Celtic Frost, el imperio de la gran bestia
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Celtic Frost, el imperio de la gran bestia

Celtic Frost, el imperio de la gran bestia

lunes 01 de diciembre, 2025

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Escrito por: Equipo SO

Por Claudio Miranda.

«Yo quería escribir mejor música, que fuera más dimensional». En una sola frase, Thomas Gabriel Fischer define en cada entrevista el objetivo de Celtic Frost. En marzo de 1984, Hellhammer publica el EP Apocalyptic Raids como una suerte de testamento. Bastará un par de meses para que el nuevo proyecto de Fischer – Tom G. Warrior, como le llamaremos en toda la nota- y el bajista Martin Ain se materialice en un concepto mucho más profundo y grandilocuente a nivel de letras, escritura y destreza instrumental.

Entre todo lo que se ha dicho y escrito respecto a Celtic Frost, nos quedamos cortos al encasillarlos en un género específico. Uno de los proyectos más audaces de toda la música extrema, con una trascendencia no se mide dentro de un género específico, sino que logró filtrarse en el ADN de propuestas quizás no tan ligadas al metal extremo, pero que acusan su huella de manera impensada. Chad Channing, baterista histórico de Nirvana, cuenta que Jason Everman -segundo guitarrista durante el ciclo de Bleach (1989)- fue quien lo introdujo en la propuesta de los suizos con el LP Morbid Tales en 1984. Trabajo que, a su vez, Channing le mostró a Kurt Cobain y Krist Novoselic, lo suficiente para que Celtic Frost se filtrara con sutileza en los pasajes más densos y sofocantes de Nevermind (1991). Todo gracias a esa cinta que contenía en un lado el Morbid Tales y, en el otro, Especially For You (1986) de la banda de power-pop estadounidense The Smithereens.

La publicación de Morbid Tales en junio de 1984 presentará a una banda preserva los vestigios de su ‘etapa’ anterior… hasta cierto punto. Hay diferencias notables en términos de producción y escritura, y un despliegue musical de carácter superlativo. De aquel registro, «Visions of Mortality» tiene la particularidad de ser la última pieza escrita por Warrior durante los días de Hellhammer. La recepción de dicho material en el circuito subterráneo trasciende los dos lados del Atlántico y Celtic Frost materializa, de esta forma, el objetivo de su líder y principal escritor, conectando incluso con la movida thrash liderada por Metallica y, especialmente, Slayer; solos de guitarra con escasos matices melódicos, pero siempre favoreciendo la atmósfera de oscuridad y agresión que Celtic Frost proyecta incluso antecediendo mucho del black metal nórdico que asolará Europa durante los ’90s.

El batazo de Morbid Tales y el EP Emperor’s Return (1985), más tarde incluido en una reedición expandida de Morbid Tales a finales de los ’90s) traerá consigo las primeras giras como tal a partir de 1985. Sin embargo, los roces personales entre Tom G. Warrior y Martin Ain derivarían en la salida de este último, quien poco y nada conecta con el rumbo artístico que tomará Celtic Frost en su siguiente y más renombrado trabajo. Y es que con el bajista Dominic Steiner, se completa el cuadro que dará forma y movimiento a To Mega Therion (1985), por lejos su trabajo definitivo. Un trabajo cuya producción estará a la altura de la madurez y seguridad que los suizos han desarrollado hasta revelar su verdadera magnitud. Hay un nivel artístico y conceptual donde el rollo satánico o ‘anticristiano’ queda relegado a lo que fue Hellhammer.

