios, y un público que ve en su obra y figura todo lo que se mantiene ajeno a la luz de la superficie. Es lo que hace especial y distinta a The Sisters of Mercy respecto a otras bandas, dentro y fuera de su ecosistema artístico. Y sólo la hermandad del sol desértico puede entender el camino que muchos anhelan recorrer ida y vuelta para contarlo.

El debut de Imminence en Chile: una misa de sombras y redención

By · martes, septiembre 30th, 2025 · Comentarios desactivados en El debut de Imminence en Chile: una misa de sombras y redención

Por Lukas Arias
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

La noche del domingo 28 de septiembre quedará marcada como el esperado debut de Imminence en nuestro país. Los suecos, reconocidos por su propuesta de metalcore con tintes sinfónicos, desplegaron un espectáculo cargado de fuerza, melancolía y una teatralidad que conquistó al Teatro Cariola de principio a fin.

La jornada abrió con los nacionales Defragment, quienes, con más de ocho años de trayectoria y dos EPs editados, hicieron estremecer el recinto con su death metal de toques grindcore, evocando la crudeza de bandas como Napalm Death. Su repertorio, centrado en sus dos trabajos publicados, demostró que la agrupación se encuentra en plena forma, entregando un show intenso y directo.

Más tarde fue el turno de All Tomorrows, una de las agrupaciones más respetadas de la escena local. Liderados por Pepe Lastarria, ofrecieron media hora de virtuosismo técnico, con temas de su más reciente placa At the Shadow of the Andes, además de cortes de su discografía anterior. Con un público que respondió con saltos y ovaciones, la banda reafirmó por qué se ha consolidado como uno de los nombres más sólidos del metal chileno, con experiencia previa como teloneros de agrupaciones del calibre de Meshuggah.

A las 21:00 en punto, las luces se apagaron e Imminence irrumpió en escena al ritmo de Temptation. Si bien la recepción inicial fue algo contenida, el ambiente explotó con Desolation, que encendió los primeros circle pits y el desborde de energía en la cancha. Desde ahí, el show tomó una fuerza imparable.

El carisma y desplante de Eddie Berg, vocalista y violinista, se robaron la atención. Coreado en múltiples ocasiones por los fanáticos, el músico desplegó una presencia magnética, equilibrando brutalidad vocal con pasajes melódicos que reforzaron la propuesta sinfónica de la banda.

El repertorio se centró en The Black (2024), álbum que encontró eco inmediato en el público, coreando cada canción con devoción. “Por fin estamos aquí”, expresó Eddie, visiblemente emocionado por el recibimiento. La respuesta fue un Teatro Cariola que, entre cánticos de “¡Imminence! ¡Imminence!”, pedía sin cesar una canción más.

El cierre llegó con The Black, tema homónimo que consolidó la velada como un debut inolvidable. Antes de despedirse, Berg prometió: “No podemos esperar a regresar pronto”, frase que selló la complicidad entre banda y audiencia.

Imminence dejó claro en su primera visita que es una de las propuestas más sólidas y virtuosas del metalcore contemporáneo, entregando un espectáculo que desbordó técnica, emoción y conexión con sus seguidores chilenos.

Ruidograma, la conexión con los volúmenes sonoros

By · martes, septiembre 16th, 2025 · Comentarios desactivados en Ruidograma, la conexión con los volúmenes sonoros

Por Esther Gajardo
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

El pasado viernes 12 de septiembre el recinto de M100 se llenó de música en altos decibeles. Dos espacios que recibieron a las bandas nacionales Dios está con Nosotros, Talismán, Laktik, Asia Menor, Los Lolos de Chile, Adelaida y Magia Blanca. Cabeza de cartel y plato fuerte el regreso al país de A Place to Bury Strangers. Haciéndole honor al ruido, el sonido ensordecedor, gritos y distorsiones. Una jornada para terminar con trauma acústico, pero con el gusto y sabor de una fecha memorable.

Para quienes estuvimos ahí desde la primera banda nos llevamos varias sorpresas y de las buenas. Abrió la jornada “Dios está con Nosotros” Gracias a su primer trabajo el show estuvo cargado de canciones increíbles, sonido experimental, al compás de un jazz frenético y también de ritmos. El trio que en media hora deslumbro a quienes escuchábamos nos entrego experiencia sonora con saxo, bajo y batería, una buena fórmula para escuchar en vivo, aunque su álbum es una joya en cuanto a sonoridades, a su propuesta creativa que cohesiona swing, jazz y un groovy que cohesiona riff melódicos y desordenados, mucha libertad musical y también estructuras que demuestran la habilidad de sus integrantes. Hay que seguirles la huella.

Percusiones, surf, rock y sonidos a ratos bestiales de la banda nacional Talismán que entrego un show sólido y cargado de reverberancias psicodélicas. Oscuridad muy bien musicalizada, un sintetizador que a ratos nos hacía querer bailar, en un teatro donde estábamos todos sentados, quizás eso fue un desacierto, pero lo real es que no defraudaron ni en sus momentos más oscuros.

Laktik, dúo de música electrónica y sonidos con sintetizadores. Letras que alcanzan atmosferas novelescas y mucha dreampop para cautivar en vivo y en su excelente discografía. Laktik fácilmente podría escucharse desde un balcón frente a una montaña desolada pero también musicalizar una pista de baile y quedarse ahí por horas.

Asia Menor no falla, se encargaron de tocar en un escenario que ya estaba a la espera del APTBS, pero reunió una fanaticada ansiosa de escucharlos. Un setlist colmado de su propuesta más ruidosa, canciones para cantar gritando y mucha nostalgia de juventud.

Bonita sorpresa y poderosos en vivo, el dúo Los Lolos de Chile hizo al público saltar y moverse, proclamo por el trabajo de la música nacional, convoco a todo el variopinto etario a sacudirse con su música, cover a Sepultura y la transformo en una canción de protesta bailable. Gustaron, hicieron mucho y lograron la atención desde la primera a la ultima canción.

La presentación de Adelaida en el teatro estuvo ruidosa y con mucho grito para alcanzar el mood de la jornada que ya estaba a un par de bandas para finalizar. Se notó la vuelta a las guitarras ruidosas y las baterías pesadas con su nuevo ep Confusión. Adelaida siempre entrega un show en vivo muy bueno y calzo perfectamente con el espíritu de la jornada.  

Se les vio entre el público de las bandas anteriores y tomándose selfies en el recinto, muy tranquilos y contemplativos. Lo que nos esperaba de la presentación de APTBS fue demoledor. La banda llegó a romper el orden de las cosas y destruir la métrica a punta de riff y noise neoyorquino. A ratos el show parecía perder el control y generar la sensación de que estaban en plena improvisación para volver airosos al sonido de siempre en sus canciones, a esa altura pocos permanecían en sus asientos, la audiencia se paró frente al escenario para experimentar el ruido en primera fila y la banda lo agradeció bajando del escenario para transformar el show en un gran ritual entre el público y la música. Momento memorable para quienes vibramos con la energía de la banda y los que llevaban tapones o protectores auditivos no se salvaron de la tinnitus y la vibración en el pecho que nos dejó su presentación. APTBS es una experiencia en vivo para no perderla de vista y de oído, una banda que no hay que dejar de escuchar y de ver cada vez que nos visita en Chile, no por nada ya son de la casa y quedo demostrado

Si la primera versión de Ruidograma quería dejar huella lo logró, no es fácil en el mes de las festividades patrias levantar una fecha así de extensa y con un cartel de lujo. Cumplieron y además las bandas nacionales hicieron de sobra con sus presentaciones, lograron reflejar el espíritu del festival y convencer a quienes los escuchábamos en vivo por primera vez. Sobre los cabezas de cartel: todavía conservo la vibración de su música en mis oídos. Pero valió la pena, creo que todos quedaron con esa sensación.

