Dirkschneider en Chile: Cuatro décadas de una señal de victoria metalera
Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Todo amante declarado del heavy metal clásico reconoce la importancia de Accept en el género durante su etapa dorada, la década del ’80. Como lo mencionamos en una nota previa, la única banda no británica con méritos para completar el podio junto a Judas Priest y Iron Maiden. Y nos guste o no, gran parte de aquello se lo debemos a «Balls To The Wall» (1983), la quinta placa de los germanos y, por goleada, la más exitosa en venta y popularidad dentro de un catálogo tan inexpugnable como extenso. De los cuatro músicos participantes en el registro de dicha grabación -Wolf Hoffmann, guitarrista y líder, grabó las dos guitarras, a pesar de que Herman Frank se encargó de la rítmica, su única incursión en estudio durante su estancia en Accept-, Udo Dirkschneider logró hacerse un nombre preservando con su propio proyecto U.D.O. los valores del heavy metal químicamente puro. Y en cada gira promocional, entre medio de su material ‘solista’, el himno «Balls To The Wall» se ha mantenido fijo como una declaración de integridad, y con toda razón; el heavy metal es de la gente, para la gente y por la gente.
La de anoche en el Teatro Cariola no es la primera vez con el pequeño gigante alemán en suelo chileno. Pero sí la primera bajo el nombre Dirkschneider. Y es que tras la promesa de que U.D.O. enfocaría solamente su repertorio en los clásicos de U.D.O., el acierto de presentarse con el apellido del prócer máximo del metal germano responde a lo que genera convocatoria tanto para iniciados como novatos. Los clásicos mandan ante todo, y por mucho que U.D.O. se jacte de su catálogo incorruptible y potente del heavy metal en toda su esencia y forma, la huella de Accept no se compara con nada. Mucho menos en estos días que «Balls To The Wall» cumple sus 40 como trabajo angular para toda una generación que creció con ellos, tanto en los irrepetibles ’80 como las nuevas huestes que un día se enteraron que el heavy alemán era mucho más que Scorpions y entendieron la importancia de Accept, por ejemplo en la oleada del thrash alemán que se tomó Europa en esos años. Desconocer aquello, por ende, es no saber dónde estar parado.
Por supuesto, y como una especie de Heavy Fest organizado por Chargola, el arranque con la armada nacional dejó momentos de sorpresa y agrado. Empezando por Camus, banda nacida en Ancud, Chiloé, y cultora de un heavy metal rocoso y a la vena en todo aspecto. Y es que tras la alerta con «Black Sabbath» de Black Sabbath -del álbum titulado «Black Sabbath» (1970), por supuesto-, la partida con «Newen» denota un despliegue de energía y peso a la par de la máquina instrumental que es en vivo.
Con un repertorio acotado en duración y cantidad, le basta a Camus para dejar una impresión más que grata. «Llanto y Dolor», «Resistir» y Jaguar», todas potenciadas con una actitud firme e intimidante, adjunto al ladrillazo que le tiran a la clase política en «Ya todo se vendió». De esas cosas que van más allá del género musical y tiene más que ver con lo que braman, el plan de ataque de las guitarras y una base rítmica que deja la vida en cada golpe. Pocos minutos, pero aprovechados a full cuando se trata de generar un recuerdo y plantar una idea de hacia el enemigo al cual apunta el heavy metal.
Cuando hablamos de heavy metal puro, a la vieja usanza y sin transar nada, Battlerage es un nombre obligatorio en el circuito chileno desde hace más de 20 años. Un inicio en grande, porque el heavy metal es más grande que la vida misma. El patadón inicial con «Wine of the Wicked», y un Fox Lin que se adueña de inmediato del escenario, no importa dónde ni el tamaño del espacio en cuestión. Y cuando ves a un público en llamas con tamaña descarga de poder y grandeza hasta la sangre, es porque hay algo en Battlerage que sobrepasa todo análisis técnico. Cómo no sentir admiración ante un personaje tan querido como explosivo, quien aprovecha pasajes como «By Steel I Reign Supreme» sostiene un cacho con cierto brebaje mientras, literalmente, se hace del Cariola con ese temple que lo hace referente para todo, incluso más allá de un género musical en específico. Un personaje y un espectáculo en spi mismo, sin descuidar en lo absoluto el todo que conforma Battlerage.
Son esos momentos como «Immortal Sin» y la inédita «Para Bien o Para Mal» los que definen la personalidad única de una agrupación que vive, come y respira heavy metal, al punto de transformar lo fantástico en parte real de nuestro entorno. Y, reiteramos, cómo no reparar en la figura de Fox. Sobretodo cuando hay algún problema técnico que en otros casos podría derivar en un porrazo, nuestro Fox lo transforma en el momento perfecto para mantener en llamas a un público totalmente entregado. ¿Cuántas bandas nacionales, con más de 20 años de trayectoria, transforman el recinto que sea en un volcán? De eso se trata el heavy metal desde el estómago, directo hasta las pelotas. Como queda de manifiesto en la infaltable «Heavy Metal Axe», un himno de triunfo en cualquier división. Poco que agregar tratándose de una agrupación que inhala y exhala la música que toca, más allá de las tendencias impuestas por una industria cuestionable.
Tras la señal de alerta con «Living After Midnght» de Judas Priest, el audio con el canto tirolés previo a la masacre de «Fast As A Shark» nos lleva a lo que convoca. Un repertorio 100% Accept clásico. Una a una, como un bombardeo en plena 2da Guerra Mundial, caen «Living For Tonite», «Midngith Mover» y «Breaker», esta última emulando la versión registrada en el en vivo «Staying A Life» (1990, registrado en Japón en 1985). Y es que Matthias Kassner, quien viene parchando al tirular Sven Dirkschneider, nos recuerda a ratos al histórico baterista de Accept Stefan Kaufmann por la energía y clase que erupciona desde los tarros. Así como en las siguientes «Flash Rockin’ Man» y, sobretodo, la imponente «Metal Heart», las guitarras de Andrey Smirnov y Dee Dammers hacen gala de un protagonismo a la altura del legado que representan mediante sus habilidades respectivas en las seis cuerdas. Notable por, cierto, lo que hace Smirnov en «Metal Heart», cuando ejecuta el solo inspirado en la sonata para piano «Fur Elise» del eterno Ludwig Van Beethoven, con el teatro completo dejando la vida y la voz en cada nota. Y lo mejor de todo, es que se nota a kilómetros lo que le pone de lo suyo, con una naturalidad tan escalofriante como inspiradora. No se necesita nada más con tamaña captura.
A lo que vamos. A lo que nos invita el gran Udo. Conmemorar un álbum clásico de inicio a fin, con el corte titular simbolizando el triunfo de los oprimidos. Desde el riff inicial en adelante, pasando por esos coros de marcha militar que trascienden ante todo y contra todos. Un momento de gloria que, de paso, nos permite apreciar las capacidades intactas de un Udo Dirkschneider incombustible. Le basta un par de gestos, incluso, para hacer cantar a todo un teatro. Secundado, por supuesto, por el bajista y componente histórico de Accept, Peter Baltes, quien deja claro en «London Leatherboys» que el temple imperial de su antigua banda siempre pasó por su labor en las bajas frecuencias. No se entiende nada de lo que hizo grande a Accept sin tamaño binomio, y el recorrido a través de la bestia del ’83 lo confirma sin pero que valga.
Tanto las balas probadas como «Fight It Back», «Head Over Heels» y «Losers and Winners» como la más ¿escondida? «Losing More Than You’ve Ever Had» salen ganadoras, una tras otra. No son palabras de buena crianza, sino la constatación de lo que hace de «Balls To The Wall» un clásico del metal de todos los tiempos: su contenido. Un álbum con categoría de «grandes éxitos», donde no sobra ni falta nada. Un disco donde una crítica social como «Love Child», en vivo te sacude hasta el alma. Una muestra de lo que importa no es solamente el contenido, sino lo que genera en quienes abrazan esta música y dejan todo ante aquello que hace grandes hasta al más pequeño de los fans.
La clausura del viaje en el tiempo hacia 1983 concluye, era que no, con esas joyas que son «Guardian Of The Night» y la más emotiva «Winter Dreams». Si los Accept de Wolf Hoffmann suelen relegar en la bodega ese par de clásicos, DON Udo se encarga de recuperarlas para los fans de toda la vida. Y ahí es donde apuntamos hacia lo que hace de Accept en su etapa dorada un libro completo de historia y diseño del heavy metal. No desde el cliché, sino desde el propósito por expresar una idea, procreando canciones y discos con identidad propia, a diferencia de la producción uniforme que viene presentando Accept hoy desde el regreso con «Blood Of The Nations» (2010).
El remate final, cómo no, llega con una tirada de clásicos que apuestan a ganador en cualquier repertorio. La enormidad de «Princess of the Dawn», la efectividad de «Up To The Limit», y el rock n roll fogoso de «Burning». Cuesta agregar más palabras a una jornada en que el heavy metal fue lo más importante en la vida, aunque sea por un par de horas. Y es que, tal como el propio Udo nos lo dice a su manera, la música que amamos es el triunfo de la gente que debe lidiar a diario con la injusticia y la mierda tanto ajena como propia. A lo mejor por eso nos gusta tanto esta música. Porque no es solamente un tema de energía, sino que se vuelve una señal de victoria contra quienes nos joden la vida a diario. Lo fue en los ’80s, seguro no lo va a ser hoy.
Satyricon en Chile: Los cuervos de la nación bastarda
Por Claudio Miranda.
