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Criminal: Rastros de sangre en la tierra olvidada por Dios

By · sábado, noviembre 29th, 2025 · Comentarios desactivados en Criminal: Rastros de sangre en la tierra olvidada por Dios

Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

Sobran palabras para definir una carrera intachable. En el caso de Criminal, nos quedamos cortos al referirnos a ellos como lo que son; la institución más importante del metal chileno, con el permiso de los también fundamentales Dorso. Hay un catálogo discográfico que cumple a cabalidad con todo lo que hace realmente grande a una banda. Una jerarquía que no descansa en el cliché o la fórmula, sino que refleja lo peor de lo nuestro, tanto a nivel local como en otras latitudes. El Chile que proyecta Criminal dista mucho de la copia feliz del Edén que suele evocar nuestro himno patrio. Más bien es una protesta feroz contra el sistema imperante, la cual se traspasa a la música desde la tripa misma.

Los 20 años de Sicario se explican por lo que son las obras maestras. La quinta placa de Criminal es un regreso natural a las raíces tras un período de experimentación interesante pero poco consistente. Y reafirmamos la naturaleza de aquello, porque el gran valor de Sicario -tanto artístico como expresivo- radica en el dominio absoluto de su estilo por parte de una agrupación que asciende desde la revelación hasta la realidad de un consagrado. Y dos décadas después, el redondo sigue girando y retumbando con la misma urgencia y rabia de entonces. Mucho más en estos días de elecciones presidenciales, con el clima político marcado por las ideas extremas.

Como en toda celebración, los invitados también tienen algo que decir. Empezando por Huinca, agrupación bisagra en lo que hoy será nuestra escena ligada al metal de raíz. Una configuración inusual respecto a formaciones anteriores, con dos voces liderando el ataque y un combo instrumental que apela a la solvencia. «Marichiweu», «Rapa Nui», «Guerrero» y la homónima «Huinca», son algunos de los misiles que caen ante un público escaso pasadas las 18 horas, pero con una efectividad a la altura de las convicciones que hacen de Huinca un nombre que simboliza lucha y resistencia ante la incertidumbre del presente.

Llega la ocasión para Tridente, con nueva alineación y una intensidad hermanada con un nutrido despliegue musical. El aporte de Felipe Canales en las bajas frecuencias completa un cuadro que funciona como reloj al momento de llevar al directo su firma de groove desde el estudio. Es lo que podemos apreciar cuando «Vienen por mí», «Abismo» y «Anarko» se coronan de manera triunfante como muestras de una propuesta con predominio de la intensidad y la crítica social sin sutilezas, con espacios para algún velo de atmósfera y matiz cuando el momento lo requiere. Y en vivo, a Tridente le funciona porque saben cómo brindar su propuesta mediante un paquete de caminos hacia un mismo objetivo. Todo lo que pueden lograr tres músicos que explotan con la potencia de un volcán.

Difícil explicar lo que genera Boa, con una carrera que traspasa el cuarto de siglo y el recuerdo de un prócer que sigue vivo en lo que importa. El patadón inicial con «Sangre» es una muestra de categoría que va a lo suyo sin vueltas: aplastar cabezas con un sonido demoledor. Una metáfora recurrente en estos casos, pero que el cuarteto liderado por el eximio guitarrista Gerhard Wolleter lleva a la acción con una contundencia asesina. «Mil Años de Dolor», «Extinción», «Fuego» y «Todo Muere», todas tienen ese rasgo de haber bebido en su momento de la oleada industrial liderada por Fear Factory en los ’90s, para ser llevadas acá hacia un lenguaje propio, lo que consigues mediante una idea hecha canción. En la misma línea, el doble pedal de Sergio Carlino, la solidez de Roberto Barría en el bajo, y la potencia vocal de Luis Toro, se unen a la de Wolleter para derribar todo a su paso. Una aplanadora de riffs y transgresión que mantiene viva la memoria del eterno Gustavo ‘Caballo’ Romero, tanto en la refriega sonora desde el escenario como quienes acusan recibo entregándose al primer mosh de la jornada. Eso es lo que le da a Boa un rótulo merecido como fundamental en el circuito subterráneo a nivel local y, quién dice que no, sudamericano.

Por razones de fuerza mayor, Gabriel Almazán no pudo viajar a la capital, lo que implicó el apoyo de Alex Leunam (Terror Society) en la voz. Y por muy distinto que sonaran los clásicos con otra voz, el efecto telúrico de Dogma en vivo es otra cosa. Desde «Improve the Silence» hasta «Demadness», pasando por «Crisis Center», «Mr. Waste»» y «Wall to Wall», el cuarteto no se contenta con sacar adelante la misión, sino que expone sus credenciales ante un público que responde ante tamaña explosión de energía. Incluýase la ovación a Sebastián ‘Chupete’ Rojas, un baterista bien dotado que profesa su amor al metal chileno hasta el sudor. Por algo Dogma es una institución por derecho propio. Un nombre que permite entender la fusión de estilos sin descansar en la etiqueta de turno.

El caso de Nuclear es el de una banda que aparece como uno de los actos principales y responde a cualquier duda desde el primer al último puñetazo. «God Forsaken Life» y «Waging War» abren para desatar la paliza necesaria. No es azotar el escenario, sino echarlo abajo una y otra vez, sin dejar sobrevivientes y generando una centrífuga humana con bengala en mano, con la magnitud propia de cualquier consagrado del Hemisferio Norte del Globo. Cuando «Violent DNA», «Killing Spree» y «Left For dead» caen como misiles en plena zona de desastre, queda claro de qué están hechos los ariqueños. ¿Cuántas bandas son capaces de apalearte y dejarte K.O. a ese nivel con más de 20 años de recorrido? «Abusados», «Confront, «Belligerance» y la declaradora «Apátrida», todas acreedoras del rótulo de ‘clásico’ por mérito propio, se valen de lo que encarna una banda que dispara contra el poder, del lado político que sea. Por eso les va bien , tanto a nivel de lanzamientos como en la hecatombe sónica de un acto en vivo imperdible para todo amante del metal chileno. Y en el escenario que sea, porque todo lo que permite a Nuclear curtir y reforzar su firma, está en lo que proyecta como un todo desde la necesidad de expresión.

El plato de fondo. Un disco celebrado de inicio a fin. Un homenaje emotivo a un prócer de nuestra escena. Y un tremendo movimiento de piezas en la alineación. Los 20 años de Sicario coinciden con el ingreso del destacado guitarrista nacional Gabriel Hidalgo. Y la partida con «Rise and Fall» nos conecta inmediatamente con una historia cada vez más fresca y viva que nunca. Le siguen casi sin pausa «Time Bomb» y «Walking Dead», ambas asomando raudas e igual de drásticas que durante su lanzamiento. No parece tan lejano el 2005, más bien es lo más cercano a un viaje en el tiempo. Al menos así nos parece cuando Juan Francisco Cueto toma el bajo como invitado ilustre en «The Root of All Evil». Por otro lado, la faena de Dan Biggin en vivo -vestido con una polera del álbum Loveless de My Bloody Valentine-, como siempre es un gusto por la solidez que brinda como pivote para las guitarras.

Sorpresas como «Shot in the Face» -jamás tocada en vivo antes-, momentos creativos del calibre de la pieza titular, inclinaciones al black metal como «The Land God Forget». Todo lo que ofrece un trabajo brillante y directo en su objetivo. Todo lo que en vivo se impone sin ‘pero’ que valga. Y cuando llegamos a «Por la Fuerza de la Razón», somos testigos y partícipes de un instante memorable, con puño en alto y dando cara a la incertidumbre de una tierra cada vez más cerca del abismo. Lo que se manda el baterista Danilo Estrella, un músico que dispone su destreza a las ideas de una banda que abrazó influencias de afuera para evocar el desastre local hasta el último surco. Es un collage de imágenes que Criminal devela mediante la música hecha por y para la gente enojada.

El homenaje al malogrado guitarrista y fundador Rodrigo Contreras, el pasaje más emotivo de la jornada. No quepa duda, y el mismo Anton lo declara sin tapujos, refiriéndose a Curadrigo como «el fundador de Criminal». Una muestra de cariño fraternal que anticipa la segunda parte del show, con «Slave Master», «Collide», «Self Destruction», «Alma Muerta» y la más reciente «Zona de Sacrificio» aniquilando toda señal de optimismo patrio. Y cuando llega el cierre con «Hijos de la Miseria», queda la sensación de que lo (muy) larga de la jornada se compensa con la integridad que cada exponente profesa cuando acechan los tiempos oscuros. Si esta franja de tierra larga y angosta llamada Chile es la verdadera tierra olvidada por Dios, los rastros de sangre derramada serán la delimitación de esta tierra. Una tierra donde la historia está destinada a repetirse por la sed de poder de algunos, lamentablemente.

Boris: El gran océano rosado

By · viernes, noviembre 28th, 2025 · Comentarios desactivados en Boris: El gran océano rosado

Por Claudio Miranda.

Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

La propuesta de los japoneses de Boris es tan variada y rica en matices como imposible de encasillar a primeras. Desde sus inicios en 1992, cuando eligieron su nombre inspirados en la pieza que abre el álbum Bullhead (1991) de los fundamentales Melvins, han forjado una rúbrica que hermana la psicodelia, el metal y el punk en un espectro que pocos han sido capaces de bucear para relatarlo en la superficie. Y es que Atsuo, Takeshi y Wata, todos desde sus respectivos flancos instrumentales, la tienen clara respecto a cómo preservar la frescura en cada incursión discográfico, al mismo tiempo que el despliegue en vivo adquiere dimensiones monumentales a base de tres instrumentos y una expresividad sonora que desafía hasta al oyente más curtido en terrenos ligados al rock de vanguardia.

Si hay un punto angular en el catálogo de Boris, las miradas apuntan de inmediato a Pink (2005). El trabajo que posicionó a Boris como un referente durante las últimas décadas, donde el salto de calidad y la variedad estilística adquieren una magnitud comparable a Daydream Nation (1988) de Sonic Youth, Loveless (1991) de My Bloody Valentine y, cómo no, Houdini (1993) de Melvins. Todas muestras de una propuesta en su forma definitiva, y con el alcance suficiente para mostrarle el camino a legiones de músicos ávidos de excursión y búsqueda por lo ignoto. Y en el caso de Pink, hay un mar de ruido en tono rosado al que una inmensa minoría se dispone a surcar en sus profundidades.