 

Hällas: Héroes de la leyenda estelar

By · sábado, septiembre 13th, 2025 · Comentarios desactivados en Hällas: Héroes de la leyenda estelar

Por Claudio Miranda
Fotos Eric Ibáñez @FotosMetal

En 2018, promediando el ciclo de Excerpts from a Future Past (2017), la revista Decibel en su sitio web capturó estas declaraciones de Tommy Alexandersson: «Me encanta el sonido y la producción de esa época; a todos nos gusta, y por eso intentamos capturar esa esencia del paisaje sonoro de los 70. Durante ese período, las bandas intentaron experimentar mucho con nuevos sonidos, como sintetizadores y efectos de sonido de forma progresiva, y nos gusta mucho trabajar así, incluso si ya se ha hecho. Mucha música de esa época es muy pura y no tan sobreproducida como la de hoy, y la forma en que componían las canciones era valiente y, a veces, alejada del patrón habitual de composición». Las palabras del bajista, cantante, fundador y genio conceptual de Hällas, tienen toda razón de ser. La banda fundada en Jönköping en 2011, ha trascendido en el circuito underground gracias a una propuesta que va más allá de «sonar como…». Y es que la ética de trabajo en Hällas no solamente va a contracorriente en estos días de fórmulas a la segura y producciones genéricas con exceso de producción, sino que refuerzan su propio lenguaje en base a un exhaustivo estudio arqueológico del rock progrsivo a la usanza de 1970.

El amor por la música en su forma más pura y el detallado conocimiento de las formas ligadas a la producción análoga, ambos rasgos están presentes tanto en la elaboración física de su catálogo como la puesta visual en vivo. El uso de equipos vintage y su sonido cálido con olor a madera. Paisajes de ensueño traspasados a la producción visual en sus lanzamientos físicos por el artista estadounidense Adam Burke (Nightjar Illustrations). Un concepto inspirado en la fantasía medieval, lo que derivó en simplificar su estilo en una etiqueta que sus creadores llamaron «Adventure rock». Todo englobado en una narrativa literaria que emula la biósfera mitológica que conformaban nombres imperiales como Pink Floyd y Yes, la psicodelia inglesa de The Moody Blues, la fusión heavy-prog de los míticos Uriah Heep, las armonías explosivas de Wishbone Ash y la variedad estilística de Nektar. Podríamos deshacernos en nombres históricos y referencias culturales por granel, y sería quedarse corto ante lo que realmente le ha dado a Hällas un lugar de culto para los amantes del sonido análogo. Lo que tiene que ver con el propósito en su ropaje.

En un RBX abarrotado en todos sus rincones, se congregaron casi 400 headbangers. Una gran mayoría aún no nacía, no vivió jamás la década del ’70. Curiosamente -o quizás, no es tan llamativo hoy-, ese público termina siendo el más nostálgico. Y cuando el retro-rock se volvió tendencia en redes sociales durante la década pasada, solamente las bandas del calibre de Hällas propusieron algo realmente original y análogo. Ahí donde los grandes sellos prefieren no arriesgar por apelar a lo que espera la gente, Hällas se la jugó por su integridad artística desde el EP homónimo (2016), al cual le siguieron el mencionado Excerpts from a Future Past, el refinado Conundrum (2020) y el más reciente e igual de memorable Isle of Wisdom (2022). Y eso es lo que abraza el metalero purista. No el de la imagen distorsionada por la idiotez de las redes sociales, sino el que ve en la banda sueca una devoción por la música y la expresión artística, en su totalidad y a prueba de todo.

Pese a la media hora de dilación en los horarios publicados, el cartel chileno respondió a cabalidad. Los primeros fuegos los disparó The Black Messiah, agrupación cultora de un doom metal con brochazos épicos y actitud callejera. En palabras de sus integrantes, fans del thrash de Slayer y Overkill que se juntan a tocar doom metal al estilo de Candlemass y Solitude Aeturnus. La intro del clásico homónimo de Black Sabbath, ejecutada en vivo, le da el pase al desfile que «Death Always Triumph», «The Black Messiah» y «Fall in Darkness» protagonizan como muestras contundentes de una propuesta que sacude el cuello en cada riff y patrón rítmico, literalmente. La voz de Nancy Gómez proyecta un toque lírico que va de la mano con la bruma y el concepto satánico-ocultista que sus intérpretes llevan hasta la raíz más profunda del estilo. Preciso, ajustado en cada flanco, y exponiendo su amor al metal lento y pesado en su forma más maldita, The Black Messiah cumplió y gustó hasta contribuir a lo que fue un sabbath en toda su regla y esencia.

El turno de BlackFlow nos deja con sentimientos encontrados. Una de las agrupaciones más consistentes a nivel local y sudamericano, con el LP Seeds of Downfall (2023) capturando una propuesta que potencia la niebla mortecina del doom con el músculo y el vigor del heavy metal clásico. Un desplante en vivo que revela la nutrida experiencia de sus integrantes en el metal chileno, siempre decantándose por la tradición y el riff espeso. Todo lo que «Neo Middle-Ages» y «Egomaniacal Fraternity», ambas correlativas como en el disco, retumban en favor de una signatura que se vuelve enorme en cada pasaje. El retraso de los tiempos, por otro lado, obligó a acortar el repertorio original, lo que implicó pasar inmediatamente al cierre con «Indifferent to Others». Aún así, BlackFlow se las arregló para dejarlo todo, y eso dice mucho del propósito de sus componentes más allá del recorrido o el Currículum Vitae. Es lo que respira una banda cuyos integrantes manifiestan su amor por el metal. Lo que les ha permitido el éxito como exponentes y referentes actuales de todo un género desde la necesidad de expresión.

El cierre del cartel chileno estuvo a cargo de Deathsvn, agrupación originaria de Valparaíso y cultora de una propuesta que engloba el el heavy clásico con el post-punk en su fase más dark -pensemos en Bauhaus y Christian Death-, completando la ecuación una potencia rítmica con explosiones jaivescas. Así, bien chileno. «Lost in an Ocean», la que arranca su presentación, la última del año en nuestro país, nos muestra la radiografía perfecta de una banda que respira metal de viejo cuño, siempre brindando al asunto una bruma de oscuridad e introspección que la voz de Bastián Velázquez corona con sus dotes de frontman y cantante de voz tan fúnebre como seductora.

Si se habla de Deathsvn como un nombre obligatorio en el circuito subterráneo sin descansar en una etiqueta específica, «My Heart Into a Stone», «The Call» y «The Last Embrace» no solamente disipan toda duda respectiva. En cada pasaje se muestra a la banda de cuerpo completo, en muchos casos con las guitarras de Diego y Gabriel y el bajo de Christopher uniéndose en un rito de catarsis pura cuando lo indica el momento. Inclúyase en dicha muestra anatómica la inteligente expansión sonora que sus integrantes bosquejan hasta dar forma concreta mediante el uso sutil del sintetizador cuando lo amerita la pieza. Y es que Deathsvn es sinónimo de atmósfera, cadencia, el derrumbe no solamente en lo anímico, sino en la capacidad de narrar una historia de variadas turbulencias. Por supuesto, la producción visual de sus integrantes te dan una idea de lo que se vendría poco después. Las formas son esenciales y la dedicación de Deathsvn a su trabajo artístico se traspasa a un espectáculo que sumerge en su espesor tanto a iniciados como a novatos.

