Hasta siempre, octópodo
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Hasta siempre, octópodo

Hasta siempre, octópodo

martes 08 de marzo, 2022

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Escrito por: Sonidos Ocultos

Mark Lanegan fue un artista inquieto. Injusta y livianamente encasillado en el grunge, pasó por momentos duros, es verdad, pero salió adelante. La versatilidad musical fue uno sus sellos y el crear canciones, el gran secreto de su felicidad.

La reciente muerte de Mark Lanegan, el pasado 22 de febrero en Irlanda, puso nuevamente su nombre en la palestra mediática. Si bien era conocido y a veces coqueteaba con lo masivo, lo cierto es que no era un protagonista de las primeras planas. Su fallecimiento lo ubicó, aunque fuese por algunos días, en aquel sitial.

Aclaro que tampoco la intención es rasgar vestiduras en torno a la figura de Lanegan. Tampoco llorar desconsoladamente su partida, cuál Magdalena lloró a Cristo a los pies de la cruz, pero sí darle el mínimo reconocimiento que merece. ¿Por qué? Porque a diferencia de la muerte de otros músicos y/o artistas, esta vez el hecho provocó en este escribano un remesón, un develamiento que destapó la fructífera trayectoria de Lanegan, dejando a la intemperie su legado. De esa forma, tras eso podría definirlo como un octópodo musical, una especie que hace rato está en peligro de extinción.

La pregunta brota espontáneamente… ¿por qué Lanegan podría ser calificado de esa manera? A priori, por las decenas, cientos de colaboraciones que realizó con una variada gama de artistas, cantantes y bandas. Sus tentáculos se movieron con naturalidad en las aguas musicales, permitiéndole interpretar los más diversos estilos y participar en un sinfín de proyectos. Desde sus inicios en Screaming Trees hasta sus colaboraciones con Moby (por citar un nombre). Y aquí uno de sus secretos de vida: “hacer lo que a uno le dé la gana” (Rock.com.ar, 2021).

Un caldo de cultivo llamado Seattle

Incorrectamente encerrado en el casillero del movimiento grunge de Seattle Mark Lanegan aportó desde múltiples facetas a la escena musical, traspasando con creces el ámbito del rock. Sus discos son un claro ejemplo. Si ir muy lejos, en 2019 concedió una breve entrevista a Rockaxis en la que explicó su relación con la música electrónica, a raíz de la publicación de su álbum “Somebody’s Knocking”. “En mi juventud escuchaba este tipo de música, y la música que hago es para satisfacerme a mí mismo, siempre ha sido así. Pero por mucho tiempo mis habilidades eran bien limitadas, tres acordes en guitarra acústica, pero he aprendido algunos trucos más con el tiempo y me ha sido posible hacer música que disfruto escuchar, y eso es lo que hago. La música que disfruto es como música electrónica underground, que usualmente ni siquiera usa voces cantadas, eso es lo que escucho principalmente durante estos días, y ha sido así por muchos años. No soy realmente un fan del rock, la música basada en guitarras realmente no me interesa mucho”, sentenció.

Estas experimentaciones musicales tienen su asidero. Mark Lanegan siempre combatió contra su etapa en Seattle, sin renegar nunca de ella, pero sí al punto que tuvo que arrancar de ahí para poder seguir viviendo. Los años vividos en dicha ciudad fueron “los más duros de su vida”, confesó en la entrevista a Rockaxis. Y vaya que tiene razón, el buen Mark. Además, en otra conversación con el sitio Consequence.net a fines de 2021,  Mark Lanegan rebatió lo del “movimiento grunge”. “Todavía es difícil para mí verlo como un movimiento. Creo que eso es algo creado por el mundo exterior, no por los tipos que realmente lo estaban haciendo. No es algo que fue inventado o cocinado alrededor de la fogata en alguna parte. Simplemente sucedió orgánicamente (…)”.

Seattle, el denominado movimiento grunge, el ambiente de excesos y desenfreno, casi le pasaron la cuenta y por poco lo matan. Muchas veces en la sombra, Screaming Trees recién alcanzó cierto éxito en 1992, momento en que lanzaron el álbum “Sweet Oblivion”. Aunque fue su trabajo más famoso, no estuvo ni cerca de las ventas logradas por grupos como Nirvana o Pearl Jam. Para  Mark Lanegan sin embargo, esto no era importante, pero estar sumergido en ese ambiente, sí lo era. La muerte de sus amigos, primero Kurt Cobain en 1994 y luego Layne Staley en 2002, fueron golpes que dejaron una herida que nunca cicatrizó. Así lo manifestó en una entrevista al portal Rock.com.ar en mayo del año pasado. “Siempre que muere alguien se te mueve algo. Especialmente si falleció joven y tuviste algo que ver, directa o indirectamente (en referencia a Cobain y a Staley). Lo cargas por el resto de tu vida, y es difícil de explicar. O sea… podrían explicarnos cómo es subirse a un elefante, pero no vamos a entenderlo hasta que lo hagamos, ¿sabes? Esto es igual”.

Lo cierto es que Mark Lanegan estuvo inmerso en el ambiente de drogas y excesos desde casi siempre. Mark William nació en Ellensburg, Washington, el 25 de noviembre de 1964 y según propias confesiones, desarrolló un trastorno debido al consumo de alcohol a los 12 años y posteriormente empezó a consumir drogas en exceso desde los 18 años. Si a esto sumamos un padre alcohólico, el cóctel fue letal.