Tratándose de la primera vez de Boris en nuestro país, imposible no reparar en la convocatoria generada. Una larga fila hacia el acceso del Club Chocolate, minutos más tarde repletando el local en una postal digna de todo primer encuentro. Poleras de Melvins, Mono, Godflesh, King Gizzard & the Lizard Wizard y Baroness entre el público, en mayoría apenas superando los 30 años en promedio. Y el aparataje de amplificadores, dispositivos e instrumentos que hace posible el oleaje sónico de los japoneses ante un público que se deja llevar por una atmósfera de rebeldía y calidez que se bastará de poco más de 90 minutos para llevar su liturgia de fuzz hasta el sur del mundo.

Con el reloj marcando pasadas las 21 horas, y en un Club Chocolate hirviendo como una caldera, el trío nipón aparece sobre el escenario con su habitual disposición ceremonial. Nada de intros grandilocuentes, solamente el martillazo de «Blackout» para sumirnos en un trance sensorial hasta la médula. Es desde ese instante que podemos apreciar las cualidades de una banda en cuerpo completo, cultivando un estilo que pocos logran dominar con tamaña solvencia. Hay una expansión sonora que genera el efecto deseado por sus intérpretes, y en un público que abraza lo desconocido a ojos cerrados. Aquí sería fácil recurrir a la etiqueta de turno, pero cuando llegamos al corte que titula la Opus de 2005, cualquier intento de análisis meticuloso se va al carajo. Descontrol hasta el sudor en la cancha, ante lo que se manda una agrupación que navega entre la generación de texturas y la catarsis emocional. La guitarra de Wata chisporrotea disonancia e intensidad con la maestría de una artesana, mientras la base rítmica compuesta por Atsuo y Takeshi incursiona en el punk con la sensibilidad del jazz. Y es dicha vena noise-punk la que explota en «Woman on the Screen» y «Nothing Special», todas en una sección totalmente dedicada al celebrado Pink. Un mar de ruido que se viste de ropajes metálicos en «Electric», un pasaje que se basta con menos de dos minutos para exponer la jerarquía de Boris al momento de escribir canciones y, a la vez, traspasar su repertorio a un paquete orgánico con momentos explosivos en el directo. Entre medio, «Ibitsu» entra a patadas de hardcore-punk como la primera embajadora en el set del también excelente Akuma No Uta (2003).

El primer saludo de los japoneses tendrá un momento especial. La ovación y el «cumpleaños feliz» a Wata, quien responde con un muy formal «Viva Chile, mierda». Y tras el saludo de Takeshi al público en un correcto español, llega el turno de «A Bao a Qu», de la banda sonora de la película «Mabuta No Ura». Curiosamente, no llega a los cinco minutos de duración, pero en vivo parece extenderse como un ritual sanador. Lo que le da un aire triunfador desde lo que provoca en vivo, con cero aditivos y un propósito arraigado en el contraste introspección-vorágine. pegada, casi sin pausa y como en una película, se produce la transición a «The Evilone Which Sobs», una de las representantes montañosas de esa cordillera llamada Dronevil (2005). Aquí es donde el concepto del drone, música minimalista con énfasis en los sonidos sostenidos, y cuyo nombre estandarte por excelencia es Sunn O))), se eleva hasta rangos pantagruelescos. Aquí somos testigos de lo que Boris, como un todo, es capaz de profesar, al punto de ir hacia todos lados y, al mismo tiempo, llevar su concepto hasta el lugar menos pensado. La postal de Atsuo aporreando el timbal en plena tensión, en una muestra de experiencia y dominio a la altura del carisma que lo hace entrañable, es definitiva por lo que significa Boris para los amantes de ‘la otra música’. Por algo, y esto es un principio natural en el circuito underground, siguen sus propias reglas. Y los casi 20 minutos que se toma «The Evilone…» en vivo, conforman un pasaje necesario para todo amante de la música sin restricciones.

De acuerdo, Pink es el álbum celebrado durante la gira actual. Pero el riff espeso que arranca la titular «Akuma No Uta» nos trae la imagen de una portada igual de icónica, la de Takeshi sosteniendo su bajo First Act con doble mástil, cuyo diseño replica en parte al del Rickenbacker utilizado por próceres como Chris Squire y Geddy Lee. Y en la tradición de las leyendas mencionadas, hablamos de un bajista con voz inconfundible que utiliza los efectos necesarios como guitarra rítmica, mientras Wata hace gala de su destreza en las seis cuerdas con lo mínimo en pirotecnia y el máximo en convicción. Es el pasaje más ‘stoner-punk’ del repertorio, con alguno que otro asistente aprovechando el calor del momento para hacer stage-diving y volar en el mar de gente. El guiño musical hacia instituciones como los propios Melvins es evidente. Y eso habla de la integridad de Boris en su firma; jamás reniega de la huella de instituciones de su país como Flower Travellin’ Band o el noise de High Rise, sino que transporta los ideales de una época determinada hacia su propio imaginario. Es así como Boris ha creado un lenguaje distintivo, el cual se refuerza sin alterar para nada la personalidad inquieta que los tiene hoy como referentes de la vanguardia más radical.

El recorrido por Pink finaliza con «Just Abandoned Myself» y «Farewell». El contraste entre ambas piezas refleja la inclinación hacia las emociones profundas desde la aspereza. Y aquí un detalle de vital importancia; la elaboración del repertorio, el armado sintáctico que hace del espectáculo un recorrido con paradas en los puntos creativos más destacados en el catálogo de Boris. De ahí que lo que en el arranque estuvo marcado por la euforia irrefrenable, pasada más de una hora se volvió una eucaristía de fuzz hasta el corazón del sol naciente. Y en una noche tapada en postales memorables, la de Takeshi acercándose al público en pleno fragor nos habla de la comunión entablada entre los héroes orientales y el público más austral del Globo Terráqueo.

Previo al encore, y en un Club Chocolate hecho un volcán de entrega, había que celebrar a la cumpleañera. El mismo Atsuo es quien le entrega a Wata una torta minúscula, con velas y todo. En la misma postal, el micrófono de Takeshi parece tener problemas técnicos. Y es en esos instantes donde el carisma de los japoneses reluce como parte de su naturaleza. Sin duda, la imagen previa a la descarga final con «Flood» y sus 15 minutos de purificación absoluta. Poco que agregar o especificar respecto a la última parada de una noche que se fue construyendo con momentos de transgresión y honestidad, los que se agradecen hoy más que nunca. La riqueza de texturas dentro de un mismo espectro de sorpresa e inconformismo, es la base de lo que ha construido Boris desde los ’90s. Todo lo que en vivo se vuelve atronador y terapéutico.

Tanto como el aporte a la música de vanguardia y la cantidad de estilos dominados, lo que abruma de Boris es el amor genuino a la música. Por muy cliché que parezca, y en una escena cada vez más atomizada y subdividida, hay una devoción por la música sin ninguna barrera, ni siquiera la que impone el idioma de turno. Para quien escribe al menos, el océano rosado de Boris es tan grande que no hay regla ni convención capaz de definir lo que es permitido y lo que no. Quizás nada de especial hay en nuestra apreciación, pero nunca está demás recordar esos días rosados en que bastaba un par de sonidos para llegar hacia lugares (hoy no tan) remotos. Mientras haya Boris para rato, esos días volverán para permanecer en nuestros sentidos, y sin fecha de caducidad que valga. Como tiene que ser la mejor música.

 

AMBUSH REGRESA A CHILE POR SEGUNDA VEZ A PUNTA DE FUEGO Y ACERO

By · lunes, noviembre 24th, 2025 · Comentarios desactivados en AMBUSH REGRESA A CHILE POR SEGUNDA VEZ A PUNTA DE FUEGO Y ACERO

Por Pablo Rumel

Foto por Francisco Pérez. (Archivo SO)

El batallón sueco se presentaba por tercera vez en nuestro país, segunda en el año, y razones para ir a verlos se dividían 50 a 50: no presentaban un setlist muy diferente al que mostró en mayo de este mismo año, pero a su favor contaba la presentación de su último larga duración «Evil In All Dimensions», que para los especialistas constituye “disco del año” de la nueva ola del heavy metal tradicional. Con estos antecedentes ¿valió o no valió la pena repetir el plato? Acá en Sonidos Ocultos estamos para responder la interrogante. Sigue leyendo.

EL HIERRO PRENDIÓ LAS CALDERAS

Los nacionales de Iron Spell se lanzaron de frente al asedio, promediando las 19:00 en una SALA RBX que a duras penas llegó a la mitad de su capacidad. Recordemos que el show de Ambush iba originalmente en el MIBAR, y que por buena venta de entradas se trasladó: probablemente la sobreoferta de buenos shows y el hecho de que los fans prefieren ver bandas nuevas antes de repetirse el plato, mermó la asistencia, y este es un dato que consideramos en nuestro análisis, porque aquello podía repercutir en la energía desplegada en las tablas.

Iron Spell atacó con un combo seguro: mostraron lo más reciente de su producción «From the Grave» editada por la alemana Dying Victims, disco con vibra ochentera y hechura de hierro puro, con riffs rítmicos, solos afilados y baterías destructoras. Lo oímos en estudio y comprobamos una excelente performance, que brilló con las tachas y el cuero de su vocalista Merciless K.co, con las líneas del bajo-hacha-de-batalla de Ivlock y el ataque a la guitarra de Fabián Valdés.

«Curse of the Ushers», «Black. Hot & Heavy», «Torches in the Woods» fueron algunas de las canciones interpretadas, y dentro del balance, positivo mayoritariamente, hubo algunos detalles como el sonido bajo de las guitarras, que sonaban alineadas con la batería y la voz, limitando la ganancia destructora que se pueden oír en sus álbumes; pero no nos engañemos, el telonero suele ir de frente a los leones, y por lo general el sonido que entregan es de testeo para el show de cierre.

