Del caos al éxtasis: Nox Terror y Vilú reescriben el manual del metal extremo en Santiago
Por Pablo Rumel
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
La noche del viernes en el Mibar no fue una tocata más. Fue un descenso colectivo a los abismos del metal extremo, comandado por dos agrupaciones nacionales que no solo dominaron el escenario con autoridad, sino que dejaron claro que la escena chilena está en uno de sus momentos más creativos y feroces. Nox Terror y Vilú ofrecieron dos presentaciones distintas pero complementarias, con un despliegue de técnica, oscuridad y teatralidad que dejó al público entre la conmoción y la ovación.
NOX TERROR: SOMBRAS EN NUESTRAS MENTES
Eran las 21:50 cuando los telones del MIBAR se descorrieron, y cual acto de prestidigitación, emergieron cuatro sombras bañadas en tonos carmesíes, preparadas para apuñalarnos con murallones sónicos más fríos que la mirada de tu ex amada. Hubo sambenitos y uno que otro parroquiano desubicado que se persignó, pero ya era tarde, los primeros acordes de «Cursed Destination» atronaron en la sala; fuimos testigos de un sonido de factura blackmetalera gélida, como los clásicos Mayhem o los Ancient, con una estructura percusiva machacante y un fraseo lírico inhumano, obra y gracia de Chaos, el frontman de la banda.
Con harto fill y redobles, arrancó «Toxic Poem»: no pudimos ver el rostro del batero, pues llevaba una capucha que ocultaba sus rasgos (¿humanos?), y pudo haber terminado asfixiado sin darnos ni cuenta, no obstante, demostró alta pericia en el uso del doble bombo, creando las texturas dramáticas e hipnóticas que necesitan las capas guitarrísticas blackmetaleras con golpes de caja machacantes y cambios en las velocidades, provocando así ese hechizo hermético que solo los alquimistas sónicos de las artes ocultistas conocen: decadencia, horror y misterio, al unísono.
La voz cavernosa de Chaos nos espetó en la cara toda su poesía oscura y depresiva, «Shadows of your minds», una disonancia calma pero reventada desde el fondo por blast beats azotados sin misericordia por la base percusiva; a la izquierda del escenario en las cuatro cuerdas, cual señor de la maldad y vistiendo un riguroso abrigo largo, Ordog, rasgó su hacha de batalla, creando líneas profundas y aceradas que cimentaron con dureza la propuesta escénica.
Y anunciando la vitoreada «Light», Chaos recordó al público que esa luz que buscamos puede que no sea más que ilusión; y así, entre melodías que desgarraban la realidad, oímos la guitarra solista de L, repleta de escalas disonantes, notas en falso, y vibratos que simulaban gritos de auxilio y de dolor. Una canción más oscura y cruda, fue «Arcanissimum», puro black metal raw paralizante y congelante, con una atmósfera de campanadas siniestras que resonaron en criptas húmedas más antiguas que la maldad.
La imaginería oscura y teatral subió un peldaño más con «The Fog Of Resignated Souls» quedando en claro que no todos son aquelarres y demonios; también somos almas perdidas víctimas de la depresión y la locura, y de la consiguiente autoaniquilación. Como la carta de navegación de quien busca la expiación, viajamos a través de texturas arpegiadas y gélidas, con un juego de platillos y cambios en las rítmicas que escapaban de la monotonía hipnótica, clave en este estilo, pero no el único recurso: un solo endiablado de antología cerró los compases finales, machacados a puro golpe de caja.
«Bloods Mills» fue el tema final, un adelanto de lo que será su próximo disco, que dejó en claro desde el minuto uno que estábamos ante una banda en expansión, con dos álbumes sólidos, con un catálogo de canciones amplísimo (podrían haber duplicado el tiempo del show, sin problemas), y que no es necesario viajar hasta las mazmorras de algún castillo noruego para oír un black metal que tributa a los clásicos inmortales, abriéndose paso con una propuesta arrolladora.
VILÚ: POSESIÓN DIABÓLICA REPTANTE
Eran las 22:45 de la noche, cuando el telón una vez más se descorrió, y tras una breve intro nos llegaron las primeras líneas de «Victims of Life», un arranque calmo con una sucesión de notas repetitivas y un juego aceitado de platillos, obra y gracia de su batero Tralkan; todo aquello solo un anuncio de lo que se vendría, ráfagas palmuteadas y construcciones cromáticas y espiraladas.
Entre aceleraciones percusivas y ritmos tribales, la frontwoman Gabriela demostró desde el primer verso que no estaba ahí para jugarretas, íbamos a ser testigos de un despliegue sobrenatural y ancestral de fuerza, técnica y poder; Karina Ugarte, décadas al mando de las cuatros cuerdas, ejecutó unas líneas brutales que condujeron a los abismos insondables la base percusiva, el corazón que bombeó la sangre necesaria para este cuarteto santiaguino, que en ningún momento se desoxigenó.
Sin respiro, llegamos a «Vilu», pura pulsión contenida y rítmica, un puente excelente donde su vocalista Gabriela espetó unos guturales de resonancias primitivas con notas desgarradas y acentuaciones agudas; su estampa postapocalíptica con cinturones de bala, botas y látex gatubelesco eran el único outfit posible para esta sinfonía demencial de metrallazos; entre armónicos artificiales, patrones acelerados, galopes de hechura sueca y quiebres técnicos, la guitarrista Gricelius dejó en claro que la velada recién comenzaba.
Tras los correspondientes saludos, tuvimos el privilegio de oír en vivo material nuevo de la banda, «Distopia» y «Darkitechture». La performance de Gabriela fue superlativa, de su garganta emergieron gruñidos abisales, proyectados como volcán en plena erupción: sin reventar su diafragma, sostuvo cada frase con control absoluto, regalándonos una interpretación total que incluyó movimientos desgarrados del cuerpo, rostros de evidente posesión diabólica, e incluso gestos de puro éxtasis que dejaron aturdidos al respetable.
Con líneas de bajo retumbantes, arrancó «Black Fire», una inmersión auditiva de capas profundas y disonantes, que de un momento a otro se deshizo entre ritmos galopantes y entrecortados: Tralkan mostró un uso endiablado del doble bombo, proyectando la solidez que pidieron las frases rápidas ejecutadas por Gricelius, secciones de tremolo picking de pura vocación thrasher oscurecida.
Y saltamos de «Black Fire» a «Con Fuego», una propuesta enmarcada en una base death thrashera, con arranques de blast beats, secciones espiraladas que también tuvo resonancias blackmetaleras: Vilú, como bien sabemos, hace referencia a la serpiente en mapudungún, un ser que es reptante, sibilante y de significación ambivalente, pues se asocia con lo oscuro y demoniaco, pero también con la regeneración y la medicina; ya está ahí en la vara de Asclepio, símbolo máximo de la salud. Y esa imagen representa a la perfección a la banda.
El viaje final llegó con «Divide y Gobernarás», un tema directo, con patrones muy heavy metaleros a lo Judas Priest de Painkiller, y arranques y cambios que son pura vieja escuela de death metal sueco: In Flames, o los primeros Arch Enemy o Dark Tranquility, pero con una propuesta renovada, ultra bangereable y desbocada que no puede dejar indiferente a nadie. Como con Nox Terror, el público quedó con ganas de más, dejando en claro que en futuras presentaciones pueden amplificar cuánto quieran su catálogo: ahí estaremos, escuchándolos al pie del cañón.
Lo vivido en el Mibar fue una demostración de que Chile no tiene nada que envidiarle a las capitales históricas del metal extremo. Nox Terror afila su culto con cada show, y Vilú emerge como una de las propuestas más viscerales y profesionales de la escena. En cada riff, cada redoble y cada gutural contenido sin reventar el diafragma, quedó plasmado algo más profundo: la convicción de que el metal chileno no está imitando a nadie. Está forjando su propio legado, con sangre, con sombra, y con fuego.
El ex guitarrista de Megadeth volvió a Chile y la rompió: slaps japoneses, baladas dolidas y metal de alto nivel
Por Pablo Rumel
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
No solo aprendimos a decir “conchetumare” en japonés; vimos una puesta en escena perfecta, un señor Marty Friedman en estado de gracia que no falló ni una nota, y para mayor deleite, acompañado por un trío de japos jovencísimos que lo dieron todo en el escenario ¿qué pasó? ¿Qué temas tocaron? ¿Hubo fallas? Vamos con la reseña completa de este gran show.
LOS TELONEROS
Viernes 13 de junio, un frío que congelaba los huesos y embotaba al cerebro, pese a los augurios de lluvia, el cielo santiaguino se abrió y solo llegaron los rugidos helados de los Andes. El público llegó a las 19:00 a las puertas del Teatro Cariola, no obstante , un meet and greet que se prolongó más allá de lo establecido, retrasó el show en una hora.
Pero ya estábamos adentro, y a las 20:33 arrancó la banda nacional de Hidalgo. Conscientes del recorte de tiempo, arrancaron apenas terminaron las pruebas de sonido, eligiendo «Infragilis» de su último disco Elementos: la ejecución fue limpia, con solos melódicos y elaborados, una base rítmica progresiva y algunas tonalidades Groove que imprimieron el tonelaje metalero a sus bellas composiciones.
Con «Sempuray» quedó claro que Hidalgo no es sólo una banda que suena bien en estudio: una batería que galopaba en frases entre los platillos y marcaba la polirritmia con precisión endiablada, una Angie Bernini inspirada que atacó cada acorde y nota como una señora de las seis cuerdas, un Gabriel Hidalgo en plena forma creativa, y por supuesto, al bajo, Braulio Aspé, dibujó los pórticos y las entradas por donde se colaron las melodías espiraladas e hipnóticas de la banda, que redundaron en pura maestría. Con la triada «Garuda», «Lancuyen» y «Vernishna» sellaron su participación.
La banda Plasma, proyecto del virtuoso Claudio Cordero, saltó al escenario a las 21:30, interpretando «Cas Na Pivo», en formato trío, con el capitán de la banda atacando con barridos y ligados veloces, no dejando ninguna duda a su sapiencia en el uso del instrumento. En «Outatime» quedó patente la presencia compositiva del bajo, con líneas que amoldaban la estructura de la guitarra solista, la cual se oyó libérrima, pero a la vez integrada a la orgánica de la banda.
