Con sello propio #4: Acople Records (Valparaíso), por amor al ruido y al puerto
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Con sello propio #4: Acople Records (Valparaíso), por amor al ruido y al puerto

lunes 08 de octubre, 2018

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Escrito por: Álvaro Molina

‘Con sello propio’ es un nuevo ciclo de artículos y entrevistas que Sonidos Ocultos le dedica a los sellos musicales que están haciendo las cosas bien en Chile. Desde la grabación, producción, edición y difusión, nos encargamos también de investigar de qué manera estos colectivos configuran y ayudan a definir una escena musical y cultural chilena. Un mini-estudio que busca explorar las fronteras de lo independiente y la búsqueda de una identidad.

El Barrio Puerto de Valparaíso es reconocido por ser el sector urbano fundacional de la ciudad porteña. Alrededor de la Iglesia de la Matriz, se fueron construyendo y esparciendo residencias, provocando un auge en la actividad económica del barrio; bodegas, talleres, edificios y centros comerciales mostraban el rostro más “desarrollado” de la ciudad en sus años de gloria. Con el correr del tiempo, el Barrio Puerto fue evolucionando hasta convertirse en un hogar para la vida bohemia de Valparaíso, pero también recibiendo un duro golpe debido a algunos indicios de criminalidad y decadencia en la vida social. A pesar de este panorama, el sector contenía una historia esencial, una cultura urbana que la hace característica y que, como veremos, tiene un significado crucial para la música independiente en el puerto. Este apartado histórico es el punto de partida con el que Javier Olguín, encargado del diseño y la dirección de la línea gráfica de Acople Records e integrante de la banda Cajitas Rectangulares, comienza a relatar los orígenes de una incipiente escena de rock alternativo y la manera en que ésta ayudó a configurar el trabajo que el sello se encuentra haciendo hoy por hoy.

“Acople Records se comienza a gestar a mediados del 2010 casi de manera espontánea. Había una pequeña escena de bandas que coincidían casi todos los fines de semana en los distintos boliches del Barrio Puerto”. Bandas como Kafarenass, Lisérgico, Fatiga de Material, Adelaida, Cajitas Rectangulares, Morales, Paraguaplégico, Faz Roido y Dientediamanto se repartían en al menos ocho bares, posicionados estratégicamente en el barrio en poco más de tres cuadras. Este centro neurálgico de la vida bohemia en la ciudad ha sufrido, según Olguín, una cierta decadencia que lo ha llevado al abandono y declive en su función de crisol para la música alternativa porteña. “Los bares que más destacaban ahí eran Bar La Aduana y Bar La Cantera, los cuales eran exclusivos para ver música en vivo. Este último en particular era el que mejores condiciones ofrecía, al punto de que se transformó en una especie de refugio para las bandas y los integrantes de éstas”, relata Javier. Este escenario sirvió para gestar una comunidad de personas relacionadas al mundo de la escena independiente porteña, las que desempeñaban diferentes tipos de actividades. “Muchos pasamos por labores de todo tipo en el bar, desde cobrar en puerta, hacer aseo, ser DJ, sonidista, encargarse de la iluminación, atender la barra, pegar afiches o diseñarlos”.

Así, tal espontaneidad sugiere que el colectivo de personas ligadas a compartir la música local tomó la decisión de hacer “algo” que fuera más serio. “A comienzos del 2011 decidimos reunirnos de manera más formal a trazar objetivos que fueran en virtud de profesionalizar esta escena”. El hecho de que el Bar La Cantera fuera el punto de reunión comunitario para la música alternativa supone la cobertura de una carencia (o necesidad) para la creación de una escena: una sala o local donde estuviera la oportunidad de presentar material nuevo, original y ligado al territorio donde se estaba creando. De esta manera, Javier cuenta que “en ese núcleo inicial coincidimos Felipe Barriga (dueño del Bar La Cantera), Bernardo Naranjo (guitarrista en Fatiga de Material y dueño de una disquería), Óscar Aspillaga (periodista, asiduo parroquiano del bar), Marcos Hodl (audiovisual, otro parroquiano), Eduardo LeBlanc y yo (Javier); en ese tiempo teníamos un proyecto de diseño llamado Gentecomún, además de integrar la banda Cajitas Rectangulares”. Paulatinamente, la familia ligada a lo que sería Acople Records fue creciendo. Por ejemplo, para apañar en el sonido contaban con la ayuda de músicos como Jurel Sónico (Lisérgico, Adelaida), Naty (Fatiga de Material), Gonzalo Sáez y Conejo (Kafarenass). A toda esta plétora de personajes se les sumó también Willy Ribbeck, “quien le dio una estética audiovisual a todo esto”.