NATURAL BORN CHILE

20:30 pm y tras un corte de luces, oímos el sonido de balas y de sirenas, para ser barridos desde el minuto uno por la pólvora y el napalm de «Firestorm», un asalto relámpago que nos pilló por sorpresa y con las manos arriba, antes de morir acribillados por las descargas metaleras que atronaban la sala.

Y sí, no exagero, Ambush sonó cañón, literal, con una potencia y un dominio escénico que demostró con creces que el metal no necesita de parafernalia y fuegos artificiales para convencer y gustar: Linus Fritzson, a los tarros, tamborileó en estado de gracia, alternando el doble bombo y las velocidades endiabladas que solo los años de circo otorgan. Oskar Andersson, a las cuatro cuerdas, bombeó con sudor y sangre la máquina de guerra, aportando a la rítmica el peso que el acero guitarrero machacó con cada acorde.

Tras el arranque, la descarga fue de antología, y pudimos oír «Evil in All Dimensions» y «Maskirovka», una tras otra, con una interpretación vocal de Oskar Jacobsson aguda y con tanto cuerpo y malicia como una sirena antiaérea, casi bordeando la rotura de nuestros tímpanos, pero deteniéndose justo en el momento en que los oídos de los asistentes eran endulzados y castigados, a partes iguales, por el batallón sueco.

«Heading East» y «Desecrator» provocaron el mosh en la sala, incendiando las barricadas y las trincheras con más pólvora y guitarras explosivas. Si algo rozó la perfección en la performance, fue el sonido apabullante de las seis cuerdas, tensando la rítmica y los solos como arco y flecha, con un Karl Dotzek veloz y preciso, y el albino Olof Engkvist aportando en los coros y en los solos, quien además fue saludado con un abrazo y su buena torta, pues el show coincidió con su cumpleaños, motivo extra para brincar y cabecear con los suecos, quienes despedían su gira sudamericana en nuestro suelo con excelentes críticas.

Al cierre, hubo un momento de íntima conexión con los asistentes, cuando se les pasó a los suecos una bandera chilena con el logo de la banda y la frase “Natural Born Chile”, y sí, Ambush aceptó el desafío y el cariño, cambiándole la letra a Natural Born Killers, por Natural Born Chile, sellando como un pacto cómplice de que acá, pese a no ser un sold out, se vacila cada fraseo y golpe de caja con los oriundos de Växjö, y no por nada otros compatriotas suyos como los Therion, Opeth o Hammerfall han forjado su leyenda en estas tierras.

BALANCE FINAL

Al final del combate, la respuesta cae por su propio peso: sí, valió la pena repetirse el plato. Ambush reafirmó por qué son uno de los estandartes más sólidos de la nueva ola del heavy metal tradicional, entregando una clase magistral de cómo se conquista a una audiencia sin adornos, sin humo, solo con músculo, precisión y sudor. Y aunque la sala no reventó en asistencia, la banda supo convertir cada espacio vacío en un eco más para su artillería. Iron Spell abrió la jornada con dignidad y filo, y los suecos la cerraron con una demostración de fuerza que dejó claro que el heavy metal, cuando se toca en serio, no necesita de excusas: necesita de sangre, entrega y oído dispuesto a caer acribillado.

 

GLORYHAMMER LLEGA A SANTIAGO CON SU UNIVERSO ÉPICO DE UNICORNIOS Y TECNOLOGÍA FUTURISTA

By · viernes, noviembre 14th, 2025 · Comentarios desactivados en GLORYHAMMER LLEGA A SANTIAGO CON SU UNIVERSO ÉPICO DE UNICORNIOS Y TECNOLOGÍA FUTURISTA

Por Pablo Rumel
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

Tras la fallida visita de abril, ese portal dimensional que no se abrió a tiempo, Gloryhammer finalmente aterrizó en Santiago. Esta vez, sin Señores del Hiperespacio arruinando el plan, los escoceses cruzaron el umbral y trajeron su fantasía de unicornios, batallas siderales y heavy metal, directo desde Dundee al escenario chileno.

Lo cierto es que las expectativas estaban redobladas: los habitantes del reino de Chile llegaron vistiendo sus mejores galas, y por ahí entre los bangers de toda la vida vimos a magas arcanas, hechiceros necromantes, un joven portando un martillo de dos metros… y trajes de unicornios.

Sin tener más que algunos registros en Youtube, desconocíamos cómo iba a funcionar en vivo una propuesta tan elaborada, y es que si ya el power metal es heavy metal con esteroides, los mighty warriors de GloryHammer llevan los recursos al paroxismo, en una línea sinfónica que nace con Rhapsody, se perfecciona con DragonForce, se parodia con Nanowar y llega con sus rayos cuánticos e hipersónicos hasta la gloria del martillo.

Para eso estamos en Sonidos Ocultos, para hablarte a fondo de este evento, cuáles fueron sus fortalezas y en qué puede mejorar a futuro. Sigue leyendo.

EL BICORNIO NACIONAL: DOLEZALL Y STEEL RAGE

A las 19:00 puntual, oímos los primeros compases de una sinfonía macabra, un presagio de una época oscura de sangre y guerras, y ahí entre unos efectivos pendones con imágenes del último disco de los Dolezall, oímos el arranque de «The Oaken Shields», un temazo de medios tiempos, potente y efectivo, como una carga de caballería en medio de la batalla.

El vocalista Felipe del Valle es un conocido de la casa, ha puesto su voz en Delta, en Witchblade y más recientemente en Fiura, mostrándose no solo como un profesional que llega con maestría a los tonos altos, sino también mostrándose como un auténtico showman, interactuando con el público y escenificando teatralmente cada canción.

En la batería oímos a un concentradísimo Carlos Dolezal, corazón y sangre del proyecto, quien bombeó en los tarros todo el oxígeno y la sangre que se desplegó con poder en la escena, privilegiando el golpe calculado y los patrones rítmicos, introduciendo con mesura las ráfagas de doble bombo, sin descontrol, como pudimos oír claramente en el cierre de «Scourge of God».

Dolezall ejecutó seis canciones, cerrando con «Jack The Ripper», temazo del último disco con pura vibra ochentera, para despedirse entre aplausos y vítores, y darle el espacio a Steelrage, viejos conocidos por ser parte de la primera camada powermetalera chilena, ya de un lejano 1998.

Tras una introducción dramática de violines y piano, llegó la primera descarga de «Glory», una canción en tonos bajos con una batería arrolladora, para luego dar paso a «My Dark Passenger»: en estudio la banda utiliza arreglos corales y de teclados, en esta ocasión se presentaron con dos guitarras, un bajo y batería, lo cual parece ser una tendencia en las bandas power, prescindir del teclado usando pistas, creando capas sónicas a dos guitarras para definir la melodía: el resultado es positivo, porque se refuerza la performance metalera, más cruda y vieja escuela, dejando de lado elementos compositivos que pueden ser más disfrutables oyendo en estudio y con audífonos; se prioriza el live metalero, recreando las canciones grabadas con un enfoque diferente, más directo.

«We’ll never give up» fue el cierre, con un Steelrage en gracia, demostrando contundencia y técnica. Su vocalista Jaime Contreras, agradeció la oportunidad, a los presentes, y nos dejó una pepita: Gloryhammer había sonado cañón durante la prueba de sonido, dejando las expectativas más altas todavía ¿serían capaces? Faltaba poco por verlo, y oírlo.

GLORIA AL MARTILLO: UNA INTRODUCCIÓN

Eran las 21:00 en punto cuando se apagaron las luces y una fotografía de cuerpo se materializó al centro del escenario: una voz cálida, de barítono, potente y emotiva llenó al Cariola. Las luces se encendieron y teníamos frente a nosotros a… ¡Tom Jones! La fotografía de cartón a escala real parecía estar dotada de magia, ya que interpretaba «Delilah». ¿Qué pintará el gran Jones en el Gloryhammerverso? Un presente del público arriesgó que podía ser un heraldo de Angus McFife, o quizá un Guardián Estelar de la Eternidad que viajó desde 1993 hacia el futuro.

¡Vayamos a saber! Pero acá estamos para hablar de música más que del lore, así es que sigamos en lo nuestro.

GLORIA AL MARTILLO: AHORA SÍ

Angus McFife II, ataviado con un traje medieval del futuro, se hizo presente para iniciar la gesta épica entre los primeros acordes de «The Land of Unicorns», dejando en claro que entraríamos a un mundo de magia, tecnología, guerra y amor.

La energía que desplegó el conjunto anglo-sueco fue de otra dimensión: con una batería firme y sólida, Ralathor, the Mysterious Submarine Commander of Cowdenbeath, atronó con precisión cada golpe a la caja y toms, llevándose la responsabilidad de bombear la máquina metalera, entre rápidos golpes al bombo, y realizando esos fills característicos que adornaron quirúrgicamente las secciones más épicas.

Debemos resaltar que los teclados fueron lanzados en pistas, y que su otrora tecladista Zargothrax, Dark Emperor of Dundee, reemplazó las teclas por la guitarra: esto le dio más peso metálico al show, creando paredes sonoras más robustas, aunque se perdieron los solos en teclado y la posibilidad de agregar secciones improvisadas y duelísticas. Una cosa por otra.

Entre synths bailables estilo 16 bits, dio inicio a «He Has Returned», con líneas de bajo atronadoras, obra y gracia del Dios vikingo celestial The Hootsman, Astral Demigod of Unst. Angus demostró su gran valía vocal, con una técnica envidiable y que debería tenerlo pronto en la cima de los mejores cantantes no solo del power, sino del metal a secas. Lo damos firmado.

Con «Fly Away» ya estaba claro que asistiríamos a una interpretación impecable, con una ecualización que rozó la perfección, aunque en un par de canciones se le oyó a Angus un poco por debajo de las murallas sónicas, no obstante el resto del concierto brilló con luz propia. Habló en un perfecto y nítido inglés, nos contó de su paseo por Santiago, las comidas que probó, bromeando entre cada canción y ganándose la complicidad del público presente, que por un segundo abandonó el ropaje de los adultos y se sintió teletransportado al mejor show infantil para adultos, con tíos ultrametaleros, rápidos solos de guitarra, coros mega-épicos y percusiones como cañón.

