Asunción – Divinación: de volcanes y humedales
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Asunción – Divinación: de volcanes y humedales

Asunción – Divinación: de volcanes y humedales

martes 17 de noviembre, 2020

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Escrito por: Álvaro Molina

En Divinación: de volcanes y humedales, su tercer larga duración bajo el seudónimo de Asunción, el músico chileno Cristián Sánchez (el diablo es un magnífico, La Golden Acapulco) continúa profundizando y complejizando su interés por los confines de la música ambiental, discreta, y contemplativa. Son vastos océanos de sintetizadores, secuencias, y máquinas de ritmo que cobran vida en un lienzo de intimidad que Sánchez pinta con cada una de estas cuatro composiciones.

Partes de este álbum fueron compuestas y terminadas durante los días más duros del encierro. Momentos en los que el vuelco hacia la interioridad se volvía una práctica esclarecedora, aunque apareciera la intimidación de la desesperanza. Esa mirada hacia lo intangible y, probablemente, también de anhelo por la naturaleza majestuosa, se materializa en los cuarenta y cinco minutos en que Divinación nos lleva de la mano hacia lo incierto, sin despejarnos ninguna duda en el inicio.

“y debajo de nosotros, un fragmento de este cielo” va armándose como una nebulosa que copiosamente deja caer melodías que envuelven en un aura de misterio. La sensación del tiempo se pierde en sus dieciséis minutos y medio de duración. Puede ser una eternidad como también puede ser tan solo un momento efímero, en la que uno mismo como oyente se deja caer en el velo de las atmósferas que Sánchez estructura de a poco mediante secuencias y tejidos grisáceos. El sonido no es impávido, pero provoca que los tedios y la ansiedad se alivianen para conseguir entrar en un estado de trance y contemplación.

La orquestación solemne de “Todas las luces del mundo” es el paso hacia un estadio más profundo. Con sutiles destellos y ráfagas de sintetizadores, la composición avanza para recibir con los brazos abiertos la calidez y tranquilidad que se irradia. Se da el paso a “El sendero de los bosques sumergidos”, que en sus catorce minutos expresa un tapiz más colorido, pero que, a la vez, es el más etéreo en Divinación. Una mirada a un vacío exquisito, que a ratos puede perturbar por lo inabarcable, aunque de la misma manera se las arregla para entregar confortación en medio de largos y apacibles drones que construyen un lugar para la reflexión.

“Hacia el último horizonte” es la última parada en esta cartografía de meditación. Ya habiendo visitado los abismos y nébulas, aquí el cierre está entregado por un espíritu esperanzador, animado por un ritmo de trance que palpita con mesura.

Como si fueran ventanas abiertas a un mundo íntimo que se extiende hacia lo trascendental, las cuatro piezas de Divinación confluyen en un viaje interior lleno de imaginación. Es un pasaje directo para dejarse llevar por las brisas de melodías y brumas espesas que asolan un panorama de misterio e introspección. Lo que Asunción logró en El Paisaje Interior ahora se revela con mayor grandeza y consigue girar en torno a una obra más conmovedora y envolvente. Como alguna vez escribió Brian Eno, este el tipo de música “con la intención de inducir a la calma y un espacio para pensar”. Y es, precisamente, el tipo de música que necesitamos ahora.

 

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