Sin embargo, a este colectivo había que darle un nombre. Por lo tanto, ¿qué quiere decir ‘Acople Records’? Javier cuenta que es un significado algo dialéctico. Por un lado, es el clásico efecto de acoplar el sonido, “algo muy típico del estilo noise que abundaba en las tocatas de esos años” (ya llegaremos al significado esencial de esto). Asimismo, es el hecho de acoplarse como una comunidad que suma fuerzas a partir de inquietudes compartidas y similares. Ahora bien, el “apellido” con el que bautizaron esto (“Records”) surgió casi como un bluff. “Fue como un chiste, era ponerle algo que sonara a sello musical, aunque la verdad es que los primeros años nos daba un poco de pudor denominarnos ‘sello’, ¡ya que no había discos para mostrar!”. Según lo que hemos visto era un contexto bastante incipiente, que en ese momento estaba en pañales, pero que poco a poco fue tomando el rumbo de “profesionalización” que buscaba este grupo de amigos. “Estaban las bandas, los colaboradores y sus tareas específicas, pero no había material.” De esta manera, Acople siguió una estrategia bastante entretenida de mostrarse al mundo. Un domingo, desde el mediodía, se juntaron las bandas en (¡adivinaron!) el Bar La Cantera, espacio que ya era un centro de peregrinación y culto para esta colectividad. El motivo de reunión fue grabar íntegramente en el mismo día un compilado que sirvió como el lanzamiento más “formal” del sello. “Un mes después [de esta grabación], en junio de 2011, se lanzó el sello y el compilado con una tocata, disco físico, documental, sitio web y difusión en prensa. Todo esto sin ningún peso, todo fue trabajo en equipo y por amor al ruido”.

Pero la luna de miel para Acople Records tuvo un traspié. Javier comenta que a partir de esa primera oleada de bandas que recogieron el sonido ruidoso que se estaba fraguando en el puerto, muchas de ellas dejaron de tocar o se desgastaron las relaciones. Bandas que se alejaron del sello y llevaron sus materiales a otras partes. “Sin embargo, al mismo tiempo se fueron incorporando nuevos proyectos que vieron en Acople una vitrina interesante donde mostrar su trabajo y literalmente acoplarse al ritmo del sello”. Por ese entonces, había un colectivo llamado Ruido Interior que agrupaba a bandas de la zona; desde Quilpué hasta Villa Alemana y pasando por El Belloto, surgieron una serie de agrupaciones que encontraron un nuevo hogar en Acople Records. “Bandas como OjoRojo, La Yegua Negra o Mortenzen llegaron al sello […] Y es ahí donde se gatilla algo importante, ya que la quinta región interior es un volcán en constante erupción donde siempre están surgiendo bandas y donde además se remontan los años de adolescencia de algunos de los integrantes del sello”. Y con esta ética de trabajo y de formación recíproca de lazos, es que Acople Records pudo, por ejemplo, editar físicamente y distribuir digitalmente un disco grabado por Sonora de Llegar, agrupación que llevaba más de 18 años de carrera, pero sin mucho apoyo para editar su material. Así, este lanzamiento permitió que Sonora de Llegar le entregara un regalo a Acople, el cual tomó la forma de un “cierto renombre a nivel nacional”. Igualmente, en el sello reconocen que hay una labor de curatoría especial, en donde el factor común es que “todas estas bandas suenan increíble en vivo, entonces eso siempre motiva a hacer volar la imaginación y proyectar cosas en conjunto”.

¿A qué suena el catálogo de Acople Records? “Sin pretenderlo demasiado, el catálogo suena a quinta región costa e interior. Es una comunión que no podemos separar, la sonoridad y la territorialidad […] La base de lo que nos gusta y promovemos es el rock, las guitarras estridentes, el noise […] Los matices son los que nos llevan a tener un espectro más diverso”. Así es como esta “escuela de sonido” porteño (que abarca gran parte de la provincia de Valparaíso) demuestra un amplio abanico de estilos; psicodelia en actos como Kahli, OjoRojo, Maleza, Barely Doubter y Vea Tío Revise. También hay rock que vuelve a las esencias más duras en Aurora Voraz, “una banda de chicas que tras diez años recién sacaron su primer disco junto a Acople”. Asimismo, encontramos a Gonzalo Sáez, quien otrora fuera cantautor con su guitarra, pero luego de abandonar el puerto por un tiempo, volvió con un EP electrónico en donde se acopla al uso de sintetizadores, teclados, manipulaciones sonoras y “varios juguetes”. Sin ir más lejos, este año la agrupación Dementes Ruidosa vino a entregar una explosión de pop, punk y noise que también recoge ese sentimiento de territorialidad ruidosa bajo el cual nació el sello. Por otra parte, Sonora de Llegar se perfila como el proyecto más original e indescriptible del sello, combinando ritmos de ska-reggae y música latina oscura y misteriosa.