«Angus McFife», «Gloryhammer» y «Master of Galaxy» fueron las nuevas piedras que hablaron de las batallas épicas en el reino de Dundee, interpretadas por un Gloryhammer en llamas que no necesitó esforzarse para convencer: el público sin duda tuvo que sentir la comprensión del tiempo, donde la hora pasó a un minuto y los minutos a microsegundos; es la magia que provoca una banda capaz de materializar su ambición musical, con heroísmo y batallas.

Momentos gloriosos del show: un goblin de casi dos metros emergiendo en el escenario, un martillo con runas mágicas coloridas, una batalla épica entre Angus y el emperador malvado Zargothrax, la interpretación de Hootsforce a grito destemplado, y abajo, en el público, un mosh powermetalero, de lo más extraño que se ha visto, pues a diferencia del mosh death o thrasher, acá vimos a vikingos, unicornios y otros bangers descamisados que saltaban de un lugar a otro, como impulsados por un chorro mágico de fuerza.

UN BALANCE: 10 DE 10 Y CON POSIBLES MEJORAS

La experiencia sonora de Gloryhammer en vivo busca reproducir la misma vibra de sus discos; no va por el improv ni la jam session, claramente. Su fortaleza está en la precisión, la narrativa y el espectáculo, y eso quedó demostrado. Incluso operando sin orquesta real, sin tecladista y sin el despliegue visual que su propio universo sugiere, la banda igual levantó un show contundente, coherente y memorable.

Ahí está la clave: si con un montaje relativamente austero ya alcanzan este nivel, su techo es altísimo. El desafío no es artístico; es de escala y de respuesta del público. Porque la banda cumplió. La duda es si Chile estuvo a la altura de lo que podrían llegar a montar.

Por ahora, queda claro: Gloryhammer vino, tocó y demostró que su mezcla de acero, fantasía y sci-fi no es chiste. Si vuelven con un montaje mayor, dependerá de nosotros provocar —o no— esa evolución.

 

 

RUGE EL ACERO: VISION DIVINE, GRAVE DIGGER Y MASTERPLAN ARRASARON CON TODO A SU PASO

By · domingo, noviembre 9th, 2025 · Comentarios desactivados en RUGE EL ACERO: VISION DIVINE, GRAVE DIGGER Y MASTERPLAN ARRASARON CON TODO A SU PASO

Por Pablo Rumel
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

El aire olía a cerveza, cuero y amplificadores recalentados. Eran las cinco y el Teatro Cariola ya rugía como una fragua encendida: muñequeras, parches gastados y miles de voces esperando la descarga. Nadie quería perdérselo. Vision Divine, Grave Digger y Masterplan en una misma noche era algo que sonaba a alineación cósmica, a esas ocasiones en que el metal deja de ser un género para convertirse en una batalla épica.

¿Sería un show memorable o puro humo? ¿Estarían a la altura de su legado? Y para eso estamos en Sonidos Ocultos, para contarte hasta el último detalle y si valió o no la pena este festival. Sigue leyendo que te lo comentamos todo.

LOS TELONEROS: RETROCEDER, RENDIRSE ¡NUNCA JAMÁS!

Sumados a las cabezas de cartel, tuvimos la posibilidad de ver a los chilenos Steel Rage y a los argentinos de Innerforce, bandas de primer nivel con una propuesta powermetalera que sincronizaba como anillo al dedo con el espíritu del festival.

Los Furia de Acero arrancaron con una breve intro, y se despacharon al filo «Death at your Back» en formato clásico, sin teclados y sumándole una guitarra, lo que redundó en un estilo más crudo que en sus discos, que ya de por sí es un power sin azúcar, con harta galopa y secciones a puro palm-mute lleno de giros y percusiones como aplanadora.

Eran apenas las 17:30 y ya el respetable se agolpaba a las vallas, entre descargas de power chords y ráfagas de doble bombo, los nacionales siguieron con «Glory», tema de nuevo cuño, más cercano al heavy ochentero, con rápidas escalas de solos y buena pegada a la batería. Especial mención al guitarra y backing vocalist Francisco Pérez, quien junto al bajista Julio Soto (Aisa, Darskpell y Hefesto) le entregaron el carisma, la energía y la potencia que pide el estilo: es técnica, pero también carisma.

«We’ll Never Give Up» fue su tema de despedida, y eso esperamos, que no se rindan estos cabros y vuelvan a sorprender con un nuevo larga duración; la banda está en plena formación y tiene musculatura de sobra para entregarnos nuevos portentos.

InnerForce, por su lado, se subió al escenario cerca de las 18:30. Banda formada en 2013, vienen metiendo bulla hace rato, con presentaciones y entregando discos interesantísimos: ellos practican un power metal hellowenero pero también con elementos clásicos del US Power ochentero (Omen, Jag Panzer, Manowar), centrándose en el poder de la rítmica con una batería atronadora y líneas melódicas desprovistas de artificios adicionales, van al choque como un caballero con espada, lanza y escudo, sin más parafernalia.

El primer tema «Until We Fall» sonó frío, Incluso «Before I Die» seguía en una órbita medio tibia, pero un quiebre en el último cuarto con un juego de guitarras y una batería que ametralló cada verso, los trasandinos lograron romper el hielo, con un doble bombo atronador que desencadenó la furia y de ahí en tanto crecieron más y más hasta el cierre, hasta llegar a «Galleons of Nations», un tema marítimo a lo Running Wild, con piratería, sangre y destrucción, con un estribillo que decía We Never Give Up: ahí estaba el espíritu metalero, esta cuestión es una carrera árida y afilada que exige resistencia y persistencia, jamás rendición.

EL ANGEL DIVINO BATIÓ SUS ALAS

Vision Divine no es una banda con una formación estable. Pros: tiene una discografía versátil y robusta que ya comentamos en SO. Contras: al tener tres cantantes, cada uno con una etapa bien marcada, redunda en que los Vision pusieran su foco performativo solo en la etapa de Luppi, dejando afuera otros álbumes, igual de interesantes y potentes.

Aún así, tuvieron la cordialidad de tocar una antología que reunió lo mejor de la Luppi Era con un arranque demoledor entonado con «The Secret Of Life», coreado y gritado a todo pulmón, y un «Colours of My World» que subió el listón. Lo mejor del show fue sin lugar a dudas la actuación de Michele Luppi, que se entregó al público desde el minuto uno, con una cabellera leonina a lo Jimmy Page, y un outfit igual de hippie: cantó con un micrófono alámbrico full retro, y más que por motivos técnicos imaginamos que lo hizo como un guiño: Vision Divine no es una banda que requiera de artificios ni orquestas envasadas para tocar en vivo, son una propuesta prog powermetalera que se vale netamente del talento musical de sus integrantes.

Si bien la voz de Luppi sonó maravillosa, sin fallar ninguna nota y con una tesitura vocal que encandiló al público, la guitarra de Olaf Thörsen sonó muy baja, presentando problemas técnicos que incluso llevó a los especialistas a subir al escenario para solucionar los desperfectos.

Aquello no empañó la presentación, porque el peso rítmico fue llevado por un impecable Federico Puleri y un Matt Peruzzi a los tarros, quien tiene una forma peculiar de tocar la batería, agachadito y concentrado, y no era para menos, porque el formato que desplegó Vision en escena fue más cercano al progresivo, con polirritmias y múltiples cambios de marcha.

No podemos concentrar todo el mérito en un solo hombre, pero reiteramos, Luppi como frontman fue divino, dio bailecitos e interactuó con el público, incluso se dio el lujo de conducir a la banda como un maestro de orquestas -maravillosas postales nos dejó como cuando dirigió a los músicos para que bajaran la intensidad y luego volvieran con todo-cerrando con «La Vita Fugge», en una presentación que incluyó teclados, con un Oleg Smirnoff que regresó al grupo tras ser un miembro activo durante la Luppi era.

EL SEPULTURERO DESPEDAZÓ AL CARIOLA

Eran las 20:33 cuando sonaron los primeros movimientos de una orquesta que traía al auténtico terror teutón, esos que hablan de espadazos a mansalva, con gloria, mucha sangre y muerte en los campos de batalla. «Twilight of the Gods» fue el arranque, y digámoslo de una vez: los decibles se duplicaron, al grado tal que los peluquines volaron y los flacuchos tuvieron que agarrarse de las vallas, con un sonido atronador de una batería que sonaba como una caballería pesada con el peso de mil casquetes de acero, un bajo que más que un simple instrumento de cuatro cuerdas era un hacha de batalla que cortaba cabezotas, y una guitarra de acero inoxidable que acuchilló al escenario destruyendo todo a su paso.

Y ahí, liderando ese batallón germano, faltaba el mariscal de campo, Lord Chris Boltendahl, ataviado con una chaqueta true llena de parches (buscamos alguna banda de chilito, no había, pero estaba Slayer), quien micrófono en mano no se cansó de gritar una y otra vez que ellos no eran caras alegres ni bonitas, eran la muerte avanzando y arrasando, al ritmo del heavy metal de vieja escuela, ese creado entre tachones, cuero, látigos y cuchillas.

El setlist fue mucho más equilibrado que el de los italianos: tocaron temas de todas sus épocas, abarcando una discografía que cumple 45 años ¡y vaya qué lo hicieron con maestría! Pudimos oír clasicazos como «Under my Flag», «The Dark of the Sun», «Excalibur» y «Rebellion», combinados con temas de nuevo cuño como «Kingdom of Skulls» o «The Devil Serenade».

Al ser un heavy más cercano al thrash, era que no iba a despertar la furia local, con su buen mosh pit que desató la locura del respetable, en una marcha medieval que transitó de medios tiempos con acordes machacones, hasta los riffs más sanguinarios y épicos en la línea de Excalibur. El show de los Digger fue crudo y directo, sin la mascota en escenario, ni gaitas ni arreglos especiales ni máscaras de Halloween, apenas un lienzo detrás del batero: fueron solo ellos y sus decibles duplicados, y eso los hizo más peligrosos y tenaces.