Fotos por Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Es complicado referirnos a Satyricon sin caer en los clichés propios de un género tan vilipendiado y llamativo como es el black metal. Partiendo porque los nórdicos, pertenecientes en sus primeros días a la oleada de bandas que sumió en la penumbra total a toda Escandinavia entre 1987 y 1994, se desmarcan de sus contemporáneos a partir de «Nemesis Divina» (1996), una placa angular que conecta lo primitivo del género con una orientación artística hacia la enormidad. «Volcano» (2002), «Now, Diabolical» (2006) y «The Age of Nero» (2008), durante los 2000 conformaron una trilogía que determinó la personalidad inclasificable y distintiva de Satyricon. Siempre de acuerdo a los intereses del compositor y multi-instrumentista Sigurd Wongraven, más conocido como Satyr, quien no tiene empachos en desafiar todas las convenciones existentes y por haber, incluyendo las del género que lo vio surgir en el albor de los ’90s. Por supuesto, secundado por Kjetil-Vidar Haraldstad, alias «Frost«, un baterista de capacidad extraordinaria y dueño de una pegada equivalente al golpe del trueno en plena tormenta.
Si bien podríamos hacer una crítica directa hacia el prolongado espacio entre lanzamientos, con «Deep Calleth Upon Deep» (2017) siendo su placa más reciente hasta la fecha, los nacidos en Oslo han sido inteligentes en ese aspecto. Tienen claro que en estos tiempos es fácil caer en la trampa de la relevancia, con el streaming y la producción genérica a la orden del día. Un detalle importante si hablamos de una agrupación que ha sabido valer su integridad como artistas y personas, además de la madurez que implica asumir lo imposible de superar el impacto de aquella tirada de discos maravillosos. Incluso si la placa mencionada en este párrafo no goza de la misma brillantez que algunos de sus antecesores más renombrados, hay algo que no requiere ser explicado con palabras para definir la frescura de Satyricon en su propuesta cada vez más atemporal. Por otro lado, y refiriéndonos a «Deep Calleth…», hay un apego al menos en Chile, el contexto de su visita anterior. La segunda venida, allá por 2018, tras un debut glorioso en suelo chileno en 2011. Y si bien su tercera venida no los tiene promocionando ningún lanzamiento reciente -descontando la pieza instrumental «Satyricon and Munch» (2022), una colaboración para una exhibición de arte en el Museo Munch de Oslo-, sabemos que a estas alturas hay un deber a cumplir para todo fan declarado, incluso fuera del black metal.
En un Club Chocolate repleto -el mismo lugar que acogió el debut en Chile hace ya 13 años, cuando el recinto tenía otro nombre-, quedó demostrado que Satyricon preserva su categoría intacta. Desde el arranque con «To Your Brethren in the Dark», un corte pesado que se encarga de sumergirnos lenta pero inevitablemente en su propia lobreguez. Un Satyr que ejerce como sacerdote y maestro de ceremonias, con un desplante propio de un veterano de mil batallas. Y de la forma en que todo arranca con lo más reciente, nos transportamos a los días del fundamental «Nemesis Divina» con toda la metralla y autoridad de «Forhekset», un repaso obligatorio hacia los momentos más fulgurantes de un género relegado a la profundidad del abismo. El trinomio que completan «Now, Diabolical» y «Black Crow on a Tombstone» es memorable, y no solamente por la entrega de su público, muchos en su mayoría llevando a Satyricon en la sangre y la vida misma durante décadas. Y es que Satyr y Frost, adjunto al equipo de músicos acompañantes en sus giras recientes, te dan una cátedra de música extrema desde una altura que muchos anhelan y pocos viven para lograrlo.. y contarlo.
El orden del setlist es un detalle esencial. El fabricar o construir una sintaxis luciferina en el transcurso de casi 2 horas de música extrema desde la tripa y canalizada por un sentido exquisito del gusto. No se explica de otra forma que «Our World, It Rumbles Tonight» y «Repined Bastard Nation» convivan en plena armonía con «Deep Calleth Upon Deep» y «Black Wings and Withering Gloom» en la misma nebulosa de odio que impulsa a Satyricon a desafiar toda regla, incluso aquellas que parecen inquebrantables ante los ojos de un Dios (no tan) todopoderoso. Todo lo descrito es el resultado de una banda cuya precisión técnica y habilidad instrumental sirven a un propósito tan grande como el que ofrece Satyricon a través de un espectáculo dividido en tres actos.
Precisamente el acto dos del show, atronador de inicio a fin, llega como un regalo para los fans del antiguo Satyricon. Porque si bien inicia con la ya nombrada «Black Wings…» destacando los mejores pasajes de un ciclo reciente, ver a Satyr con guitarra en mano en «Du Som Hater Gud» es una muestra de fidelidad hacia las raíces sin descuidar su sitial ganado a pulso. Y el pase quirúrgico a «Hvite Krists Dod», uno de los pasajes más vertiginosos de «The Shadowthrone» (1994), nos transporta a los días del black metal más primitivo, dotada de las virtudes adquiridas por una banda que no teme ni vacila ante nada. Aprovechamos esta instancia para destacar, de partida, las capacidades de Frost en la batería. No es solamente un tema de habilidad técnica, sino de fuerza y consistencia necesarias para que Satyricon imponga su autoridad sin contrapeso alguno. Mientras, las guitarras de Steinar Gundersen y Attila Vörös se complementan con precisión milimétrica, ambas construyendo la fortaleza sónica que le da la rúbrica de los nórdicos una superioridad revitalizante. Por eso es que Satyricon se jacta de un estatus bien ganado; hay un catálogo discográfico que se mantiene constantemente joven y rebosante de energía, lo que el público recibe como una exhalación de catarsis hasta el último pináculo del mundo.
Tras unas palabras de agradecimiento de Satyr a los fans chilenos, sobretodo a los seguidores desde los inicios, el acto tres arranca con «Commando». uno de esos pasajes en que se resume la firma de Satyricon como una película de horror cósmico donde ocurren miles de cosas en pocos minutos. Es lo que nos gusta de Satyricon, reiteramos, fuera del estilo que los vio nacer a comienzos de los ’90s. La potencia de los riffs, la construcción de un muro a prueba de cualquier prejuicio, el liderazgo de Satyr añl frente de una agrupación donde todos sus componentes saben qué hacer de inicio a fin. De inmediato, un misilazo como es «The Pentagram Burns» y su pulso constante, incluso en ese par de secciones lentas que exponen la naturaleza de Satyricon, mucho más profunda y rica en matices que lo que aparenta su ropaje blacker. Y como regalo proveniente del plano prohibido, una colosal «To the Mountains», con el teclado de Anders Hunstad coronando su trabajo en la generación de atmósferas y texturas junto al cuerpo de guitarras. Es cosa de apreciar lo que hace en ese registro supremo que es «Live at the Opera» (2015) para hacernos la idea de lo fundamental que es Hunstad en el despliegue en vivo de Satyricon. Y en el caso de «To the Mountains», nos abruma la manera en que la enormidad de la versión original, en vivo se transforma en una escalada hacia alturas ignotas para el resto del mundo. Una escalada que podría marear y provocar una caída al vacío a quienes no están preparados para tamaña descarga de poder y clase.
Da la impresión de que Satyricon se guardó lo mejor de su arsenal para el tercer acto. Ya sea por el alud de metal e ira que dispara «Fuel for Hatred» en el directo, o porque «Walk The Path Of Sorrow», la embajadora del seminal «Dark Medieval Times» (1993), nos transporta hacia los días formativos -y malditos- del black metal en el gélido norte de Europa. Y lo que habíamos dicho sobre la importancia del orden en el repertorio, tiene su efecto hacia el final con «Mother North», el corte estelar de «Nemesis Divina», y donde terminamos por caer de rodillas ante una bestia que abre sus fauces sonora para devorar nuestras almas condenadas. La gloria misma en la muerte y el horror, una forma de expresión artística que Satyricon domina con la maestría de lo prohibido. Y como broche de oro, la infaltable «K.I.N.G.» que termina por echar abajo todo.
Lo mejor del espectáculo que ofrece Satyricon en vivo, es que lo tiene todo para transformar un recinto para 800 personas en una arena para 15mil. Una centrífuga humana constante en la cancha, coros memorables para entonar con puño en alto… un repertorio que no apela al recurso de los ‘grandes éxitos’, sino que le da nuevos bríos a su discografía. Todo lo que hace grande a una banda, sin necesidad de limitarla a una etiqueta y trascendiendo incluso a quienes son ajenos al estilo. Lo sabemos, no quita que hablemos de una banda de culto o un gusto adquirido, por razones obvias. Pero poco de eso importa ante una propuesta genuina hasta la médula, con un acto en vivo que, a pesar de su transversalidad y sentido evolutivo, mantiene su plenitud respecto al black metal desde el impulso y no tanto desde el género musical.
Podríamos hablar distendido sobre la lamentable cancelación del festival CL.Rock, como también de la sobreoferta de eventos y conciertos en nuestro país durante estos días. Y con toda razón, si agregamos el costo de los tickets, muchos incluso sobrepasando la capacidad del bolsillo del chileno promedio. Pero de alguna forma, y tal como pasó el domingo en puntos como el teatro Cariola y la Blondie, ayer lunes quedó demostrado que se puede contra viento y marea. En este caso, la captura fotográfica de los cuervos de la nación bastarda posándose sobre la lápida de la humanidad, basta y sobra para escribir otro capítulo en el romance entre Chile y las huestes del infierno nórdico.