«Letting Go» fue otro portento, con una base jazzística y sincopada en compases de tres cuartos; la pura velocidad quedó en segundo plano, porque la proeza de Cordero no estuvo en llenar de técnicas y barridos los espacios de su trama melódica, hubo contención y cambios dramáticos de los tiempos. La trilogía de cierre fue con «7 días», «Retrospectivas» y «Psychoswing», tema final que exploró rítmicas más pesadas, con un metal modernizado que sigue amoldándose a los viejos estandartes.
MARTY FRIEDMAN Y SU BANDA
Todo empezó con los teclados de «Deep End», una pieza melancólica que va progresando nota a nota hacia compases sombríos; vimos emerger la silueta de Marty Friedman, quien junto a su banda, de espaldas al público, casi en una postura de oración o de juramento nipón, cruzaron íntimas miradas para voltear y marcar el arranque de una cita que será histórica, por dos razones: la encarnación misma del héroe guitarrístico por excelencia, y dos, porque se trató de un evento que quedará grabado en formato profesional para el deleite de todo el mundo.
Con un estilo estrafalario que recordaba a Prince, tacones altos, camisa larga a rayas con manchas anaranjadas y pantalones ajustados, y su inconfundible melena rizada, con el mismo espíritu de ese mozuelo que conocimos en ese lejano Megadeth de los años 90, se dio arranque a las primeras notas de la apertura. Casi sin respiro, comenzó «Angel», una balada con mucha nota sostenida a lo Satriani, breves barridos y tremendo despliegue escénico. Esto hay que remarcarlo: el sentido del espectáculo fue pleno, Marty no se limitó a ejecutar con soltura el instrumento, recorrió el escenario como el living de su casa, o más niponizado, se deslizó como sobre patines sobre el tatami, dejando en claro que la guitarra no solo se toca con los dedos o el alma, sino que de cuerpo entero.
El escenario se tiñó de colores y con una fuerte ráfaga de luces, arrancó la moderna y rítmica «Waka Hyper», con una intro grooveada y post rocker, con velocidades rápidas y mucho fill en la batería: fue el momento en que la bajista japonesa Wakazaemon (repita conmigo: Wakazaemon!), ejecutó unos slaps funketas en sus cuatro cuerdas y tomó el micrófono para cantarnos; su voz se oyó despacio, es verdad, y sería bueno revisar más adelante el registro grabado para apreciar con mayor claridad los bellos tonos de su interpetación.
A las 22:43 Marty Friedman aprovechó la energía desbordante del público chileno para detener las marchas y saludar al respetable, mandarse su correspondiente “conchetumare”, honor y deber que toda banda extranjera que toque en suelo chileno debe emitir, para lanzarse de lleno con su «Amagi Goe», una canción de pura vocación de intro animé japonés, transmitiendo drama, misterio, heroísmo y todas las capas de emociones, que cual montaña rusa, los japoneses, expresivos hasta la médula, saben imprimir a su arte.
Friedman estaba en su salsa, disfrutando el cumbión a toda vela: sonreía, gesticulaba, hacía mímicas a sus músicos y al público, y entre risas y virtuosismo se mandó el solo de «Tornado of Souls», dejando en claro que su etapa en la Mega-Muerte no fue circunstancial. La reacción del público no tardó en aparecer: volaron chorros de cerveza, y un rápido mosh al centro, haciendo gala al título de tornado, giró con una fuerza centrípeta veloz para acompasar la canción. «Kaze Ga Fuiteiru» en la misma línea, base rítmica sólida y juego de la guitarra solista a medio camino entre lo épico y lo emotivo.
22:03 y nueva pausa. Ya nadie dudaba de que presenciaríamos un show único, el sonido era impecable, el escenario sencillo pero articulado lumínica y espacialmente para que la banda desarrollase con maestría su trabajo. Marty tomó el micrófono y picaronamente anunció que ahora examinaríamos el lado más romántico del metal; todo no son tachas, combos y patadas, ahí estaba el amor, el sentimiento más noble y puro del mundo, esta vez convertido en música.
Nos fuimos con dos baladas de su última placa Drama, las canciones «Tearful Confession» e «Illumination», dos canciones compuestas bajo el signo del dolor, la pena y la traición, ideal para dedicárselas a la polola, o a esa ex que lo traicionó y lo entregó a sus enemigos, cual Judas Iscariote. El segundo guitarrista Naoki Morioka, no fue un mero comparsa rítmico, ejecutó solos, rivalizó con su maestro, entre bromas y desafíos, ejecutaron solos gemelos que quedaron más lindos que un atardecer en do mayor.
El voraz tiempo avanzaba, y se notó a la legua que el público intentó detenerlo para eternizar en un loop infinito el talento de Friedman y compañía. Hay que darle una distinción especial al baterista Chargeeeeee…, sí, leyó bien, así se escribe; el estrafalario batero de chasca teñida de rubio platinado, y vestido como el malo de los animés, a pata pelada saltó desde su banco metalizado para posicionarse arriba de los platillos con la velocidad hipersónica de un tigre, y moviendo su melena y colocando esas caras imposibles de los actores del teatro Kabuki, maquillaje incluido, atronó las percusiones, hizo bailar en sus ejes a los platillos, y golpeó con una fuerza sobrehumana cajas y bombos, que de seguro estaban revestidas en titanio, de lo contrario se habrían destruido al terminar la primera canción.
Hubo interpretaciones de discos clásicos de Friedman, como «Devil Take Tomorrow» o «Elixir» del Loudspeaker, con estructura blusera y momentos de introspección y maestría que quedaron impregnados en los oídos del respetable. Marty nos enseñó que la composición musical no se trata solamente de un repertorio de técnicas o esa velocidad interpretativa que cual youtubero busca impresionar a su público; la composición debe incluir calma, precisión, texturas, y velocidad también, pero no un torbellino de notas inentendibles, y fuera de toda esa clase maestra, además nos enseñó a decir “conchetumare” en japonés, ¡momento en que toda la audiencia gritó Mashipane! Qué palabra más bella, conchadetumadre, más que un insulto, es un recuerdo de que venimos todos de una santa madre.
«For a Friend» fue la interpretación del cierre, delicada y poderosa en cada nota, para dedicársela a esos miembros de la familia que uno sí eligió: los amigos. Entre vítores y coreos, llegó pasado las doce de la noche el cierre del cierre, vimos a un Marty ataviado con la camiseta de La Roja (Dios quiera que corra mejor ventura en el futuro), para interpretar su tema final.
Una velada así no se repite todos los años. Fue mucho más que un recital: fue una ceremonia estética, un manifiesto del poder transformador de la música instrumental cuando es tocada con el cuerpo entero. Marty Friedman y su banda no vinieron a cumplir con el público chileno; vinieron a incendiar el escenario, a reír, a conmover, a jugar y a entregar cada gota de energía como si fuera la última. Se grabó en video, sí, pero hay cosas que no caben en un archivo: la emoción, el calor del público, las miradas entre músicos, los solos gemelos como puestas de sol y el momento exacto en que todo el Cariola gritó “¡Mashipane, conchetumare!”. Eso no se olvida.
Sweet Home Santiago: Encendiendo el alma
Por Claudio Miranda.
Fotos por Rubén Garate.
Lo dice el querido músico e intérprete chileno Iván Torres, sea arriba del escenario o en alguna conversación con un parroquiano sobre el tema en cuestión: «estamos en Chile, es imposible hacer blues sonando como los negros«. No se malentienda, la frase del maestro apela a la identidad local como la esencia de un género surgido durante el amanecer del siglo pasado en el delta del Mississipi. En la década del ’70. Los Jaivas y Aguaturbia le imprimieron al asunto un toque de identidad local que, en vez de alterar su esencia original, lo hizo trascender hasta los recovecos del Sur del Mundo. Recién en los 2000, nombres como El Cruce o La Rata Bluesera terminarían por consolidar las bases del estilo en nuestro país, otorgándole al estilo una propiedad que demoró por muchas razones -incluyendo el retraso cultural que nos legó una dictadura de 17 años-, pero que hoy se siente como un hábitat familiar para quienes crecimos y respiramos durante años y décadas los sonidos del alma. En gran parte, espacios hoy legendarios como el programa «Santiago Blues» de la radio Futuro contribuyeron a la difusión y auge de un género que apela al sentimiento más puro, siempre bastándose de lo mínimo en clínica instrumental para dar el máximo de actitud y emoción hasta el sudor.
No es la primera vez que el blues chileno congrega a sus seguidores en algún evento en la capital, pero sí es necesario otorgarle a dichas instancias el valor merecido. Porque lo acontecido ayer en el teatro Cariola tuvo matices de encuentro de viejos -y nuevos- amigos. Tanto en el escenario como entre los asistentes compartiendo algún destilado, de alguna forma apaleando la helada santiaguina a base de sonidos vintage que crepitan a puro fuego y electricidad, literalmente.
Puntual y con un público que de a poco fue ingresando en masa, el arranque con Iván Torres bastó para sumergirnos en lo más granado de lo nuestro. Con el apañe de Tito Pezoa en la Stratocaster, da gusto ese blues que se imprime de lo chileno, lo cotidiano y lo pícaro. Desde el homenaje obligatorio a Johnny Blues -otro prócer local de los sonidos del alma-, hasta himnos de la talla de «Satánico al Peo», se arma una fiesta en que no se necesita nada más que una guitarra de palo, otra dando brochazos de electricidad y un compilado de historias que nuestro Iván Torres profiere con la sabiduría propia del barrio y el circuito subterráneo. Incluso su versión de «La Conquistada» es capaz de hacer trizas el corazón hasta del más escéptico. Y para generar tamaño efecto, hay que tener kilómetros de oficio y vivencias que se traspasan tanto a la escritura como al espectáculo.
Llega ahora el turno de Gonzalo Araya y Tomás Gumucio, cultores de una vibra quizás distinta pero siempre estudiosa de los orígenes del blues como lo conocemos hace casi un siglo. Adjunto a composiciones propias como el single «Walkin’ Blues», tanto el homenaje a Howlin’ Wolf con la angular «Spoonful» como la invocación a Muddy Waters con «Rollin’ Stone» se convierte en una clase de historia con aires de liturgia. Y es que entre la armónica de Gonzalo Araya y la guitarra chisporroteante de Tomás Gumucio, hay una idea que prevalece en el directo gracias a su genuino amor por un género musical que, desde siempre, ha navegado a contracorriente en favor de su propia matriz de expresión. De eso se trata, quizás de manera muy distinta a lo que pregona Iván Torres pero siempre dándole al asunto un cariz de actitud que requiere tocar esta música.