EL PLAN MAESTRO DE GRAPOW Y KUSCH

22:30 casi en punto y nos llegaron los primeros acordes de «Enlighten Me», un tema que se desplegó con velocidades medias, con secciones galopantes y poderosas líneas de bajo, y que fue perfecto para amoldarse a la voz de Rick Altzi, con esas tonalidades altas y medias cálidas, con una técnica vocal que transitó entre esa voz susurrante características y falsetes operísticos que en poder rivalizaron con los de Luppi.

La ovación llegó de pleno cuando interpretaron «Spirit Never Die», con esos teclados divinos al mando de Axel Mackenrodt y esos coros emotivos llenos de esperanza y poder: la maquinaria sónica estaba aceitada; si con Vision hubo algún desperfecto, y con Digger la potencia se duplicó exageradamente, con Masterplan se logró el equilibrio perfecto de cada instrumento, con un Roland Grapow aportando la descarga en las seis cuerdas, el finlandés Kainulainen amoldando la base rítmica, y lo repetimos, con unos teclados mucho mejor ecualizados que los Divine, logrando un sonido de primer nivel.

Al tener una discografía más breve que sus antecesores, Masterplan se dio el lujo de interpretar lo mejor de su repertorio, con fuerte predominancia del homónimo del 2003: ahí pudimos disfrutar de «King Hearted Light», «Crystal Night» y la mítica y épica «Heroes». Hablando de legendario, en el repertorio estuvo «The Time of The Oath», pero por algún motivo no tocaron «The Dark Ride» (quizá porque rozaba los 9 minutos), y en el encore fue reemplazada por «Crawling from hell», que dura la mitad, aunque se alargó con solos y coros del público.

Raya para la suma: los alemanes se entregaron con todo, con una interpretación que recogió como un buen ramillete power lo más nutrido de su discografía, y con un nivel escénico que se encargó de pulir algunos fallos (menores, por cierto), que se reportaron en este power metal fest.

Así terminó la jornada: sudor, riffs y voces que quedaron vibrando en las paredes del Cariola. Tres generaciones de poder se dieron la mano para recordarnos que el metal sigue siendo una causa, no un entretenimiento. Vision Divine puso la emoción, Grave Digger el filo, y Masterplan el equilibrio perfecto entre técnica y fuego. El Power of Metal Chile 2025 no fue solo un festival: fue una rebelión, un pacto entre músicos y público donde cada golpe de batería y cada garganta abierta se sintieron como una promesa de que el metal, en esta tierra, no se rinde jamás.

Panzer Division Marduk – La Máquina de Guerra del Black Metal

By · viernes, octubre 31st, 2025 · Comentarios desactivados en Panzer Division Marduk – La Máquina de Guerra del Black Metal

Por Jaime Gonzalez
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

Una fanaticada ávida de blasfemia y distorsión se reunió para presenciar un ritual donde el Black Metal sería ley absoluta. Había bastante expectación, una mezcla de ansiedad y fascinación que solo despiertan las bandas que han hecho del caos una forma de arte. Con dos actos nacionales listos para incendiar la tarima antes del golpe final, la noche prometía ser una marcha inexorable hacia el corazón del infierno. Y así fue, brutal, sacrílega y feroz… exactamente como debía ser.

La jornada comenzó con la arremetida de Profanator, banda proveniente de Copiapó que lleva por estandarte un Black Thrash Metal crudo y directo. Desde el comienzo con “Peste, Caos y Muerte”, quedó claro que su misión era encender la mecha del caos. Letras en español cargadas de profanación, riffs filosos y un ritmo sin respiro marcaron un set demoledor que dejó al público inmediatamente encendido. La sala aún se estaba llenando, pero la intensidad ya estaba en su punto más alto, nadie estaba indiferente frente a aquel ataque sonoro.

Juan “Chaos” Ramírez dominó el escenario con una voz poderosa y versátil, alternando entre guturales devastadores y bramidos desgarrados que encajaban perfecto con la propuesta blasfema del grupo. A su lado, Herman Paz aportaba una distorsión vocal y un empuje escénico que, pese a su juventud, destiló oscuridad con total convicción. Temas como “Black Evil”, “Vomito de Sangre Negra” y “Baphomet” hicieron retumbar el recinto, consolidando una presentación feroz y segura. Profanator fue un acierto absoluto como apertura, energía total, entrega verdadera
y una declaración clara de que el metal extremo nacional sigue golpeando con fuerza.

La segunda descarga de la noche vino desde La Serena con Undertaker of the Damned, una banda de Black/Death Metal cuya historia se remonta a 1991, bajo distinto nombre, pero siempre fieles al sendero profano. Su propuesta es oscura, violenta y profundamente blasfema, con letras en español que no buscan metáforas, invocan directamente al demonio, a Baphomet y al anticristo, sin tapujos. Desde los primeros instantes, el ambiente se volvió más denso y ceremonial, como si las sombras hubieran descendido un poco más cerca del escenario.

El frontman Hell Jf Screams se presentó totalmente caracterizado para la guerra infernal, brazaletes con púas, actitud desafiante y una voz que bramaba desde lo más profundo del averno. La puesta en escena potenció el aura de oscuridad que acompaña a la banda, cuyo sonido avasallador castigó sin piedad los oídos de todos los presentes. La elección de una agrupación así, al igual que Profanator, refuerza un acierto vital en la producción, dar lugar a bandas de regiones que no solo representan el metal extremo, sino que lo encarnan con absoluta convicción. Fue un bloque perfecto para seguir encendiendo la noche que Marduk estaba por desatar.

MARDUK. CRÓNICA DE UNA NOCHE BLASFEMA

La oscuridad se adueñó del Cariola apenas las luces se apagaron. Ni una palabra, ni una advertencia, solo una voz bramando desde las sombras “Panzer Division”… y la respuesta fue inmediata, un rugido ensordecedor del público: “Maaarduk…!” Fue la primera descarga que se sintió por todos los presentes y el inicio de una misa profana sin espacios para respirar. Desde ese instante, el infierno quedó desatado.

“Baptism by Fire” continuó el asedio como un ritual incendiario donde cada golpe de batería explotaba como una ráfaga de artillería. La banda, oscura y firme, avanzaba sin piedad… Cuando llegó “Christraping Black Metal”, el coro fue una blasfemia colectiva coreada con la naturalidad que se canta una canción de estadio. Su letra, un ataque directo a los pilares del cristianismo, una declaración de irreverencia absoluta, de ruptura con toda moral impuesta, y esa sensación de desafío lo invadía todo.

El sonido fue crudo, sin ornamentos, sin maquillajes, con profundidad y arremetiendo contra nuestros tímpanos de forma colosal. Los riffs de “Scorched Earth” y “Beast of Prey” desgarraban el aire a un nivel casi físico. Marduk no buscaba entretener a los presentes, venía a imponer guerra. El público estaba entregado a un frenesí constante, con los entusiastas haciendo pequeños mosh desde el primer momento. Cuando tronó “Blooddawn”, las imágenes invocadas por el tema que bramaba: “devastación, violencia histórica, odio hecho bandera”, conectaron brutalmente con la esencia del black metal que muchos veneramos en sus inicios, total nihilismo en estado puro. Aquí no existe belleza ni gloria, solo destrucción.

Con “502” y “Fistfucking God’s Planet” la adrenalina volvió a estallar. Ambos himnos se enmarcaban en la temática bélica y anticósmica de Panzer Division Marduk, el disco homenajeado en esta gira. Su mensaje es completamente visceral, la humanidad vista como una mancha que debe ser erradicada, la tierra como un campo de batalla donde los dioses no se manifiestan y la fe muere bajo la fuerza del acero. Es ese choque conceptual el que enciende al público, porque Marduk no canta fantasías, canta la guerra que el ser humano ya ha demostrado ser capaz de
desatar.

Con “Those of the Unlight” y “With Satan and Victorious Weapons” se retomó la veta más espiritual del mal absoluto, aquella que domina simbologías infernales y poder sacrílego. El Cariola se veía como un templo negativo, una congregación que aceptaba la oscuridad como única verdad. “Shovel Beats Sceptre” marcó uno de los grandes momentos líricos, la pala que vence al cetro, la tumba triunfando sobre la corona. La anulación definitiva del poder divino.

“Slay the Nazarene” fue un ataque frontal que intensificó aún más la descarga de odio. La música sonaba como si la blasfemia misma tuviera ritmo y pulso. “The Black…” nos llevó a sus inicios, la única canción elegida de su primer disco Dark Endless, se sintió como la expansión de un vacío impenetrable que devoraba la luz. Una invocación a la nada.

Y entonces llegó “The Blond Beast”. Oscura, solemne, cargada de una profundidad que perturba. Su letra hurga en el lado más incómodo del ser humano, en su capacidad para idealizar monstruos y abrazar la dominación como motor histórico. Es una canción que deja un eco extraño, casi hipnótico, y se entiende por qué se ha convertido en el cierre obligatorio que representa la dualidad humana en su forma más extrema, un espejo que refleja lo que muchos temen admitir.

Pero la noche aún no terminaba. El público exigió más… y Marduk regresó para destruir lo que quedaba con “Wolves”, mientras alzaba una bandera chilena con el logo en el centro, entregada por un fan desde el palco. Fue el último asalto, demasiado bestial, excesivamente rabioso, se sintió como una horda devorando las últimas migajas de luz en la noche.

Cuando el silencio finalmente cayó, los cuerpos sudorosos apenas podían reaccionar. Había una sensación de haber participado en algo que se herejía más allá que un concierto. Fue una liturgia negra. Una purga. Porque Marduk no solo tocó black metal, lo impuso, lo encarnó. Y quienes estuvimos ahí, sobrevivimos para contarlo.

Skillet en Chile, Potencia Cristiana

By · miércoles, octubre 29th, 2025 · Comentarios desactivados en Skillet en Chile, Potencia Cristiana

Texto y Fotos por Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

Sin dudas este 28 de octubre quedará como el día del debut en Chile de la agrupación Skillet, banda que entrega el mensaje de Jesús a través de un rock alternativo que tiene bastantes aires de los años noventa. Para quienes no conocían a esta banda te puedo contar que es una banda bastante relevante en el mundo del rock por su longevidad y evolución constante, el éxito comercial masivo de canciones como «Monster» y «Hero», sus conciertos enérgicos y su impacto global que trasciende las barreras de la música cristiana para llegar a un público amplio.