Con el RBX atiborrado a eso de las 22:30 horas, el sueño de la aventura más esperada se hizo realidad. La suite «Birth/Into Darkness», la que abre Isle of Wisdom, inicia el viaje de los jinetes estelares en suelo chileno. En manifiesto todas las virtudes de una banda que abraza el olor a madera en el rock, exponiendo un sentido musical que conforman un placer irresistible para todo amante del rock de la era mitológica. Casi pegada le sigue del mismo álbum «Stygian Depths», cuyo ritmo cabalgado a medio-tiempo obtiene la recepción propia de un himno. Uno de tantos que transformaría el recinto de avenida Vicuña Mackenna en una caldera. La voz de Tommy Alexandersson, ataviado de una capa de lentejuelas que perfectamente podría traspapelarse con la de Rick Wakeman durante su primera etapa en el Yes de los ’70s, es la misma que derrocha magia en el estudio mientras se defiende y ataca con su bajo Rickenbacker.

Es complicado hablar de Hällas en cuanto a individualidades. Lo sabemos, tienes además un tándem de guitarras a cargo de Rickard Swahn y Marcus Petersson, cuyo ataque influenciado por Wishbone Ash -Andy Powell y Ted Turner- logra su cometido por el ideal que defienden. Cuentas con Kasper Ericksson en la batería, sinónimo de garantía e identidad en cada golpe y patrón como parte de una máquina que distribuye su energía en vivo con fluidez e inteligencia. En el teclado y sintetizador, Nicklas Malmqvist compensa su bajo perfil con un aporte vital en lo que Hällas diseña hasta dar vida a su imagen y semejanza. Todo aquello, a la vez, se engloba en un cuadro que reluce solidez y jerarquía como exponentes de los secretos mejor guardados de una era que muchos añoramos sin haberla vivido. Puede ser contradictorio y hasta arriscar la nariz del escepticismo ajeno, pero en realidad responde a lo que busca el amante del rock pesado en su forma más pura y real. Y tal como rezaba el lema de la Radio Futuro en los ’90s, hay una inmensa minoría que se renueva con naturalidad y da un testimonio irrefutable de aquello.

Alguien desde afuera podría preguntarse porqué Hällas es una banda tan querida en Chile, incluso siendo la de anoche su primera vez en suelo patrio. «Repentance» es una de las respuestas que explica por sí sola lo que provoca una banda que no se limita al ropaje, sino que le da una fuerza extra a punta de momentos memorables, los que corea la gente como gritos de guerra. De la misma forma, la musicalidad y los coros de enorme alcance que hacen de «Earl’s Theme» un pasaje de gran estatura, es todo lo que mantiene a la fanaticada en un trance perpetuo. Y a medida que avanza la noche, somos testigos de la enormidad desplegada por una banda que, tal como los nombres imperiales del rock en una época determinada, duplica su potencia sonora en favor de imponer un molde propio. Lo que apreciamos en carne propia cuando «Shadow of the Templar», «Tear of a Traitor», «Labyrinth of Distant Echoes» y la emoción a flor de piel y puño en alto de «Carry On» terminan por construir una noche soñada en su sentido literal. Y aquí es necesario apuntar al fenómeno interesante que provoca Hällas en un público compuesto en su gran mayoría por los amantes acérrimos de lo que solemos denominar ‘verdadero metal’. Como lo dijimos más arriba, la imagen distorsionada en redes sociales respecto al metalero ‘true’ pasa por alto el amor irrefrenable a la música. Y en estos tiempos es necesario erradicar ese tipo de estereotipos que, en realidad, no reflejan más que un desconocimiento profundo de quienes suelen opinar desde afuera. El rock pesado es sinónimo de minoría, y Hällas dirige a aquella minoría su universo literario de aventura y magia.

La fuerte inclinación del repertorio hacia Excerpts from a Future Past se nota con más fuerza a medida que avanza el show, con «The Golden City of Semra» y el himno «Star Rider». Como pasa a lo largo del set, cada pasaje es reconocible dentro de una línea de coherencia que Hällas preserva en todo su catálogo. En el caso de ambos pasajes mencionados, sus características individuales reflejan la naturaleza de Hällas, totalmente ajena a la fórmula impuesta por la industria del streaming. Incluso nos permiten apreciar en cierto grado una destreza instrumental que prima la atmósfera del misterio espacial ante todo. Por eso, y hablando de la sintaxis impregnada en la elaboración del espectáculo, «Fading Hero», del laureado Conundrum, se siente apropiada en el lugar donde está. Es el clímax dramático en un espectáculo alucinante. Y tal como en el disco, su progresión kilométrica con el teclado y el Moog como luces guías en pleno viaje, se revela con todo el esplendor de un tesoro de otra época. Está claro que en el directo la potencia de Hällas se vuelve más densa. Aún así, hay un gusto y una delicadeza que no se transan por nada.

«The Astral Seer» inicia el encore echando abajo todo. Como el propio Tommy lo dijo hace un par de años, es el corte que debiera escuchar quien quiera introducirse en Hällas. Una pieza construida al estilo de los Genesis del Nursery Cryme (1971) o los Heep de Demons & Wizards (1972), en vivo es un capítulo apasionante, con mil y un pasajes de vértigo y peligro al acecho. Hällas no es solamente buena música con ropaje sonoro a la antigua; crea imágenes, propone metáforas como las que su nombre, la que titula la pieza final del show, invoca como santo y seña al final de su aventura por los riscos de la imaginación.

No sabemos si habrá una próxima ocasión, al menos dentro de lo pronto a esperar. Hablamos de una banda que se las arregla fuera del gran circuito de giras y cuya visita a Sudamérica se dio en un momento decisivo para los suecos. Hällas no es una banda consagrada que viene a presentar su show de grandes éxitos para repletar los grandes recintos, sino que vive un fulgor creativo que da para escribir futuros volúmenes igual o más gloriosos. Desde la ciudad dorada de Semyra, retumban los ecos del laberinto que Hällas, el héroe legendario, se dispone a resolver con la personalidad desafiante que le ha permitido situarse tanto a él como a sus creadores en lo más alto. Y vaya que se lo merecen, por algo son los héroes de una leyenda estelar que se escribe a diario.

Trilogía extrema en el Cariola: del cáncer y la oscuridad al dominio absoluto de Pestilence

By · miércoles, septiembre 10th, 2025 · Comentarios desactivados en Trilogía extrema en el Cariola: del cáncer y la oscuridad al dominio absoluto de Pestilence

Por Pablo Rumel
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

El Teatro Cariola se convirtió en un campo de batalla donde el metal extremo desplegó todas sus caras: el death primitivo y áspero de Cancer, la oscuridad incendiaria del black de 1349 y, como broche devastador, la precisión progresiva y letal de Pestilence. Tres estilos distintos, tres formas de entender la brutalidad, adicionándole su condimento con el binomio nacional compuesto por Nox Terror y Abbathor, entrelazándose un combo musical festivalero extremo que no dio respiro, dejando en claro por qué estas bandas son pilares indiscutibles de la escena.

Eran las 15:45 y con puntualidad a la chilena es que el cuarteto santiaguino de Nox Terror salió a escena ante muy poca gente, unas 40 personas al ojo, situación que no mermo el entusiasmo de la banda que entregó un show redondo y potente sonando de gran forma y presentando un show de nivel internacional. No tenemos dudas de que este grupo dará que hablar en el presente y el futuro del black metal nacional. Con 6 temas la banda dejó en claro que están para participar de más jornadas de este nivel y presentó los ánimos bastante arriba para la posterior presentación de Abbathor (18:40). Agrupación que ya contaba con el triple de personas que su antecesor y que nos entregó una escenografía bastante parafernálica, dos telones (Uno a cada lado) y dos cabezas de chancho con dos cabeza de cabra también apostadas en el escenario del Teatro Cariola que después terminaría en la mano de uno de los presentes del público. Gran interpretación y agresividad donde destacaron los temas «Blasfemia Destination» y «Ancient Pagan».