En un Cariola ya más prendido en cuanto a cantidad en cancha y palcos, el regreso de La Rata Bluesera a la capital es motivo de fiesta, de emoción y todo lo que detona una pieza como «El Tiempos es una Pistola». Empezando de menos debido a algún problema en el sonido, y yendo a más con la categoría que los hace desde hace más de 20 años una agrupación querida y dueña de un renombre ganado a pulso y talento en el circuito chileno, La Rata no se guarda nada. Con Javier Aravena a la cabeza, los valdivianos dan cuenta de una propuesta que absorbe música chilena y ritmos latinos para incorporarlos a su marca registrada. «La Paz», «Solo esta noche», «El viaje» y «Lluvias del sur», de a una asoman con una naturalidad que La Rata ha pulido hasta darle en el directo un desplante que perfectamente puede dar cara al consagrado de los libros de historia.
Tanto como la denuncia a lo que ocurre en el Medio Oriente o el recordatorio de un período nefasto en nuestro país mediante «Septiembre 1973», nos abruma el nivel de espectáculo que La Rata despliega con toda libertad e ingenio. Cuántas bandas locales, además de la enormidad musical, encarnan lo que es «echar fuego» de manera literal. Y acá se da el caso, con la artista Marta Ramírez complementando el atractivo visual de un estilo musical que abarca todos los surcos existentes y por haber. Al mismo tiempo, una extensa «Sube a Nacer Conmigo, hermano» nos permite apreciar el genio individual tanto de Lino Iturra en guitarra y Rodrigo Aguilera en el bajo como la simbiosis de una agrupación donde todos aportan a lo que construye y empapa La Rata de inicio a fin. «Del Sur», el cierre del repertorio, se da el lujo de incluir invitados de lujo como Claudio Bluesman y Gonzalo Araya, así como Iván Torres se suma a una versión de la infaltable «Santa Lucía», una pieza querida en el cancionero chileno. Poco que agregar a un show marcado por la cercanía y la honestidad, ambas potenciadas con un despliegue musical que sólo La Rata Bluesera logra hasta prender fuego un teatro repleto.
Cuánto se ha dicho de El Cruce como estandartes máximos del blues hecho en su país, en mi país, como reza una de sus producciones más importantes. «Voy por la Carretera» y la más pendenciera «Billetera o Puñalada» dan el puntapié inicial, seguidas por la más funky «Se nos fue el amor», lo más cercano a una versión chilena de «Miss You», el éxito ‘bailable’ que consolidó la vigencia de los Stones en el atardecer de los ’70s. El Cruce, tal como Sus Majestades, están en todo su derecho de incursionar en ritmos quizás cuestionados por el rockero duro en su tiempo, pero que triunfan en base a la convicción de sus creadores por incursionar en terrenos que pocos dominan a ese nivel.
Volvemos al blues más fiero con «Todo se Devuelve», una que se entona con puño en alto. La fiesta es total con «A Encender el Blues», mientras que «Mi Negra» y «Trato de hacer blues» -todas con acompañamiento de cuerdas y percusión extra- coronan la primera parte del show a punta de clásicos y un trabajo instrumental maravilloso. Felipe Toro, además de su inconfundible trabajo vocal, deja la vida con esos movimientos a lo Hendrix con su Gibson SG. Al mismo tiempo, aprovecha la sección acústica para exponer su calidad de intérprete realizado, secundado en el sonido por Gustavo Albuquerque en las teclas y el querido Claudio Bluesman. «La chinita», la más nueva «Soy Feliz» y «Elegía», proyectan en vivo el lado más íntimo de una banda que siempre la ha tenido clara respecto a hacer las cosas con identidad propia, sin descansar en una etiqueta y, al mismo tiempo, encarnar el auténtico valor de todo un estilo.
La tenacidad de «Mapuche», el protagonismo que se adjudica Bluesman en «Mi moto y un blues» y el groove contagioso de «La gata», todas piezas que entran una a una a echar abajo el Cariola. Para el cierre, «Me tienes loco» desbordando la última gota de sudor en la garganta. Como mandan Muddy, Howlin’ y el eterno John Lee Hooker desde el lugar que eligieron cuando decidieron vender sus almas a cambio del prodigioso don de hacer música, como lo hizo antes un tal Robert. Se enciende el blues, lo hace también el alma en la fría noche capitalina, la ciudad donde se cruzan ciertos destinos, algunos por elección y otros por la maldición a cargar en esta vida. Por acá al menos, con unos tragos y su baile al son del viejo y querido rock n’ roll es más que suficiente.
Beherit: Un debut cargado de blasfemia
Por Lukas Arias.
Fotos Beherit por Rodrigo Damiani @SonidosOcultos.
Fotos Execrator y Sporae Autem Yuggoth por Rubén Garate.
Una noche largamente esperada por los seguidores de la música oscura finalmente llegó: el ansiado debut de los finlandeses Beherit, encabezados por Nuclear Holocausto Vengeance (Marko Laiho), marcó una velada repleta de oscuridad y blasfemia en el Teatro Cariola.
El recinto de la calle San Diego comenzó a llenarse poco a poco desde temprano. Los encargados de abrir la ceremonia fueron Sporae Autem Yuggoth, quienes, con su fusión de death/black metal teñido de elementos sinfónicos y atmósferas densas, dieron inicio al gran ritual de la noche. Riffs intensos y sintetizadores envolventes construyeron una atmósfera cargada de misterio y ocultismo, preparando el terreno para lo que vendría.
Más tarde, la blasfemia se apoderó del Teatro Cariola con la llegada de Execrator. El enigmático Álvaro Lillo maldijo a todo el recinto con un escalofriante: “En el nombre de Satán, esto es Execrator”, dando paso inmediato a “Tears… Blood”. Con un death metal directo al hueso, crudo y sin concesiones, la banda desató un vendaval musical que estremeció a todos los presentes.
Cinco minutos antes de las 22:00, el cuarteto finlandés tomó posición en el escenario. Una pista atmosférica comenzó a envolver el Teatro Cariola, cargada de un sentimiento de soledad y apocalipsis, que se extendió por varios minutos hasta romperse con los primeros acordes de “Lord of Shadows and the Goldenwood”. La voz de Marko Laiho, distorsionada por efectos vocales, sumaba brutalidad a sus cantos repletos de blasfemia, satanismo y ocultismo.
El set estuvo fuertemente centrado en su obra más emblemática, Drawing Down the Moon, del cual interpretaron ocho canciones durante los 80 minutos que duró el ritual. Las luces en tonos azul y púrpura aportaban un aura enigmática, elevando aún más el ambiente sombrío de la noche.
Sonidos etéreos emergían desde el programador de la banda, envolviendo su crudo black metal con capas electrónicas y ambientes densos. Las voces adicionales de Juha Laine aportaban una capa aún más desgarradora, dándole un carácter abismal a cada interpretación.
En pocas palabras, fue un concierto arrollador de principio a fin, donde la propuesta musical y visual se entrelazó en una experiencia inmersiva y perturbadora.
Tras interpretar “Pagan Moon” en el encore, los músicos se retiraron en completo silencio, sin agradecimientos ni despedidas. El público, desconcertado, quedó en duda sobre un posible segundo regreso. Pero las luces encendidas del recinto confirmaron lo inevitable: Beherit ya había dicho todo lo que tenía que decir… a su manera.
The Metal Fest 2025, a pesar de todo el metal sigue mas vivo que nunca.
Texto y Fotos por Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Hablar de este festival, es hablar de la historia del metal en CHILE. Aun recuerdo la primera versión de este festival que se realizó por allá en el 2012 si mal no lo recuerdo. En el mismo lugar y con una gran cantidad de bandas ad hoc al estilo. Por que recordar la primera versión con la ultima realizada este año, simplemente por que el ambiente y la convocatoria fue bastante similar. Además que la banda nacional Nuclear se repetiría el plato en el mismo escenario de la vez pasada, ahora ya con un gran discografía lanzada, giras y mucha experiencia en el cuerpo.
Era el mediodía y no se veía mucho ambiente en las afueras del Parque O’Higgins, pero ya en la entrada la cosa fue cambiando a medida que iba pasando la hora. La banda que inauguro dicho festival, fue de Terminal Prospect donde milita el también baterista de Dogma , por lo que la hinchada también se hizo presente. Para ser las 13;15 encuentro que hay la suficiente gente para inaugurar la cosa como corresponde. Con temas brutales, dinámicos y con toda la esencia del metal europeo donde milita el resto de la agrupación es que el grupo dijo presente, dejando una buena impresión por parte de los metaleros nacionales quienes pudieron verlos nuevamente al día siguiente en un show en MIBAR /Barrio Italia. El show de los europeos duro un poco menos de 50 minutos dando la energía necesaria al respetable para ir corriendo a ver el debut de Nile en el movistar arena.
Con el escenario a mitad del movistar arena es que recibió a NILE y a los fanáticos que llenaron ese pedazo de la cancha para presenciar un show brutal, y es que NILE toca con toda la fuerza y potencia del death metal mas clásico. Banda liderada por karl Sanders, quien también se defiende en las voces. El cuarteto transito por su discografía destacando los temas «Sarcophagus» y «Vile Nilotic Rites» entre otros. Un show redondo que fue disfrutado por los miles de asistentes, quienes al parecer como yo no habíamos podido ver a esta banda en vivo, y la presentación fue bastante sorprendente en todo sentido.
Con el show ya finalizado es que salgo apresurado para no perderme ningún detalle de lo que seria el show en el escenario exterior. Era el turno de Diametral, agrupación que mezcla varios estilos del metal y que logro captar la atención y el respeto del publico, quien los escucho y pudo disfrutar de los primeros mosh del festival, Dentro del set interpretado me llamaron la atención dos temas nuevos , sobre todo el titulado OnlyFan, que habla de lo penoso que esta la sociedad el día de hoy mas preocupados de mostrar lo superficial que lo esencial. También destaco el single I’M THE TRUTH, uno de los mas escuchados en el SPOTIFY de la banda. Diametral demuestra la renovación en el metal chileno, en cuanto a forma y estilo.