Haggard en Club Blondie: La sinfonía infinita de luz
Por: Meryth
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Un nuevo reencuentro con un grande del metal sinfónico, que a un año de su última presentación en Chile, vuelve a repletar el Club Blondie para deleitar a toda la fanaticada con un espectáculo de gala de más de 2 horas de duración; nada más ni nada menos que el ensamble de músicos alemán, Haggard.
El telón se abre con retraso frente a un público que se impacienta mientras pasan los minutos. No es hasta que Asís hace su aparición en escena para dar comienzo a la cascada de éxitos de Haggard que la fanaticada se exalta y comienza a vitorear de lleno a la agrupación que hace presencia en la tarima uno a uno. Empieza el sonido vibrante de “In a Fullmoon Procession” en donde la voz angelical de Janica resalta por sobre la melodía gracias a su operística intervención. Los guturales de Asís se intercalan con la voz soprano para crear melodías que son altamente complejas gracias a su mezcla de metal sinfónico con música clásica. Una progresión de éxitos se deja caer con “Heavenly Damnation”, “The Final Victory”, “The Sleeping Child” y “Per Aspera Ad Astra” que son coreados a todo pulmón por el férreo contertulio del Club Blondie.
La soltura escénica es impresionante y se denota la cercanía entre la agrupación y sus más fieles fanáticos que nuevamente llenaron el lugar. La comunicación continua y los agradecimientos de Nasseri hacen que las paredes retumben entre aplausos y gritos los cuales la banda agradece con lo mejor que saben hacer: música de primera clase.
“Seven From Afar”, “Terra Santa” y por supuesto, “Awaking the Centuries” como clásicos infaltables. Y si hablamos de los músicos que acompañan a Nasseri nos quedamos cortos en palabras, guitarra, bajo y percusiones que agregan la potencia sonora de cada canción en completo balance con el teclado, violín, flauta y chelo, entre otros, entregando precisión de relojero tal cual música docta.
El tiempo se aleja y se continúan las canciones que nos hacen recordar la juventud de 20 años atrás; “Eppur Si Muove”, ”Tales of Ithiria» y «Of a Might Divine“ son un baile sónico que deleita al oído más renuente. Aquí cada miembro de la banda se luce por sí mismo, las cuerdas resuenan en sintonía con las melodías de teclas, flauta y voz que detonan en percusiones rápidas y constantes mientras el público se hace parte del ensamble cantando hasta quedarse sin voz.
La agrupación se despide entre ovaciones interminables; los aplausos y gritos para los alemanes no cesan y hacen rebotar el piso de la Blondie hasta que por fin vuelven a escena. Asis se toma un momento para explicar que el retraso se debió a que la aerolínea perdió 16 de sus maletas y agradece a Atenea por facilitar cada uno de los instrumentos que usaron en la velada. El frontman también se toma el tiempo para agradecer los regalos de una fanática: 2 libros sobre nuestra cultura Chilena. Gritos y aplausos tanto para la banda como para la productora animan a continuar el show con “Herr Mannelig”.
Como era de esperar, la presentación de cada músico que compone el ensamble va de la mano con una rosa que entrega Nasseri como agradecimiento mientras la audiencia ovaciona con fuerza a cada uno de ellos para continuar con “All’Inizio è la Morte”, “La Terra Santa” y “Upon Fallen Autumn Leaves” como desenlace a una velada increíble.
El gran final se ve interrumpido por el sonido de una fiesta que ocurre en el segundo piso del local, pero tras un momento de dubitación, sube al escenario Lulyta Garza para deleitarnos una vez más con una espléndida interpretación de “Hijo de la Luna” de Mecano. Las palabras quedan cortas para definir una noche de alcurnia como ninguna otra; es que ver una presentación en vivo de Haggard no es solo escuchar buena música; es observar el más prolijo teatro, es escuchar la ópera más intensa y es, por sobre todas las cosas, toda una experiencia de sensaciones que dejan el alma impregnada de energía y vitalidad.
SetList
In a Fullmoon Procession
Heavenly Damnation
The Final Victory
The Sleeping Child
Per Aspera Ad Astra
Seven From Afar
La Terra Santa
Awaking The Centuries
The Observer
Eppur Si Muove
Tales of Ithiria
Herr Mannelig
All’Inizio è la Morte
Upon Fallen Autumn Leaves
Hijo de la Luna
Criminal en teatro Cariola: 30 años de dolor reprimido
Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Cuando hablamos de «Victimized», no solo se trata del primer álbum de la banda más importante del metal chileno. Hablamos de un largaduración que, al menos en su tiempo, mostró una forma distinta de hacer las cosas en un género (casi) siempre reticente a ampliar su espectro. Y es lo que hizo de Criminal una agrupación capital en Chile, codeándose con Sepultura, A.N.I.M.A.L. y otras potencias sudamericanas, siempre en base a una propuesta distinta e identificable. Una firma que pocos nombres logran grabar a fuego, tanto por su catálogo como por la convocatoria generada.
Son tres décadas de un álbum fundacional en todo aspecto, sobretodo por su virtud de sonar extremo sin aferrarse a algún género o cliché. Y es que la visión de Anton Reisenegger tras Pentagram y Fallout siempre apuntó a la diferencia como herramienta creativa y al cuestionamiento hacia el status quo. Incluso antes del consagratorio «Dead Soul» (1997), podemos afirmar que «Victimized» es la banda sonora de un Chile muy distinto al de hoy 30 años después. O quizás no tanto, si consideramos que sus conceptos se mantienen vigentes y nuevos, por desgracia. Todo depende del prisma con que se le mire, pero lo seguro de todo esto es que la celebración de la criatura del ’94 responde a la integridad de un estilo traducido en una incesante protesta. Eso que congrega lo peor de lo nuestro y le da sentido a esta música que no tiene porqué agradarle al resto. Y eso es lo que abrazan las almas sudorosas que llegaron en masa al teatro Cariola hasta abarrotar la cancha.
Criminal es el cumpleañero, pero los invitados también tienen algo que decir. Y en el caso de Cianuro, no solo lo dice, sino que te lo refriega en la cara. Originarios de Concepción, desde el arranque con «La Revolución de la Inconsecuencia» te gritan las cosas como son, sin sutilezas y directo a la cara. Es lo que el trío comandado por Matías Valdés ha pulido hasta hacer de su acto en vivo una paliza de honestidad y ruido que va más allá de cualquier etiqueta. «Rechazado», «Es la Ley» -con Vale dejando los tarros para tomar el micrófono un par de minutos-, «Odio a la Sociedad«, «Resistencia»… una a una cayendo como bombazos de metal con puñete punketa y generando el el público una recepción de sorpresa y deleite. Primitivismo e intensidad hasta el techo.
Cuando llegamos al final con «Tierra de Niebla» y «Medios de Control», nos damos cuenta de lo que hace a Cianuro una de las bandas más consistentes a nivel local durante la última década. Lo que vocifera Matías Valdés, además del centro de gravedad que es su guitarra, intimida y establece su autoridad basada en el mensaje directo, sin florituras y a la cara. Por algo les basta 40′ para azotar un escenario, incluso se hace corto con tamaño despliegue de categoría ganada a pulso, sudor y lágrimas.
Del fugor del presente, nos vamos a la historia misma. Los ’90s que no te contaron, la de esas tocatas doctrinarias en la Laberinto. Total Mosh es nombre obligatorio en el desarrollo del metal con tintes de hardcore-punk e industrial en esos años, y el repaso a los días de «Violencia Necesaria» (1997) es la tónica de hoy. Rodrigo Sánchez en batería, Marcelo Herrera en el bajo, Rodrigo Peñafiel en guitarra y Sergio Berríos en la voz. La alineación presente en dicha placa, y que viene desde la reciente edición del Metal Fest rememorando una época irrepetible. Y el desfile de mazazos como «Crimen», «Total Caos» y «Matriz de Muerte» cumple de manera efectiva, sin contratiempos y apelando al oficio ante una multitud donde convergen las canas del metalero viejo y las espinillas del quinceañero recién iniciado. Un legado que se traspasa de padre a hijo como pocas veces suele ocurrir acá.
No cabe duda que Total Mosh es una banda ajustada y precisa en todas sus líneas. Sobretodo en pasajes como «Reacción Violenta» y «Violencia Necesaria», ambas triunfantes como himnos de toda una época. La misma época que también vio florecer a Brujería, hoy una banda huérfana de sus dos máximos ideólogos. Por eso el homenaje merecido, y con todo el cariño del mundo, hacia Juan Brujo y Pinche Peach mediante una demoledora versión de «Colas de Rata». Es el saludo-despedida hacia una dupla que marcó toda una época. Con eso basta a Total Mosh para ganarse la admiración total, tanto de novatos como de iniciados.
El fenómeno de Nuclear es único, al menos en Chile y quizás en gran parte de Sudamérica. La partida con «Belligerance» es de esos momentos que te dejan de rodillas. O, más bien, detonan el chorro de euforia y mosh que muchas veces notamos en las potencias que vienen de afuera. Porque eso es lo que hace de Nuclear un nombre obligatorio cuando se trata de espectáculo y jerarquía, todo reforzado con un sentimiento de odio y protesta viscerales hacia el sistema imperante. Eso lo asumimos de inmediato, con las rampantes «E-Faith» y «God Forsaken Life» cayendo como misiles cuyo objetivo es la autoridad, del lado o vereda que sea.