Es durante el ciclo de To Mega Therion cuando Tom Warrior y Martin Ain -el bajista retornaría a la banda apenas terminaron las sesiones de grabación- expusieron sus influencias tanto literarias como visuales. Sumando la portada diseñada por H.R. Giger -el mismo artista visual detrás del xenomorfo en la película Alien (1979)- titulada ‘Satan I’, To MegaTherion no se limita a un álbum, tampoco se contenta con ser una ‘obra maestra’. Es un mundo abstracto donde la condición humana se mueve entre la poesía y la decadencia. El individuo da el paso hacia lo desconocido, al punto de emprender viaje hacia otros planetas y cruzar el umbral hacia dimensiones ignotas para el conocimiento humano. Al mismo tiempo, la humanidad completa debe lidiar con el desastre producido por las interminables guerras, con un futuro apocalíptico que se traspapela con la incertidumbre del presente. y si bien las influencias literarias parecen abarcar la huella de autores como Robert E. Howard, H.P. Lovecraft y Charles Baudelaire, el propio Warrior ha reconocido que autores infravalorados como Emily Brontë y Juan de Patmos -nombre dado al autor del libro del Apocalpisis en el Nuevo Testamento- también orbitan en su propio imaginario.

La contundencia musical que expone To Mega Therion va de la mano con un sentido de eclecticismo que lo hace inmune a cualquier intento de etiqueta. ¿Thrash, death o black metal? ¿Todas o ninguna? La presencia de voces femeninas y tenues arreglos de orquesta wagnerianos reafirma lo que Warrior traspasa a Celtic Frost como ávido compositor; no hay límites ni supuestos que valgan, y el metal, lamentablemente, no está exento de aquello. Lo que explica, en gran parte, el paso a seguir en Into the Pandemonium (1987), un trabajo de naturaleza mucho más radical y, en esta ocasión inclinado hacia el doom, el metal gótico y, sobretodo, la música industrial. Hablamos de un trabajo grabado en 1987 y cuyo sonido se volverá un paisaje recurrente en la música extrema desde 1994 -Paradise Lost, Samael, The Gathering, etc.-. Nótese el detalle de la portada, tomado de El Jardín de las Delicias Terrenales, del pintor neerlandés Hieronymus Bosch. El Infierno, la sección que Warrior tomó de dicha obra para hacernos una idea de lo que realmente es, mucho más allá de ser un lugar de castigo para las almas pecadoras en vida: es un reflejo de la atmósfera que la música expande de acuerdo a su necesidad de expresión.

Las malas decisiones, en el otro extremo de la cuerda, fueron una constante en la carrera de Celtic Frost. El giro hacia el hard n´heavy con melena escarmenada y delineador que dio Tom Warrior en Cold Lake (1988), fue una falta de acuerdo con sus principios -y su base de fans, claramente- que tuvo un costo muy caro. Ni siquiera el intento de retorno al camino ‘correcto’ en Vanity/Nemesis (1990) fue suficiente para enmendar el rumbo. Así fue como Celtic Frost se disolvió para volver después en los 2000, materializando el anhelo de viejos y nuevos fans con Monotheist (2006), un trabajo que hermana la cadencia del doom y la intensidad del viejo thrash metal, buceando con agilidad entre el metal gótico y su parentela sinfónica. Tanto como la duración -1 hora y 8 minutos, el trabajo más extenso de Celtic Frost-, lo que abruma de dicha pieza es su naturaleza. Metal pesado hasta la médula, con niebla tiránica hasta el ahogo. De igual forma, el gusto melódico y la presencia de voces femeninas le da a Monotheist un temple de frescura y rupturismo que no necesita recurrir a la fórmula de los clásicos, sino que se vale por sí mismo como un trabajo rupturista desde la necesidad por expandir su propio mundo.

Lo breve del retorno a las pistas -en 2008, la banda llega a su fin de manera oficial, y Martin Ain fallece en 2017 por un ataque cardíaco- te da una idea de cómo una banda con la estatura de Celtic Frost ha sabido moverse fuera del mercadeo impuesto por la industria musical. Para bien y para mal, es una institución que tomó el undeground como opción y, por ende, ha sabido mantenerse fuera de las grandes ligas. Y motivos hay más que suficientes, partiendo por lo que implica acatar las reglas de un juego que muchos quieren jugar, y del cual pocos salen victoriosos o indemnes. Eso es lo que le da a Celtic Frost el valor simbólico como una forma de hacer y ver las cosas. Es la única forma a la que recurre la gran bestia para resguardar su imperio, incluso en los rincones más impensados.

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