Seria el turno de la agrupación canadiense ,VOIVOD quien nos entrego uno de los mejores show de la jornada. Uno rodeado de mucho estilo y profundidad con un bajo candente y unas guitarras realmente afiladas. Este grupo nos trajo de recuerdo el año 2014 cuando el grupo toco por primera vez en Chile y en el mismo festival. Menos de 10 años el grupo comandado por el vocalista Denis Belanger (Fundador del grupo que se fue y volvió) y el baterista Michel Langevin es que pudo regresar para mostrar todo su estilo único. El cual mezcla el Stoner, DOOM con el thrash metal por solo mencionar algún estilo. Un show que fue de todo mi gusto donde se destacaron los temas «Nuclear War» y «Voivod»
Nuevamente ya finalizado el show de los canadienses nos vamos casi corriendo a ver a NIMROD, una de las bandas con mayor trayectoria en el metal chileno y que debe haber sido una de las sorpresas para el respetable y para mi. Con dos vocalistas desde el tercer tema en escena Gary Wayne y Leo Caballero es que el grupo nos entrego una espesa dosis de thrash metal simplemente al grano y sin mucha parafernalia al respecto. Metal directo con sabor chileno y con el aporte del gringo Gary quien entrego y aporto su sello en vivo con canciones particulares mostrando todo el oficio del grupo gracias a su creación por allá en el año 1985. Ya con un publico mas eufórico es que la cosa nuevamente tuve que aplicar el acelerador para poder llegar al otro escenario.
Era el turno de los británicos de Paradise Lost, uno de los números mas esperados por parte de la gente que nos entrego un show oscuro, denso y muy preciso muy ad hoc al metal gótico que interpretan, mezclando también el DOOM y otros estilos del rock pesado de hecho se les cataloga como uno de los padres del Death Doom. De hecho los primeros 4 o 5 temas el grupo interpreto su setlist con muy poca luz en el escenario, siendo la música el principal ingrediente para disfrutar, siendo el peor enemigo para los fotógrafos presentes jajaja. El grupo en su formato de festival es que presentan temas de toda su discografía destacando los singles «Enchantment» y «The Last Time» ambos del álbum «Draconian Times» (1995) para mi una de las pieza fundamentales del estilo y sello indiscutible de la banda. Si bien no hubo mosh ni nada parecido si se pudo apreciar a los metaleros nacionales en un verdadero trance, casi hipnotizados por los británicos.
Era el turno de la agrupación nacional BOA, banda que hace unos años perdió a su vocalista fundador Gustavo Romero. El otro fundador y guitarrista Gerhard Wolleter, a cargo de la composición es que se hizo cargo de llevar la batuta en este nuevo BOA, el cual mostro en sociedad a su nuevo vocalista Luis Toro (Ya no tan nuevo pero muchos lo vieron por primera vez en escena). La agrupación también sumo a sus filas al también bajista de NUCLEAR Roberto Barria. Esta nueva alineación nos mostro una banda renovada en todo sonido, sonando muy pesados y trayendo toda la esencia del NU METAL mas pesado. Un show redondo donde destacaron los temas «Fuego» y «Sangre» dentro de sus 7 temas interpretados.
ya en el interior del movistar arena, era el turno de una de las bandas principales de este Metal Fest, los británicos de Carcass, uno de los principales interpretes del death metal melódico del mundo. Con una trayectoria de 39 años desatando su furia en todos los escenarios del mundo. Lo realizado por este cuarteto sin dudas quedara como lo mejor de esta edición, donde el publico apoyo y griterío durante toda la presentación . De hecho las bengalas salieron desde el segundo track interpretado generando la locura en el presente respetable logrando los MOSH mas brutales de la jornada. Fueron 14 los temas interpretados en total generando la locura total los pertenecientes al disco «Heartwork» (1993) siendo Buried Dreams, Death Certificate , Heartwork , No Love Lost y This Mortal Coil canciones que sin dudas dejaron satisfechos a todos los presentes recordándonos este excelente material del metal extremo. Demostrando que esta banda hace rato que juega de local en Chile. No queda mas que felicitar a la agrupación y desear que puedan volver lo antes posible a este largo país.
Ya con los ánimos bastante arriba y con un incipiente frio es que salía a escena en el exterior la banda SQUAD, quienes lamentablemente perdieron a su ultimo vocalista hace muy poco tiempo. Por lo que el show realizado sin duda fue un tributo a Chris Squad quien debe haber estado en la memoria de sus integrantes, al menos el publico escucho con mucho respecto a la banda y disfruto también de varios mosh bastantes explosivos. En la voz estuvo Daniel Saez, uno de los creadores de la banda quien volvió al grupo después de la tragedia antes señalada. Un show redondo y de alta frecuencia nos pudo entregar la banda originaria de Santiago de Chile.
Era la hora de recibir a uno de los números principales de este The Metal Fest 2025, Saxon una de las bandas mas representativas del heavy metal mundial originarios de Inglaterra que nos trajeron todos sus temas clásicos y toda la onda que el grupo representa en vivo. Pero no puedo no destacar la increíble labor de Biff Byford, eximio vocalista y fundador de la banda que a pesar de su edad, logra interpretar a la perfección cada nota, mostrando el alto nivel que la banda tiene en la actualidad. Entregándonos uno de los show mas largos del festival y en donde el respetable lleno la capacidad de la mitad de movistar arena. Dentro de los temas que mas disfrute estuvieron «Dogs of War», «Heavy Metal Thunder» y el clásico masivo «Princess of the Night» , tema con el cual cerraron su show y sin dudas uno de los himnos del género del heavy metal.
Si los padres del Death Doom tocaron unas horas antes, era el turno de los padres del mismo estilo pero nacional, así es POEMA ARCANUS, es sin duda la banda principal en el estilo, con muchos años de carrera y que increíblemente siguen igual de vigentes que hace mas de 20 años. La banda entrega un poder y una interpretación única, que es capaz de hipnotizar a cada oyente. La banda solo necesito de 6 canciones para conquistar al publico nacional e internacional que se encontraban ya muy abrigados en el escenario exterior del movistar arena. Dentro de los track destacados me quedo con «Walls» tema que abrió la jornada y con «Winds of July» canción con la cual la banda cerro su paso por The Metal Fest 2025, dejando la vara muy alta para el cierre del escenario junto a Nuclear.
Sin dudas una de las bandas mas polémicas fue SABATON, lo anterior por que muchos fanáticos simplemente no les interesaba ver al proyecto, situación reflejada en redes sociales y en los principales pasillos del recinto capitalino. Pero la verdad es que Sabaton entrego un show solido y con el virtuosismo y modo épico que acostumbran sus shows. Pero también es verdad que la banda o te gusta o la odias, es así de simple .Creo que la recepción del publico fue bastante honesta y de mucho respeto pero tampoco fue el numero mas valorado del festival, de hecho se cuestiona por que los pusieron como cabeza de cartel junto a Kerry King, pero bueno esas interrogantes solo puedan responderlas los organizadores y productores del fest. Para mí parecer la banda entregó un show correcto y épico para quienes gustamos del estilo. En fin en cosa de gustos no hay reglas claras.
Después de una larga jornada de metal y ya con un frio bastante avasallador es que sale a escena NUCLEAR, quinteto oriundo del norte de Chile que ya lleva muchos años erradicado en Santiago lograron entregar un show potente y que no dejo ningún detalle al azar. También hay que señalar que el patio exterior por primera vez durante toda la jornada estaba realmente a tope, también fueron momentos notables cuando el respetable por fin prendió una bengala y realizó un mosh de los épicos, de esos que quedarán en la cabeza para siempre. Si bien el publico a esta altura ya estaba bastante cansado, este igual entregó todo de si, ocupando los últimos cartuchos de batería disponible, al igual que mí cámara de fotos.
Ya con una larga jornada con metal chileno e internacional es que llegaba al escenario principal KERRY KING, quien fue guitarrista de una de las bandas de metal mas importantes del mundo Slayer. Y era obvio que su show se iba centrar en su disco solista estrenado hace muy poco titulado «From Hell I Rise» del cual estallaron 12 canciones, destacando «Residue» e «Idle Hands» para mi las mejores canciones de su trabajo solista. Los demás 7 temas interpretados fueron de obviamente Slayer y también de la doncella de hierro (Iron Maiden). Pero sin dudas el momento mas memorable dentro de la hora y media de show, fue la interpretación del clásico «Raining Blood» donde el publico desato su furia en un brutal mosh, gastando sin dudas todas las pilas que a esa altura ya quedaban en el respetable. Fue escogido bien la ultima banda del cartel, la verdad que a mi parecer si. Ya que el peso de Kerry King es innegable en el metal mundial, y su nueva propuesta merecía estar a la altura de aquello.
En resumen, un The Metal Fest que se vivió de forma tranquila, hecho que me llamo sumamente la atención, la gente estaba cansada o apagada no se si por la vida misma o simplemente por que estamos viviendo un año denso como sociedad. El publico se porto bien, pero en momentos se le vio apagado algo que nunca había visto en este fest. Quizás el cartel no prendió como en años anteriores, eso solo lo dirá el tiempo. Pero al menos nosotros como SONIDOS OCULTOS lo disfrutamos un montón, ya que ver a 14 bandas en un día ya sea de tu país y de afuera se agradece y se valora un montón. Larga vida al Metal Fest y esperamos que esta baja convocatoria no sea impedimento para poder mejorar las bandas a traer en un futuro ojalá cercano.
La Ciencia Simple: el día en que se hizo visible el sonido
Por Pablo Rumel.
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
“Los seres humanos hemos creado un mundo que se reduce a nosotros y a nuestros artefactos”.
Ursula K. Le Guin
Si el arte debiera rebelarse contra algo, sería contra esta simplificación que denunció la escritora: la de un mundo estrecho, hecho de cosas. La música, al igual que la estratificación de la Tierra, ha generado diversas capas en cada época y lugar, desde sus primeros intentos de sistematización con Pitágoras, pasando por notaciones rudimentarias en los monasterios medievales, hasta las moderna teoría musical; como contracara está el ruido, el grito, el noise y la experimentación, el ala vanguardista del jazz y más atrás los indescifrables patrones rítmicos de los tambores africanos o el uso chamánico de la música en ceremonias de apertura hacia lo desconocido; Ya en la Antigua Grecia se inducía a las personas a estados hipnóticos mediante los rituales de incubación: ceremonias en las que el iniciado era guiado hacia estados alterados de conciencia, a menudo con el uso de instrumentos que imitaban el sonido de serpientes. En ese trance, los sueños se convertían en vehículos para recibir mensajes divinos.