Si uno se pregunta porqué a Nuclear les va tan bien, es por las decisiones tomadas en favor de su integridad. Porque el llamado a luchar y combatir en «Confront» es genuino y viene desde donde se hace la mejor música. Porque el groove inicial de «Heaven Denied» te avisa que no hay tregua ni espacio para respirar, salvo cuando Matías Leonicio se dirige a un público ávido de música extrema para referirse al cumpleaños 30 de «Victimized», una placa fundamental en la historia de Chile y así de simple. Y por último, porque aprovechan el lanzamiento del EP «Violent DNA» para brindarnos un par de muestras de alta factura, como son el corte titular y «Siege of Power», esta última original de los supremos Napalm Death, quienes arrasaron con el recinto de calle San Diego hace un par de viernes. ¿Algo más que otros no hacen? Una tremenda «Abusados» con el mensaje fuerte y claro; el enemigo siempre será el presidente (arbolitos y extremistas de la vereda política que sea, abstenerse).
Con una banda aceitada en todos sus engranajes, y las guitarras de Seba Puente y Francisco Haussmann sonando como animales, el discurso de Nuclear se impone por sus méritos. Son cuarenta minutos en que cinco señores, con más de 20 años juntos en la ruta, portan el grito de cólera de quienes no tienen nada y deben cargar con el peso de una herencia maldita, por toda la eternidad. Eso es Nuclear, más allá de cualquier etiqueta o frase cliché a la que apele el periodismo musical.
Ni un alfiler ya cabía en la cancha del Cariola, cuando a eso de las 22:30 el patadón de «Self Destruction» transformó el recinto en un oleaje de gente. «Victimized» completo, dos cucharadas y a la papa. «Under My Skin», «Worse», «Downwards» y «Pressure», todas sin pausa y volviendo el teatro en una caldera. Un espectáculo en cancha, mientras en el escenario se aprecian las virtudes de cada integrante en favor de una idea en común. El liderazgo de Anton, infranqueable a cualquier tendencia ajena a su objetivo tocando música para gente enojada. En la guitarra líder, un Sergio Klein en modo ‘profesor’ disponiendo sus facultades interpretativas al temple hiriente del monstruo del ’94. En el bajo y la batería, Dan Biggins y Danilo Estrella son los encargados de la solidez rítmica que duplica la fuerza de un distintivo padre de muchos otros en Chile.
Como en toda fiesta de aniversario, los viejos amigos y colegas respondieron al llamado. Empezando por el querido José Francisco «Cato» Cuevas, quien toma el bajo en la inconfundible «New Disorder». Aunque sea por un momento, la atmósfera de recuerdo y aniversario queda tatuada en la retina, como todo homenaje a su propio legado. De ahí, y tras las memorables «Gusano» y «Crucified», llega el turno de José Joaquín Vallejos, el baterista fundador que se sienta en los tarros para terminar el repaso de «Victimized». Qué notable lo que hace Vallejos en «Psychopath» y la soberbia «Stillborn», el fruto de un reencuentro que se tomó a la altura de lo que significa Criminal. Por ahí se extrañó en parte a otro histórico, el guitarrista Rodrigo Contreras. Pero las palabras de Anton hacia un colega que no pudo venir pero que «está igual presente en la memoria», son suficientes para entender el valor de un componente en esos días de revelación y explosión.
Tras el repaso completo de «Victimized», el siguiente set es un arsenal de ‘grandes éxitos’, empezando con «Caged», de su más reciente LP «Sacrificio» (2022). De ciclo actual, inmediatamente retrocedemos a 1997 con «Slave Master». Un himno de los que se cantan con puño en alto, a romper la voz en un coro tan simple como implacable. Podemos apreciar incluso un par de zapatillas y anteojos volando, y algunos cuerpos flotando en un océano de gente, como en aquellos días del Maniel Plaza, la sala Lautaro y la mencionada Laberinto. Cuánta intensidad y adrenalina por parte de un público joven, con algunos más entrados en edad dando la vida en la centrífuga humana.
De la forma en que «Rise and Fall» se planta con autoridad de himno,«Victimized» y «Collide» parecieran adelantarnos lo que en tres años más será la celebración 30 de «Dead Soul». En grande, jugando al ataque y con un público entregado a lo que importa. Puede que suene redundante hablar del rango de clase mundial que le ha valido a Criminal un lugar en el mapa del planeta Metal desde los ’90s, pero un Cariola a tablero vuelto, y con una banda chilena respondiendo al clamor popular en todos sus subgéneros o nichos, es el resultado de jugarse por lo suyo al 1000.
La última recta es una muestra de inteligencia cuando se trata de darle al repertorio un significado trascendental. Primero con «Zona de Sacrificio», por lejos el himno -y vaya que los ha habido toda la jornada- del Chile actual, el de los desastres ambientales -Quintero, hace un par de años- y la negligencia de quienes por codicia hacen peligrar toda posibilidad de vida. De ahí viajamos al 2000, los tiempos de «Cáncer«. De ese disco reluce «Alma Muerta», ese hit-single que, a pesar del prejuicio de los ortodoxos, dejó una huella de inteligencia que les terminó dando la razón. Y la fundamental «Hijos de la Miseria» fue la que cerró una jornada de celebración para el metal chileno de ayer y hoy. No hay mucho más que decir de estos 30 años en que una raza maldita, encadenada a la oscuridad, libera el dolor reprimido a través de la mejor música. No esperábamos menos.
El concilio gótico de The Mission y Christian Death en Chile: De la comunión del dolor a la infancia en la tierra perdida
Por Claudio Miranda
Fotos por Octavio Mendoza
¿Qué tan distintos y parecidos son The Mission y Christian Death? De partida, los separa el Atlántico, geográficamente hablando. Unos son de Leeds, los otros de Los Angeles, California. Wayne Hussey le canta al amor puro en tiempos de penumbra, mientras que Valor Kand -tal como lo hizo el recordado Rozz Williams- enfoca sus conceptos en una visión bellamente retorcida y religiosamente iconoclasta de la escatología cristiana (rama de la teología que se dedica a estudiar el fin de los tiempos). Musicalmente, The Mission se inclina al formato canción, en plena sintonía con sus amigos de The Cult pero menos denso y más inclinado a la psicodelia. Mientras que Christian Death apela a cadencia que Black Sabbath registraría en 1970, con riffs lentos y siniestros, y el uso de sintetizadores proyectando un aire de horror, como el soundtrack de una película. Y como suele pasar, The Mission gozó de una popularidad notoria a finales de 1980, mientras que Christian Death, con Valor Kand a la cabeza desde la conflictiva salida de Williams en 1984, mantuvo un bajo perfil inversamente proporcional al hermetismo avant-garde de su rúbrica.
¿Qué tienen en común Christian Death y The Mission? Empezando que «Only Threatre Of Pain» (1982) y «God’s Own Medicine» (1986), ambos son discos debut con categoría de obras maestras -en el caso de los primeros- y rompiéndola como un «grandes éxitos» por derecho propio. Siguiendo que, pese a la diferencia de latitudes, tanto los estadounidenses como los ingleses respiraban la misma nube de oscuridad que los impulsó a hacer y decir cosas distintas, incluso dentro de sus respectivos circuitos. Hablamos de agrupaciones que venían de una época en que los discos sonaban con personalidad y no como un producto a la segura. Cuando el rock gótico superó la barrera musical en favor de la necesidad por expresar lo que el rock convencional veía como una rareza. Solo centrándonos en nuestros protagonistas, no se puede entender la estética y la atmósfera de la cultura gótica sin la banda sonora a cargo de The Mission y Christian Death.
En un club Blondie que empezaba a repletar su capacidad de a poco pero en gran masa, y con una intro de música orquestal fúnebre, se concretaba el retorno de Christian Death a nuestro país tras 14 largos años. El groove trepidante de «Elegant Sleeping» nos muestra a una banda en todas sus facultades, con Maitri Nicolai haciéndose del micrófono en la voz principal, mientras Valor Kand, a pesar de la timidez con que arranca la presentación debido a una dificultad técnica con su guitarra, termina soltándose como el líder que viene siendo desde hace casi 40 años. Tanto el corte inicial como la melodía ensoñadora de «New Messiah» -con Kand en la voz mientras Maitri toma el bajo-, pertenecen a Evil Becomes Rule» (2022), su más reciente producción en estudio. Un fiel reflejo de una agrupación que se mantiene inspirada y fresca en cada paso discográfico, reforzando aquello en vivo con una puesta en escena donde convergen la sensualidad y el horror mismo.
Las siguientes «We Have Become» y «Forgiven» nos regresan una década atrás, a los tiempos de «The Root of All Evilution» (2015) y lo que genera en vivo es extraordinario. Adjunto a la virtud de utilizar texturas y extraer ideas de otras latitudes sonoras, es notable lo que hace Valor Kand como sacerdote-chamán oscuro. Su voz pareciera denotar fragilidad, pero en realidad es ese componente humano el que completa el trance en el cual nos sumerge sin que podamos evitarlo. Por supuesto, si tienes a músicos competentes como el baterista Steve Kilroy y el bajista-guitarrista Krisp Notvoselic, entonces te das por firmado que Valor y Maitri te brindarán un ritual de bienvenida (o regreso) hacia los rincones más enfermos de nuestra condición humana.