Cancer Fucking Cancer

Promocionando su último disco Inverted World, el cuartero cancerígeno anglo-hispano abrió las puertas de la segunda parte internacional, a las 19:20 con «Enter the Gates», haciendo gala de un sonido que atronó los cimentos del Cariola. Entre ráfagas palm muteadas y variaciones cromáticas, la máquina sónica se despachó una seguidilla de nuevas canciones, todas crudas, con guitarras rasposas y arenosas, con un Gabriel Valcázar a torso desnudo, quien al mando de los tarros aporreó platillos, caja y toms, acelerando a doble bombo en las secciones violentas, y haciendo un elegante juego de variaciones y quiebres entre las progresiones violentas y densas que aportó Cancer en cada canción.

El público escuchó la nueva propuesta artística, mejor ecualizada que sus primeros discos, pero cuando sonaron los primeros riffs de «Into the Acid» del brutal y mítico To the Gory End, se formó un mosh pit al medio de la cancha: treinta y cinco años no pasan en vano, y ahí mismo se experimentó el peso metálico de la tradición. Llegó una nueva descarga con «Tasteless Incest» del otro celebrado disco Death Shall Rise, un aluvión de patadas y combos en pura buena onda acompañaron el fraseo vocal tortuoso y rabioso del big boss, John Walker, bombeando a su propia criatura con la metástasis necesaria para invadir el cuerpo de guitarras, llenas de ripio y afinaciones bajas, con un bajo de ultratumba empuñado por el español Daniel Maganto, que se sacó una polera del último disco de Innana, baluarte nacional que lamentablemente ha dejado las pistas hace unos pocos días, gesto que termina de confirmar que la música sobrevive a bandas y músicos, por siempre en la fraternidad deathmetalera.

El listado musical gravitó en torno a los clásicos y los últimos discos; «Ballcutter» y «Garrotte» fueron los actos del Shadow Gripped, terminando con la coreada «C.F.C» o buen en chileno, cáncer y la conchadesumadre, y «Death Shall Rise», porque así no más, la muerte prevalecerá, querámoslo o no.

Los Cancer sonaron durante una hora como navaja recién afilada, entre riffs cortantes y paredes sónicas bestiales que solidificaron el ambiente, con unos guturales clásicos y breves, sin complicaciones ni adornos, con una puesta en escena sencilla y libre de parafernalia, sin pistas de fondo ni recursos adicionales, pues como sabe el viejo banger, el death metal no necesita de parafernalia ni ambientaciones especiales para ejecutar su sonido.

1349: el año en que la peste negra asoló Noruega

Lo que sí necesita de ambientaciones especiales y una puesta escena diferente es el black metal, y 1349 desde el minuto uno jugó sus cartas aportando la teatralidad que su propuesta pedía a gritos… o mejor dicho, aullidos. Con una espesa neblina y unos synths de frecuencias bajísimas, quizá apenas audibles para el oído humano, aparecieron dos figuras espectrales, quien antorcha en mano escupieron fuego anunciando la venida del pandemónium.

Alabando al demonio y odiando a toda la humanidad, fuimos testigos de hipnóticos y destemplados murallones sónicos de metrallas de acordes, oscilando entre la clásica «Riders of The Apocalypse» con la que arrancaron el macabro espectáculo, y la novísima «Ash Of Ages» de su último disco The Wolf And The King: el black de 1349 recoge las estructuras clásicas y crudas del género, con secciones de puro blast beat y largas líneas de tremolo picking, pero se aventura también con riffs entrecortados cercanos al thrash y figuras espiraladas del death metal sueco, con ciertos ramalazos incluso de la NWOBHM.

El gran baluarte de la banda fue la voz cruda e inhumana de un enorme OIav Bergene mejor conocido como Ravn (cuervo en nórdico), quien vocalizó aullidos, voces de ultratumba, agudos quemantes como calderas del infierno, entregando toda la variación infernal de voces que 1349 demandó en el escenario, entre cortinas de humo, luces azules que simulaban el frío polar, y tonos carmesíes, rojos como el fuego y la sangre.

El último disco fue el que prevaleció con más canciones en el setlist, con «Inferior Pathways», «The God Devourer» y «Shadow Point» a la cabeza, pero también la banda repasó temas de sus primeros discos como la epiléptica y demoníaca «I Am Abomination del Hellfire», o «Atomic Chapel» del Demonoir.

La figura del baterista Frost tuvimos que adivinarla, pues entre la oscuridad reinante y la bruma del escenario apenas pudimos verlo, pero su desempeño golpeando los tarros fue impecable, llevando al tope sus reservas energéticas para recrear ese sonido de dimensiones imposibles, esas en las que seres del averno conviven con lobos entre universos colapsados de nieve y fuego.

El trabajo de Archaon fue intenso: al mando de las seis cuerdas aportó las capas pesadas de este crudo black, incluso dibujó algunos solos breves, adornando con más malicia la metralla hipnótica que pudimos todos oír, con un público que pasó del trance reforzado por luces estroboscópicas, a moshear a toda máquina las rítmicas más brutales y cavernarias que 1349 desató en el escenario. Seidemann, con su hacha de batalla de cuatro cuerdas, entregó el peso distorsivo de la bestia infernal, sin grandes aspavientos ni momentos intrincados, concentrándose en la velocidad y la rítmica.

Tras el cáncer y la peste: ¡la pestilencia!

Ya casi siendo las 22:40, Mameli, como buen líder, salió a probar los instrumentos, sin glamour ni cortinas, calibró y afinó cada cuerda, con la finalidad de brindar un show de primera mano, que tuvo sus inconvenientes con la voz, la cual sea dicho de paso, apenas se pudo distinguir de la distorsión reinante, pero que mejoró en cada tema hasta llegar a la ecualización de excelencia.

Con una moldura progresiva y de correaje duro y metálico, «Morbvs Propagationem»se elevó como un conjuro pesadillesco en un mundo poblado por Antiguos y humanoides, marcando el inicio de una noche memorable que para los presentes será recordada hasta el último de sus días.

La primera reacción violenta del respetable se consumó con «Deshydrated» y todo el catálogo patológico del primerísimo Consuming Impulse: puñetazo tras puñetazo, tuvimos que aferrarnos con fuerzas a lo que fuera con tal de no salir despedidos con un setlist mortífero que acuñó clásicos como «Chronic Infection» y la cavernosa «Out of The Body»; se extrañó alguna canción de los discos Malleus Maleficarum y del Spheres, pero Pestilence tuvo la sabiduría de concentrar sus temas de su etapa clásica, sumando hitazos del incombustible LP Testimony of Ancientes, con trallazos de la talla del «Prophetic Revelations» y «Land of Fears», tema con el que cerraron su jornada.

Mameli lo hizo todo: capitaneó al equipo, eligió la pelota, pateó el córner y metió el gol de cabeza. Su voz destemplada y desesperada, entre gritos agudos y guturales arrastrados, repasó los grandes tópicos del death incivilizado y grotesco, y nos llevó a las alturas del death metal progresivo, mezcla de materia orgánica y cibernética, con solos atonales y disonantes, estructuras pegadizas y galopeadas, y brutales líneas creadas expresamente para que sus semejantes saltaran y corearan los clásicos como buena barra brava.