El arte musical de La Ciencia Simple vibra en consonancia con estas ideas, en la conjunción de lo humano, de lo técnico-científico, con la compleja simpleza del universo y sus formas. El mismo Pitágoras, ya citado más arriba, al ver una piedra dijo a sus alumnos “esto es música congelada”. Bien saben los guardabosques que los árboles, según especie y edad, emiten un sonido particular, campos sonoros en los que los abedules filtran el sonido de las hojas y el crepitar de las ramas diferente a lo que haría un bosque de pinos o eucaliptus.
He aquí una idea potente: la música es el único arte ejecutado por humanos que es anterior a la existencia de nuestra especie: como testimonio tenemos al núcleo de los átomos, donde encontramos vibraciones que se producen a una velocidad extraordinaria, hasta cien billones de veces por segundo, creando un sonido veinte octavas por encima del alcance de nuestro oído.
Por eso la música subyuga. Por eso es tan poderosa.
El 14 de mayo de 2025 quedó marcado en el calendario no solo en nuestros oídos, sino también en nuestras retinas. Fue el día en que La Ciencia Simple visibilizó el sonido. Y no, no son metáforas. La sonoluminiscencia, por ejemplo, es un fenómeno físico observable en ciertas burbujas: cuando se someten a sonidos de alta frecuencia, implosionan y emiten luz. La sinestesia es otro fenómeno documentado, donde un sentido —como el tacto o la visión— puede inducir otro, como el gusto o el oído.
A las 20:00 horas, con una sala Ceina repleta y en sintonía con la búsqueda de nuevas experiencias, Horizonte Vertical —proyecto solista de Letu— ofreció un viaje musical inesperado. Sin voz y armado únicamente con su guitarra eléctrica, el músico creó y recreó pasajes sonoros en vivo, sin apoyarse en pistas ni recursos pregrabados, cautivando al público con una propuesta auténtica y envolvente. ¿Cómo lo hizo? Utilizó una plataforma de loops en las que iba grabando in situ secciones y patrones, para generar, más que una experiencia de hombre-orquesta, la de un músico que creaba capas sonoras en las que llenaba los espacios con vibración y sonido. Horizonte Vertical pertenece a una constelación de nombres como Pierre Schaeffer, Éliane Radigue o Iannis Xenakis, todos con sus particularidades, pero teniendo como “horizonte” el corte distintivo, lo abstracto, lo arquitectónico, lo disonante, lo surreal. Fueron tres piezas en total, las cuales fueron creadas expresamente para la ocasión.
Ni doctos ni populares: La Ciencia Simple abre las sonoridades del mañana
Promediando las 21:00 pm y ya dispuestos alrededor de una pantalla de cine, La Ciencia Simple emergió en penumbras, literalmente, apenas iluminados por un tenue juego de luces, quienes dieron marcha al espectáculo. A la diestra del escenario, el baterista Gonzalo Valencia tocó de perfil al público, acompañado de cerca por Octavio Cañulef, encargado de proyectar una serie de films creados expresamente para la música, y no al revés, como se hacía en los tiempos del cine mudo, cuando un pianista debía improvisar una banda sonora. Más que cine musicalizado, lo que vimos fue música cinematografiada. Música e imagen en divergencia y convergencia, correlacionadas en un espectáculo donde cada nota se fundía con los fotogramas.
El arranque fue un tema nuevo de la banda, sin nombre de momento, que actuó de embudo o principio para todo lo que vendría: texturas de guitarra, bajo y batería, con la imagen persistente de un remolino de agua, el que integraba en su conjunto la forma del espiral pero también del vacío. A continuación le siguieron «Ecos» y «235», acompasadas con imágenes de niños jugando en un columpio, el vaivén del viento, pero también de los recuerdos, con luces navideñas que se fundían con las guitarras arpegiadas y los ritmos sincopados de la batería. Atrás, Jorge Schain en las cuatro cuerdas, aplicó con maestría las líneas de bajo, marcando las silencios y arranques rítmicos, y en más de una ocasión atacó con frecuencias bajísimas, produciendo esa vibración que nos recuerda la corporeidad de la música.
El desempeño de los guitarristas fue sobresaliente. Aunque géneros como el post rock y el math rock no exigen la velocidad de otras escuelas, sí requieren una rigurosa precisión rítmica, marcada por patrones irregulares y compases poco convencionales. Entre disonancias calculadas y melodías construidas en tiempo real, cualquier error se vuelve evidente. La distorsión, lejos de servir como camuflaje, se emplea estratégicamente para intensificar pasajes —habitualmente cargados de tensión o rabia—, resaltando aún más el control expresivo del intérprete. Rienzi Valencia y Edgar Sandoval destacaron por la excelencia de su performance, y Edgar, en especial, por su versatilidad en el escenario, especialmente en la canción «Enmudeció durante largo tiempo», donde se movió entre los sintetizadores y las seis cuerdas sin percances ni contratiempos.
Durante «Sueño Azul» vimos en el escenario la proyección de un cohete estallando en llamas (¿el transbordador Challenger?) y el derrumbe de edificios y estructuras. El trabajo visual de Octavio Cañulef, artista multimedia y diseñador, fue soberbio, conjugado y jugado con la propuesta musical. La abstracción-concreta de bandas similares, como 65 Days of Static o God is an Astronaut, reposa en la imagen visual que proyectan, así como en los títulos de sus canciones; no en las líricas, que son inexistentes, ni en compases identificables como el de otros géneros. Tienen que ver con el estallido de patrones (This Will Destroy You), con la pura rabia (Collapse Under The Empire), con la explosión pura (Explosions in the Sky), sedimentos volcánicos que recogió con maestría el corte «Cruz del Sur», fuego, ira, estampida, pero sabiduría, porque el fuego crepitante no solo forja espadas o armaduras, también es el lugar donde nos juntamos para contarnos historias junto a finos brebajes.
La triada de últimas piezas vino con «Sueño Azul», «Domingo» y «Noisetalgia», cierre perfecto, que promedió un total de casi una hora y veinte minutos, con una ejecución perfecta que mostró a la banda en su mejor forma, en una etapa creativa en alza, y con ideas concretas que pudimos ver materializadas ante nuestros ojos.
Edgar Sandoval agradeció la presencia del público y llamó a que estuviésemos atentos a la productora Beatnik, que no solo hizo posible este evento, sino que prepara una agenda que de seguro interesará a quien esté leyendo. El ambiente fue perfecto, de sintonía, la sonoridad se oyó con una acústica excelente, las personas abandonaron la sala con sonrisas en sus caras, y sin abusar de metáforas ni comparaciones, iban como flotando entre los acordes y las visuales que La Ciencia Simple imprimió con maestría aquella noche inolvidable.
En tiempos donde lo sensorial suele estar sobredeterminado por algoritmos y fórmulas repetidas, experiencias como esta reafirman que aún es posible conmoverse con lo inasible, con aquello que no busca complacer sino perturbar, emocionar y expandir. La Ciencia Simple no solo ejecutó un concierto, sino que propuso una apertura perceptiva donde música e imagen, ciencia y arte, tecnología y emoción se entrelazaron en una urdimbre única. Como una arqueología del porvenir, su espectáculo nos recordó que el sonido también puede verse, tocarse, pensarse, y que lo simple —cuando se afina con rigor y sensibilidad— puede contener toda la complejidad del universo.
Ficha técnica
Concierto de cine visualizado
Artista invitado: Horizonte Vertical.
14 de mayo de 2020, 20hrs.
Centro Arte Alameda – Sala Ceina, Arturo Prat 33. Metro U. de Chile.
*Nota: Gran parte de las ideas expuestas en este artículo fueron recogidas del libro “La música: Una historia subversiva” de Ted Gioia, crítico de jazz e historiador musical estadounidense.
BURNING WITCHES: NO ERAN ÁNGELES… ¡ERAN BRUJAS!
Por Pablo Rumel
Fotos Eric Ibáñez @FotosMetal
Un lluvioso Santiago recibió a la banda suiza Burning Witches en el marco de su gira por Latinoamérica, cosechando excelentes críticas tras su último paso por Brasil, y con los nervios a flor de piel, pues se trataba de la primera presentación de las brujas en nuestro país.
La formación traía dos cambios, el reemplazo por maternidad de la guitarrista Larissa Ernest por la estadounidense de amplia trayectoria Courtney Cox; y por otro lado Romana Kalkhul, fundadora y mente maestra de la banda, quien anunció hace poco que se viene una nueva etapa en su vida pues está embarazada, dejando la responsabilidad de las seis cuerdas a la holandesa Simone van Straten.
LOS TELONEROS
A las 19:10 calentaron los motores los nacionales de RYF con un estruendoso metal de grueso calibre, destacando la performance de su vocalista y guitarra rítmica ART, quien trituró el escenario con clásicos de la banda como «Nekro», «Caerás» y «Spketra»: afinaciones bajas, percusiones brutales, voces rabiosas y líricas más agrias que yogur vencido en mochila de colegio. El bajista Rodifire, estiró las cuerdas como tendones de animales colgados en mataderos, y para subir la temperatura del show saltó a la primera línea ejecutando poderosas líneas para el deleite del respetable.
A las 20:03 se subió al escenario Terror Society con su propuesta thrashmetalera con toques death vieja escuela: ritmos machacantes, baterías aceleradas, voces punzantes como látigos y riffs afiladísimos. Repasaron parte de su discografía e incluso interpretaron «Hypocrite», adelanto de su próximo disco que ya se está fraguando en alguna caldera del infierno.
A medida que los Terror rasguñaban las cuerdas y daban enérgicos saltos en escena, con altos momentos de veloces tapping y cambios de marchas en las baterías, la sala del RBX se repletaba: la expectación por ver a las heavymetaleras era alta, e incluso varios asistentes llegaron desde regiones con tal de vivir la experiencia. Los nacionales agradecieron la oportunidad y con sus puños en alto se bajaron de las tablas. Eran las 21:00 pm y la lluvia recién había amainado.