Lo que nos gusta de Christian Death es su inclinación al presente, mirando adelante con un propósito mucho más grande que el del «karaoke de clásicos». Por eso es que «The Warning», «Rise and Shine» y «Abraxas We Are», las tres del mencionado «Evil Becomes Rule», triunfan desde una altura reservada solamente a los grandes. Y es cosa de tasar lo que hace Maitri en la voz, una intérprete que lleva poco más de tres décadas en Christian Death. Estampa y movimientos teatrales con actitud de druida. Sin duda, la compañera perfecta de Valor Kand, un músico dedicado 1000% a su ideal artístico. Y lo que ocurre en «Beautiful» es de otro nivel. ¿Cómo una banda legendaria, después de 40 años, te brinda un pasaje de emoción y catarsis con material «nuevo»? Lo que hace Maitri, una cantante que se mueve, gesticula y proyecta su voz dirigiéndose a nosotros, a quienes abrazamos este baño de belleza hasta en el pozo más hondo. Igual que el despliegue de Valor Kand en las seis cuerdas, quien se basta de un par de notas y un riff torrentoso para exponer sus credenciales como genio e intérprete en cualquier liga de Primera División.
Imposible omitir el legado de Rozz Williams, lo más cercano a un Syd Barrett gótico. La historia señala que la salida de la banda que él mismo formó en 1979, con tan solo 15 años, fue por sus constantes desacuerdos creativos con Valor Kand, además de un tema legal por los derechos del nombre de la banda. Nada, pero nada de aquello empaña el reconocimiento de Valor a su ex colega, al menos en su repertorio actual. «Romeo’s Distress», «Face», «As Evening Falls» y la clásica «Cavity – First Communion», una a una remarcaron el momento más apasionante para los fans del antiguo Christian Death. La única concesión de Christian Death a los amantes de un pasado mítico, y con toda razón si se trata de rendir homenaje a quien inició ese movimiento cuando nadie más siquiera pensaba en que se podía llegar a un terreno mucho más allá que Joy Division o los Cure circa 1980-82.
En la última recta, un par de gemas pertenecientes a la época en que Valor Kand ya tenía el control creativo en una agrupación que se jugó siempre en la suya. Primero con la más ‘bailable’ «Church of No Return», del disco compilatorio «Jesus Points the Bone at You» (1991), donde Maitri debutó oficialmente. Y el broche de oro lo pone «This Is Heresy», con Valor detonándose en el escenario y dejando la vida como si cada segundo precediera a la inminente fatalidad, para después desaparecer y cederle el lugar a Maitri, Krisp y Steve, en una jam de power-trío que descarga todo el peso de la existencia hasta el último riff. Fueron 60 minutos clavados de éxtasis hipnótico, expandiendo las visiones reveladoras de una hecatombe no muy lejana.
De las seis veces que The Mission ha pisado nuestro suelo, cuatro ha sido en la Blondie, incluyendo la primera vez allá en el 2000. De la visita anterior pasaron dos años (Club Chocolate), pero fue hace 10 la última en el recinto tradicional de la cultura gótica-bohemia en Chile. Por ende, la convocatoria fue inmediata, a tablero vuelto, y con la explosión de «Wasteland» iniciando el encuentro como un remezón de almas uniendo sus voces en una misma fuerza. Y es que lo que hace el combo liderado por Wayne Hussey, Simon Hinkler y Craig Adams en vivo, se basta mediante lo que hizo grande a The Mission: las buenas canciones. Por ende, el arranque no podía ser de otra forma. Dos cucharadas y a la papa, como también ocurre en las siguientes «Beyond the Pale» y «Like a Child Again». A la segura, y The Mission se lo permite sin dobles intenciones. Y sí, donde una hora antes era para quedar pegado en una bruma de horror y pérdida, los ingleses lo voltean hacia la luz, aunque sin encandilarse. A pura euforia en el público, a pura jerarquía en un escenario donde la música es el espectáculo en sí.
Del bombardeo de éxitos, nos vamos a un presente firme, donde aún retumba el aura lisérgico del más reciente LP «Another Fall From Grace» (2016), de la cual incluyen «Within The Deepest Darkness (Fearful)». Un pasaje enorme, que nos permite apreciar tras el inicio fulgurante las virtudes de una banda completamente ajustada, con Wayne Hussey bastándose de un par de movimientos para liderar un cuadro que va a lo suyo y se mantiene firme. De ahí las miradas a lo que hace Craig Adams en las bajas frecuencias, un bajista que traduce su lealtad al líder Hussey en una solidez sin contrapeso. O lo que hace Simon Hinkler en la guitarra, un guitarrista cuyo fiato con Hussey en las seis cuerdas es brutalmente perfecta en su estilo. Y los tres conociéndose desde ese glorioso ’86 -Hinkler saldría en 1990 y volvería tras 21 años de exilio-, forman una pared inexpugnable de pop y psicodelia con espasmos de intensidad quirúrgicamente bien intercalados. Por cierto, los kilos de eclecticismo que profesaban en esos años, de la misma época en que escribieron «Naked and Savage», hoy en 2024 se imponen con la autoridad propia de un repertorio que funciona en los 80s o en los 2020’s. En la década que sea.
El groove épico de «Evangeline» nos transporta a los días de «Aura» (2001), el disco con que The Mission empezó el actual milenio. Igual de fresca, igual de pegadiza. Igual de certera en lo que respecta a una banda especializada en escribir éxitos con efectividad atómica. De la misma forma en que «Only You and You Alone» esparce su lozanía, con la voz de Wayne Hussey exigiéndose sin flaquear. Y en un repertorio tan sólido como sus intérpretes, «Kingdom Come» hace acto de presencia con esa atmósfera tan personal y distintiva. La postal de un público entregado, cantando cada verso como si en ello se nos fuera la vida, te dice más que cualquier análisis «psicológico» respecto a porqué nos gusta tanto estos sonidos de luz y (mucha) sombra.
Entre el troleo de Hussey hacia algún «jugoso» del público y su estampa de rockstar con recorrido y guitarra de 12 cuerdas a mano, se cunde el ambiente distendido para pasar a la emoción a flor de piel. No puedes evitar romper la voz con «Stay With Me», una oda al amor. No al «amor de teleserie», sino al amor puro, el que empieza por uno mismo antes que al otro. esa luz de esperanza que se volvió el himno de una generación que le hizo frente a la soledad con la mejor arma: la música, las canciones que nos dejan una huella. Y Hussey lo sabe perfectamente, incluso cediéndole el coro a quienes lo sienten suyo, de sus propias vidas. Maravilloso, hasta las lágrimas.
De vuelta al presente, «Met-Amor-Phosis» también es adoptada con amor por los fans. En su calidad de single promocional de «Another Fall…», y cuya versión original cuenta con la participación de Ville Valo, es de esos pasajes frescos que se contagia hasta al fan más ortodoxo. Y es que la gracia de The Mission a estas alturas de su carrera, es que jamás dejó de hacer buena música ni recurrió al piloto automático. Es más, el hecho de que le siga «Deliverance», pese a sus casi 25 años de diferencia, le da al espectáculo un cariz de potencia astral.
Quedémonos un poco en lo que pasa en «Deliverance», un himno por derecho propio. Había que tener las pelotas para sacar en 1990 esa bestia llamada «Carved In Stone». Hay que tener la actitud necesaria para que suene igual de grande y energizante en 2024. Lo que se mandan Hussey y Hinkler en las guitarras, de antología en cualquier estilo. Craig Adams y el baterista Alex Baum, ambos en la base rítmica, no dejan una sola fisura y mantienen la maquinaria a pulso milimétrico. Y como pasa con las buenas y mejores canciones, el público cantando el coro con puño en alto, y hasta el último golpe de bombo… No se necesita nada más, salvo pasión. La verdadera pasión, la que proviene de la tripa ante todo.
De vuelta al bis, una versión hermosamente desnuda de «Love Me To Death», con Hussey valiéndose solo de su caudal de voz y su Schecter customizada de 12 cuerdas. El poder de las buenas canciones y el ideal artístico de sus creadores. Le sigue «Butterfly on a Wheel», de esas canciones que evoca ternura y sensibilidad, con lo justo y necesario. La antesala perfecta para volver a echar fuego a raudales con «Severina». ¡Qué momento!, infaltable en todo repertorio de The Mission y fundamental en toda playlist de rock gótico y fiesta gótica cada noche de viernes o sábado. Incluso la puedes disfrutar en plena soledad, y su efecto es igual de mágico y terapéutico. Y cerrando el encore, «Swan Song» aportando a la goleada con una mezcla de vigencia y honestidad que escapa a cualquier etiqueta.
Nos vamos con otro bis, un regalo que se abre primero con «Wake (RSV)», una joya de esos primeros días de The Mission. Remarcamos nuevamente lo que generan los de Leeds con lo justo y necesario, solo con el propósito de expresar una idea y traducirla en una buena canción. No hay otra explicación ante lo que significa The Mission, pues su orientación psicodélica, la generación de texturas y la cadencia rítmica forjan un sello de naturaleza única. Y todo eso en el directo adquiere dimensiones imposibles de medir bajo cualquier estándar ajeno a lo que realmente importa.
Lo que en el dato duro es un cover, «Never Let Me Down» es una muestra de admiración y originalidad. The Mission quizás no llenarán un estadio como Depeche Mode, pero les basta para recordarnos que ambos provienen del mismo hábitat musical. Y cerrando la noche, con casi 2 horas de música, la maravilla avant-garde de «Tower Of Strength», un pasaje tribal de procedencia interestelar que elevó a The Mission hacia un lugar donde las etiquetas no son suficientes para definir la ambición artística. Terminar en lo alto, en donde los ingleses miran alrededor para ver hasta dónde se puede llegar con un objetivo de naturaleza cósmica.
