Vorágine – El Descenso (2017)
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Vorágine – El Descenso (2017)

martes 20 de marzo, 2018

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Escrito por: Álvaro Molina

Vorágine, dícese del remolino impetuoso que hacen en algunos parajes las aguas del mar, de los ríos o de los lagos. Vorágine, también conocida como una pasión desenfrenada o mezcla de sentimientos muy intensos. Pero este disco es, como bien afirman sus compositores, rock duro. De esa dureza chispeante y espesa, con la tormenta al acecho y las baterías de canciones como “El Vacío y la Nada” o “El Yunke” haciendo honores a sus títulos sin mirar para otro lado. Esto es ‘El Descenso’, hard rock a la vena, al cual ya estamos más que acostumbrados, pero que no queremos rechazar. Chile es un país de rock duro. Se ha mezclado con cerveza en eso que se llama ADN y que ya asumimos como algo cotidiano y regular. Pero, insisto, no lo queremos – ni vamos a – rechazar. Por ningún motivo. ¿Para qué? Si total, a fin de cuentas, es el rock que nos mantiene en el trance de sus tonos altos y bajos, como cuando escuchamos las líneas pesadas de “Siglar” y la agresividad tortuosa de “Helvete”.

Es estar frente a un disco hecho con el ethos de un “remolino impetuoso”; cada canción va trascendiendo a la otra, pero no bajo la idea de “superarse” mutuamente o querer sonar más pesadas que la anterior. ‘El Descenso’ va mutando como ese mismo remolino en sus aguas musicales; se puede estar en la calma del Stoner blues seductor en “Tortuosa”, con Zeppelin en el inconsciente y la cerveza entibiándose en la mesa. Pero la cabeza no descansa y enseguida arremete la tempestad del sludge de “Helvete” con la violencia digna de cualquier headbanging que se respete como tal.

Dijimos más arriba: una mezcla de sentimientos muy intensos. Es ‘El Descenso’ a las pasiones desenfrenadas del hard rock, apelando a un instinto ritual que se convoca alrededor de estas nueve canciones. Es el rito que profetizaba Sabbath, llamando a los seguidores a congregarse en masa frente a un funeral eléctrico. Ahora la peregrinación es en torno los torbellinos creados por Vorágine. Pero nadie se salva; los remolinos en el mar por lo general tiran hacia abajo y arrastran hacia las profundidades. Tenemos un común denominador: la profundidad. Pero no es esa profundidad abstracta, compleja, aburrida, sino que es la profundidad del ritmo y la música arremetiendo contra el oído. Es el disco perfecto para escuchar con los bajos a toda carga y encender ese ritual del que hablábamos más arriba. Sobre todo, con “Jamás”, que es esa tormenta perfecta de mezcla entre bajo y batería que no falla, ni en esta canción ni a lo largo de todo el disco.

Y como guiño a estas profundidades, pasiones y remolinos, el tiro de gracia con que cierra el disco viene de la mano de “Un Descenso al Maelström”. La perfecta eucaristía para dejarse caer y descender, descender, contra la corriente y todo, pero con la compañía de ese rock & roll espeso que está diseñado para desatar pasiones internas, congregar a las masas al ritual y llevar a este Maelström (del francés “torbellino”) musical.

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Álvaro Molina
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