AQUELARRE ULTRA HEAVY POWER METALERO
Con una pista grabada que evocaba a lamentos y ruidos de catacumbas, ruidos de cadenas y plegarias antiguas, el escenario se oscureció a las 21:00 en punto. Como por acto de sortilegio, el escenario fue invadido por cinco guerreras del metal, que sin dilación reventaron la sala con «Unleash the Beast». Saltando a primera línea, la atlética Laura Guldemond vocalizó un sonoro grito agudo para lanzarse con sus líricas combativas: lanzó patadas y combos al aire, dejando en claro que si algún despistado iba a verlas por su imagen se llevaría un chasco, ellas no estaban ahí para agradar, estaba ahí para arrasar.
Sin dar respiro, un ataque de guitarras gemelas arrancó los primeros compases del ya clásico «Dance with the Devil». La voz de Laura se acopló muy bien a la interpretación, con su timbre de tonos medios a altos, con ligeras notas raspadas y una potencia sónica que no falló en ninguna nota: esta bruja no solo canta usando el diafragma, canta usando la rabia acumulada de siglos de hogueras y silencios forzados: y se le nota. Sin dejar de lado la escenificación teatral, se atavió unos largos antifaces negros, para recordarnos que no todo es orgánico y real, existe la imitación, la mascarada, la ilusión espectral.
Lo que no fue ilusorio fue el sonido de Burning Witches: crudo, sin pistas de acompañamiento, sin autotune, sin metrónomos, sin teclados, heavy metal a puro pulso; si un acorde fallaba, la batería y el bajo se encargaban de redireccionar la maquinaria, si un platillo sonaba de más, el solo de guitarra llenaba el espacio, y así, en una conjunción energética, en una cuestión de pura musculatura y fuerza, el estruendo brujeril se levantó al igual que un hechizo salido de un grimorio: para atrapar con su magia a los presentes.
Como rayo llegó «Maiden of Steel», un clásico salido de la NWOBHM, con riffs arrastrados y galopantes, compases machacantes y atmósfera épica: la bajista Jeanine Grob lució concentrada, un poco más atrás para solventar el peso que la canción pedía, ejecutando las líneas de bajo a pura uñeta; Courtney en el ala izquierda del escenario y Simone a la derecha aportaron la rítmica y los juegos de solos.
«Nine Worlds», en una tónica más pesada, más cercana al acero atronador de Blind Guardian, terminó por cerrar el aquelarre en un círculo de fuego: las Burning habían demostrado con creces que eran mucho más que artistas de estudio de grabación, sonando igual de verosímiles y más eléctricas que en sus placas.
Laura Guldemond fue un portento. Saludó al respetable con algunas palabras en español, recordó a la fundadora Romana que está en momentáneo retiro, agradeció la presencia y la fidelidad del público, posó con la bandera tricolor y arengó al público a entonar un “olé-olé”: la escena fue su aquelarre, y cada aullido, grito y canto un hechizo incendiario, una pócima de amor arrojada al público. Su energía fue desbordante, la elección para ocupar tan importante puesto en esta banda, una sabia decisión.
«The Dark Tower» fue el último tema interpretado de su última placa: intensa, emotiva y destructora. Le siguieron «The Spell of the Skull», «Wings of Steel» y «Black Widow», tripleta que recordó las antiguas glorias del llamado US Power Metal: coros épicos, solos veloces, ritmos relentizados y power chords retumbantes. Temazos bien ejecutados, sin las ansias de sonar a vanguardia o crear un sonido diferente: Burning Witches son retaguardia poderosa y envolvente en tiempos de IA y modas vacuas, arcón de tesoros perdidos, cultoras de la Wicca y protectoras del Metálico Santo Grial.
BRUJAS BATIENDO EL CALDERO DEL METAL
Se suponía que la banda dejaría el escenario para entregar nuevas canciones ¡nada de eso! La brujería no se detuvo, y tras unas palabras al público, se lanzaron de cabeza con «Hexenhammer»: la artillería rítmica a cargo de Lala Frischknecht sonó precisa, sin fallo en sus golpes, y el único pero que debemos recalcar, es que quedó demasiado empotrada atrás en el escenario y con baja iluminación, lo que debería mejorar en futuras performances, pues visualizar al baterista agrega un nivel más de especularidad al show.
«Flight of the Valkiries» fue una power ballad correcta, al igual que «The Witch of the North»: sabíamos que nos acercábamos al cierre, y ya lo sabe quien nos lea, que cuando se produce la magia en el escenario el tiempo se comprime: una hora parecen diez minutos y diez minutos apenas unos segundos.
«Lucid Nightmare» fue anunciada por Laura, quien sin perder un ápice de su energía se movió por el escenario arengando y ejecutando nuevos movimientos marciales para espantar a las malas vibras. Lo que nadie sabía, lo que nadie sospechaba, fue el momento épico que quedará tatuado a fuego en los presentes. Como por arte de magia, Laura desapareció del escenario, pero ¡seguía cantando! ¿Dónde estaba? ¿Corrigiendo algún problema técnico o de vestuario? ¿Saldría arriba de una escoba planeando sobre nuestras cabezas? No, pero casi. Se materializó al centro del público: nadie lo podía creer, y los presentes no sabían sin abrazarla, sacarse una selfie o invocar a la Virgen María. El público no destiñó y coreó con ella las últimas estrofas, y de manera respetuosa (o quizá temiendo un sortilegio mortal), la ayudaron a volver al escenario.
Estaba todo listo para el cierre. La gente pedía a gritos Holy Diver, el cover de Dio tremendamente bien ejecutado por las brujas, pero aquella petición quedará para una próxima. A cambio cerraron con «Burning Witches», canción-himno que resume toda su filosofía metalera: la verdadera amenaza no son las brujas, sino el miedo que las crea; el horror no es la religión, sino los fanáticos que se travisten de fe para ocultar su oscuridad.
Burning Witches ofreció mucho más que un concierto: conjuraron un aquelarre sónico que desafió los estereotipos, rompió hechizos de incredulidad y selló con fuego su primera visita a Chile. En un mundo musical cada vez más domesticado por algoritmos, las suizas defendieron con uñas, riffs y actitud una visión artesanal, física y feroz del heavy metal. No vinieron a complacer: vinieron a arrasar. Y lo lograron. No eran ángeles. Eran brujas. Y en Santiago encendieron la hoguera correcta.
Setlist
MISA METALERA POWERLOBUZNA
Por Pablo Rumel.
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos.
Benditos, Perdidos y Poseídos: Crónica de una Liturgia Metalera
El Teatro Cariola fue testigo de una misa pagana electrizante donde riffs benditos, alaridos guturales y una imaginería sacra deformada se fundieron en una noche irrepetible. Desde los truenos veloces y sacrílegos de Hëiligen hasta la liturgia gótica y teatral de Powerwolf, pasando por la elegancia oscura de Lord of the Lost, el ritual metalero fue total: una procesión de herejes con el puño en alto, dispuestos a comulgar con cada golpe de bombo y cada lamento de guitarra.
PRISIONEROS DEL METAL
A las 19:15 las luces se apagaron, y como relámpagos encendiendo la oscuridad, los muchachos de Hëiligen oficiaron de sacristanes en una larga noche de cruces, hombres-lobos, monjas y demonios. «Lighs in the Darkness» fue el tema escogido, un heavy con mucho sabor a vieja escuela, con riffs speedsmetaleros e interludios con punteos de guitarra. Siguió «Back in the Game», con un ritmo machacante pulimentado por Javier Bravo a los tarros y Hugo Álvarez al bajo, luciendo ambos en un discreto segundo plano, todo para darle el protagonismo a Mörder, ataviado con un outfit ochentero y una calva reluciente, que nos regaló fuerza y energía a raudales.
«Prisioners of Faith» siguió en la misma tónica, riffs entrecortados y galopantes, gran trabajo de los guitarras Hugh Der Hëiligen y Marco Pincheira, con una base rítmica sólida, que dicho sea de paso, se oyó impecable, alto tonelaje y excelente ecualización, lo que demostró el profesionalismo de los expertos a cargo.
La pieza final fue «Rage of the Gods» que despegó con un tremendo grito heavymetalero, agudísimo y templado como el acero, demostrando el alto nivel de Hëiligen, que sonaron más pesados y veloces que sus placas de estudio, no en vano ya son diez años de circo sobre las pistas, un cierre perfecto para caldear los ánimos en un Teatro Cariola que de a poco se iba repletando.
LOS SEÑORES DE LA PERDICIÓN
Con una propuesta escénica oscurecida, llegó el metal gótico teutón de Lord of the Lost, un (im)posible cruce entre The Cure y Rammstein, que sorprendió gratamente al público presente. Con un estilo clásico, pero que a momentos se desmarcó de las propuestas de toda la vida con velocidades crudas y gruñidos, Chris “The Lord” Harms rompió con un hachazo el hielo de la indiferencia y se mostró cálido con el respetable, acercándose peligrosamente a las primeras filas, para frasear a viva voz canciones como «Loreley» o «Destruction Manual», acompañado de una muralla sónica esculpida por las distorsiones melódicas de Stoffers y Mundigler.
Otro foco en escena fue el talentoso y carismático Gerrit «Gared Dirge» Heinemann, quien se encargó de prender las luces atmosféricas con su teclado, agregando incluso más peso a la percusión de estos “señores de la perdición”, y para ello se valió de platillos y bombos, potenciando así el trabajo del baterista Niklas Kahl, quien aunó velocidad y técnica; los expertos saben que la rítmica es fundamental en propuestas góticas, menos cargadas a las guitarras (que sonaron en afinaciones bajas), y más dadas a crear capas musicales, donde cada elemento tiene su candencia y su tempo.
Los muchachos interpretaron doce canciones en total, cerrando con la tripleta de «Die Tomorrow», «Drag Me To Hell», y «Blood & Glitter Die», señalando con creces que Lord of The Lost tiene la musculatura y solvencia de sobra para presentarse como cabezas de cartel en el evento industrial-gótico-metalero que se precie: dejaron la vara tan alta, que no faltó el pájaro de mal agüero que creyó que los lobos de Powerwolf desteñirían ante tremendo portento.