Con Christian Death comulgamos con el dolor expuesto y conocimos el mal transformado en mandamiento. Gracias a The Mission, volvimos a ser niños en una tierra perdida, con el amor puro rigiendo desde su fortaleza en medio del desierto. Gracias a ambos por regalarnos un recuerdo a enmarcar, el del velo de la muerte cubriendo la luz de un sentimiento tallado en piedra. Como tiene que ser en todo concilio gótico.
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P.O.D en Chile: Nu Metal de Calidad se tomó Teatro Cariola
Por Bastian Basaure
Fotos por Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Después de casi ocho años el cuarteto oriundo de California llegó a Chile mostrando su nuevo álbum «Veritas» , repasando sus 30 años de carrera con un show realmente inolvidable.
Los encargados de abrir el show esta vez fueron los nacionales Sinkarma. Los ariqueños tocaron un set conciso y potente de seis canciones de las cuales cinco pertenecen a su último trabajo “Moksha”, donde “Sueños de cristal” fue el punto más alto y emotivo. Con un enérgico show de la mano de su carismático frontman, Sinkarma dejó todo en el escenario preparando a la audiencia deseando más y esperando por lo que estaba por venir esa noche en el Teatro Cariola.
Todos Los Muertos es una banda interesante ya que los mexicanos tienen una propuesta fresca e innovadora en cuanto a numetal se refiere, mezclándolo con elementos de hardcore, beatdown e incluso deathcore, su música va desde breakdowns acompañados con scratches de parte de su dj a brutales blast beats. Su puesta en escena es agresiva, contestataria y su set fue una locura donde parecía que el escenario les quedaba chico, sobre todo a su enérgico bajista que fue la estrella del show. Un momento notable fue el homenaje que le rindieron al recientemente fallecido Juan Brujo de Brujeria, el cual participó en su canción “Para que nadie estorbe” de su último álbum, “Nación Suicida”.
A eso de las 22 horas, la espera se acabó y después de un par de problemas técnicos P.O.D. se hacía presente en el Cariola partiendo su show con “DROP” y “I Got That”, canciones que también abren “Veritas”, su nuevo álbum el cual están promocionando en esta gira.
Después de un par de palabras en español del guitarrista Marcos Curiel la banda continuó con “Set it Off” y “BOOM”, canciones ya consideradas clásicas por los fan los cuales estaban eufóricos saltando, gritando y conectando con el cuarteto liderado por Sonny Sandoval cantando al borde del escenario e interactuando con la audiencia.
“Rock the Party”, “Lost in forever” y “I Won’t Bow Down” fueron las canciones que siguieron en esta verdadera fiesta del Nu Metal donde P.O.D. no nos demostraba estar en mejor forma que nunca y que el género está sumamente vivo y gozando de gran popularidad, demostrado no solo con un Cariola lleno si no que también en lo variado de la edad del público asistente, muchos viendo a la banda por primera vez.
“Satellite” y “Murdered Love” fueron de los momentos más eufóricos de la noche con un cariola cantando a todo pulmón y con un mosh gigantesco el cual se acentuó cuando la Curiel introdujo “Circles” la cual en palabras de la banda, no tocaban hace muchos años y “Soundboy Killa”. Esta euforia alcanzó su punto más alto y emotivo con “Sleeping Awake”, canción famosa por ser parte del soundtrack de “The Matrix: Reloaded” y donde vivimos uno de los sing along más grandes de la noche pero también una audiencia nostálgica que en algunos casos estaba conmovida hasta las lágrimas.
La brutal “Southtown”, donde también presentaron a la banda, “Will You” y “Afraid to die” fueron las canciones que empezaron a marcar el cierre de una potente jornada siendo esta última otro corte de de ultimo álbum que cuenta con la participación de Tatiana Shmayluyk, cantante de la afamada banda Jinjer, lo cual demuestra lo vigente y conectado con la escena actual que está P.O.D.
“¿Quieren escuchar más clásicos?” preguntaba la banda previo a cerrar su show con un Cariola más que entregado mientras comenzaba a tocar la icónica “Youth of the Nation” donde el público coreaba hasta las líneas de la guitarra y cerrando la noche con “Alive” la cual se extendió por varios minutos con la gente cantando el coro a todo pulmón mientras Marcos Curiel los acompañaba con su guitarra en lo que fue la conclusión perfecta para el que ha sido el show más grande de P.O.D. en nuestro país.
Setlist:
DROP
I GOT THAT
SET IT OFF
BOOM
ROCK THE PARTY
LOST IN FOREVER
I WON’T BOW DOWN
SATELLITE
MURDERED LOVE
CIRCLES
SOUNDBOY KILLA
SLEEPING AWAKE
SOUTHTOWN
WILL YOU
AFRAID TO DIE
YOUTH OF THE NATION
ALIVE
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Living Colour en Chile: El valor que pocos podemos ver
Por Claudio Miranda
Fotos por Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
La relación de Living Colour con Chile tiene una extensión muy parecida a la de su carrera. Curtidos durante sus inicios en esas doctrinarias jornadas en el mítico CBGB de Nueva York, 1988 fue el año de «Vivid», un LP debut que materializa su explosiva propuesta. Pese a que Mick Jagger fue quien los descubrió hasta nublarse con tamaña descarga de poder y actitud, el combo liderado por Vernon Reid y Corey Glover se las mandó por mérito propio y tanto el monstruo del ’88 como sus siguientes trabajos «Times Up» (1990) y «Stain» (1993), todos de una factura abismal, terminaron por definir una rúbrica inconfundible y bien nutrida en tonalidades sonoras, del género que guste.
En Chile, desde esa primera vez en el ex-Estadio Chile (hoy Estadio Víctor Jara), hay un público que, pese a su minoría en cantidad, se hace notar en cada visita de los neoyorkinos. Podríamos hablar de una banda brutalmente infravalorada, insólitamente huérfana del arrastre de otros consagrados. Pero en el caso de Living Colour, eso sería desconocer el propósito de una agrupación que la tenía clara respecto a lo que significa acatar ciertas reglas.
Abriendo la jornada, pasadas las 19:30 horas, Paralaje fue el nombre encargado para iniciar la fiesta en un Club Chocolate aún a medio llenar. Desde La Serena, nos empapan de una propuesta arraigada en el nü-metal, donde además de los fundamentales Rage Against The Machine, está grabada la huella de nuestros 2X y BOA. No es para menos si todos esos nombres tienen en común la música honesta y el apunte de la mira hacia el status quo.
Lo interesante de Paralaje es la incorporación de elementos progresivos al estilo de Meshuggah, graficado en pasajes como «Depresivo», con Miguel Ángel Gómez despachándose esos solos disonantes que le dan a Paralaje un distintivo. Así como «Odio Tú Tendrás» y «Alma», de su debut «Acción Reacción» (2019) ganan kilos de potencia en el directo. Por otro lado, lo limitado del espacio físico en el escenario mermó en parte el desempeño de una banda cuyo estilo se mueve en terrenos de gran intensidad. Nada de eso, por supuesto, empaña la actitud y el profesionalismo con que Rodrigo Castillo (voz) sostiene la metralla sónica ante un público que, en gran cantidad, se lleva una sorpresa con esta agrupación que en 2019 fue revelación a nivel nacional.
Con el Club Chocolate volviéndose una olla a presión en casi media hora de pausa, y el reloj marcando las 20:38, la Marcha Imperial de «The Empire Strikes Back» nos prepara para un nuevo encuentro con los neoyorkinos más queridos en estos parajes. Vernon Reid en la guitarra, el baterista Will Calhoun y el bajista Doug Wimbish, todos en sus posiciones con un Corey Glover luciendo un outfit acorde a la extravagancia de su marca registrada. Y nos fuimos de inmediato, arrancando con «Leave It Alone», de su aclamado álbum «Stain». Comienzo acertado para una presentación inclinada tanto a la obra del ’93 como a los clásicos de siempre. Por ende, tras el inicio apabullante, «Desperate People» dice presente como el bombazo que es. Pura autoridad, puro talento que estos cuatro señores despliegan a pura onda.
La inclinación del repertorio a «Stain» tiene toda razón de ser. Living Colour es más que virtuosismo musical; es una forma de hacer y decir las cosas. Porque así como «Ignorance is Bliss» y «Bi» nos advierten sobre el prejuicio ante la diferencia, «Auslander» es su proclama contra el racismo y el crímen de odio. Y todas junto a «Never Satisfied» sen imponen como declaraciones de integridad y protesta que se vuelven favoritas del público a base de música inclasificable y enorme.
Con una intro muy free-jazz, y Doug pronunciando en las bajas frecuencias un reconocido villancico, «Funny Vibe» nos devuelve de la oscuridad de «Stain» a la explosión de los días de «Vivid». Un disfrute en el escenario que se contagia a un público enfervorizado. Es una celebración en todo aspecto, al punto de que ni la caída de un platillo, ni los problemas técnicos de Vernon en la guitarra al arranque de «Sacred Ground», nada de eso te desconecta de lo que proyecta Living Colour. Más bien, hace de un instante de «imperfección» una muestra de genialidad a prueba de todo.
Así como los Page-Plant y Jagger-Richards del mundo, el binomio Glover-Reid juega a lo grande despertando la emoción que hace de «Open Letter (to a LandLord)» algo más grande que la vida misma. La enormidad de su versión en estudio, en vivo es como caminar a pasos de gigante, manteniendo la agilidad propia de una agrupación que se mantiene en forma por un ideal artístico y humano ante todo. No hay desperdicio en sus surcos; en Living Colour cada espacio posee consistencia con puntos de explosión musical.