La banda ha demostrado su capacidad para mantenerse relevante durante casi 30 años, adaptando su sonido y logrando múltiples certificaciones de platino y nominaciones a diversos premios como el Grammy. Por lo mismo el Sold Out no sorprendió entregándonos un recinto repleto de arriba a abajo con fanáticos y familias compartiendo un ambiente bastante fraternal y ameno. Es probable que Jesús haya estado ahí con nosotros. Lo anterior sin dudas quedó reflejado en el gran show entregado por parte de la banda Skillet y su debut en Chile.

En su antesala la participación del proyecto chileno Antes Muertos, el cual dejó la vara bastante alta además de un ambiente bastante prendido, me produce gran alegría cuando el público es capaz de disfrutar de las propuestas nacionales y también de disfrutarlas. La gente saltó y compartió la energía desde el primer segundo. Si bien la banda tuvo un breve paso por el escenario, calculo que unos 30 minutos, estos sin duda fueron bien aprovechados. Dentro del setlist del grupo este interpretó «Ilusionistas», » El estandarte de los indignos», «Mi Reflejo», «Lo Que Sube Tiene Que Bajar», «Dónde Estás» y «Máquinas sociales» su canción más conocida hasta la fecha. Canciones que mezclan el nu metal con el rock alternativo, recordándonos al sonido de bandas como 2x y Dracma para nombrar alguna. Una propuesta fresca y dinámica que nos entregó un buen momento sonoro.

Eran las 21 hrs y con la puntualidad esperada es que el cuarteto salió a escena con una presencia abrumadora y una energía envidiable. Se vio un cuarteto compenetrado en cada momento y con una soltura en escena que solo la experiencia puede darte. Señalar que en un par de canciones estuvo de invitado un músico que se encargó de tocar el violonchelo. Si bien la agrupación en su hora veinte de show hizo un repaso por toda su discografía, debo señalar que el público explotó con todos los hits interpretados del álbum «Awake», uno de los trabajos que llevó a esta banda a otro nivel mediático con temas como «Hero» y «Monster» que por supuesto fueron cantados y coreados por todos los asistentes al teatro cariola siendo los puntos altos del show, además de las interpretaciones «Awake and Alive» y «Never Surrender» que también provocaron que el teatro revienta de alegría y júbilo.

Debo reconocer que este es de los pocos conciertos cristianos con los cuales logre conectar de verdad. Todo esto debido a que había un ambiente familiar bastante agradable y que sería bueno que se replicara siempre.

Setlist

Surviving the Game
Feel Invincible
Rise
Awake and Alive
Sick of It
Legendary
Ash in the Wind
Never Surrender
Whispers in the Dark
Lions
Those Nights
Hero
Not Gonna Die
Unpopular
Psycho in My Head
Comatose
Monster

Encore:
The Resistance

 

 

 

“¡Somos el mejor país de Chile!”: Celtian desató magia y metal en la Sala Metrónomo

By · lunes, octubre 27th, 2025 · Comentarios desactivados en “¡Somos el mejor país de Chile!”: Celtian desató magia y metal en la Sala Metrónomo

Por Pablo Rumel.
Foto Pato Fellay.

Celtian debutó en Chile con un conjunto sólido de canciones y una carrera internacional que despega con fuerzas. Era su primera vez en nuestro país, en el marco de una gira especial en Latinoamérica, y venían con un show prometedor que fue un sold out total, lo que demostró el interés por verlos en vivo ¿funcionó bien? ¿Hubo fallas? ¿Nos quedamos con ganas de un show distinto? Quédate acá, que para eso en Sonidos Ocultos te lo contamos todo.

Una larga fila daba vuelta a la manzana en la Sala Metrónomo, evidenciando que existía gran interés por presenciar en vivo a esta banda, dueña de un estilo powermetalero que fusiona elementos sinfónicos y celtas, al estilo de Sauron, Turisias o los mismos Mägo de Oz, banda con la cual guardan una relación estrecha, por ser su violinista fundador integrante de la mítica agrupación.

A las 20:30 arrancaron los nacionales de Resilience, banda con 10 años de trayectoria, y con un reciente  Rodrigo Varela en las vocales, frontman que estuvo a la altura de interpretar canciones de los dos primeros discos de la agrupación con solvencia y excelentes tonos altos, en la línea de Barilari, o André Matos, con excelente cuerpo vocal y mejores agudos, quien se mostró empático, solvente y jamás forzado.

Los muchachos tenían solo media hora, así es que se aplicaron con «Requiem», tras una breve intro, para luego saltar con «Letal», una canción ágil y pesada que aborda el fin del mundo sin dejar ninguna esperanza y «Hoy», una power ballad que recordó las épocas gloriosas de los afilados Ángeles del Infierno; una canción llena de sentimiento que se encumbra como un futuro clásico.

Por su parte, Marcelo Oyanedel, hizo gala de un bajo de seis cuerdas, entregando todo el sostén rítmico y progresivo, una banda que no busca el sonido fácil pero que tampoco se obnubila con el tecnicismo, sino que va por el justo medio: Hugo Ibarra, al mando de la batería, entregó el peso necesario y la rítmica que cada canción pedía, con un estilo algo rígido y con poco uso de platillos que compensó con descomunales golpes de caja y bombo. «Bombas sobre Gaza» fue la nota política, que más que abanderarse por una causa, fue un llamado a detener la guerra en pro de la paz mundial.

Resilience demostró que está para grandes desafíos, con una participación activa en la escena metalera, con un cantante que comprende bien que no basta con cantar bien sino que también se debe tener un sentido del espectáculo sobre las tablas, y un ascenso creativo que se refleja en sus últimos sencillos, de una calidad elevada, con líricas en español y que por supuesto, como oyentes, esperamos con ansias la aparición de un nuevo larga duración.

EL DEBUT DE CELTIAN EN CHILE

21:30 y unos minutitos pasados, cuando las luces se apagaron y emergió la música celestial de «La Lira Encantada», donde cada integrante fue presentándose ante la ovación del público, para arrancar de una con «La Profecía», con una Xana Lavey entonando los primeros versos de lo que sin duda será un himno que quedará marcado a hierro candente: excelente canción, que en corto muestra todo el potencial sónico de la banda en vivo, con una percusión atronadora, asesina y deudora del power de vieja escuela, ese que recogía la herencia del speed y el thrash, al mando del veterano David Landeroin, sumando a la dupla de los habitantes de Celtian, Diego Palacio al mando de la flauta, y Txus Borao, del violín, creando duetos que entregan las líneas melódicas folk, esas que están ahí para alternar cabeceo, con saltos y danzas.

Debemos señalar que el siguiente corte, «Sueños de Cristal» sonó desbalanceado, las capas gruesas de la guitarra sonaron al borde de la saturación, con los arreglos melódicos muy agudos, quedando la batería bien ecualizada, pero redundando en una muralla infranqueable de sonido, tan así, que Xana se vio obligada a cantar con más fuerza, casi a los gritos, lo que la hizo fallar en algunas notas, pero era aquello, o quedar tapada e inaudible.

El hombre al mando de la mesa se aplicó con rapidez: «El Solsticio de Dríade» marcó el punto de inflexión entre una ecualización buena a una más nítida: entre sones marciales, una guitarra rítmica con afinaciones bajas y una Xana mucho más desahogada, tuvimos la oportunidad de escuchar a un Celtian al completo: su frontwoman, visiblemente distendida, aprovechó la ocasión de elogiar al público y bromear con “¡somos el mejor país de Chile!”.

Con el hielo trizado en mil pedazos, con una performance que solo subía peldaño a peldaño, y sabiéndose de un carisma único, Xana se lució con «Hasta el final» y «Renacer», ambas también de la última placa Secretos de Amor y Muerte; pudimos oír el Buzuki de Txus Borao, un instrumento griego similar a la mandolina, quien entregó las frases rítmicas propias del folclor europeo, y en un discreto segundo plano oímos a Raúl Plaza en las cuatro cuerdas, quien más que llenar de fills y escalas los vacíos, se amoldó a la guitarra para darle mayor peso a la percusión, algo fundamental cuando en escena solo se toca con un solo instrumento de seis cuerdas.

La interpretación de «Maleficio de Sangre» fue una de las descargas más poderosas de la noche: con esos riffs espiralados de arranque seguido de acordes de quinta, dejaron en claro que el guitarrista Sergio Culebras es una suerte de Sansón de la banda: sostiene junto a la batería los pilares de la propuesta musical, que sin la distorsión poderosa sería una mera banda de pop, pero ahí, señoras y señores, estábamos para oír una propuesta que unió guturales (una faceta que Xana de seguro seguirá explorando en próximas propuestas), solos de guitarra al estilo guitar hero, una percusión con mucha precisión y arranque en las secciones de doblo bombo, y breves secciones que nos recordó a los más pesados de los folks, como los Vintersorg o los Otyg.

Acercándose a los 50 minutos de presentación, con coros de un efusivo público “¡Mijito Rico!” Celtian aprovechó de guardar energía para presentar a los miembros de la agrupación, liderados por un sólido Diego Palacio. Habíamos escuchado secciones a Capella, con desafío al público en difíciles entonaciones, habíamos escuchado la instrumental «Molly Bawn», recordándonos que Celtian era inicialmente un proyecto sin líricas, hubo por ahí un momento en que al baterista se le soltó un platillo por tanta energía derrochada ¿qué nos quedaba por oír y ver?

El protagonista de la noche fue la última placa, pero aun nos quedaba por escuchar «El hijo del ayer» y la hímnica y memorable «En Tierra de Hadas», ya casi un manifiesto de una banda que nació para cantar a la fuerza, a la energía y también loas al mundo feérico y real de la Madre Natura.

Como veredicto, podemos aseverar que Celtian es una banda en pleno ascenso, con un despliegue creativo materializado en tres discos, con una presentación en vivo carismática y profesional, que en efecto, no defraudó a nadie. Estamos ante una banda joven, con raíces sólidas y una propuesta que no se queda en el artificio del folclor ni en los clichés del power metal, sino que busca emoción, épica y una identidad sonora propia. Si mantienen este pulso creativo, es muy probable que el futuro de Celtian se escriba no solo en los escenarios de España e Hispanoamérica, sino también en los corazones de una nueva legión de fans que ya corea sus himnos.