VIAJE AL FIN DE LA LUNA: RIFFS Y HUMO
Y por supuesto que el pájaro de mal agüero se equivocó. Promediando la 21:30, la escenografía se iluminó igual que una catedral gótica, el atril del micrófono fue reemplazado por uno con forma de cruz, las visuales mostraron arcos ojivales, y tras una rápida prueba de sonido, la noche cayó de bruces al escenario: la descarga generó mosh y aglomeraciones en las primeras filas, que a banging y saltos crearon el torbellino perfecto para recibir «Bless ‘Em With The Blade»: la homilía metálica había arrancado y ya no había vuelta atrás, recibiendo la bendición del sumo pontífice Attila Dorn, ataviado con ropas largas, a medio camino entre el faldeo sotánico (de sotana), y las ropas que habría vestido el temible Atila “Azote de Dios”, rey de los hunos, que causó la grande en épocas pasadas por toda Europa.
Y la grande quedó cuando arrancaron los primeros acordes de «Incense & Iron», un coro de ángeles y de hierro candente atravesó al respetable, que avanzó igual que filas de hombres-lobo hacia la nave de la Iglesia, y a gritos de ¡uh-ah!, los guitarritas Charles Greywolf y Matthew Greywolf rasgaron la noche con sus riffs más afilados que plegarias blasfemas.
Era un hecho irrefutable: el público se había convertido en un coro de almas entregadas a esta misa oscura, al grado tal que se crearon pit moshs, pero medievalizados, más centrados en el baile que en las patadas y los combos, hubo incluso momentos en que parejas bailaron, demostrando que el público sabe mezclar brutalidad metalera con elegancia barroca.
«Army Of The Night» fue la tercera pieza, y la voz de Attila ya no era un mero canto, era un sermón de acero destinado a tumbar a herejes y convertir a pecadores a la causa metalera, pues como dice el lema, metal is religión, el metal es unión, comunión, una sola voz alzada en la noche de las almas en pena. «Sinners Of The Seven Seas» sirvió como breve descanso entre el caos desatado, con ritmos medios y más presencia del órgano canónico de Maria Schlegel, con coros angélicos en medio de historias de mares y tormentas, incluyendo una enorme Jolly Roger (la bandera pirata), pero con las siglas de Powerwolf a la vista, alzada por el organista, quien no se limitó a levantar los compases hímnicos, sino que bailó, saltó de tarima en tarima e interactuó con Attila y el público, quedando patente que la juglaría metalera es más que ejecutar un instrumento: implica despliegue escénico y derroche energético.
Herr Attila Dorn regaló un despliegue escénico de lujo: su corpulenta figura de tenor se desplazó por agilidad entre las tablas, bromeó en inglés y en español, y como buen sacerdote metálico, entre cada canción nos sermoneó de lo lindo: hay demonios entre todos ¡pecadores!, dijo con convicción, y también recordó que los metaleros también bailan, pero no el punchi-puchi de las discos, sino que se baila con la muerte, codo a codo: invitó a saltar y a corear, creando pasajes de puro cántico a viva voz, que el público por supuesto respondió a la altura, creando momentos inolvidables que desde ya, sabemos que los presentes atesoraran como hueso santo.
«1589» fue un momento de mayor introspección, con riffs abiertos y poderosos, obra y gracia de la hermandad lobezna. No se nos pasó por alto, pero la propuesta de Powerwolf fue sin las cuatro cuerdas del bajo ¿alteró la calidad musical? Para nada, pues el trabajo de percusión sumado a la mezcla en pista de sonoridades creó melodías prístinas; si hubieran sonado envasados o huecos, otra habría sido la nota (entre un cuatro y un rojo), pero la pericia de los alemanes fue a prueba de balas (de plata), y otro de los momentos elevados llegó con «Demons Are A Girl´s Best Friend», herejía pura y sensualidad a raudales en una interpretación que llegó a la perfección teológica.
Ya casi al cierre los Powerwolf atacaron con «Sainted By The Storm» y «Blood For Blood», pura venganza escatológica en clave powermetalera; antes hubo bailes, bromas y una energía sónica que se enraizó en un sonido pulido, que de verdad parecía emergido desde una catedral. Los bises arrancaron con «Sanctified With Dynamite», y estamos seguros que de ser otras las condiciones y épocas, el público habría hecho caso a la lírica haciendo estallar todo por los aires. El cierre final llegó con «We Drink Your Blood» y «Werewolves of Armenia» ya pasadas las 23 horas, con una ejecución perfecta: sin acoples, sin problemas técnicos, con un nivel en decibles excelente. Y lo que es mejor: mostrando con solvencia un enorme catálogo lobezno, lo que da pie para que los Powerwolf regresen a nuestro país, pues estamos ante un trabajo que va en pleno ascenso creativo.
En tiempos donde los conciertos tienden a lo predecible, esta trilogía de oscuridad, velocidad y teatralidad dejó claro que el heavy aún puede invocar lo sagrado y lo profano sin pedir permiso. Hëiligen encendió la llama, Lord of the Lost oscureció el templo y Powerwolf selló el grimorio con sangre y gloria: una noche en que el metal no solo sonó, sino que resonó como credo, como comunión y como batalla.
FICHA TÉCNICA
Fecha: 5 de mayo de 2025
Productora: Chargola Producciones
Lugar: Teatro Cariola, Santiago de Chile
Setlist Powerwolf
Bless ‘Em With The Blade
Incense & Iron (Weihrauchschwaden)
Army Of The Night
Sinners Of The Seven Seas
Amen & Attack Fahnę
Dancing With The Dead
Armata Strigoi
1589
Demons Are A Girl’s Best Friend
Stossgebet
Fire & Forgive
We Don’t Wanna Be No Saints
Alive Or Undead
Heretic Hunters
Sainted By The Storm
Blood For Blood
Sanctified With Dynamite
We Drink Your Blood
Werewolves Of Armenia
W.A.S.P.: De rodillas en el altar del rock n roll
Por Claudio Miranda.
Fotos Cristian Calderón.
Quién hubiese pensado, tras esa noche de junio de 2005 en el Galpón 6 de la Ex Oz, que el retorno de W.A.S.P. a nuestro país se concretaría casi 20 años después. Una larga espera para el regreso, toda una vida para quienes quedaron con la bala pasada al perderse tamaño debut en suelo chileno. Esa noche, Blackie Lawless no se guardó nada, y estamos hablando de mucho más que el repertorio. La postal de Blackie tirándole trozos de carne cruda al público, tal como durante sus espectáculos en los ’80s, quedó enmarcada en oro para quienes estuvieron ahí rindiéndole culto a una leyenda del heavy metal en su edad de oro, con un despliegue de alto impacto visual que, al menos en su época, puso de cabeza a los paladines de la corrección política en USA y el resto del mundo.
Cuando hablamos de W.A.S.P., hay una trascendencia más allá de una etiqueta. Si bien su tirada discográfica hasta «The Crimson Idol» (1992) es de una jerarquía extraordinaria, su LP debut titulado con el nombre de la banda (1984) marcó un hito en todo aspecto. Eran los días de la Guerra Fría, cuando el entonces presidente Ronald Reagan se refería a la URSS como ‘el imperio del mal’, y el gobernante Partido Republicano buscaba el voto apelando a la inquietud cultural y religiosa. Es ahí cuando surge el PMRC, un organismo que buscaba regular la música que escuchaban los jóvenes. El heavy metal, por entonces, era tachado como ‘música corruptora de menores’, lo que incentivó a Blackie Lawless concebir una idea e imagen provocativa hasta más allá de lo permitido. Desde éxitos como «I Wanna Be Somebody» y «L.O.V.E. Machine», hasta bombazos del calibre de «School Daze» y «Hellion», W.A.S.P. -la banda y el álbum- disparaba a quemarropa contra la institucionalidad del «american way of life». Cuarenta años después, y con el panorama mundial en tiempos de alta turbulencia, el repaso en vivo de la placa mencionada no puede ser más acertado.
La jornada arranca a eso de las 19:40, con el veterano grupo nacional Enigma. 35 años de carrera, uno de los recorridos más longevos de nuestra escena, y presentando un repertorio que tendrá sus primeras explosiones en «Los 33» y «Sirvientes del Dinero». Con una propuesta arraigada en el heavy metal clásico de Iron Maiden y la orientación progresiva de Queensrÿche, es suficiente para aportar la cuota de diferencia dentro del mismo amor por el metal de viejo cuño. Tienen en Nelson Montenegro un cantante y frontman que se para de igual a igual con Geoff Tate, siempre imponiendo su desplante y experiencia ante un público numeroso a esas horas en La Cúpula.
Tal como durante su presentación hace una semana en el Masters of Rock, Enigma nos dio una cátedra de potencia y jerarquía. A destacar la participación de Leonardo «Toño» Corvalán, la voz histórica en los ’90s, en «Voces Disidentes» -la que titula su primer LP (1997)-, la vena conceptual de «Lo que a a venir», o el broche con la clásica «Inquisidor». Todas muestras de una firma que engloba la destreza instrumental con la intensidad propia de un género que extiende sus fronteras sin transar su coherencia. Es lo que Enigma nos viene entregando durante más de tres décadas, tanto en sus ideas plasmadas en el estudio como las dimensiones pantagruélicas que adquiere en el directo. Como reza su EP debut, no muchas bandas pueden contar durante años que repletaron un espacio vacío para volverlo un laberinto de grandeza.
Una espera de casi media hora, con una playlist que incluyó clásicos de AC/DC, Skid Row y Alice Cooper. La alerta con el clásico «The End» de The Doors, dándole el paso a un mix con los clásicos del plato de fondo. Y tras la entrada de Blackie y su pandilla, la explosión de «I Wanna Be Somebody» transforma el recinto ubicado al interior del Parque O’Higgins en una caldera desbordante de sudor y metal. Una banda en plena forma, con la precisión técnica y la maestría instrumental convergiendo en el fragor que los californianos le refriegan al mundo. Un par de segundos de respiro, para que el grito de desahogo y fiesta se entregue al brío matador de «L.O.V.E. Machine». Tal como en el álbum, dos bombazos en el arranque. Lo que determina, en este caso, la gramática estigia de un show quizás sobrio a nivel visual, pero con la potencia suficiente para echar abajo un teatro o un recinto arena, o un estadio completo.