Sabemos que Will Calhoun es un baterista extraordinario y su aporte al espectáculo va en favor de la música ante todo. Pero su momento solista es una cátedra maestra. El uso de pad electrónico para sacar sonidos de otras latitudes, adjunto a un pegada descomunal y elegante a la vez, es fruto de un perfeccionamiento constante de su talento. Y el resultado de aquello es que no sólo escapa a la normativa del «baterista de clínica», sino que emula una conversación espiritual, lo que nos convoca a abrazar la música como vía de expresión en un mundo cada vez más podrido.
Cuando llegamos a «Flying», la Baja de intensidad en realidad es un momento imperdible para ser testigos de la categoría a la cual pertenece Vernon Reid. Un tipo que perfectamente pudo haber seguido una carrera de virtuoso como Steve Vai o Yngwie Malmsteen, pero eligió la misma senda que el todopoderoso Jimi Hendrix que está en los cielos. Un guitarrista que echa fuego para compartir un mensaje, algo que comunicar.
El medley compuesto por «White Lines (Don’t Don’t Do It)», «Apache» y «The Message», un pasaje de culto para los amantes del hip-hop y la música negra. Y es que Doug Wimbish, un instrumentista cuyo CV incluye nombres como Joe Satriani, Depeche Mode, Al Green, The Rolling Stones (y el propio Mick Jagger en solitario), fue partícipe en el arrastre underground de Sugarhill Gang, legendaria agrupación del género en la década del ’80. No es de extrañar su llegada a Living Colour en 1992 en reemplazo del fundador Muzz Skillings, si Doug también respiraba el mismo ecosistema variopinto de su banda titular, allá en los 80s. Y eso es tan fundamental como la experticia técnica, porque Living Colour no solo se escucha, sino que se respira.
La batería de «grandes éxitos» llega con la festiva «Glamour Boys». Sí, lo reiteramos; Living Colour es celebrar la diversidad apuntando al verdadero problema, al único enemigo. Seguida por el funk más sensual de «Love Rears Its Ugly Head». Poquitas veces remarcamos los kilos que canta un Corey Glover de corbata suelta, y acá la onda que derrocha su caudal de voz es un placer en todo sentido. Y como hay para todos los colores, el patadón hardcore-punk de «Time’s Up» te disipa toda duda respecto al nexo entre Dead Kennedys y Public Enemy. Por algo los Colour aparecieron justo cuando Bad Brains estaba en la cresta de la ola. Y ahí hubo un relevo que tardó sólo unos meses en forjar su propio timbre.
El broche de oro. Si, de oro, porque eso es lo que vale un clásico universal como «Cult of Personality». No puedes no saberte sus letras, no puedes evitar cantarla con puño en alto y dejar la vida hasta el fraseo final. Historia y leyenda en un himno que llama al pensamiento crítico, da lo mismo tu vereda ideológica. Y así como tenemos un misil de energía, «Solace of You» nos sumerge en un trance de paz que cierra este nuevo encuentro con ‘la otra música’.
Terminando el espectáculo con duración de 1 hora y 40 minutos, y con la banda en pleno escenario firmando vinilos y artefactos de memorabilia, nos resulta imposible abstraernos de lo que provoca y convoca Living Colour. No sólo en Chile, sino en cualquier lugar donde una inmensa minoría se disponga a abrazar el manifiesto de integridad que los de Nueva York expanden sin importar tu credo o nacionalidad. Y es que donde la mayoría ve «un par de canciones conocidas», hay un valor que no muchos son capaces de ver. Porque ese valor es lo que le da a Living Colour un rango que hermana la diversión con la honestidad, y su resultado trasciende cualquier frontera ajena.
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Napalm Death en Chile: Ruidosamente Brutales
Por Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Fotos Francisco Aguitar @FranciscoAguilar.Ph
4 de octubre del 2024 sin dudas quedará en la historia como la octava venida de los británicos a chile, Napalm Death, banda icono en el grindcore mundial y el metal mas pesado. 40 años de carrera y 16 discos de estudios los abalan en el mundo y en chile, donde constan de una gran fanaticada( así quedo reflejado en la asistencia). Siempre liderados por Mark Barney Greemway quien es el carismático líder del cuartero y principal figura publica de la banda. Sumado a esto la inclusión del grupo de heavy metal clásico, lucifer, también entregó una alta dosis de elegancia y oscuridad liderados por la imponente figura de su vocalista alemana Johanna Sadonis. Agrupación que se encuentra presentando su último disco «V». En esta jornada histórica también participaron los brasileños de Eskrota y los chilenos de Gangrena y Demoniac.
Con gran puntualidad (17:33)salía a escena el trio brasileño , Eskrota, liderados por Yasmin Amaral(guitarra voz) interpretando un thrash clásico con tintes hardcore demostrando presencia en el escenario y mostrando mucha fuerza también incorporando al punk rock como esqueleto sonoro. El sonido se fue afirmando a medida que fueron pasando los temas. Turnándose en las voces las dos mujeres de la banda demostrando gran personalidad y oficio. Interpretando un cover de Sepultura (Troop Of Doom). Finalizando con un tema de 15 segundos, casi homenajeando a Napalm Death, pioneros en este formato de la canción corta.
Demoniac ( 18:30) Con 10 años de vid este cuarteto proveniente de Limache llego con todo el expertiz de una banda que ha tenido un excelente 2024 y que sigue presentando uno de los mejores discos del presente año Nube Negra» y a pesar de algunos minutos en escena el grupo pudo demostrar su fuerza y técnica. Mucho desplante con un estilo y mensaje claro. Quizás este show mereció ser escuchado por mas personas, pero por la hora fue difícil que el respetable pudiera repletar la sala. De todas formas quienes estaban quedaron satisfechos con la fuerza que la banda mostro en escena.
Gangrena: (19:20) 20 años de vida desde la ciudad de Chillan se notaron con este cuarteto que interpreta death metal del clásico y vieja escuela. Harto gutural y riff asociado el cual fue escuchado con mucho respeto por el respetable que por supuesto con el pasar del tiempo fue prendiendo poco a poco. Si bien no hubo mosh, si hubo harto movimiento de cuello por parte de la fanaticada que sin dudas estaba guardando las energías para los platos principales: Lucifer y Napalm Death. Un buen show del cuartero que sin dudas llego a un nuevo publico.
Luficer: (20:30) Elegancia y heavy metal a destajo y de calidad comandado por Johanna Sadonis quien sin dudas lleva toda la bandera del proyecto, siendo muy bien complementada por el cuarteto restante, a cargo de un bajo dos guitarras y batería. La música interpretada sin dudas parecía sacada de una banda sonora de los años 80. Mucho pop y satanismo incluido de forma sutil y elegante. También la inclusión de un imponente lienzo con el logo del grupo, el cual se percibía en cualquier lugar del Teatro Cariola. Un show emocionante y una deuda que el grupo tenia con chile. Me sorprendió gratamente el nivel de heavy metal interpretado. Entregando un show cercano y cálido, no tengo dudas que el grupo quedo fascinado con la respuesta del publico chileno.
Napalm Death: (22:00): Lo de los británicos es realmente brutal, desde el primer segundo ya tienen al teatro completo en sus bolsillos para hacer y deshacer a su pinta. Entregando una fuerza realmente increíble e impecable sobre el clásico escenario del centro de Santiago. Es asombroso como solo 4 personas logran realizar tanto ruido, pero del bueno, de ese intenso que te llega al corazón, que te obliga a mover el cogote, mover los pies, interactuar en los mosh con una fanaticada tremendamente identificada con la banda. Una que lleva 40 años entregando un mensaje de libertad y respeto que el fanaticada a sabido respetar y alabar. Dentro del show y como se esperaba el grupo hizo un amplio repaso por toda su discografía, siendo los discos «SCUM» donde se interpretaron los clásicos «Instinct of Survival»,«M.A.D.» Scum», «Success?», «You Suffer» y también temas de su ultimo trabajo oficial larga duración «Throes of Joy in the Jaws of Defeatism» los que personalmente mas disfrute, ya que son mis discos favoritos del grupo. También punto alto fue la interpretación del clásico cover «Nazi punk fuck off» de Dead Kennedy.
El resumen una jornada larga pero que realmente se pudo disfrutar tanto del nivel de las bandas de la apertura, como las dos bandas principales. Felicitamos a Spider por tremenda jornada de metal pesado.
Setlist Napalm Death en Chile 2024.
From Enslavement to Obliteration
Taste the Poison
Next on the List
Continuing War on Stupidity
Contagion
The Wolf I Feed
Resentment Always Simmers
That Curse of Being in Thrall
Amoral
It’s a M.A.N.S. World!
Backlash Just Because
Fuck the Factoid
Suffer the Children
When All Is Said and Done
Scum
M.A.D.
Success?
You Suffer
Metaphorically Screw You
Dead
Nazi Punks Fuck Off
(Dead Kennedys cover)
Instinct of Survival
Contemptuous
Crisálida: “Niños Dioses” (Listening Party)
Por: Bastián Basaure
Foto:@luchohackfotos
«¿Quién va a contar nuestra historia?» fueron las solemnes palabras con las que se dio inicio a esta experiencia en MiBar de Música, donde Crisálida de manera ceremoniosa nos daba la bienvenida a su nueva era y presentaba su nuevo material, el larga duración que lleva por título “Niños Dioses”.