 

Acero Nacional y Hefesto: Fundiendo metal con la misma sangre

By · martes, octubre 21st, 2025 · Comentarios desactivados en Acero Nacional y Hefesto: Fundiendo metal con la misma sangre

Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

Entre los 15 años que Acero Nacional registra en la ruta, y el lustro de vida que Hefesto ha matriculado a punta de singles, hay un mismo sentimiento en torno al heavy metal como vehículo de expresión. Por un lado, Acero Nacional concentra la destreza de sus habilidades en el heavy metal como música hecha para y por el hombre común, el concepto e imagen de Hefesto apela hacia la rama más pura y literaria. Caminos distintos en apariencia, identidades que convergen en el mismo poder de la electricidad con guitarras en el circuito local.

La jornada del viernes en el hoy tradicional MiBar, tendría el puntapié inicial a cargo de Hefesto. Desde el arranque con «Avaricia» notamos hacia dónde va el cuadro liderado por Jaime González en la voz, cuyos atuendos de hechicero a la usanza del eterno Ronnie James Dio habla de una preocupación por el espectáculo que se valora tanto como el despliegue sonoro. Y es que en una banda cuyos integrantes abrazan el estilo hermanando el ritmo trepidante y el virtuosismo en su justa medida, tienes como resultado una propuesta que defiende y ataca con la soltura requerida.

Tanto como «Soberbia» apunta a los grandes coros y las guitarras que respiran la tradición virtuosa de los Lynch-Malmsteen-Rhoads, «Envidia» proyecta en vivo una capacidad creativa que expande su atmósfera respecto al estudio. Entre medio, singles recién estrenados como «Gula» y sorpresas del calibre de «Pereza» nos muestran a Hefesto de cuerpo completo. Las guitarras de Gabriel García y Alfredo Rivera, hacen gala de habilidad y precisión con niveles de veterano, mientras el bajo de Julio Soto, cuyo sonido rememora el timbre inconfundible de próceres como Rudy Sarzo o Jeff Pilson -sí, hard n’ heavy puro- ejerce como conector entre las guitarras y la batería enérgica de Gianfranco Ferrera, este último,un baterista que se ajusta impecablemente a la entrega que Hefesto requiere en su ejecución.

Dejamos en el análisis aparte a Jaime González, quien traduce su amor por el género a un despliegue escénico y vocal marcado por la huella de las voces más icónicas, y otras no tanto pero que también tienen su lugar en la era dorada del género. Por algo la elección del clásico «Red Sharks» de Crimson Glory en el repertorio. Y la influencia del desaparecido John Patrick «Midnight» McDonald, Jr en Jaime es clave para entender los grandes temas hacia donde apunta Hefesto y la potencia con que el quinteto, literalmente, echa abajo un escenario completo. En el cierre, y con Jaime desafiando a los asistentes a participar en el coro: «…y me verán renacer!», la descarga volcánica de «Ira» se impone con los mismos bríos que lo vieron ver la luz como el primer single, allá por 2022. Eso es Hefesto en vivo, con un repertorio que va a lo suyo y un combinado de músicos donde el todo es lo que importa.

Con la explosión inicial de «Volar», Acero Nacional nos pone al tanto de su actualidad. Darío Céspedes se integra de manera oficial y su entendimiento en las seis cuerdas con Cristián Kowal es tan preciso como fluido. Le sigue «Mi Raíz», del primer álbum El Sonido del Metal (2016) y que hoy, tras casi una década, retumba con el mismo puñete curtido en el underground que los ha visto nacer y azotar escenarios. A nivel escénico, hay un espectáculo, una jerarquía que Andrés Fuentes, dueño de una de las voces más prodigiosas a nivel local y sudamericano, proyecta con solo un par de gestos y la seguridad propia de un experimentado.

«Héroe» y «Yo», ambas embajadoras del excelente Trueno (2019), mantienen fresca la convicción que le valió destacar en cuanto a lanzamientos nacionales en su momento. La batería de Javier Sepúlveda, es fundamental en el andamiaje de una agrupación que recurre a la fuerza y la constancia como parte de un ADN incorruptible. Una base rítmica que el bajista Jorge Fuentes completa como enlace de frecuencias profundas, adhiriendo al ataque de las cuerdas con su propio distintivo sonoro.

La llegada de Darío Céspedes también implica aportar a la escritura de nuevas piezas. Y tal como lo presenta Andrés, la inspiración en la salud mental y la decisión de quienes decidieron partir antes de tiempo hacen de «Hombre Sombra» un momento inédito. Una pieza brumosa y distinta respecto al heavy con puño en alto que Acero Nacional ha pulido como parte de su rúbrica, lo que deja en claro hacia dónde apunta el siguiente capítulo discográfico en una banda que se atreve a incursionar en los temas más humanos, y los más incómodos. Musicalmente, los licks más ‘sabbatheros’ confirman la ruta a seguir en un futuro ojalá no muy lejano. Así, de cuerpo completo se nos muestra esta versión renovada de Acero Nacional, en vivo y dirigiendo la mirada hacia temas distintos.

El repertorio continúa de manera rauda, con apenas el espacio para que Andrés se dirija al público y tire alguna broma respecto a algún brebaje en el escenario. Lo que le da a «La Red», «Renacer» y la enorme «Acero Nacional» un sabor especial, siempre a la altura de la firmeza con que sus intérpretes disponen de sus habilidades. Se nota, y más en el último pasaje mencionado, que Acero Nacional, la banda, está aceitando su renovado ensamblaje con un objetivo mayor en el futuro. Y es que, más allá de ser los headliners de la jornada, se permiten cuidar lo mejor de su espectáculo de la misma forma en que exhiben el diagnóstico de su mejorado estado de salud.

Para el cierre de la noche, «Trueno» y «Libre», quizás los dos más grandes himnos que haya escrito una banda chilena, llegan como el momento obligado en cada presentación de Acero Nacional. Una banda que no se guarda nada y, al mismo tiempo, se encuentra en un proceso que da señales óptimas de un futuro esplendor. Esperemos que así sea, como el inicio de un nuevo ciclo y el acero fundiéndose con la misma sangre que les impulsa a seguir la ruta. Como viene siendo hace 15 años.

Yajaira en Teatro Roma: Treinta cruces ardiendo al borde del gran abismo

By · martes, octubre 14th, 2025 · Comentarios desactivados en Yajaira en Teatro Roma: Treinta cruces ardiendo al borde del gran abismo

Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

Desde los primeros ensayos en las salas subterráneas de la antigua Estación Mapocho allá por 1995, hasta la jornada del pasado sábado en el renovado Teatro Roma de la capital, Yajaira ha portado el estandarte del rock pesado con derecho propio. Seis producciones de larga duración en estudio, tres EPs, un compilado de rarezas y versiones en vivo –Sonidos Ocultos 95-03 (2004) y un split con los buenos de Hielo Negro. Todos exponentes de una propuesta que, en palabras de sus creadores, obtiene un sabor exquisito cuando se cocina a fuego lento. Y cuando dicho catálogo discográfico se traduce a un espectáculo con atmósfera propia, siempre a la contra del vicio y el mercadeo impuestos por la industria musical, sus efectos alucinógenos pueden alterar cualquier conducta o estado emocional.

Los feligreses que se congregaron la tarde-noche del sábado, en el recompuesto recinto ubicado en la calle San Diego, lo saben de sobra. La voluntad del sol es la que abre el camino para una banda que, en sus inicios, se atrevió con una propuesta inusual para su tiempo. Lo que parece una metáfora, la recurrente exageración a la que apela cierto periodismo musical, en el caso de Yajaira es una constatación con la mayor objetividad posible. Son treinta vueltas al sol escuchando el viento, avanzando a contracorriente -incluso dentro del género stoner al cual se les asocia- y con una visión del rock en blanco y negro. Te gusta o no te gusta. Y eso es lo que hace de Yajaira una banda tan querida por los amantes del riff lento y real, como resistida, digámoslo, por quienes tienden a nublarse con la velocidad de clínica y las producciones monstruosas.

Como estaba anunciado un par de días antes, el cumpleaños empezó puntual. Arranca con la instrumental «Horizonte» y la más arrebatada «Alcohol», las que abren el debut homónimo (1998). Con todo, remontándose a los inicios en el promedio de los ’90s, desplegando una solidez que va de la mano con la potencia escupida por los amplificadores. De la misma placa, «Bajo Presión» no suena, sino que invoca y purifica con la contundencia propia de los clásicos. El cuadro conformado por Comegato, Sam y Flecha, formación original en el tope de sus capacidades, se muestra de inmediato en estado de gracia y el repaso de esos primeros años triunfa como la primera estación de una celebración que dejará a los asistentes más que satisfechos.

«Por fin llegó el día. No nos damos cuenta de cómo pasan los años, pero estamos acá». Las palabras de Comegato tienen razón de ser. En un despliegue maratónico, con la primera época adueñándose del protagonismo en su primer tramo, «Escucha el Viento» nos lleva precisamente a esos primeros días de ensayo. La forma en que dominan la variedad en el ritmo, siempre dentro de una misma bruma de riffs espesos, puede ser un recuerdo emocionante para los viejos seguidores como un descubrimiento para los ‘novatos’. La guitarra de Sam se mueve entre la psicodelia y la explosión con la soltura de quien viene décadas respirando la aridez del desierto. Pegada, casi sin pausa, «Indecisión» incluye al primer invitado, un amigo de la casa. Marcelo Palma de Hielo Negro, Chelo para los amigos, quien aprovecha el disfrute en el escenario como lo que esto debe ser; una junta de amigos compartiendo el mismo amor por el rock pesado hasta el sudor.