Por lo tanto, ya tenemos que uno de los conceptos esenciales dentro del catálogo de este ecléctico sello es el de la territorialidad; para el lanzamiento de su último compilado ‘Periférico’, Javier cuenta que este título se debe a que “el sonido de las bandas reflejaba de manera inconsciente su sentido de pertenencia con los lugares que habitan. Eso es una periferia territorial, estar lejos de los centros donde supuestamente suceden las cosas. Además, es una periferia musical, donde la libre experimentación lleva a las bandas a crear música lejos de las tendencias o fórmulas exitosas”. En resumidas cuentas, es una sensación de desapego por la escena musical que domina el panorama en Chile, presentando una alternativa que, además, tiene la gracia de estar gestándose fuera de Santiago, el punto centralizado por excelencia para la creación y difusión de música nacional. En el fondo, son bandas que están haciendo la pega de hablarle a la misma comunidad del territorio, representándolas y sirviendo como un símbolo compartido que, al mismo tiempo, contribuye a su desarrollo.

En línea con lo anterior, un tema recurrente al hablar de “escena musical” en Chile es el engorroso centralismo que este país sufre desde hace años, acentuado en el último tiempo, pero experimentando un incipiente proceso en el cual los fenómenos musicales están logrando connotación en diferentes puntos regionales. Como caso ejemplar, tenemos el del sello Mescalina y su banda insignia, los Adelaida. Si bien fueron parte de esas bandas que pertenecían a los primeros destellos de la escena por los años 2010 y 2011, Javier apunta que “la constancia y profesionalismo de Adelaida los ha llevado a ser reconocidos en todo el país y tocar mucho en el extranjero”. A esto se le suma la reflexión que hace al momento de establecer que “ahora todas las bandas nuevas tendrán esos hitos como referencia, ahora la meta es tocar en todo el país, en Primavera Pro, o por lo menos en Lollapalooza”. Volviendo al tema del centralismo, Javier hace una interesante meditación: “como sello no lo vemos como algo demasiado negativo, ya que nos ha abierto otras oportunidades como el trabajo colaborativo, justamente con otros sellos y emprendimientos musicales de la zona. Así se formó el gremio IMUVA que ha llevado a niveles de políticas públicas todas estas inquietudes iniciales de profesionalizar y descentralizar la música”. Además, se vuelve constantemente al romanticismo de la territorialidad y el espacio común, porque “el puerto tiene una honestidad brutal que se aprecia en cada rincón, en cada edificio incendiado, en cada indicio decadente que te hace aferrarte y trabajar en función de revertirlo”

Finalmente, llegamos al punto crucial que esta pequeña y humilde investigación de Sonidos Ocultos pretende desocultar. Al preguntarle a Javier sobre el rol que puede cumplir un sello en la formación de una “escena musical”, su respuesta es directa y concreta. “Creemos que el rol de un sello es la trascendencia que puede otorgar a una escena. Pero nunca al revés, [porque] sin escena no hay sello. Y esa fue nuestra premisa a la hora de levantar este proyecto, ser parte del sonido de esta ciudad en una época determinada y hacer todo lo posible por registrarlo”. Porque, como hemos visto, el registro físico ha sufrido una caída dramática en el consumo musical de esta era (puedes leer más sobre esto en la entrevista a Golden Dawn Recordings). Este fenómeno fue lo que encendió las alarmas en la comunidad que pertenece a Acople Records. “Nos propusimos que eso no sucediera. Sin ir más lejos, bandas como Lisérgico o Fatiga Material, que alcanzaron cierto nivel de notoriedad a nivel local, hoy en día lo único que puedes encontrar de ellos está en plataformas de streaming”. Asimismo, la alerta está en que “el día que caiga YouTube, por ejemplo, nos vamos a quedar cojos, con las manos vacías y sin memoria musical”. Por último, Javier cierra con una linda reflexión sobre el ciclo que muchas veces afecta a la configuración de una escena: “[si nos quedamos con las manos vacías y sin registro físico] tendremos que volver a la prehistoria del 2005, volver a los subterráneos a reunirnos con otras personas similares a nosotros y ver bandas en vivo. Y todo volvería a un mismo círculo vicioso, se generarán nuevas escenas, se crearán nuevos lazos, vendrán los diseñarodes a hacer los carteles, los cineastas a hacer los videoclips, los cazatalentos a firmar contratos millonarios, etc.”. Mientras tanto, esperemos que para ese futuro, por lo menos tengamos algún disco escondido por ahí, que pueda ser desempolvado y susceptible de ser compartido para que el aura del registro musical no se sienta del todo perdido.

 

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Álvaro Molina
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