Sin más rodeos, con una pantalla mostrando letras a modo de visualizer y la banda en el escenario, nos mostraron el track que abre su nuevo álbum, “El Niño”, que fue lanzado previamente como single en el año 2023. Este tema llega con una intro atmosférica y muchos tintes doom, muestra claramente la dirección sonora del álbum con una producción moderna y potente abriéndonos las puertas a la historia que Crisálida nos narra en este álbum conceptual, la cual gira en torno al rito incaico de los niños dioses; una historia compleja y emocionalmente intensa la cual toca temas como el viaje y el sacrificio humano. La canción también nos muestra a Sudy, su nuevo guitarrista el cual hace desplante de sus habilidades y completa la nueva alineación de la banda, ahora como quinteto.
Después de unas palabras de Cinthia Santibanez, la carismática vocalista de la banda, hablando del concepto del álbum y como se demoraron casi 9 años en realizarlo comenzó “Destino”, que fue el segundo single del álbum lanzado en Septiembre de 2024 seguido por “Volcano”, con una intro cinemática y demoledora; quizá el track más pesado del álbum siendo una canción directa, con riffs disonantes, mucho doble bombo y gran presencia de blast beats en la batería que contrastan con un gran coro melódico y extractos de voz hablada.
La jornada continuó con unas palabras del ingeniero en sonido Cristian Mardones, que trabaja con la banda desde su álbum “Raco” y el bajista Braulio Aspé, que hablaron de las dificultades de trabajar este álbum a distancia junto a Daniel Cardoso, baterista de Anathema y Weather Systems quien no solo grabó las baterías del álbum si no que también estuvo encargado de la producción, mezcla y mastering del mismo. Junto a ellos,Pablo Stagnaro, el nuevo baterista de Crisálida quién no grabó en el disco, también fue contando su experiencia tocando en vivo con la banda, sus dificultades y su aproximación a aprender e interpretar su catálogo anterior.
“Si Digo Adios” y “Kuntur” fueron los siguientes tracks del álbum en sonar, dos canciones más melódicas que hacen gala del gran rango vocal de Cinthia, siendo “Kuntur” un punto alto del álbum por ser un tema diferente, con más tonalidades y acordes mayores que contrastan con lo melancólico y dramático del resto del disco.
Jean-Pierre Cabañas, diseñador y director de Medu1a, fue el siguiente en tomar la palabra como encargado del diseño gráfico, quien junto a Cinthia hablaron de la inspiración que tomaron de los paisajes del norte de chile, sus colores y la influencia de muralistas latinoamericanos en el arte de Niños Dioses. Las Siguientes canciones fueron “La vida no basta” mostrando el lado más pesado, agresivo y dramático de la agrupación, pero ahora en un tempo más acelerado continuado por “Iras al sol”, la cual podría ser considerada la “balada” del disco, una canción mucho más pausada, con guitarras limpias, un solo sumamente expresivo y la voz cantando el título de la canción a todo pulmón como un mantra.
Palabras de parte la banda hablando de su futuro, sobre la nueva formación y como esta se ha afianzado no tan solo en lo musical sino que también en su factor humano fueron la antesala a lo que sería el final de la experiencia auditiva que Crisalida nos estaba ofreciendo. “Respira” es el penúltimo track del álbum, que como su título lo indica es un descanso de lo pesado y denso de esta entrega. Guitarra limpia y sintetizadores generan el paisaje sonoro muy ligado a lo que podría ser un post-rock o bandas como mogwai, con solo de bajo muy melódico, quizá es la canción más sencilla en lo musical pero por lejos la más compleja en su temática y contenido emotivo.
El álbum cierra con “Niños dioses”, la canción que le da el título a este trabajo y que trae una intro ceremoniosa donde la voz, que muestra su color más dulce y un desarrollo épico siendo el track más progresivo del álbum, donde se expande más la narrativa y el cual le da un final dramático. En general este es un álbum complejo, denso, emotivo y lleno de cuestionamientos sobre temas tan delicados como es el sacrificio humano el cual contrasta tanto estilísticamente como en cuanto a sus temáticas con respecto al catálogo anterior de la banda. Crisálida nos muestra lo que es la evolución natural de la banda sin dejar de lado su sonido característico tan arraigado en nuestro territorio, “Niños dioses” es en palabras de la propia banda, un llamado a escuchar nuestra historia.
El lanzamiento en vivo de “Niños dioses” está programado para el 16 de noviembre en la sala SCD Egaña en lo que promete ser un show inolvidable.
Therion en Teatro Cariola: Canto sinfónico de melodías infinitas
Por: Meryth
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Fue un 11 de agosto del año 1995 cuando los suecos de Therion se presentaron por primera vez en nuestro país en el aquel entonces Estadio Modelo de Pudahuel. Hoy, 29 años más tarde y siendo la treceava visita en tierras nacionales, vienen con su tour “Leviathan III Tour 2024” en el cual presentan su último larga duración lanzado el año 2023 y que los llevó al reencuentro con sus más fieles fanáticos.
Para comenzar esta notable velada, la congregación se reúne en el Teatro Cariola para escuchar a los nacionales de Lapsus Dei a eso de las 19:45 horas. Originalmente formados en Temuco y actualmente residentes en la capital, traen su enigmático melodic death/doom metal que han plasmado en 4 discos de estudio, siendo el último de ellos Sea of Deep Reflections lanzado el año 2020. La agrupación se luce con su nuevo vocalista y guitarrista Martín Morales que se hace dueño del escenario inmediatamente. El sonido es notable, cada nota es limpia y segura mientras los demás instrumentos comparten la prolija técnica mientras avanzan por las composiciones.
Un paseo por sus temas más conocidos son un deleite auditivo; suenan “Falling Apart”, “Colossal” y “Arrival”; los riffs de guitarra irrumpen rabiosos entre el golpeteo suave de la percusión y la profundidad del bajo que esta banda de doom metal sabe manejar a la perfección. Los quiebres instrumentales de todos los temas son alucinantes y son aplaudidos por los fanáticos que esperaban con ansias escucharlos en vivo. El reluciente y melancólico sonido de “Náufragos”, “The Last Trip” y “The Call of Sirens” son perfectos para finalizar estas letras transmitidas en ecos sonoros profundos y oscuros que se llevan todas las ovaciones de la concurrencia presente a las 20:25 horas de la noche.
Los sonidos épicos de Therion se toman la tarima a las 21:00 horas con el teatro Cariola a tope.Una irradiación energética envuelve a los fanáticos con “Seven Secrets of the Sphinx”,“Crowning of Atlantis” y “Ruler of Tamag” haciendo saltar y gritar al recinto en toda su magnitud. Entre música y saludos, Lori se envolvió en la bandera chilena que llegó desde la barricada y agradeció al público presente. El setlist es variado, un viaje épico a través del tiempo y la historia de la agrupación que bien conoce nuestras tierras en la cual los fanáticos sin importar el número de veces que se presenten, los acompañan coreando cada una de sus canciones. El sonido es potente, dinámico y preciso; el desplante escénico, la interacción con la audiencia y la maestría de cada instrumento hacen que el espectáculo sea de otro nivel. “Ninkigal”, “Uthark Runa”, “Clavicula Nox”, “Typhon” y “Black Sun” caen furiosos en una progresión de canciones que hacen relucir la soberanía sinfónica de la agrupación.
Esta reunión multigeneracional en cada rincón del Cariola, es un privilegio ya casi extinto; se agradece ver en los conciertos los diferentes colores etáreos disfrutando de este lujo de presentación; los más pequeños descubriendo todo un mundo musical que fusiona los sonidos operísticos con el riff rápido del metal sinfónico, mientras los padres recuerdan y corean las canciones que los han acompañado por más de 20 años. Llegan “Mark of Cain”, “Ayahuasca” y “Lemuria” que son aplaudidos con vigor. Cada integrante de la banda hace un trabajo notable, cada acorde y cada nota caen con excelsitud, haciendo que el show sea un deleite auditivo y visual. La fanaticada agradece con eufóricos “¡Therion! ¡Therion!” que retumban en el ambiente y no es para menos, un show que contempla 23 canciones se debe agradecer de todas las formas posibles.
El clímax de la noche llega con “To Mega Therion” en donde cada una de las personas que llenan el recinto saltan y cantan al unísono con la agrupación. La energía extrema de la banda, en combinación con la exorbitante intensidad en que los presentes vibraron con la música crean la magnificencia de una velada que está a otro nivel. Para terminar estas impresionantes dos horas y medias de concierto epopéyico, los temas elegidos son “The Rise of Sodom and Gomorrah” y “Son of the Staves of Time” quienes son el cierre de oro para una velada que demostró que sin importar las veces que Therion se presente en nuestro país, se superan a sí mismos, entregando excelencia desde que pisan el escenario hasta que se despiden de un público que no los dejará jamás de aplaudir y ovacionar a todo pulmón.
Setlist Lapsus Dei
Falling Apart
Colossal
Arrival
Náufragos
The Last Trip
The Call of Sirens
Setlist Therion
Seven Secrets of the Sphinx
Crowning of Atlantis
Ruler of Tamag
Ginnungagap
Ninkigal
Uthark Runa
Clavicula Nox
Typhon
Black Sun
El primer sol
Litany of the Fallen
Eye of Algol
Mark of Cain
Tuonela
Ayahuasca
Wine of Aluqah
Nightside of Eden
Quetzalcoatl
Lemuria
Sitra Ahra
To Mega Therion
Encore:
The Rise of Sodom and Gomorrah
Son of the Staves of Time





















