La máquina del tiempo nos devuelve al fulgurante ciclo actual. Epopeya (2024), uno de los puntos altos en lanzamientos recientes a nivel local y sudamericano, es el capítulo estelar del segundo tramo, y con toda razón. expone la mayor gracia del ‘sabbath’ brindado por Yajaira. Tanto como la entrega en vivo y la destreza instrumental en pleno fragor, resulta notable el orden del set, la sintaxis lisérgica que se construye a medida que transcurre la jornada. La grandeza del corte titular, incluyendo el bajo de Comegato con efecto wah-wah al más puro estilo del eterno Cliff Burton, nos muestra de cuerpo completo las virtudes que Yajaira desarrolló después de tres décadas, quizás con más recursos a nivel de producción y creatividad, pero siempre aferrándose a la integridad que les ha valido un lugar de culto. Es la energía de hace 30 años potenciada en la actualidad con la maestría adquirida en base a la experiencia y la enormidad de un propósito inexpugnable. De ahí, el puñete de «Las Pestes», dos cucharadas y a la papa, seguida del blues embriagante de «Algo se está Quemando» y la dedicatoria de «Vuelta al Sol» hacia los amigos hoy ausentes en el mundo material. Qué notable lo de Sam y su dominio en las seis cuerdas, sobretodo en los solos. Un guitarrista que no busca las notas de manera calculada, sino que las tiene a su total disposición para armar una secuencia melódica. «Víctimas del vaciamiento, caminan sin poder volver», pregona Comegato en pleno viaje espacial. Eso es lo que evoca Yajaira en dicho pasaje, extendiendo el ritmo y el sonido hacia un lugar ignoto ayer y familiar hoy.

No quepa duda de que Lento y Real (2000) es el trabajo bisagra de Yajaira. Desde el título hasta la jerarquía de su contenido sonoro, todo lo que determina una identidad. Cuando se suma el histórico y querido Piri a la segunda guitarra y bromeando: «Dónde están mis roadies», queda claro lo significativo que será este tercer tramo, sobretodo en el aspecto emocional. Los casi 10 minutos de «Cae«, el corte que da el puntapié inicial en el redondo mencionado, en vivo te sumerge en un trance de caída perpetua. Un cuarto de siglo después de su lanzamiento, somos testigos de cómo Yajaira se da el tiempo necesario al momento de desarrollar su música y traspasar aquello en un show de alto impacto sensorial. Se aplica lo mismo para «A Dónde Vas Tan Rápido» -reiteramos la importancia del orden del setlist, hasta el más mínimo detalle-, y su mezcla de psicodelia e intensidad con poder atómico. «Para qué tan apurado», bromea también Comegato, de alguna forma definiendo el letargo hipnótico que Yajaira proyecta desde su propio sentido de expresión. Y cerrando tanto el repaso por Lento y Real como la primera parte del show, «El Ritual» cae de perilla como una declaración de principios. Es la imaginería traspasada a la psicodelia pesada que Yajaira esboza de manera consistente, con un ojo puesto en las viejas formas y el otro en la preservación de un distintivo se renueva en favor de una matriz personal.

Apenas termina la primera parte, un alborozado Flecha se dirige al público y, cual ritual de sucesión, le da oficialmente el relevo a Rocky en los tarros. Un gesto emotivo que habla mucho de lo que es Yajaira más allá del aspecto musical, y tiene que ver con moverse en la misma biósfera de rock y psicodelia. Recordemos que Rocky es un reputado baterista de sesión, con proyectos titulares de larga data como Icarus Gasoline y Dead Christine, sólo por nombrar una selección de un CV con recorrido de sobra. En Yajaira, su dominio instrumental va a la par del fiato con Comegato y Sam en el escenario. Y eso es lo que define a un buen músico; una idea en común sobre cualquier individualidad, adjunto al orden que Rocky, desde la batería, imparte con la fluidez propia de un experimentado.

Una pausa de cinco minutos tras cerca de 1 hora y cuarto de rock. En el intermedio, se exponen imágenes de archivo que van desde los primeros días, pasando por las postales históricas con músicos amigos y fans, hasta la aún fresca captura de la banda en el backstage con Metallica -2022, Yajaira abriendo el show de los californianos en el Club Hípico, un hito equivalente al de similar experiencia como apertura para la despedida de Black Sabbath en el Estadio Nacional (2016)-. De vuelta a la acción, y tras un solo de bajo con distorsión por Comegato -inclúyase su guiño a ‘un tal’ Geezer Butler-, «Abre el Camino» nos lleva a la siguiente parada, la del EP Desolazion (2005). Rocky no solamente justifica su presencia en el ensamblaje sonoro de Yajaira, sino que su pegada es una voz aparte dentro del mismo diálogo. Le sigue «Ciegos y Sordos», otro pasaje memorable que nos permite apreciar la química de un grupo humano en pleno control de sus facultades. De ahí, la vastedad que «Estados Alterados» adquiere en vivo como un imperdible. Hecha para romper la voz y dejar la vida. Y así como Desolazion confirma después de 20 años que los EPs son la captura precisa de un momento creativo que no se volverá a repetir, «Fuego Negro» asoma la cabeza a la superficie para recordarnos el mismo principio en Turbias Visiones (2020), la fotografía de un momento distinto y, en ese tiempo, viendo la luz en pleno desastre pandémico.

Si alguien se pregunta dónde gravita el peso lodoso de Yajaira, «Atormentándonos» -de esa bomba atómica que es Post Tenebras Lux (2017)- nos fija las miradas en Comegato y su consistencia en las bajas frecuencias. Ojo, no se malentienda como una señal de protagonismo individual, sino que así es como funciona el ensamblaje en una agrupación donde cada uno sabe qué hacer. Es de esos pasajes en que podemos apreciar la diferencia entre el orden de Comegato y la volatilidad de Sam, ambos complementándose en una misma idea, mientras Rocky desde la batería, tal como jugando al arco en el fútbol, proporciona seguridad y una visión completa del esquema de ejecución y despliegue escénico. Todo lo que deriva en un aluvión de rock lodoso con espasmos de blues psicodélico. Es el amor al sonido sabbáthico en toda su forma. Yajaira no es solamente una forma de sonar y escuchar, sino de invocar y expresar.

«Una historia de la vida real», así presenta Comegato «Turbias Visiones», la que titula el mencionado cassette y vinilo que le permitió a los muchachos fluir la escritura mientras la peste pandémica nublaba el sol durante aquellos días. No podemos dejar de resaltar lo que aporta Rocky con su destreza y pegada. es la fuerza y solidez que impulsa a Yajaira a darle nuevos bríos a su firma. En la misma sintonía, tienes a Gastón Cantillana saliendo de su base detrás del escenario para colgarse la guitarra en «Escombros». Yajaira, ante todo, es una familia cuyos componentes conviven en la misma biósfera desértica. Y funciona de manera ajustada, como podemos observar una vez más en «El Fin de los Tiempos Modernos», la descarga de octanaje de «Antiguos Demonios» y la sinergia alborotada de «Descontrol». Como dijimos más arriba, la identidad de Yajaira ofrece una visión en blanco y negro. O, como dice el propio Comegato, canciones en blanco y negro. Así podemos definir lo que ocurre en «Actos Impuros», un relato concentrado que nos libera hacia el final toda su bruma. El disfrute de Gastón al interactuar con Sam como ‘hermanos’ en las seis cuerdas, imborrable y épico. No es la primera vez que ambos comparten escenario, pero en contexto de cumpleaños es otra cosa.

Sale Gastón y vuelve Piri, ahora para iniciar la estación dedicada a La Ira de Dios (2002). «Hormigas» y «Dámelo», en un orden inverso al del álbum, sorprende por el momento que procrea en un Roma totalmente entregado. Y cómo podían dejar fuera «La Ira de Dios», la pieza titular de un trabajo fundamental en el desarrollo de la música pesada en Chile y Sudamérica. Y pensar que La Ira de Dios, el álbum, fue lanzado durante la misma época en que Sleep hacía lectura de su propio testamento entonces con Dopesmoker (2003). Respiraban desde distintas latitudes el mismo humo cannábico, salvo que Yajaira, en vez de seguir un concepto o una línea similar, apelaron al álbum como un compilado de relatos psicodélicos de horror cósmico.

El ejercicio de cardio con «Muerte Astral»y el peso arrastrado de «Nada Fue Igual» -extraída del split editado junto a Hielo Negro (2002)– sacan a relucir las diferencias que las unen en torno al contraste entre melodía y cadencia. «Las Cruces», en tanto, transforma el Roma en un mar de cabezas sacudiéndose como si se les fuera la vida en ello. Una de las que mejor representa la hermandad entre la psicodelia y los arranques de furia brillantemente distribuidos desde su escritura. Bien lo sabe Comegato, quien en la sección más intensa del corte exige su garganta al máximo, mientras Sam castiga las cuerdas de su guitarra y le da a cada riff bien golpeado una extensión hacia rumbos que, guardando las distancias, bien podrían entablar una hermandad razonable con otros géneros más extremos. Y abrochando la noche, «Camino de Piedra», la que inaugura Vuelve a Arde (2012) en una versión con inicio accidentado. Comegato, de pronto, pierde el equilibrio y sufre una caída que, no obstante, le da un sabor especial a la última parada del show. Y por muy cliché que suene, Comegato es una leyenda por mérito propio. Un tipo al que le sobran vidas, y bien lo saben tanto Sam y Rocky como Piri y Gastón, los dos últimos sumándose al comando de guitarras liderado por Sam. Y, bueno, todos quienes hemos seguido su carrera en bandas de culto con la magnitud subterránea de Supersordo y Electrozombies, y bandas próceres del metal chileno como Fallout, Necrosis y los míticos brasileños de Explicit Hate. Justo y necesario mencionar en tamaña selección ese supergrupo llamado Bicéfalo, la unión de fuerzas entre Comegato y los hermanos Frías Salazar de Sangría. ¿Algo más que agregar?

Tres horas y media de música pesada e incorruptible, un Test de Cooper en toda su regla. 30 canciones que conforman todo un catálogo igual de extraordinario y honesto. Todo conforma una ecuación equivalente a 30 cruces ardiendo al borde de un gran abismo. Ahí donde el siguiente paso siempre será necesario para el colapso y todo vuelve a arder sin que nada ni nadie los pueda detener. En otra vuelta al sol, por los nuevos y viejos amigos, por quienes se integran ahora al ritual y otros que dejaron su huella antes de ascender por la voluntad del astro rey, Yajaira reafirma su juramento de altísimo valor hacia el verdadero sonido pesado.