El baterista Michiel van der Plicht se oyó algo rígido al comienzo, medio complicado entre las bataholas rítmicas que demandaba Pestilence, pero tras un cuarto de hora lo pudimos oír más distendido y suelto de cuerpo; Roel Käller estuvo fenomenal, y sus cuatro cuerdas fueron audibles y disfrutables a tope. Como buen bajista deathmetalero, nos regaló fills y figuras complejas, así como también rítmicas atronadoras y poderosas. Max Blok, a la guitarra rítmica, cumplió cabalmente con su trabajo, aunque su accionar fue más discreto, poniendo mayor foco en las partes rítmicas donde Mameli entregó sus solos endiablados y rapidísimos.

Al final, lo vivido en el Cariola tuvo una lógica implacable: Cancer encendió la mecha con su death crudo y sin adornos, 1349 llevó la negrura al paroxismo con su teatralidad de fuego y hielo, pero fue Pestilence quien coronó la velada, condensando en un solo acto la brutalidad, la técnica y la historia del género. Mameli y los suyos no solo repasaron un repertorio que marcó a generaciones, sino que demostraron por qué su nombre sigue siendo sinónimo de evolución dentro del death metal. Tras el cáncer y la peste, lo que quedó fue la pestilencia: un estallido sonoro que convirtió el teatro en catacumba, donde los riffs, las voces y los cuerpos se fundieron en una comunión extrema que selló la jornada como un ritual imborrable en la memoria de todos los presentes.

 

 

The Kovenant en Chile: Los dragones del sexto sol

By · miércoles, septiembre 3rd, 2025 · Comentarios desactivados en The Kovenant en Chile: Los dragones del sexto sol

Por Claudio Miranda
Fotos por Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

El debut de The Kovenant en nuestro país tenía un ingrediente especial, más allá de lo memorable que sería el primer cara a cara con el público chileno. Cuando anunciaron el regreso a los escenarios, el repaso completo su obra maestra «Nexus Polaris» (1998) conformaba un pasaje imperdible, sobretodo para quienes en 1998 descubrieron en dicha placa una apertura de posibilidades impensadas. Hablamos de una época en que el metal extremo estaba saturado de «la enésima copia de…», y el cambio de milenio priorizando tendencias como el nü-metal y la producción con sonidos electroindustriales. Para los nórdicos, quienes respiraban la misma biósfera creativa y sonora que los suizos de Samael y los fineses de …And Oceans, fue un punto angular y, a la vez, un objeto de culto entre los amantes del metal más orientado a la vanguardia y la fusión de estilos antes imposibles de concebir en el género.

Podríamos extender párrafos completos acerca de lo que la bestia espacial del ’98 forjó para las siguientes generaciones, así como de la convocatoria generada en un público que, en gran parte, promedia los 40 años y eran adolescentes durante el atardecer de la década del ’90. Y precisamente el segundo elemento mencionado es lo que se hizo notar en un cariola que se repletó de a poco en cancha y palcos. Si la reunión durante la temporada anterior daba la posibilidad de soñar con una visita a nuestro país, era cuestión de tiempo para que el anuncio de la fecha nos pasara del júbilo a una larga espera que llegó a su fin anoche en el recinto de calle San Diego.

En una jornada con los tiempos cumpliéndose con precisión absoluta, Aisthesis dio el puntapié inicial como primer representante del binomio nacional. En base a un black metal con vocación melódica, hubo un espectáculo consistente a nivel de sonido, adjunto a la caracterización visual de sus integrantes, muy al estilo de los sempiternos Immortal. A lo que vinieron, proyectando solidez en un estilo que expone la convicción de sus ejecutores ante un público que de a poco ingresaba al recinto.

Si hablamos de bandas nacionales con propuestas tan enormes como inclasificables, lo de Born in Saturn es un deleite para todos los gustos dentro de su propio universo. Una banda que no se queda en su raíz de death metal, sino que lleva el asunto hacia lugares ignotos, dotándose en el escenario tanto de una actitud vigorosa como la destreza instrumental y su expansiva paleta de arreglos sonoros. Y es que el desfile de pasajes como «Missing Time», «Upon», «Pazuzu» y «The Fool», en el directo se siente como una fuerza imperial que arrasa con toda convención establecida, siempre favoreciendo la construcción de su propia matriz creativa. En cortes inéditos como «I Don’t Know», por ejemplo, hay señales de un futuro donde el fulgor creativo de su propuesta refina su escritura, no sin antes pasar la prueba de la blancura en el directo. Todo lo que le da a Born in Saturn un sitial de honor en la primera división local, a punta de un objetivo que incursiona donde pocos se atreven a ir y regresan para contarlo.

Con el reloj marcando las 22 horas en punto, y tras una intro atmósferica que nos situaba de inmediato en órbita. el sueño de Covenant en Chile – así, a secas como los conocimos hace casi tres décadas- se volvió un hecho. A lo que fuimos, al viaje por Nexus Polaris en su totalidad, con el arranque de «The Sulphur Feast» como la primera descarga en una presentación brillante en todos sus flancos. Con Nagash al frente en voces y bajo, los de Hamar desplegaron toda su artillería sin pausas ni discursos para la galería; saben a lo que van, lo que esperan los fans. «Bizarre Cosmic Industries» y «Planetarium» le siguen igual de supremas y contundentes, con una Sara Jezebel deva pletórica en su desempeño como voz soprano en plena metralla de intensidad. Tan enorme como la estatura de Nexus Polaris registrada en el estudio, lo es el despliegue en vivo de una agrupación que se basta de lo justo y necesario para levantar una construcción monumental.

El viaje a través de Nexus… es raudo y profundo a la vez. Tal como en el disco, «The Last of Dragons», «Bringer of the Sixth Sun» y «Dragonheart» exponen al 100% la anatomía de una antología de relatos sobre el misterio del cosmos, donde el metal y los arreglos electro.sinfónicos conforman un equilibrio tan abrumador ayer como omnipresente hoy. Al mismo tiempo, las melodías cantadas a coro por todo el Cariola son la prueba irrefutable de lo que pudo haver sido Covenant si hubiese acatado las reglas del juego para ingresar a las grandes ligas. Es cosa de preguntarle a quienes dejaron la voz en «Planetary Black Elements», un pasaje con pinta de clásico indiscutible para todo amante del metal de vanguardia. De la misma forma, «Chariots of Thunder» clausura el viaje por Nexus Polaris y, lo más importante, demuestra la importancia de un buen trabajo discográfico en su aspecto orgánico desde el fondo conceptual. Lo que le da al álbum celebrado en vivo un carácter de experiencia liberadora, lo que nos hace sentir tanto grandes por el conocimiento adquirido como pequeños ante la infinidad de un universo aún desconocido.

La segunda parte del show nos transporta de inmediato hacia un territorio donde predomina la fusión electro-industrial que hizo de The Kovenant una agrupación totalmente ajena a la ortodoxia de turno. «Jihad», «New World Order», «Mirrors Paradise» y la elocuente «In the Name of the Future», todas aprovechando su turno en un espectáculo tan aplastante como purificador. Y eso lo sabemos quienes vimos a The Kovenant en su momento como un bicho raro de proporciones descomunales en su propuesta artística. Aún con todo el rollo vanguardista en cuestión, hay un momento especial para el primer LP «In Times Before the Light» (1995), cuando «Towards the Crown of Nights» comparte lugar con sus ‘hermanas menores’. Ahí donde empezó todo, de donde también reluce su potencia en vivo «Monarchs of the Mighty Darkness», la que culmina tanto la placa mencionada como lo que será recordado como uno de los shows más memorables y rutilantes que haya pasado por nuestro país.