Mientras aún era miembro de Screamig Trees, y como buen octópodo, Mark Lanegan ya desarrollaba en paralelo su carrera solista. Su primer trabajo, “The Winding Sheet”, fue editado en 1990 y contó con el aporte de ilustres compañeros de Seattle. Su segundo disco fue “Whiskey for the Holy Ghost” (1994). El proceso de grabación fue tormentoso debido al estado inestable de Lanegan, hundido en sus excesos. En 1998 lanzó “Scraps at Midnight” y apenas un año después, editó “I’ll Take Care of You”. En cada uno de ellos transitó por variados sonidos, diferentes, por cierto, a los de su banda madre. Por esos años, específicamente en 1995, participó en el álbum “Above” de Mad Season. Tras la salida de su amigo Staley, se rumoreó con que la banda seguiría con Mark Lanegan como vocalista, pero el proyecto quedó inconcluso.

Los tentáculos se extienden

Tras su etapa en Screaming Trees, que duró entre 1984 y el año 2000, Lanegan fue convocado por su amigo Josh Homme para sumarse a Queens of the Stone Age. Con ellos colaboró activamente en tres discos –“Rated R” (2000), “Songs for the Deaf “(2002) y “Lullabies to Paralyze” (2005)– aportando voces y composiciones, además de integrarse a tiempo completo al grupo, participando en el trabajo en estudio y las giras. Después, siguió contribuyendo con el grupo esporádicamente. Lo mismo ocurrió con Isobel Campbell, ex Belle and Sebastian. Junto a la vocalista escocesa, editaron tres discos en que dominan los sonidos calmados, alejados de la potencia de otras agrupaciones. En cambio, en The Gutter Twins, dúo conformado con Greg Dulli, volvió a la oscuridad. El álbum “Saturnalia” (2008) fue un éxito.

Continuó editando discos, siendo Bubblegum (2004) su placa más aclamada, con críticas favorables y la participación de varios músicos de renombre: PJ Harvey, Josh Homme, Nick Oliveri, Greg Dulli, Dean Ween y Duff McKagan e Izzy Stradlin. Un elenco de lujo que le reportó buenos dividendos. En 2004, Langen conoció a Alain Johannes, músico que lo ayudó mucho. “Lo conocí quince años después de haber empezado mi ‘ilustre’ carrera. Es más, pienso que ni arranqué hasta que lo tuve: fue así de importante. Siempre necesité a alguien que ‘articulara’ mi visión. Por un tiempo no me importaron los instrumentos ni aprender a grabar. Estaba un poco atrasado. Él me organizó y me inspiró a aprender cosas a las que les había dado la espalda”, reconoció en la entrevista a Rock.com.ar. El guitarrista chileno colaboró con Lanegan en varios de sus trabajos postreros (“Blues Funeral” (2012), “Imitiations” (2013) “Phantom Radio” (2014), “Gargoyle” (2017) y “Somebody’s Knocking” (2019) y “Straight Songs Of Sorrow”, del año 2020). “(…) Los temas no serían los mismos si yo no estuviera, ni tampoco si faltara Alain”, admitió.

Otra de sus colaboraciones mas resonantes fue con Soulsavers, dúo inglés de música electrónica. En el álbum “It’s Not How Far You Fall, It’s the Way You Land” de 2007, Lanegan aportó con su voz en 8 de los 10 temas del disco, incluyendo un cover de “No Expectations” de The Rolling Stones. El resultado fue satisfactorio, tanto que lo reclutaron para el siguiente disco (“Broken”, 2009). Lanegan no sólo aportó nuevamente con su voz, sino que apoyó la gira promocional durante parte del año 2009.

Las últimas gotas de tinta

Los últimos años, los tentáculos de Mark Lanegan se enfocaron en colaboraciones de la más diversa índole, a escribir libros y a estar con su esposa Shelly Brien en la casa que compartían en Irlanda. Esto hasta que contrajo covid-19. Es relevante explicar que, al comienzo, el músico fue un confeso detractor de la pandemia, negando su existencia y viralizando teorías conspirativas en torno al origen del virus. Sin embargo, al contagiarse y sufrir fuertes consecuencias -pérdida de la audición, fracturas de costillas, alucinaciones y varios períodos de coma inducido- Mark Lanegan cambió de opinión y apoyó la vacunación. Fue tal la experiencia, que escribió un libro titulado “Devil in a coma”, en el que relata el sufrimiento vivido en el hospital y el proceso como enfermo de covid.

Por causas que todavía no son de público conocimiento, Mark Lanegan, el buen Mark, murió el 22 de febrero en su casa en Irlanda. Su legado es enorme, variado, atrevido y, lo más importante, honesto. Sus condiciones octópodas le permitieron nadar por diferentes mares, haciendo lo que él quería, y, a la larga, siendo feliz. Porque no hay que engañarse: Mark Lanegan pasó por momentos difíciles en su vida, las vio negras en otras tantas y zafó, pero fue feliz. “La felicidad está sobrevalorada. La mayoría de las personas la recibimos en fragmentos, y el mundo no la da en exceso. Menos en el presente. Hay que encontrarla adonde sea. Para mí fue así incluso en los días más oscuros, y por eso todavía estoy acá”, explicó a Rock.com.ar.

Al final, y a modo de legado testimonial, el músico sinterizaba todo en que “siempre tendremos las canciones. Mientras sean sinceras, van a mantener lejos a los fantasmas… y ese es el verdadero secreto de la felicidad”. Ahí radicaba la esencia de Mark Lanegan, un octópodo de una especie en peligro de extinción.

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