Si «The Flame» es fiesta y baile, «B.A.D.» es puño apretado ante una banda que baja las revoluciones solamente para dejar caer todo su peso. Un mar de gente que se apropia de «School Daze», escolares de ayer, muy de ayer y de hoy. Lo dijo nuestro Jorge González: «No me gusta el heavy metal. Muy macho, poco soul, mucho ataque. Lo encuentro de cabros chicos». Y esa es la idea, porque W.A.S.P. es una banda que nos devuelve a una etapa en la vida, cuando los cabros chicos descubren el rock pesado y fantasean con prenderle fuego a su escuela. Lo que hace 40 años escandalizaba a los «brigadistas» de la moral y las buenas costumbres, hoy es celebrar aquello que el metal parece haber perdido… o puede que no. Ni siquiera la interrupción del show -la banda se retira del escenario en algún momento, durante un par de minutos eternos-, te empaña ese puñetazo al mentón que es «Hellion». Literalmente, esto es volver a los ’80s no desde la nostalgia, sino de lo que evoca un estilo que en su era dorada conformó un fenómeno en la cultura popular. No se entiende el auge del metal en los ’80s sin el impacto visual de W.A.S.P.
Si en el estudio «Sleeping (in the Fire)» lucía un ropaje que en su tiempo lo inclinaba al resto del hard rock que recurría a la formula radial de la ‘power ballad’, en vivo se despoja de aquello. Pesada, malévola, gigante, atmosférica, con un intratable Doug Blair reluciendo sus credenciales en las seis cuerdas. Ojo, Blair es un viejo conocido y ya había apoyado en vivo a W.A.S.P. unos años antes de integrarse de manera oficial en 2006. Y verlo en acción después de casi dos décadas, es un lujo, una clase magistral de ejecución en favor de la pieza. De ahí, y tal como en el orden del cassette o vinilo, el regreso a la velocidad con «On Your Knees» se sienta como un envión revitalizante. Y lo bien que le queda a Aquiles Priester, baterista brasileño de enorme recorrido, y pieza relevante en la maquinaría rítmica de W.A.S.P. Un virtuoso de la batería que se dispone al heavy metal con la precisión y fuerza requeridas para tocar en una banda legendaria.
Entre la fibra espesa de «Tormentor» y el cañonazo de «The Torture Never Stops», el repaso por el LP homónimo culmina con un público hecho cenizas, por el fuego incandescente de una banda que suena aplastante y nos regala una actuación tan consistente como fogosa. Puede que a Blackie Lawless se le acuse su parquedad en escena, la falta de saludos o palabras dedicadas al público local, pero para lo que te da en vivo junto a sus colegas de ruta, el torbellino de cuerpos bailando y saltando -hasta un ‘mosh pit’ se armó en cancha- lo refleja todo y más. Y eso es lo que Blackie entiende por dar un espectáculo de calidad, por lo que uno paga y espera durante estos tiempos.
Como la repasada de la bestia del ’84 pareciera habernos dejado exhaustos, la intro «The Big Welcome» nos pone en aviso inmediato. Un medley dedicado al período 1986-87, con «Inside the Electric Circus», «I Don’t Need No Doctor» -original del eterno Ray Charles, pero basada en la versión de los ingleses Humble Pie-, y el coro desgañitante de «Scream Until You Like It». Esta última aparece en el soundtrack de «Ghoulies II» -secuela de una recordada comedia de horror en los ’80s-, y fue incluida como pieza en estudio en el álbum en vivo «Live… in the Raw» (1987). Puede que en su momento Blackie se haya manifestado inconforme con lo logrado durante el período mencionado, pero en vivo suenan frescas y preservan la esencia de toda una época, lo que explica la devoción inquebrantable de los fans hacia W.A.S.P. hasta en su época más ‘accesible’.
Todo fan acérrimo y conocedor entiende la importancia de «The Headless Children» (1989). Para la prensa especializada, el único álbum de W.A.S.P. que puede darle cara al debut homónimo. Por ende, el medley compuesto por «The Real Me» -original de The Who-, la balada «Forever Free» y «The Headless Children» nos permiten apreciar las virtudes de una banda que pone toda su atención en el despliegue en cada línea. Es el momento para resaltar la labor del bajista Mike Duda .ingresado en 1995-, quien compatibiliza su rol de pivote con una habilidad quirúrgica en las bajas frecuencias, como lo hace replicando la interpretación original de John Entwistle en «The Real Me», donde también Aquiles Priester hace lo suyo, llevando la genialidad del entrañable Keith Moon hacia los terrenos del metal progresivo. Si sumamos lo que se manda Doug Blair en la guitarra líder, queda claro el ojo -y oído, claramente- de Blackie Lawless para seleccionar a sus compañeros de ruta. Por algo, además de su inconfundible imagen, Blackie ya era reconocido entre sus pares como un personaje de gran inteligencia, tanto en el propósito conceptual de W.A.S.P. como en el momento de reclutar músicos a la altura de sus ideas como artista.
En un repertorio soñado para todo amante del heavy ochentero, la inclusión de «Wild Child» es tan obligada como especial. La voz a capela de un solitario Blackie, bajo el desgaste de más de cuarenta años, expone la humanidad de un talento enorme para transmitir sus convicciones. Es aquella integridad lo que abrazamos apenas se suma la banda en pleno, con el single estelar de «The Last Command» (1985) chorreando un fogonazo sónico al que los presentes se entregan sin duda que valga. Y también del nombrado sofomoro, «Blind in Texas» quemando los últimos cartuchos del público eufórico hasta el techo. Una descarga final de electricidad, el equivalente a meter los dedos en el enchufe y terminar electrocutado por su riff principal y su gigantesco coro. Pura fiesta, puro heavy metal genuino. Un broche rocanrolero que incluso a cada uno de nosotros nos devolvió a unos meses atrás, cuando el retorno de W.A.S.P. a Chile por fin se anunciaba de manera oficial, con fecha y lugar. La crónica de un peregrinaje y una celebración anunciada, como Lemmy y otros dioses mandan.
Tenemos claro que Blackie Lawless y sus compas se mueven en un ambiente bastante ajeno al estándar de la industria, al menos en estos tiempos. El cumpleaños 40 del homónimo del ’84 fue mucho más que una celebración y hay un legado que no descansa en la nostalgia, sino que nos invita a ser testigos de un capítulo fulguroso en la historia del rock. El heavy metal es el estilo base de los californianos, pero la configuración de piezas por parte de Blackie es clave para entender los kilos de fortaleza y nitidez que W.A.S.P. extiende ante un público transversal en cuanto a edad y gustos alrededor de un género. Y eso se logra mediante el equilibrio entre la huella de un pasado glorioso y la mirada hacia las nuevas formas en el circuito de giras.
Así como la primera vez en nuestro país hace 20 años tuvo un sabor especial, la de ahora superó todo lo esperado. Contando con un público mucho más numeroso y renovado en cuanto a edad, además de lo que ofrece una banda que hoy centra su repertorio en un período mítico. Por supuesto, una de las grandes virtudes de W.A.S.P. respecto a otros nombres más laureados de su generación, es la forma en que su catálogo preserva la ferocidad y lozanía de su esencia. Te engancha para no soltarte más, hasta el último patadón riffero. Incluso sin la parafernalia visual de los ’80s, hay una energía que se levanta en todo su esplendor ante ti. Así es como W.A.S.P. se gana hasta hoy un lugar merecido entre nuestros adorados dioses de acero. Con su metralla de intensidad y actitud, suficiente para ponernos de rodillas en el altar del rock ‘n’ roll.
Haken en Chile, elegancia progresiva.
Por Rebeca Maricuto.
Fotos Rodrigo Damiani.
2 de mayo sin dudas una jornada fría de otoño, que quedará en la memoria de los cientos de asistentes a una nueva visita del grupo británico, Haken, quienes visitaron chile hace dos años en Teatro Coliseo. En este nuevo desembarco la banda llego al Teatro Cariola con un setlist totalmente diferente, además de dar la oportunidad de apertura a una banda que realmente la rompió. Recordar que también en esta fecha se efectuaba también otro gran show, el de WASP, al que por supuesto también cubrimos como SONIDOS OCULTOS.
Hablamos de Delta quienes puntualmente salieron a escena a eso de las 20 hrs entregando un show redondo y demostrando mucho oficio. Se nota que todos sus integrantes están realmente compenetrados. Con la salida hace un tiempo de Benjamín Lechuga muchos pensaban que el grupo iba a perder su esencia, pero muy al contrario con su nuevo guitarrista Víctor Quezada la banda tomo un rumbo un poco diferente pero igual de bueno. Todo lo anterior reflejado en una solida interpretación. El setlist y como era un poco lógico se centro principalmente en sus dos últimos discos, «Fears» y «Geminis» demostrando que esta nueva etapa ha sido bastante prolija y con excelentes resultados. La respuesta del publico fue realmente abrumadora y esperanzadora, ya que cuesta siempre que las bandas nacionales sean escuchadas con cariño y respecto, algo que ayer se logro gracias al talento del grupo chileno, comandado por la vocalista argentina Paula Loza.
Ya con los ánimos arriba después del gran show de Delta, es que el respetable esperaba ansioso el nuevo arribo de los británicos progresivos de Haken, que sin dudas tienen una relación bastante especial con Chile y toda su fanaticada. Las camisas de flores tan características del grupo, se veían replicadas por parte del respetable, además de muchas poleras de Haken que se pudieron ver durante toda la noche. El quinteto salió con una gran sencillez a escena, sin ningún tipo de telón ni proyección asociada, solo con su talento y una gran cantidad de buenas canciones.
La banda se paseo por toda su discografía entregándonos momentos memorables como cuando se interpretó «1985″, uno de los temas mas disfrutados por parte del respetable. Mención aparte para el eximio vocalista Ross Jennings, quien no fallo en ningún momento interpretando de gran manera todas las canciones, llegando a todos los tonos sin ningún problema. Aunque la ausencia de algún telón o proyección pudo haber afectado un poco el show en la parte visual, la interpretación de las canciones no lo hizo de ninguna manera den la parte auditiva, que al final es lo mas importante.
El grupo sonó sólido y virtuoso como siempre, intercambiando melodías y ritmos del progresivo que sus fans acérrimos sin duda fueron a ver. Fue un show de casi dos horas, que estoy seguro dejo conforme a todos los asistentes.
Setlist
1-Puzzle Box
2-Atlas Stone
3-Beneath the White Rainbow
4-Cockroach King
5-Canary Yellow
6-1985
7-Prosthetic
8-Carousel
9-Deathless
10-Falling Back to Earth
11-Drowning in the Flood
Encore:
12-Visions











































