Poco que agregar respecto a lo que nos deja el primer encuentro cercano con una banda que abrió el vórtice hacia la galaxia del sexto sol. Un mundo regido por los últimos dragones, donde la verdad oculta y la expresión desolada forman parte de una naturaleza sulfurante. En fin, qué sería de nuestra imaginación sin la Dimensión de Desconocida de Covenant. The Kovenant. The True Kovenant…. Da igual cómo le llamemos, mientras el caos dimensional y la estupidez renovada se mantengan en perfecta armonía.

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Timo Tolkki desata una misa powermetalera en Chile: sudor, riffs afilados y un final épico con un niño en el escenario

By · domingo, agosto 31st, 2025 · Comentarios desactivados en Timo Tolkki desata una misa powermetalera en Chile: sudor, riffs afilados y un final épico con un niño en el escenario

Por Pablo Rumel.
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

No fuimos a ver un mero tributo a Stratovarius con Timo Tolkki de invitado, al contrario, llegamos a ver a Timo Tolkki con una banda de soporte, Visions, conjunto chileno más que solvente y profesional: el espectáculo venía precedido de buenas críticas en Concepción, y ya en 2024 habían girado en diversos puntos del país.

Es verdad, el gran Timo viene en descenso, tanto a nivel físico y mental, como compositivo: atrás quedaron sus años en los que se perfilaba como un virtuoso de la guitarra, muy atrás los estadios llenos durante la etapa gloriosa de Stratovarius, que específicamente tiene un arco acotado, desde el «Fourth Dimension» (1995), al «Elements Pt. 1» (2003); hacia atrás y hacia adelante hay empuje, hay buenas ideas, pero esos 7 años son los míticos y los que han atravesado la brechas del tiempo, como un puño llameante que fue estandarte y fuerza matriz de toda una generación powermetalera.

Con un RBX a tope, a las 20:17 exactos, la espera terminó. La sala se bañó de un verde misterioso, como de ópalo, y con un rápido juego de luces vimos entrar a los Visions, uno a uno. Y ahí teníamos frente a nosotros, al tío Tolkki, quien guitarra en mano tocó las primeras notas de «Hunting high and Low», y como debe ser, pura descarga energética de poder y sentimiento como puñalada al corazón: el power tiene sus raíces en el speed, lo que la ejecución en vivo lo convierte en una máquina demandante y arrolladora: hubo algunos detalles, que ya vamos a señalar, pero la base bajo-batería se oyeron atronadoras y pesadas, lo que desde ese ángulo la performance sonó atrevida, rabiosa y contundente.

«Paradise» fue la segunda descarga, un tema de hechura rítmica y coros impactantes. La voz de Richie sonó pulida, y a ratos, entre los juegos de luces y sombras, daba la sensación de que estábamos ante un Kotipelto avatarizado. La ilusión habría sido perfecta, pero no lo fue, principalmente porque la ecualización del teclado se oyó apagada, al igual que las notas más altas de las guitarras: se ganó en graves pero los agudos quedaron deslucidos.

No obstante, el profesionalismo de los músicos rápidamente apagó ese incendio, y entre un par de acoples que fueron utilizados para crear silencios dramáticos, la descarga sónica tomó una vertiente veloz que sirvió como catapulta para que los bangers, mayoritariamente cuarentones, salieran a saltar y a moshear como Dios manda: «Will the Sun Rise?» Sonó violenta y melodramática, por ser una composición más cercana a las bases power, sin tanto arreglo, pero con interludios neoclásicos, power chords arrolladores y secciones palmuteadas espiraladas y neoclásicas que nos dejaron con los ojos desorbitados y los oídos recubiertos de miel.

La interacción de Tolkki con el público fue cariñosa y humana: el tío, como buen sobreviviente de mil batallas, no posó nunca de rockstar, y con humildad nos regaló algunas frases humorísticas, como decir que con su colega Richie eran “amigos con ventaja”, además se dio el lujo de saborear sobre el escenario nuestra bebida típica, su tremendo piscolón en jarra con harto hielo. ¡Al seco! Gritaban desde el respetable, pero el tío, como buen bebedor, sabe que el alcohol se debe degustar con sabiduría, no fuera a ser que de un jarrazo directo al pecho terminara hablando en ruso y tocando el chachachá.

Las canciones elegidas fueron más que acertadas, fueron perfectas, porque respondían todas a la era dorada de Stratovarius, y así fue como escuchamos una velocísima «Speed of Light»: el tío Tolkki -otra verdad como un puño- no llega con la misma velocidad que en los discos, pero su performance estuvo a la altura; no estábamos ahí para oír un sonido de estudio, estábamos para experimentar la homilía metalera de cuerpo y alma, quien además contó con un inmejorable Leonardo Garrido a la guitarra rítmica, habilidoso y atinado en llenar cualquier bache, y quien también interpretó solos.

El trabajo del tecladista Javier Mansilla, vistiendo una impecable chaqueta de cuero sin mangas, tuvimos que adivinarlo en gran parte por los problemas de audio que afectaron a su instrumento. Más de alguna vez vimos a Richie pidiendo que subieran el volumen, y creo que esto es algo que debe considerar seriamente la organización, renovar equipos o manejos en la mesa,; desconocemos el origen de los desperfectos, pero nuestra crítica va orientada a mejorar los shows, no en demoler por demoler.

Y entre descarga y descarga, hubo espacio para el sentimiento. Se interpretó la power ballad «Coming Home» en un formato pesado; la voz de Richie una vez más estuvo impecable, sin fallar notas, con ese mismo cuerpo y calidez del gran Kotipelto, acariciando a cada uno de los presentes. También oímos la inconfundible y emotiva «Forever», estilo café concert, solo guitarra en mano y Richie (¿habría mejorado la performance con una guitarra electroacústica?), se invitó a una pareja a subir al escenario. Bello momento, medio opacado por su tontorrón de turno que lanzó improperios haciendo gala de la “choreza del chileno”.

Otro momento que pudo terminar en tragedia ocurrió con un asistente al evento recién operado que se desmayó en las últimas canciones. Por fortuna fue socorrido a tiempo y pudo salir por sus propios medios. Ojo con eso, los conciertos demandan esfuerzo físico, y si no se está en la mejor forma, hay que evitar ir al choque en las primeras líneas y buscar zonas de mayor resguardo.

El encore fue mítico: ¿qué rolas podían cumplir con un cierre con broche de oro? Sabemos que «Black Diamond» no se toca. Iba sí o sí. Algunos pidieron «The Kiss of Judas«, otros pedían «Forever Free». Estaba complejo. Se optó por una descarga energética con riffs más afilados que lengua de vieja cahuinera: «Father Time», oh sí, padre-tiempo, con su hechura rabiosa y machacante.

El cierre, coreado a gritos, fue con el diamante negro, sin dudas, y en un gesto que quedará para siempre en la retina de los presentes, subieron al escenario a un pequeñito no mayor de ocho años, quien pudo corear y cantar una canción que está destinada al infinito, atravesando la cuarta dimensión por ser un elemento primordial, y más allá.

Balance final

Lo que vivimos fue una lección de humildad y fuerza de uno de los arquitectos del power metal. Timo Tolkki, -en una performance de una hora y treinta minutos-, lejos de sus años de gloria con estadios repletos, demostró que su legado no se mide en velocidad ni en perfección técnica, sino en la emoción que despierta. Con Visions como soporte sólido, una selección impecable de clásicos y un público que osciló entre la nostalgia y el delirio, el concierto quedará en la memoria como una de esas noches donde la música trasciende cualquier bache técnico: el metal no está muerto, dejó de ser mainstream, pero sigue con su llama encendida en las catacumbas metálicas donde la fidelidad no se compra con auto-tunes ni con poses vacías, se experimenta con fuego y ardor.

Don Osvaldo en el Cariola: regreso con alma barrial (2025)

By · domingo, agosto 17th, 2025 · Comentarios desactivados en Don Osvaldo en el Cariola: regreso con alma barrial (2025)

Por Pablo Rumel
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

El vínculo de Don Osvaldo con Chile es reciente pero intenso. La banda argentina, surgida en 2010 tras la disolución de Callejeros y encabezada por Patricio Fontanet, se presentó por primera vez en Santiago el 5 de noviembre de 2022 en el Teatro Coliseo, logrando un lleno total que marcó su desembarco en el país. Dos años más tarde, volvieron con todo al Teatro Cariola, consolidando una relación que crece a paso firme: cada visita convoca a una hinchada fiel que encuentra en sus canciones una mezcla de memoria, catarsis y resistencia.

La noche del sábado del 16 de agosto en el Teatro Cariola fue un rito de rock barrial con todas sus letras. La sala repleta, banderas flameando y un público que agitó como cancha futbolera , marcaron la antesala del recital que unió presente y memoria.

LA ANTESALA NACIONAL

A las 20:25 salió al escenario el grupo chileno Mandrácula, recibido entre vítores y coros por un público ansioso. Pancho Rojas abrió con un enérgico “¡Somos todos buenos muchachos!”, iniciando una descarga de rock and roll directo al hueso. Llamó la atención la crudeza rítmica del baterista Sergio Carilini, armado apenas con bombo, caja y hi-hat, que sostuvo el pulso con un sonido seco y sanguíneo: no necesitó una nave espacial para bombear al corazón mandraculero, arreglándoselas a todo ritmo.

Se interpretaron clásicos como «Verde Claro» y «Camino Lento», temazos que ya suman dos décadas, y entre sus buenos shops cerveceros al seco (¡salud!), los casi treinta minutos del show volaron; en «Muerte al Rock & Roll» oímos a un inspirado Sebastián Garrido, quien guitarra en mano nos deleitó con unos solos de puro sentimiento blusero, cerrando con «Se Hace Tarde». Fuera de algún acople y una correa suelta, los Mandrácula demostraron con creces que siguen más vivos que nunca, con jam sesión incluida y pura solvencia vieja- escuela.

¡AGUANTE DON OSVALDO!

Y a lo que venimos: el esperado regreso de Don Osvaldo, con una hinchada más prendida que tele de conserje, entre cánticos y descamisados, con un Cariola lleno de extremo a extremo, promediando a las 21:41 salió a la cancha la banda barrial argentina, puro tango en formato rockero con rítmica ska y líricas de vivencia y sentimiento en estado de ebullición.

«Políticamente Correcto» fue la canción de arranque, con ataque de saxo y percusión a toda máquina: Pato Fontanet salió con la bandera de Palestina, dejando en claro que los vampiros y hombres lobos son reales, visten de terno y ocupan altos cargos, listos para devorarnos. «Palo Borracho» fue el siguiente asalto barrial, clásico de Callejeros y tónica del show: Don Osvaldo no niega su pasado y en cada recital incorpora los clásicos de la antigua agrupación de Fontanet, aunando pasado y presente en un futuro de nostalgia rockera y acordes veloces, con esas vocales vestidas de fragilidad y fortaleza que son la firma indeleble de la agrupación argentina.

El despliegue fue total: los trapos barriales colgados en los balcones, el pogo hirviente en la cancha, las latas de cerveza volando de esquina a esquina, un cancionero que funcionó como viaje emocional. Temas como «No volvieron más» o «Una nueva noche fría» pusieron la piel de gallina a los presentes, con esa mezcla de duelo, esperanza y aguante que caracteriza al rock barrial.

El público no solo apañó, sino que se adueñó del repertorio: cada estrofa fue devuelta con la fuerza de una hinchada que no se resigna, como si cada canción fuera un gol en una final interminable. Fontanet, de pie en el centro, supo manejar la energía de la sala, dejando que el coro colectivo se volviera el verdadero frontman por momentos.

Con un setlist que funcionaba como un puente entre su presente y su historia, Don Osvaldo mantuvo la intensidad en alto. Temas como «Mis latidos» y «Tanto de todo» resonaron con la fuerza del material más reciente, mientras la hinchada se entregaba por completo a himnos de Callejeros como «Morir» y «Dos secas». El show se convirtió en una travesía emocional sin descanso, con el público coreando cada verso y la banda respondiendo con una ejecución impecable y cargada de sentimiento. La energía no decayó un segundo, sino que se fue acumulando, canción tras canción, en una comunión inquebrantable que ya prefiguraba la explosión final.

El clímax llegó en la recta final, con «Prohibido» y «Creo» detonando la comunión total: saltos, abrazos, lágrimas, gargantas al rojo vivo. Allí Don Osvaldo reafirmó que no es una banda más, sino un símbolo de resistencia cultural, heredero directo del linaje de Callejeros pero con una identidad que ya no depende solo del recuerdo, sino de la fuerza presente de sus canciones. La mística barrial se materializó en ese Cariola sudoroso, donde cada verso fue un manifiesto y cada acorde un recordatorio de que el rocanrol del barrio sigue siendo el refugio y la bandera de miles.

En casi dos horas de show, la banda construyó un viaje entre fragilidad y fuerza, nostalgia y presente, con Fontanet como guía emocional. Su voz, quebrada y firme a la vez, sostuvo la identidad de un proyecto que no niega su pasado y lo resignifica en cada recital. El cierre, con la intensidad intacta, dejó al Cariola vibrando: un ritual barrial de pura comunión entre músicos y público.

 

Aura de Ilusiones y Slaverty convirtieron MIBAR en un templo del metal

By · domingo, julio 13th, 2025 · Comentarios desactivados en Aura de Ilusiones y Slaverty convirtieron MIBAR en un templo del metal

Por Pablo Rumel
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

Cuando las luces se apagaron en MIBAR, dio arranque a un descenso a los reinos más teatrales y oscuros del metal chileno. La noche del sábado 12 de julio, Aura de Ilusiones y Slaverty ofrecieron más que una simple tocata, fuimos testigos de un ritual escénico de virtuosismo musical, dramatismo visual y catarsis emocional. En un escenario de dimensiones modestas, ambas bandas demostraron que la grandeza no se mide en metros cuadrados, sino en la potencia creativa de cada nota y gesto.

PRIMER ACTO: AURA DE ILUSIONES

A las 21:35 se descorrieron los telones y frente al respetable, apareció Aura de Ilusiones al completo, acompañados de unos synths gélidos que dieron arranque a los primeros acordes, de vocación metalcoresca, con rasgueos punzantes y sincopados.

La joven banda chilena prescindió en la performance del bajo, siendo un acierto si consideramos que el escenario de MIBAR es pequeño, centrándose en la interpretación de teclados, batería, guitarra y voz; su estética visual da para varios párrafos, pero de forma breve esos abrigos largos estilo victoriano, con correas y botas de cuero que rememoran al animé, al steampunk, y un maquillaje dramático que busca acentuar sus rasgos oscuros, sumado a una decoración con hojas verdes que rememoran a paraíso perdido, fueron elementos que reforzaron al máximo el sentido del espectáculo, tan carente en las bandas nacionales actuales.

«En mí obtendrás sobrevivir» fue la canción de entrada, articulada desde una voz desgarrada y cruda, obra y gracia de Enzarro Dañobeitía, con una interpretación ágil, con tonos medios y bajos raspados, y excelente técnica fry scream que se amoldó con la propuesta musical melódica con elementos death, góticos e incluso blackmetaleros, por las atmósferas y las secciones de ráfaga percusiva.

Precisamente, «Virtue» incluyó una interpretación neoclásica de apertura en los teclados, con una batería galopante y escalas rápidas en la guitarra, aportando nuevas capas musicales que bandas japonesas como Moi Dix Mois, Malice Mizer o Versailles, atronaron hace unas décadas con su particular estilo.

La sonoridad en «La Senda» subió varios decibeles, con un estilo definido que descansaba en los acordes sostenidos del teclado, obra y gracia de Matías Palma, y la participación directa del baterista Ian Huidobro, quien ofició de segundo vocalista, con un estilo de canto limpio e histriónico, rozando lo burlesco. Es necesario recalcar su forma de tocar, con el hi hat a su diestra, con una configuración para zurdos y una amplia gama de platillos en su arsenal: la estructura rítmica bombeó el poder que buscó la banda transmitir en cada acorde, pero también los constantes cambios en los parajes melódicos y atmosféricos, intercalando polirrítmicamente golpes de caja, doble bombo e incluso algunas secciones de blast beat, como pudimos oír en la poderosa «Your Soul in the Starlight».

Fuimos privilegiados al oír «Los Sueños Que Perdí», adelanto de su ya ¡segundo disco! Siendo que presentaban el primero, quedó en claro que Aura de Ilusiones es una banda llena de ideas en plena ebullición creativa y dirección ascendente, hecho que no podemos más que celebrar.

«Ya No Sabes si te Esperan» fue otro momento alto en el setlist de la noche. Con arpegios disonantes, armónicos artificiales y silencios remarcados, el guitarrista Nicolás Maldini aportó con su maestría: al no descansar en riffs tradicionales metálicos, el sonido de Aura de Ilusiones puso su énfasis en las atmosferas del teclado y la rítmica progresiva, con afinaciones bajas y con una séptima cuerda para aportar la máxima distorsión en los graves.

«The Vissible Essence» fue una prueba del talento de Maldini, con una apertura de cuerdas limpias arpegiadas, solos inspirados con rápidos barridos, slides y tappings, y un estilo de tocar acorde con la estética de la banda, carnavalesco y con movimientos espásticos. Matías Palma apoyó en los interludios dramáticos, y quizá lo único que podríamos sugerir para futuras composiciones es que pudiera integrarse de mayor cuerpo en la performance, quizá otorgándole mayor protagonismo en el escenario con solos de su autoría.

«Mientras Me Puedas Recordar» y «Bello Espejo Roto» marcaron la clausura, incluso interpretaron, fuera del setlist, «Aislado en La Nieve» a pedido del público, banda joven con catálogo en construcción, y que de seguro en un futuro podrá deleitarnos con un abanico mayor de temas.

SEGUNDO ACTO: SLAVERTY

Eran las 23:10 y un Slaverty al completo ya estaba sobre el escenario; casi, porque faltaba su líder y fundadora. Con dos guitarristas armados con siete cuerdas, un bajista con cinco, un tecladista con dos instrumentos sobre atril y uno extra, y el baterista más atrás, dejaban en claro que la presentación no iba a descansar en pistas grabadas o recursos anexos para recrear en vivo el sonido: viviríamos una homilía metalera de cuerpo y alma presentes.

Tras la marcha baterística marcial, llegaron los primeros riffs de «Dreamcatcher», pesados y de afinaciones bajas, amalgamados con los teclados que aportaban el elemento sinfónico: y ahí se materializó Karin Montt, vistiendo un riguroso traje de negro, como de viuda negra, y una hermosa cruz griega aturquesada; llegó hasta nuestros oídos la primera estrofa, cantada en impecable estilo lírico soprano, con oscilaciones en su timbre que darían para llenar una biblia con anotaciones; su estilo es limpio pero con ornamentaciones pulidas, con vibratos breves y melismas, aportando variaciones melódicas veloces y rápidas variaciones.

«The Biggest Mistake» fue la segunda descarga metálica: abriéndose entre figuras melódicas y líneas de bajo profundas, la voz de Karin se levantó como un estandarte sobre una rítmica lenta y a ratos galopante; es verdad que la alta presencia de músicos en un escenario dificultó la visibilidad y el movimiento de los mismos, y fuera de algún acople, o un error de algún guitarrista en utilizar su pedalera de efectos, la performance descansó en la espigada figura de su vocalista y en la presencia imponente de sus músicos, que ejecutaron de manera impecable las canciones, no como meros comparsas, sino como parte íntegra de un estilo vivo y orgánico, que si fuera cantando con música envasada sonaría hueco y deshumanizado.

«Fairyland» escenificó ese componente folclórico de la banda, de cuento de hadas oscuro surgido desde las tinieblas, con Alejandro Elgueta como guitarra rítmica (miembro también de Desire of Pain ¡vayan a escucharlos) , entregando unos guturales de factura deathmetalera, voz profunda y cavernosa, alternando con la voz de Karina, entre parajes atmosféricos y rítmicas pesadas, con juegos de solos lentos y melódicos, de notas sostenidos y vocación heavy, dirigidos en su mayor parte por Alejandro Elgueta, quien entregó barridos y escalas inspiradas al mando de su filosa espada de siete cuerdas.

El momento más emotivo estuvo en «Blue», interpretación que su vocalista Karina Montt dedicó a su reciente fallecido abuelo, una power ballad que horadó hasta lo más profundo de los asistentes, canción lenta y melodiosa que dialogó con los clásicos del estilo gótico, como The Gathering o Within Temptation.

Con «The Beauty of Life» se ingresó a una veta más rock and rollera, con una estructura percusiva más movida, sin dejar los pasajes intensos en los puentes y estribillos, power chords fusionados con capas melódicas del teclado, con Marcelo Oyanedel a las cinco cuerdas, de técnica pulida y contundente, llevando las marchas y los cambios, e incluso creando figuras más complejas, con acordes e incluso slaps, dándole mayor sabor a una propuesta sónica con marcados referentes góticos y neoclásicos.

En «Be Free» se corrigió el problema del volumen bajo de su tecladista, Matías Schwartz, un intérprete sobresaliente que no falló en ninguna nota (y si lo hizo nadie se percató); fue un momento íntimo en que solo estuvo él con la cantante, convirtiendo al MIBAR en una pequeña catedral de tonos carmesíes, y dejando en claro que el metal también puede ser música de cámara, no todos son tachuelas, puñetes y motos, señoras y señores.

La fase final vendría con «Appreciate», una canción con toques speed-sinfónicos; entremedio hubo una broma de su guitarrista con You Suffer de Napalm Death, una enorme canción que sólo dura cuatro segundos; y es que el público pedía más y más, y las antorchas ya se apagaban.

Y precisamente, en esa línea nocturna, de velas falleciendo, fuimos testigos de «Dementia», una canción dark, con toques dungeon-syntheros, y guitarras en bajas afinaciones, amalgamados por la voz magistral de Karina Montt; una canción que tiene atmósfera y pasajes intensos y pesados, tema magistral que -estamos seguros-será el caballo de batalla de la banda, tanto para abrir como para cerrar sus conciertos.

ACTO FINAL: CONCLUSIONES

Aura de Ilusiones y Slaverty no vinieron a pasar desapercibidos, sino a clavar su bandera en el alma del metal chileno contemporáneo. Ya no es necesario viajar a Oslo o a Bruselas para oír en vivo metal de primer nivel. Con estéticas propias, ejecuciones impecables y una entrega total, ambas bandas recordaron al público que la escena local está más viva que nunca. Si algo dejó claro esta noche en MIBAR es que la teatralidad, el riesgo y la devoción artística siguen siendo armas legítimas para estremecer cuerpos y espíritus por igual. Y si Sonidos Ocultos miente o exagera, que el diablo nos lleve.